Mares del sur
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(continuación)
Por eso, no ya por su valor simbólico o histórico, casi no queda memoria de lo que esa fecha significa, es tan peculiar la celebración del Año Nuevo: en verdad hay por lo general, casi a punto de concluir el siglo xx, algo de rutinario y mecánico en esas indispensables reuniones familiares o amistosas que tienen lugar en casi todas las casas, incluido en ese concepto, el de casa, restaurantes, clubes, salones y hoteles que no faltan en este paraje, sin que por eso pueda decirse que sean por fuerza indiferentes, pero hablábamos de la luz de esas noches y no de las fiestas que, según cómo le vaya a cada cual, serán memorables o consideradas una más entre tantas a las que hemos asistido: si son una más lo tomaremos con calma o con la irritación del día anterior que persiste con su frustración al día siguiente, si son memorables las comentaremos hasta con entusiasmo en uno o dos días más, hasta que el nuevo año, con su caudal de obligaciones nos arrastre por nuevos senderos que son, como todo el mundo sabe, los viejos caminos que seguiremos recorriendo con parsimonia, las novedades que promete un año no se producen por fuerza el día 2 de enero de cada año, es raro que un cartero toque a la puerta y diga, con voz estentórea, "aquí está la carta que cambiará su vida", y eso sin contar con las distribuciones hemisféricas ya que una cosa es el 2 de enero en el norte , donde la continuidad laboral y social es imbatible, cuestión que en este instante nos es indiferente, que hagan lo que puedan con su frío de diciembre, y otra en el sur donde el calor, las vacaciones u otras disposiciones sociales hacen del paréntesis algo muy fuerte y consistente, tanto que muchos, previsores, ahorran todo el año para pagarse unos días junto al mar y otros, despreocupados, se endeudan razonablemente llegados a ese punto y eso siempre que la ruleta no los devore con su vértigo infernal. Por no hablar de los obreros cuyos sindicatos poseen hoteles a sus miembros reservados, legítima recompensa de diez o quince días a tantos trabajos de todo un año. Digamos, de paso, que no pocos de los viejos habitantes o habituales de esta ciudad, otrora reservada y hasta prohibida, nunca vieron con buenos ojos la llegada de los contingentes obreros a las playas antes abiertas e impolutas, pero tampoco es imposible que terminaran por admitir que los tiempos habían cambiado y con ellos y el nuevo tipo de gente, el destino que se le había diseñado a la ciudad. Pero ahora esas disconformidades se han atenuado hasta tal punto que todos por igual celebran los desfiles de carruajes que se hacen todos los fines de año por el Bulevar Marítimo y, quizá, la Avenida Luro, y que, con sus conductores ataviados como caballeros ingleses, con breeches, casquetes y fustas en las manos, manejando con destreza equinos de alzada perfecta y acompañados por damas de prosapia, dignísimas en sus atuendos, capelinas y volados, para admiración del público local y visitante el anacronismo siempre es convincente en su función de acompañantes, constituyen una verdadera fiesta ciudadana y popular, que se celebra en los días del verano, regocijo de la vista y el buen gusto, complementaria, pero en otro sentido, de la procesión de linaje itálico ya mencionada.
Pero, volviendo al hilo del relato, conviene decir por razones de prudencia que cosa semejante, alteración del equilibrio tradicional de clases, ocurre en todas partes del mundo tanto en lo que concierne a los cambios sociales de los que no nos ocuparemos como a la luz, en la que está claro que estamos poniendo mucha atención. En Mar del Plata, el lugar del relato, hay que decir que a causa de la particular luminosidad que, como un lujo complementario, es propia de la ciudad, el 31 de diciembre, desde la caída del sol momento en que todo parece entristecerse súbitamente, como si se cobrara conciencia de lo que significa el eterno rotar del tiempo, es celebrado con cierta obstinación, diríase que se juega en ello una identidad; para quien relata, el núcleo de esa obstinación reside en la luz o la luz es su "causa primera" pero no es ése un punto en el que haya que debatir ni se trata de convencer a nadie; son cosas que se sienten y si las cosas no son así que se nos corrija, que no por eso vamos a ser condenados por ninguna deidad, crímenes peores zafan de las condenas, ni siquiera por las que puedan invocar, o a las que se les atribuya, parentesco cercano con la Divina Providencia que todo lo tiene arreglado a la perfección.
