Mares del sur
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Son las luces que a lo lejos
Sea quien haya sido, terrateniente, político o arquitecto, el que, antes de dar la orden de iniciar obras por lo que se verá enseguida gigantescas a un modesto ejército de obreros que, por provenir de muy diversas regiones del mundo, podían malinterpretarla, hubo hecho el trazado de esta ciudad, aunque dada la magnitud de la empresa no es pensable que haya sido una sola persona sino más bien un grupo de hombres excepcionales que tenían al mismo tiempo una sensibilidad a los paisajes, en especial a los que se ven desde el mar, y un sentido de futuro, debe o deben haber tenido, cuando la concibió o la concibieron, la imagen fulgurante de la ciudad que llegaría a ser en el momento en que se producen los hechos motivo de la narración que comienza a tramarse y que la tiene como escenario.
Precisamente por esa sensibilidad, muy diferente sin embargo a lo que se deja adivinar que operó en ciudades reconstruidas como Friburgo en 1948, Piacenza en el siglo XVII o Valparaíso varias veces en su historia, o en ciudades fundadas en épocas recientes a designio, aunque también por hombres clarividentes, como Brasilia, Dallas o la utópica Ville Radieuse, en contraste esta última con la ominosa Marsella, esos visionarios no podían ignorar, o lo advirtieron al divisar por primera vez con ojos de futuro se quiere decir pues sabían lo que era la aldea originaria, un caserío de cuasi labradores, ni siquiera espontáneos pescadores que, inspirados por el mar, rehicieran gestos culturales arcaicos capturando peces el lugar elegido para el emplazamiento, que tales paisajes, o sea, dicho con mayor definición, los accidentes de la costa y aun el recorrido de la costa, en forma de bahías, ensenadas, cabos, playas y rocas, sobre todo esas fantásticas rocas depositadas allí por vaya uno a saber qué capricho geológico originado en qué lugar, determinarían no sólo ese trazado en los papeles sino en su ejecución y darían lugar a un doble fenómeno urbano. Por un lado, es bueno destacarlo, se trata de un permanente nacimiento de calles que, invariablemente, se prolongan hacia un oeste caprichoso pues de pronto se convierte en sur y aun en norte, nunca en este, con todas las figuras imaginables de tales transiciones, oestesuroeste, oestenoroeste, oestesureste, oestenoreste, noroeste, suroeste, y las transversales de norte a sur y, por el otro, una distribución sorprendente de la luz, lo que es fácil de comprender pues se sabe que junto al mar la luz no es la misma que tierra adentro, hecho cada vez más evidente a medida que las grandes construcciones que hoy vemos comenzaron a dirigir esa misma luz de manera diríase viciosa, bloqueando la que podía radicar en las partes bajas y, ni falta hace decirlo, en las viejas casas, no por fuerza las primeras, un molino, una escuela, una estación, perdidas en algunos sitios, restos de la aldea aislada que una vez fue y que en pocos años se convirtió en una promisoria y veraniega ciudad, llena de palacios suntuosos, algunos de los cuales todavía se pueden ver, fantasmales y como aterrados, solos en calles que ya son una cosa muy diferente de lo que eran cuando los construyeron haciendo gala de exhibicionismo y certeza.
