NOÉ JITRIK
 


Bipolaridad en la historia (parte III)

Literatura clandestina es la que padece el ostracismo a que la condenan los mecanismos que controlan la cultura del país. En un principio significó estar al margen. Este momento está cubierto íntegramente, acaso, por la literatura gauchesca; después, una vez que el Martín Fierro atravesó un largo proceso de hibernación, pero también en el momento en que el campo vuelve a ser sentido en toda su esencialidad, la gauchesca es recuperada, anexada, deja de estar al margen para servir de modelo retórico de virtudes perdurables. Otra acepción que se puede registrar para la literatura clandestina y que corresponde a una etapa de consolidación y diversificación de la literatura argentina en su totalidad es la del enfrentamiento franco y militante respecto de la literatura oficial; lucha o por lo menos prescindencia, decisión de no entrar en ese juego. Un buen ejemplo de esta situación lo dan los escritores del tipo mesiánico-anarquista de principios de siglo: puro rechazo, soledad intransigente, la muerte preferible al solapado academicismo de las bellas letras. Como en los otros casos, el planteo no es nítido para quienes optan por el ostracismo; como toda clandestinidad, exige una tenacidad y una consecuencia que por un lado son muy difíciles de mantener en un país en el que la literatura carece de público y lo oficial ejerce un control de aniquilamiento, mientras que por el otro adultera la producción concreta al someterla a tantas presiones exteriores. El hecho es que pocos escritores de los que podemos considerar clandestinos se salvan de vacilaciones y de vaivenes entre un orgulloso aislamiento y una inexplicable sumisión; lo más importante de estas nebulosas en las que muchos escritores rebeldes han sido anegados es la interiorización de valores conformados en el mundo oficial; y el escritor clandestino carece, a veces, de axiología propia y anda dando vueltas durante toda su vida en torno a la establecida, respecto de la cual siente disconformidad, sin duda, pero no disposición de reemplazo. Hay vidas patéticas en ese sentido: Florencio Sánchez o más todavía, Martínez Estrada, que no llegó a distinguir nunca las relaciones entre mundo oficial y literatura oficial, hasta el punto de no renunciar a ésta en tanto criticaba a aquél, y de verse, finalmente, segregado de su voluntaria participación por razones políticas más afectivas que ideológicamente fundadas; su demonismo y sus renuncias son a un mundo de oficialidad pero no a una literatura oficial, y sus adhesiones literarias, de un intuitivismo planteado como zona de reencuentro de lo humano universal, lo marginan en la superioridad de la inteligencia de que carecía la literatura oficial, pero no le alcanzan para dibujar una figura esencialmente diferente.
   El conflicto entre oficialismo y ostracismo es permanente y perdura; quizá se hayan producido modificaciones o esclarecimientos en la literatura clandestina a partir de una iluminación de izquierda, a medida que se ha ido despojando de anarquismo y ha ido integrando una perspectiva analítica. Es deseable, con todo, que la oposición desaparezca, cosa que no puede ocurrir hasta tanto el público no se amplíe, diversifique y libere, lo cual nos remite a un cambio de instancias de un orden social total. Si esto ocurriera, lo que sea simplemente literatura de alta calidad, vinculada sinceramente a la realidad y cualquiera que sea el mundo que ponga en movimiento, podrá comunicarse sin cortapisas con el público, tendrá un público que elegirá lo que le convenga o conmueva, sin el sistema de ocultamiento y desprecio que hasta ahora se ejercita. La calidad, lo específicamente estético de la literatura, por ahora no es una pauta o lo es muy relativamente: la literatura oficial inventa órdenes de calificación que a veces coinciden con elementos perdurables de la obra calificada, pero que en general implican el otorgamiento de personería o la negativa a otorgarla, de acuerdo con una especie de instinto de conservación que poco se interesa por lo auténticamente valioso.
   Hemos llegado a una oposición fácilmente ponderable, que permite una comprensión casi cotidiana y militante de la proyección de muchas obras de nuestra literatura. Es claro que el plano en el que tal oposición se plantea es un tanto externo, lo cual no obstante no lo trivializa; en la realidad lo externo es simplemente exteriorización de una frustración filosófica que perjudicó por muchos años las posibilidades de nuestra literatura en tanto vehículo de comprensión profunda de la realidad. Vale la pena reflexionar sobre este hecho.
   Ya hemos dicho que los fundadores de la literatura nacional la concibieron como legítima, como adecuada a una realidad analizada de antemano; no obstante el voluntarismo emergente de ese proyecto, hubo un punto de apoyo filosófico inicial que no tiene por qué ser puesto en la cuenta del legitimismo apriorístico; podemos hasta cierto punto considerarlo en sí, ya que lo que calificamos de legítimo es más una' actitud que los elementos a que dicha actitud recurrió para ponerse en movimiento. Pues bien, los fundadores de nuestra literatura y de nuestro pensamiento se propusieron el estudio y la adopción de las ideas que las aseguraban una unidad entre lo que se quería obtener de la realidad y la realidad dada. Apelaron a los filósofos más "modernos" y creyeron en casi todos al mismo tiempo, modelados, casi todos, por el general influjo hegeliano que se esparció por el eclecticismo francés, la ciencia jurídica alemana, etcétera.
