a Ricardo Piglia (en forma de carta) Mis aventuras,
como Ud. lo sabe de sobra, son de módico riesgo; jamás
tendrán como escenario oscuras zonas portuarias de ciudades asiáticas,
por ejemplo, ni estadios deportivos en los que sujetos misteriosos dirimen
conflictos aterradores en medio de multitudes ululantes mientras unos
y otros contemplan la gesta de pugilistas casi heroicos a fuerza de
ser indiferentes. Se trata casi siempre, por el contrario, de placenteros
desafíos, de preparadas instancias de conversación en
las que temas no por complejos menos inocentes reclaman alguna reformulación,
algún toque que haga salir a los sujetos o a los objetos en ellos
comprendidos del silencio o del mausoleo. En especial, se trata de libros
o de escritores, atados a su prestigio o inmóviles en la sombras
de la escasa lectura o de la mala interpretación. Pese a mi indolencia,
suelo aceptar esos desafíos y de ahí a lo que pomposamente
llamo "aventuras" hay un paso pues pongo en riesgo menos mi
capacidad de trabajo para la circunstancia que mi memoria, mis pobres
virtudes asociativas o mis dotes poéticas, ésas que me
sacan de una situación dialéctica penosa gracias a una
oportuna figura, a una gracia verbal por lo general tomada subrepticiamente
en préstamo de algún autor más afortunado que yo.
AUTOBIOGRAFÍAS, MEMORIAS, DIARIOS INSOMNES Y ONÍRICOS
SOBRE LA CRÍTICA
Buenos Aires, 31 de agosto de 1994
Querido José Antonio:
Lo que ahora quiero narrarle lo sé paciente
a mis prosas y a mis proezas es una conversación a la que
fui invitado nada menos que sobre Sarmiento, así, en general,
tema abierto, en la suposición de que podría actualizar
lo que antaño he podido articular o balbucear sobre tan imponente
figura o, en el peor de los casos, recordar mis antiguos dichos, el
primero de los cuales data de por lo menos 27 años o, por fin,
improvisar en relación con lo que en la circunstancia podrían
decir los otros, más responsables, más concernidos por
el tema.
Debo decir algo sobre lo preliminar: la conversación,
pública, sería en Rosario, de modo que había que
viajar, llegar a esa ciudad de la que se suele hablar con cierto desdén
pero que a mí me gusta, me gusta su antigua grandeza, me gusta
su río y la forma de la gente que recorre sus calles, me gusta
el esplendor de sus fachadas en el centro y me sorprende, siempre, de
qué modo empieza la ciudad llegando desde el sur, estamos en
el campo, y de pronto, una calle, una hilera de casas y a partir de
ellas la ciudad entera y compacta, como si el límite entre civilidad
y campaña fuera un corte, no un continuo. Sarmiento, como se
ve, opera en mí, no sé casi de nadie sobre quien no opere
cuando se trata de ver o de oponer, ciudad/campo, corte y continuidad.
Durante el viaje intenté dormir y leer algo mío
sobre Sarmiento, el prólogo a la edición del Facundo
que escribí hacia 1976; hice anotaciones, extraje algunas
ideas, no sería, después de todo, tan inmoral glosarme
un poco a condición, desde luego, de citar la fuente. Aterradora
la idea de los 18 años transcurridos; agregada a la de los 27
anteriores y a la de los 6 de mi último trabajo, sobre Recuerdos
de provincia, se hizo una masa que cerraba mis ojos, de repente
tan de plomo en la tarde que empezaba a sollozar hacia Occidente que
empecé a temer que mi memoria se resintiera por lo que esas cifras
devolvían, cómo escribí esos trabajos y en dónde,
a pedido de quién, en qué reside su vivacidad, si es que
todavía subsiste y, por cierto, la inquietante pregunta acerca
de su actualidad.
Rostros algo nerviosos me esperaban; ver en pie y dispuesto
a batalla similar a mi buen amigo Nicolás Rosa, junto a mí,
triunfador sobre la muerte, como un San Jorge cuyo campo de batalla
fue su propio cuerpo, me justificaba y me reconfortaba, estaba seguro
de que nada más que eso me haría pensar y hacer extraer
de una región que podría designar como "mi imaginario"
algo como para entretener a quienes se habían acercado para escuchar
acaso algo nuevo, acaso para ratificar lo que ahora pensaban sobre un
tema, sobre una figura que no parece exhausta pese a la exhaustividad
de las miradas que se han arrojado sobre ella desde siempre pero sobre
todo en los últimos tiempos, al menos con un gesto renovado,
más fresco, en un intento gratificante de mirarlo y leerlo no
en su inmanencia sino desde lo que ahora se sabe o se cree saber sobre
muchas otras cosas.