Por efecto de ese fenómeno, que no por ser mencionado como segundo es secundario, el primero es primario pero para lo que queremos hacer poco relevante, la luz tiene en la muy extensa y compleja ciudad de Mar del Plata y ya es hora de que escribamos su nombre así sea por una responsabilidad de localización y para que no se crea que lo que será narrado pudo o puede haber transcurrido en cualquier lugar una especie de diversificación equivalente, de acuerdo con un criterio quizá no muy difundido en general pero comprensible en el orden de la pintura y otras artes visuales, a una dramatización muy sutil, como se ha visto y dicho con abundancia y énfasis, en cuanto al dramatismo, respecto de los paisajes de Amberes o Deauville pintados por Van der Meer o Pissarro. Así, podría decirse, y para empezar a comentar este punto, que las noches de verano en Mar del Plata son particularmente luminosas o, dicho de otro modo, que en esas noches la luz es muy intensa en parte por un efecto residual, como si se hubiera juntado durante el día y esa acumulación se proyectara sobre la noche iluminándola, en parte porque la ciudad se ha expandido y eso, como se sabe, acarrea mayor movimiento y también mayor empleo de la luz, pero además, y en esencia, a causa de circunstancias naturales e intrínsecas, tales como la irradiación fosfórica que tiene su fuente en el océano pletórico de peces, como lo saben millones de bocas argentinas, generosos proveedores de tal resplandor. Eso explica, aunque este verbo sea excesivo para lo que necesitamos describir, por qué, sin ser el verano semejante al de las ciudades del norte de Europa, donde el fenómeno ha sido muy registrado, hasta mitificado en los desbordes casi paganos que se producen en la noche del 25 de junio, cuando el día parece no acabarse nunca, las cosas y las personas que se desplazan por la noche en esa estación tienen un perfil más nítido, por qué todo se ve "como si fuera de día", según gustan afirmar sus habitantes, orgullosos de tan irradiada condición. De ninguna manera queremos decir que, por eso, esta ciudad sea un refugio de la Gloria Divina, tal como lo proclaman los antiguos cabalistas de Jerusalem, en especial los que escribieron, no en Jerusalem seguramente, un libro titulado El resplandor, en el que sostienen eso, que Dios es Luz aunque para comprender su alcance y dimensión, sin perecer por haberlo alcanzado, haya que atravesar la Oscuridad, sustantivos todos puestos en mayúsculas para mostrar que forman parte de un sistema muy respetable que de ningún modo pretendemos sustituir, así como tampoco ampararnos en él para el desarrollo de esta historia.
Tampoco, volviendo a lo terreno y aun histórico, podían imaginar esos fundadores o, por su parte, habiendo recibido indicaciones bien precisas, esos arquitectos traídos de diferentes países de Europa, formados en las mejores escuelas, como John Doyer, Pedro Benoit, Carlos Thays o W. B. Bassett-Smith, pero no porque fueran de esos fundadores o de esos arquitectos cada uno en su lugar que fundan o construyen ciudades como garañones que preñan hembras sólo porque están ahí, pasivas y vacías, fundadores instintivos e irresponsables es lo que ocurrió con Hernán Cortés que al fundar el México moderno sobre las ruinas de Tenochtitlán en verdad firmó una hipoteca que cinco siglos después no se ha levantado ni nunca se levantará que hacen pagar a las generaciones futuras sus arrebatos fundantes, ni carecieran de imaginación, de la que habían dado prueba más que suficiente por el exclusivo hecho de haber descubierto ese sitio para emplazar una ciudad, no imaginarían, recordamos, que esa misma ciudad, años después, ya en plena existencia urbana y habiéndose convertido, a fuerza de poseer atributos de diverso grado de encanto, en un mito casi universal dignamente comparable a otros de bien cimentada fama, Biarritz, Montecarlo, San Sebastián, Sagaró, Long Island, Acapulco, sería escenario de lamentables tragedias casi una sola, prolongada y constante, causada por el juego de azar, la implacable ruleta que ha dado tanto que decir en torno a la imagen de la rueda de la fortuna y de crímenes, otro nivel de la tragedia, como el que trataremos de narrar ahora, mejor dicho de aquí en adelante puesto que la noción misma de ahora, a pesar del uso frecuentísimo del adverbio, es impensable, y no sería quien relata tan arrogante como para pretender estar instalado en ese fugitivo sitio, en realidad una pura idea o un deseo imposible.