Volviendo al punto, todos en esta ciudad, desde los pescadores de las zonas cercanas al puerto hasta los burgueses que viven con todo lujo, en ocasiones ofensivo, en los alrededores de la Playa Grande y en otros barrios más lujosos todavía, aunque un lujo de nuevo cuño todas las casas parecen salir de las páginas ilustradas de las mejores revistas norteamericanas y europeas de arquitectura, pasando por la gente recluida, casi prisioneros, en los departamentitos ínfimos cercanos a los casinos, en los que se multiplican los engaños ilusorios de la codicia menor, hacen alguna fiesta, reúnen gente, preparan comidas, escuchan músicas diversas, tantas y tanto como lo son los respectivos gustos. Muchos, inclusive si los a veces enfurecidos dioses del mar lo permiten, hacen su fiesta en los jardines y permanecen en ellos hasta la madrugada del día siguiente, lánguidos y satisfechos al amanecer, a veces enamorados, si son ritualistas celebrando misas solares, escuchando músicas que se deshilachan a medida que el sol del día primero barre, se diría que con violencia, las expectativas de la noche anterior. Por más encumbrada o humilde que sea la gente, olvidada tal vez del sentido de lo que se festeja y reduciendo los probables argumentos de los escépticos que afirman "no tengo nada que festejar", todos esperan esa luz excepcional de la noche del 31, dentro de la cual, inmersas en esa atmósfera, las personas son más hermosas y sus gestos tienen una armonía nada melancólica a pesar de que, sin excepciones, fatalmente, se consagra el paso del tiempo, lo cual imprime a todos los actos, aun los más simples, como llevar una copa a los labios y decir "salud", un sello de pérdida y de dolor aunque no se lo formule con palabras semejantes.
Los contrastes, en lo que respecta a la luz, son, como se dijo, pero nunca será suficiente decirlo, muy fuertes en Mar del Plata. Tratar de consignarlos forma parte del relato, no se crea que es una descripción decorativa ni tampoco de pura ambientación. Y es grato hacerla, como para restablecer por adelantado una armonía que el crimen de que se trata habrá roto sin remedio. Por lo tanto, y si la ciudad le debe algo de su forma a su luz, empezaremos por decir que, a orillas del mar, ante todo y reproduciendo en la descripción el ya aludido modo de construcción de la ciudad de la costa hacia el interior, lo que constituye una verdadera paradoja ya que si en todas partes el mar es proceloso, enigmático y constituye el más allá por excelencia, siendo la tierra, en cambio, "firme", aquí es al revés, el mar, que es lo exterior o lo que se confunde con la salida del sol, deja de inquietar, y la tierra, acaso porque siempre fue algo a conquistar, preocupa, de allí salen los fantasmas , la reverberación se autonomiza y los reflejos son saltarines en el mediano término; las aguas, como yesca contra madera seca, golpean las rocas y sacan una batahola de chispas que durante el día no se perciben, encubiertas en la espuma. El aire, a su vez, mostrando que hay, como lo probaron los antiguos filósofos, en especial Anaxágoras, una íntima relación entre los elementos, se carga de un olor denso y, por si no bastara, los focos de luz de la avenida de la costa que se reflejan más allá del sitio en el que rompen las olas crean, y estamos hablando de la noche, una ilusión de control, por parte del hombre que los ha inventado, sobre la inmensa naturaleza. Los barcos, escasos, que atraviesan con toda lentitud la bahía, hacen con sus chimeneas humeantes, pero sobre todo con sus propias luces, una línea en los camarotes, otras más arriba, entre los palos y los castilletes, de melancólico límite, pareciera que la región que está del otro lado de esa máquina que se desplaza lentísima fuera una zona de absoluta sombra, un agujero negro amenazante pero ahí nomás, entrevisto y bloqueado, justamente, por esos barcos, que, porque están en lo suyo, parecen la imagen misma de la indiferencia, vaya uno a saber qué pasa en ellos, qué conflictos y temores los habitan, por usar una metáfora algo corriente y socorrida.
Pero no podría estar completa la descripción, ni garantizado el progreso hacia el punto dramático al que se quiere llegar, si no se apuntara, por lo menos, como sustituto de un exhaustivo conocimiento del que se carece acerca de lo que es esta ciudad, si no se dijera que, a causa del desarrollo que en su carácter de playa, con lo que resuena de esta palabra, ha tenido, existe un sector compuesto por grandes edificios cuadriculados, hoteles en ocasiones, condominios, en su mayor parte, que reproducen por una suerte de movimiento cariocinético incontrolado sus estructuras aburridas, ventanas cerradas hacia lo alto, hacia abajo y hacia los costados: entristecen la mirada que intenta ver en ellos alguna señal de vida, de vida particular, con gente particular en su interior, apasionada o deprimida, conflictiva porque transcurrir en esos habitáculos no ha de ser gratificante, o tranquila y apaciguada, pese a la excitación que produce el mar, porque de la posesión de esos lugares o de su usufructo brota algún tipo de placer, muy aceptable gracias a la persuasión que sobre asunto semejante han ejercido los agentes inmobiliarios, verdaderos cruzados de la urbanización, son ellos los nuevos fundadores, cosa que, considerando lo que han hecho de Mar del Plata, de qué manera vertiginosa la han cambiado, los ya mencionados primeros fundadores, incluido acaso el metódico y racionalista Dardo Rochaque había tenido mucho que ver con la creación de una de las ciudades más esotéricas y articuladas del mundo, aludimos a La Plata, acompañados en esto por la cohorte de arquitectos traídos de Suiza, Francia e Italia, deben brincar de odio en sus tumbas. Son manzanas y manzanas de cajas de cemento que apagan un poco, es una sutileza decir esto, la luz de la ciudad y llevan a mirar, cuando se camina por esas aceras, sólo en la parte de abajo, dónde multiplicidad de comercios, instalados de manera desbordante, sin duda sobre la esperanza de que los moradores por lo general in absentia de esos departamentos vacantes justifiquen con su probable consumo, cuando vengan, el despliegue oportunista que tales comercios o, más bien, que tales comerciantes hacen sin recato y a veces con dudosa audacia en lo que concierne a lo que ofrecen, nada diferente de lo que se puede encontrar en cualquier otra ciudad, nada proveniente del mar, ni pescados ni nácares ni perlas, nada del cuero, nada de lo que sería propio de una cultura tan propia y peculiar. Pues bien, en ese sector la luz se esparce a raudales pero, como ocurre con el neón, no ilumina nada, sólo disimula la verdadera índole de las caras que se vinculan, si no es exagerado decirlo, en un intercambio ocasional e inconsistente, las relaciones de este modo entabladas poco pueden durar, su duración está regida por la diosa Fortuna que, veleidosa como es, gobierna sin embargo la vida de la ciudad, al menos en ese sector, que a causa del mencionado oportunismo tiene algo de cruel.