La muerte de Elías Canetti, acaecida uno o dos días
antes, fue mi arranque. Todos lo sabrían pero lo que a mí
en particular se me había puesto en evidencia era algo que siempre
sentí al leerlo y que de alguna manera me concernía; era
la expresión "cultura centroeuropea" que le habían
atribuido en la nota necrológica, como lo central de su obra,
como que su obra expresaba, tal vez por su extrema y continuada atención
a cuestiones lingüísticas y sus consecuencias humanas y
políticas, ese conflicto de identidad que habría podido
ser el mío propio si mis padres no hubieran emprendido el camino
hacia estas regiones. Preocupación nada trivial y en la que Canetti
no estuvo solo, como un mero y lúcido precursor: la cultura centroeuropea
es enigmática, es de histórico cruce y de torturada resolución,
basta pensar un instante en lugares como Hungría, Rumania, Ucrania,
y por supuesto Bulgaria, para tener la evidencia, comparando con Francia,
Inglaterra e Italia, por ejemplo, de una complejidad sin límites
que pasa por lo racial, lo religioso y lo lingüístico. Pero
si ésa fue la preocupación de Canetti, su obra escrita,
visible, recuperada de nuevo por su muerte, empieza a vibrar otra vez
en su disconformidad así como la de otro disconforme, Thomas
Bernhard, que manifiesta igual desasosiego. Diría, parafraseando
a Arthur Koestler, que designó como "sonámbulos"
a científicos de la inquietud, que el nombre de Canetti, y sobre
todo su obra, suscita la palabra "insomne", con la cual me
gusta designar a esos escritores y esas obras que no duermen ni dejan
dormir; gente como Kafka, como Broch predilectos de Canetti,
como Trotsky (basta volver a cualquiera de sus textos para sentir otra
vez una incandescencia), o entre nosotros, como Vasconcelos o Roberto
Arlt. Los "insomnes" quisiera que Ud. reparara en esta
palabra, y no digo más, que pueden definir o no una gran
literatura pero que, en todo caso, hacen sentir que la biblioteca tiembla
y se echa a andar apenas se los evoca.
Sarmiento está entre ellos. O, mejor dicho, está
entre nosotros perturbándonos, y sobre todo, perturbando los
otros libros de la biblioteca argentina. El Facundo, sobre todo,
los empuja, los desaloja, les reclama una identidad que no han tenido,
les sigue diciendo que en su "modo" estaba la cifra de una
literatura y que esos otros no lo han sabido ver. ¿Es de extrañarse,
entonces, que haga palidecer a las novelas de Mitre o a las de López,
a la poética de Guido y Spano, a los desmayados engendros de
la Sociedad de autores dramáticos encabezada por Martín
Coronado, todas esas esforzadas tentativas por hacer una literatura
a la medida de "la" literatura? Es, sin duda, para mí,
una obra "insomne", que no duerme ni deja dormir a las demás
así sea porque da lugar a lecturas que no sólo enardecen
todavía los ánimos sino que generan la sensación,
a alguien como yo, de una actualidad permanente porque si ese libro
en particular se situó fuera de los géneros, en un piso
que ahora podríamos llamar "textual", luego de un largo
recorrido por lo que desvirtuó su propuesta, a saber los "géneros",
sólo ahora se vuelve a vislumbrar la posibilidad de considerar
que puede haber literatura fuera de las normas genéricas, fuera
del canon, como producto de una relación insólita, casi
pura, de la escritura con sus posibilidades.
Es claro que hay que luchar para canalizar ese revés
del sueño, se trataría de decir en qué consiste
lo insomne, sobre todo porque su perduración sigue generando
lecturas que reconducen a los viejos términos. Y que giran, por
ejemplo, en torno a la contradicción como un modo de entrar en
su obra. Ese modo, a Ud. le consta, no me es ajeno: en Muerte y resurrección
del Facundo fue un sistema de operaciones que me condujo, a partir
de una embrionaria idea acerca de la crítica como una búsqueda
de lo que está por detrás y por debajo de lo visible,
de un otro lado prefreudiano o parafreudiano en el fondo es el
objetivo de toda crítica, si no fuera así la crítica
sería, por designio e intención, una resignada reduplicación
de lo visible, a mostrar algunas imágenes opuestas, en
su significado, a las que habían dado lugar a su descrédito
como humanista, patriota y aun argentino, me refiero a "Civilización
y barbarie". No fui el único en aplicarle ese bisturí;
es más, lo más corriente es diseñar un enfrentamiento,
en la más elemental de las instancias, entre sus dichos y sus
hechos. Habría mucho que decir sobre el particular, casi todos
los que asumen este método llegan al mismo lugar, la condena:
yo quise llegar a otro lugar, no el de la absolución sino el
de la textualidad, se me ocurría, tal vez abusivamente, desde
el punto de vista de los amantes del "dijo esto, escribió
esto otro", que se trataba de literatura y que había que
acercarse a esta índole más allá de las absoluciones
benevolentes de quienes admiten que manejó ideas terribles pero
que es un "gran escritor", o de quienes declaran que entre
esa cualidad y esas ideas no hay abismo ni separación y que la
unidad es el gran mérito de la gran figura.