Y hablamos de esta ciudad no cuando era un grupo de instalaciones precarias de maderaen su momento incendiadas más por la fatalidad o la desidia que por manos aviesas, desgracia promisoria pues llevó a construir ramblas de hormigón, escalinatas imponentes y edificios adecuados al decoro de los habitantes, lo que vuelve a probar que el progreso se nutre de la catástrofe puestas de manera improvisada de preferencia junto al mar, como para estar, sus ocupantes, atentos a los peces que debían abundar en las ensenadas o a los moluscos adheridos a las rocas, sino cuando sus lobos marinos habían casi desaparecido recordemos de qué modo tuvieron que ser protegidos en un tiempo muy posterior mediante una especie de reserva o refugio cercano al puerto y habían sido sustituidos por impresionantes réplicas de piedra, esculturas según algunos, que parecían custodiar edificios no menos gigantescos, el casino de todas las desgracias, y su émulo, el hotel llamado con modestia "Provincial", aunque también tenía casino de perdición, donde tantas fantasías de riqueza habían naufragado, expresión adecuada, la del naufragio, si se piensa que el mar estaba ahí nomás y de algún modo había determinado las tragedias y los crímenes a que nos estamos refiriendo. Pero esto no quiere de ningún modo decir que el o los fundadores, los mitológicos Luro o Peralta Ramos, en ese orden, o los arquitectos, Benoit o Thays o Harrison Lomax, hayan sido responsables de lo que sucedió luego en materia de tragedias o de crímenes; tampoco les quita del todo tal responsabilidad ya que se sabe que fundar una ciudad, y sobre todo construirla, puede acarrear consecuencias muy diferentes a las que podrían resultar de fundar una casa por ejemplo, aunque esta empresa, más reducida pero también más frecuente, del mismo modo tiene lo suyo y nadie puede ser tan inocente como para no darse cuenta, a esta altura del desarrollo del pensamiento humano, de que una casa, como una ciudad, se edifica según ciertas ideas, ni hablar de proyecciones y deseos, que aceptados total o parcialmente por quienes vivirán en ellas, en una o en otra, generan conflictos, crean malestares e insatisfacciones que van creciendo como una perniciosa enfermedad hasta ocupar gran parte del espacio y, como la casa y la ciudad pese al mal que les está creciendo prosiguen su existencia en parte siguiendo el plan original, termina tal enfermedad por convertirse en una cualidad, enferma, que la define y permite reconocerla. Los meros nombres de Sodoma y Gomorra constituyen un buen ejemplo, nadie discutiría su raigambre clásica, de tal enfermedad y de la condigna curación que, aplicada por Dios Padre, sirvió para explicar, de una vez para siempre, esta idea.
De este modo, y para la ciudad en la que pensamos, nada que ver, ni remotamente, con aquéllas no permitiríamos ninguna analogía, ni siquiera en un sermón dominical, los sacerdotes son muy proclives a dar esta clase de ejemplos, su solo nombre evoca, porque está instalada en un difuso y colectivo recuerdo, parecido al saber común, extraños comportamientos, riesgos muy fuertes, pérdida de valores y de autocontroles. ¡Cuántos desesperados engendró, cuántos suicidas, potenciales o efectivos, cuántos seres que entraron en el delito después de haber salido de los casinos! Sin embargo, pese a la cantidad de situaciones que en ella tuvieron y tal vez todavía tengan lugar, sin contar con agarrones políticos también dramáticos, pocos escritores la han elegido para ubicar sus historias en ella, es probable que por pudor, puesto que hay una tradición narrativa de ciudades balnearias, aunque algunos la hayan elegido, como la delicada Alfonsina Storni, para morir, escribiendo su último poema sobre el agua, y otros, como la entusiasta Victoria Ocampo, para realizar vastas empresas culturales.