Entre esos mamotretos, palabra con la que los arquitectos suelen señalar un desacuerdo profundo frente a una estructura pergeñada por otros, a veces, como islotes, se encuentran edificios viejos pero no ruinosos, que siguen funcionando como lo hacían en las primeras décadas de este siglo y cuyo nuevo aspecto, nos referimos al momento en que fueron construidos, justificaba en gran medida, porque la arquitectura constituía un coadyuvante de primer orden para querer estar en este lugar, el esfuerzo mental o económico que implicaba pasar un mes o, en el peor de los casos, una semana gozando de los beneficios del agua de mar o alentando hermosas expectativas ya sea de comer comidas excepcionales, ya de conocer a alguien fuera de serie y entablarse entre esos recién conocidos, aunque a la larga eso no termine por convertirse en una relación, ni verdadera ni duradera, ya se sabe que los amores de verano son aún más volátiles que los de la juventud, están, como quien dice, escritos sobre el agua.
Uno de esos sitios subsistentes, hay que decirlo, es el Hotel Lafayette, de indudable prosapia normanda; apenas dos o tres pisos, un jardincito al frente, maderas en el portal de entrada, techos en ábside y vigas pintadas de verde cruzando señorialmente la fachada. No nos interesa ahora describir en detalle ni el estilo ni la vida que se lleva a cabo en los hoteles, en Mar del Plata una tarea semejante llevaría años, ni siquiera en ese hotel, tampoco es ésta una novela inglesa en la que suele ser indispensable ese escenario para que personajes típicos se enfrenten a conflictos que les serían propios; nos limitaremos a consignar, puesto que ya sabemos que allí algo ocurrió, que en uno de sus cuartos tuvo lugar una reunión importante para el desarrollo de la historia que va a comenzar: dos hombres tampoco es el momento de decir quiénes eran ni cómo eran, ni tampoco de qué hablaron se encontraron en una de sus habitaciones y discutieron, a la francesa, en calma y en voz baja, no a la italiana o a la argentina, a los gritos, en circunstancias harto notables. No nos adelantaremos pero sí, para ser sugerentes, diremos que fue a altas horas de la noche, entre las dos y las cuatro de la madrugada de un día de invierno; fue en el cuarto de uno de ellos, que lo había rentado horas antes, el otro había hecho lo mismo el mismo día, un poco antes o un momento después, eso no tiene importancia, y ninguno de los dos había necesitado declarar la intención de producir ese encuentro ante el conserje que, contento porque en esa época del año pocos pasajeros hacían rendir las instalaciones del hotel , hizo caso omiso tanto de las identidades de esos providenciales clientes como de la coincidencia aunque, por otra parte, y por menos agudeza que se le atribuya, no podía no imaginar que no hubiera coincidencia: miró distraídamente los documentos, no le llamó la atención, acaso por falta de cultura, que uno se llamara Homero Manzi y el otro Sebastián Piana, nombres falsos, quién no se da cuenta, no le importó que por todo equipaje trajeran sólo portafolios muy parecidos sino iguales, aceptó el pago por adelantado, anotó los datos en un registro provisorio, destinado no a la información sino a la incineración, y les dio a cada uno en su momento las respectivas llaves, no requirieron el servicio de ningún botones ni cadetes ni esas personas que en los hoteles sólo sirven para prender la luz de los cuartos y abrir la puerta de los baños para indicar que existen. Pero lo que es un deber de justicia atribuirle o está en su favor desde un punto de vista moral, es que no debía estar en su índole andar vigilando qué circulación podía iniciarse de cuarto a cuarto y más a esas horas en las que la gente, incluso los conserjes, suele dormir y no hacer negocios, por más importantes que sean. Al día siguiente, el conserje nocturno no estaba, a otro, todavía más distraído, le tocaba el turno cuando tan providenciales pasajeros abandonaban el hotel, cada uno por su lado, sin siquiera desayunar, dejando a su paso, uno y otro, sendas estelas de un perfume que quizás un experto podría reconocer, pero no es ese nuestro caso.
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