En ese sentido, y sin traicionar la confianza de una estudiante
extranjera, polaca para más datos, que me favoreció con
su confianza mostrándome un trabajo recién sacado del
horno, declaré ante mi público que a partir de la mecánica
de las contradicciones, cosa que, por lo dicho, yo podría censurar,
la estudiante en cuestión mostraba que no había mayor
diferencia entre Sarmiento y Rosas en cuanto al fondo de su pensamiento
sobre el país y la realidad objeto de sus respectivas pasiones.
Conclusión tal vez desconcertante, si no fuera que Rosas sólo
escribió Manual del estanciero y Sarmiento Recuerdos
de provincia, Viajes, Mi defensa, además de
Facundo e incontables otros textos; "esa" oposición
sesga tales conclusiones. Tal vez serían iguales en un aspecto,
si en efecto lo eran, "quod est demonstrandum", pero sin duda
eran muy diferentes en otros. Pero lo más interesante era la
conclusión de la estudiante: en virtud de tales ideas Sarmiento
resultaba condenado y Rosas no tanto, o para ser francos, absuelto.
Estamos en plena actualidad de Sarmiento, o de ciertas
inactuales discusiones sobre Sarmiento: en el fondo, y no tanto, Rosas
era entendido como expresión de una pura legitimidad, y en esa
similitud, que sus malas costumbres se manifestaran en Sarmiento hacía
un imperdonable no de Rosas sino de Sarmiento porque, y ahí está
el punto, era un intelectual. Como casi es de rutina, es sencillo condenar
a los intelectuales que, por desgracia, nunca parecen ser el mejor fruto
de una legitimidad sino sólo añadidos en una historia
que enclaustra la legitimidad no realmente en el pueblo, siempre invocado
pero que no se sabe muy bien qué es, sino en militares e Iglesia,
cuyos discursos, hemos tenido sobradas pruebas de ello, no necesitan,
ni han necesitado nunca, casi de argumentación para hacer aceptar
ese carácter.
Así que por este lado volvíamos a la actualidad
de Sarmiento; se verificaba que la tentación populista sigue
operando, no es fácil apartarse y decir "tratemos de salirnos
del esquema", aunque sepamos que el esquema no da para más,
mata de tedio, reduce y liquida, no es fácil dejar que crezcan
los frutos de las propias circunvoluciones cerebrales cuando se enfrentan
con un hecho que deben interpretar. Aquí me detuve, o mejor dicho,
sobre este punto: el riesgo que me esperaba era el de la profusión
y el declaracionismo y lo eludí. Resolví dejar ese sendero
e internarme en mis notas que, prudente, había tomado durante
el viaje por la llanura silenciosa, cubierta de nubes, durmiendo y despertando,
recuperando viejas imágenes y sensaciones.
Empecé es una forma de decir porque, como
Ud. lo habrá advertido, esa palabra me sirve para seguir ya que
empezar lo tengo hecho desde hace rato por señalar la extrema
"vitalidad" de esos textos, al menos los cuatro ya enumerados.
Apenas lo pronuncié necesité aclarar el alcance de ese
sustantivo, temí que se delatara un vitalismo bergsoniano o algo
todavía peor; creo, sin afirmarlo del todo, que estaba pensando
más bien en una "energeia" nietzscheana o en esa idea
de la entropía que me viene más por las sugerencias que
supo hacer Julia Kristeva que por lo que enseña la ciencia física
acerca del universo. En todo caso, tiene que ver con lo que en esos
textos "produce" todavía. Esa vitalidad, dije, "problematiza"
pone en cuestión, y si a nuestro turno la cuestionamos,
diríamos que reside en que los textos, siguiendo la idea de la
entropía, están todavía en estado de producción,
lo que se advierte con tan sólo fijarse en el apasionado interés
que despiertan apenas se evocan y que indica que lejos de ser catafalcos
o monumentos son más bien "documentos", tal como lo
preconiza Erwin Panofski y no Michel Foucault, a quien tanto se sigue
citando todavía, Ud. puede muy bien, lo presumo, estar ya algo
indigestado con la cantidad de apoyos que se solicitan a tan audaz pensador.