Pero, desde luego, ya que nos estamos acercando a esta truculenta imagen, lo mínimo que se puede decir para delimitarla es que crímenes hay en todas partes; se diría, incluso, que son como el ladrillo fundamental de una sociedad bien organizada y con propósitos claros, no porque sean indispensables para que esa sociedad funcione, el aceite que suaviza sus engranajes, sino porque suele haber en ella muchos momentos de fricción, innumerables conflictos, de opinión los más suaves, de intereses los más duros, que engendran odios a veces abismales o, si no es tanto que se pierda la vista en ellos, tensiones tan difíciles de razonar que se hacen insoportables y, por lo tanto, no es infrecuente que, no pudiendo aguantar una presión que está en el aire, por así decir, a algunos se les nuble la vista y no puedan considerar sus conflictos con honesta objetividad de modo que, nerviosos, angustiados o empujados por una mala índole según lo explica la vieja psiquiatría que, digámoslo de paso, surge como ciencia en las ciudades quieran matar para recuperar una perdida estabilidad, nada más, para volver a ser dueños de sus nervios alterados, como una especie de purgación, todo lo cual serían razones, no buenas sino sólo razones que explican tales deplorables acontecimientos. Pero también puede ocurrir, y como veremos es tal vez el caso, que haya quienes de pronto miran con mayor agudeza que de ordinario, críticamente diríamos, en sus pasiones y conflictos y, no queriendo actuar llevados por la emoción o calculando tan sólo lo que más conviene en materia de seguridades y garantías, manden matar, se limlten a hacer esa clase de encargos a personas idóneas para ello, de modo que nadie, ni mandantes ni ejecutores, pierda el control de sus actos por más que alguno, raras veces unos u otros, pierda la vida, no siendo tampoco infrecuente que, pese a todo ello, mandantes y ejecutores pierdan la libertad, se sabe a qué nos estamos refiriendo, con alivio del sentimiento público. Y puesto que hablamos de dos clases de personas, aquellas que matan porque, enceguecidas por la ira o por bajas pasiones, ven todo negro o no ven nada a su alrededor nos referimos a consideraciones, delicadezas o miramientos de cualquier índole y aquellas que mediante el crimen que mandan cometer quieren confirmarse a sí mismos, verificarse como existentes en la claridad de su mirada, conviene decir que los crímenes de que se va a tratar tienen sus motivos y que quien esto relata sospecha, muy en general por supuesto y sin que esto implique un juicio de índole bíblica opuesto al famoso "creced y multiplicaos", algo así como, en un remedo de frase bíblica, "ciudad de perdición, que caigan sus murallas", que algo tienen que ver con la ciudad en la que se han producido. Relación oscura y aun débil, porque en la ciudad de Mar del Plata hay muchas más cosas que tan sólo el juego o la especulación o el crimen, hay gente que sueña y que trabaja, hay padres que velan por sus hijos e hijos que cuidan a sus padres, hay gente que sufre porque otros sufren y hay, por fin, muchos que piensan que las cosas no están bien y que algo hay que hacer para que mejoren.
Y, para no
dejar el tema demasiado abruptamente o como si se tratara, el tema de
la luz, de algo ocasional o suplementario, y a riesgo de desviarnos,
aunque ya es tiempo de hacerlo para no sesgar en exceso el discurso,
de las disquisiciones sobre criminalidad urbana, hay que decir que en
ciertas ocasiones, no muchas a decir verdad pongamos como ejemplo
una fiesta, ya sea una procesión marina que los pescadores de
origen italiano llevan a cabo todos los años con admirable tenacidad
y una gran dosis de gratitud, en algún momento del verano, a
la Stella Maris que los guía cuando regresan de sus arduas cacerías,
o al estático Pedro González Telmo, de profesión
santo, que más que conducir a los navegantes fue conducido por
ellos un día de la séptima década del siglo XVIII,
en imagen portadora de una embarcación, ya sea las comunes celebraciones
de toda la ciudad, patrióticas o rituales, se añade
un poco más de luz, es un tercer factor coadyuvante; en ese sentido
son notables las noches del 31 de diciembre de cada año, por
ejemplo: si no hay a veces por excepción eso ocurre
algún temporal que obliga a recogerse en las casas, éstas,
las casas, abren puertas y ventanas y, según las respectivas
riquezas, chorros más o menos grandes, unos suntuosos, otros
modestos y en algunos lugares las dos cosas, pues entre las casas y
la calle se interpone con frecuencia un jardín muy verde y florido,
hacen su aporte lumínico, por usar una palabra de dudosa calidad
indicativa.
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