Todo lo cual me hizo desplazar ligeramente el objeto; se me ocurrió
que si "problematizar" es una de las cualidades de esos textos
ello indica una posición, definidora, por cierto, de cierto modo
de entender la cultura latinoamericana. Desplazamiento por metáforas
sucesivas, lo admito, que me conducen, en términos de posición
y de ubicación, a preguntarme por el sentido o la finalidad que
el autor les pudo atribuir. Para mí la clave es misional: esos
textos ocupan el espacio de una orfandad y la sustituyen, me refiero
a la orfandad cultural argentina, al "no hay" que el propio
Sarmiento categoriza mediante la imagen desértica y que es lo
que me permitió hablar de "la gran riqueza de la pobreza"
en el trabajo que no sin esfuerzo recuperé en el autobús.
En ese punto sentí que podía internarme en
lo que se suele designar como una "explicación" si
no de texto al menos de tal posición; es razonable porque si
pienso, como pienso, que Sarmiento ocupa la mencionada "posición"
debería dar cuenta de los fundamentos de la aserción...
y no puede haber otros que los que configuran sus textos mismos.
Ahí se me ocurrió, tal vez u ojalá
Ud. piense lo mismo, que habría que liberarse de las lecturas
que se han hecho de tales textos, ya que no se trata de colocarse en
alguna de ellas para obtener algún beneficio político
o psicológico. De paso, ¿no le parece que las lecturas
de Sarmiento, sobre todo las oficiales, consagradas y obligatorias,
cercan aquella "vitalidad" y hay momentos en que la asfixian
pero que, de todos modos, esos textos se reponen? Hay momentos en que
el Estado argentino, como si de pronto necesitara tener una figura prominente
en la ilusión de que esa promoción valida una política
o perdona una falta de racionalidad, propició lecturas a través
de la imagen del escritor consagrado; en algunos casos, las cualidades
textuales se sobrepusieron, creo que es el caso de Sarmiento y de Borges,
por ejemplo, tan exaltado por la dictadura en sus primeros años,
en otros es dudoso, Lugones por ejemplo, vaya uno a saber qué
va a ocurrir con lo que se intenta hacer con Sábato en la actualidad.
En fin, y volviendo de la digresión, toqué un par de tópicos
que me hubiera gustado descubrir por primera vez; quiero decir que los
expuse como glosa de lo que ya había escrito antes y eso nunca
es placentero; y le digo lo que fue, no querría que Ud. me dijera
que omito información.
Dije, obedeciendo a un impulso binarista que todavía
me recorre, que en Facundo se podían reconocer dos campos,
uno de imágenes y otro de verdades o de ideas. Por lo primero
debe entenderse los tropos, las figuras, las paráfrasis y todo
el sistema de la elocuencia; examinarlo compromete con lo que hoy podemos
llamar "literatura". Por lo otro debe entenderse el sistema
de juicios o afirmaciones que dan lugar a generalizaciones: considerarlo
es internarse en la filosofía, si se quiere, o con más
modestia en la sociología. Me interesa el primer campo y no pretendo
hallar unidad entre los dos, como lo hacen algunos sarmientistas que
sostienen que si verbalmente el "estilo" lo llaman
es brillante, alguna "verdad" social y política debe
enunciar. Ud. lo sabe: no es tan así, la "verdad artística"
es de otra índole y eso lo sabía el propio Marx, a quien
se le atribuyen tantas simplificaciones en este capítulo. Y no
se diga de la verdad social, nunca predecible, siempre verificable en
toda su esplendorosa pobreza, en la evidencia misma de su aplastante
realidad. La veta literaria, pues, tiene sus posibilidades y sus rasgos
y aunque no se trata de parcializar lo que podría ser una significación
mayor, una relación entre órdenes diversos, vale la pena
caracterizar, hallar un rumbo para establecer especificidades o particularidades
o modulaciones. Por ejemplo, y eso lo señalé, la tendencia
a la "mezcla"; eso se advierte en usos y categorías,
en niveles que se reúnen a veces con extremada violencia, lo
cual puede ser un rasgo romántico. Me interesa más destacar
que eso produce un "ritmo" que persigue una finalidad. No
voy a reproducir todo mi razonamiento; me basta decir, casi para concluir
este resumen, que la finalidad es realizar una acción por medio
de la literatura. Se diría, en consecuencia, que Sarmiento fue,
avant la lettre, un seguidor de la teoría de los actos de habla
sin la cual no podemos entender el carácter fáctico y
real de la lengua.
Esa dimensión sarmientina tiene, en mi opinión,
dos derivas; la primera se vincula con su definición misma de
la literatura "necesaria" para este país; la segunda
con el carácter de "operador" que se le puede reconocer
a sus textos porque, se dirá lo que se quiera de Sarmiento, se
lo calificará como se quiera, de intelectual o de enemigo de
los gauchos, si algo se puede admitir en sus textos es que mueven y
hacen reaccionar. Como lo dije en los tramos iniciales de esta carta,
"mueven la biblioteca", muestran lo que no se hizo en tanto
institución naciente y sus términos; como lo reprimido,
regresan sin cesar en condiciones analíticas nuevas.