17 Hegel quedó un poco atrás: lo que aprovecharon fueron elementos sueltos y no un sistema que había llegado ya desperdigado. Sarmiento muestra en su Facundo su adhesión a mecanismos como el de las contraposiciones, heredero, sin duda, de la negación hegeliana, pero ahí se para, en el establecimiento de la contraposición se agota y no ve el modo de ser enteramente dialéctico. La necesidad de apoyarse en una filosofía (declarada por Alberdi en 1837) se satisface con un dualismo maniqueo, encubierto en Sarmiento por una hábil pero formal trama de concatenaciones. Hegel proponía un monismo que, aunque idealista, podía haber sido útil para constituir un pensamiento. Es claro que el Hegel que recibieron estaba destrozado por los intérpretes y traductores, y ninguno de ellos conoció directamente sus textos; el hecho es que a través del dualismo se tornaron antidialécticos y el dualismo fue la rajadura por donde se filtró la posibilidad de comprender la realidad que tenía que abarcar y expresar.
   ¿Por qué se ahonda lo antidialéctico en el pensamiento argentino? ¿Por que se abandona el objetivo inicialmente planteado de lograr una unidad? La ignorancia de Hegel no es una razón: el desconocimiento cultural provoca desviaciones en una tendencia pero no es causa eficiente para un cambio total de rumbo. El motivo debe buscarse, en mi opinión, en la relación que se establece, de entrada nomás, entre exigencias de estructura económica y posibilidades ideales de realización del país. O sea: la autonomía total, idea contenida en el ideario de Mayo, no es vivida como algo obtenido sino como una realidad a lograrse; lo que va a hacer posible esa realidad es un grupo, una clase que, al consolidarse, violentará todo lo que se opone a ese objetivo: esa clase es la burguesía, claramente descripta por Echeverría en su plan económico.
18 Lo que ocurre, entonces, es que por sí sola la burguesía no puede dar satisfacción a tales esperanzas, pues concibe su fuerza en una relación de dependencia respecto del mundo civilizado, capitalista. Imposible lograr la autonomía mediante ejecutores que se saben dependientes: el pensamiento original padece el tironeo y la incongruencia, y se pliega a las exigencias de la clase que se ha apoderado de la ideología quebrándola en el fondo aunque pareciera respetarle su exterior retórico.
   La formulación más brillante del dualismo es, sin duda, "Civilización y Barbarie", presentada como antinomia como dilema frente al cual no cabe sino la inclinación por uno de sus términos. Es fácil suponer los pasos contenidos en esta expresión; en cierto sentido son todos los que hemos ido señalando y atribuyendo a la literatura argentina en general; pero lo que la expresión acuñada además oculta es el germen de una oposición más fundamental entre materia y espíritu. Esta pareja tan clásica tendrá una gran fortuna en la historia del pensamiento argentino y aparecerá en el 80, en la obra de Cambaceres por ejemplo, y en general en todos los escritores de la oligarquía y sus continuadores hasta hoy, como divergencia entre intimidad y exterioridad, entre apariencia y esencia. No creo que se pueda considerar a escritores como el nombrado y a otros epígonos, sin tener en cuenta esa dimensión umbilicada en todos por la concepción liberal de la política y la vida.
   Todo este conjunto de líneas no aparece, como hemos visto, ni en sucesión ni en convivencia, sino en una imbricación difícil de esquematizar por lo variado y variable, por la contaminación que tan frecuentemente se produce. Por otra parte, cada línea es como un acento puesto sobre una época: agotada su fuerza deja paso a un sucedáneo o engendra un derivado que copa lo más íntimo de una tendencia. Además, no se debe suponer que los escritores se resignaron todos a quedarse encajonados en su cuadro; algunos se rebelaron y trataron, a veces con más confusión que potencia, de romper barreras y escapar de condicionamientos más intuídos que reflexionados. Esos estallidos de furia y a veces de conciencia se establecen polémicamente en declaraciones militantes, pero también, y eso es lo que importa, en la expresión concreta. El lenguaje, en tanto expresa relaciones que proceden de la realidad, descubre u oculta con la misma astucia, con la misma ingenuidad. En consecuencia, determinar lo que el escritor pone en la expresión, el servicio que hace cumplir al lenguaje de que se vale, engendra otras líneas que nos acercan también, por otro lado a la historia de la literatura argentina cuyo trazado venimos persiguiendo en este planteo de bipolaridades.
   Por ejemplo, en lo que se refiere a la voluntad de estilo. Tomando restringidamente como eje el realismo se advierte a lo largo de toda nuestra literatura que en su torno se origina ya sea una tentativa que configura una voluntad de denuncia, ya sea una tendencia a la desvirtuación de la realidad por connivencias con sus formas convencionales. Es lo que va de El Matadero o Martín Fierro al acriticismo de algunos escritores positivistas: unos y otros son realistas, pero el realismo tiene en uno y otro caso finalidades diferentes; sometido en el segundo a una presión ambiental que lo deforma implacablemente, servirá para dar una imagen demoníaca del mundo cuando le toque a Martel dar su versión; nada más natural que en este proceso de distorsión aparezca un escritor como Cané, francamente esteticista, es decir directamente antirrealista como rechazo a toda posible consideración de la realidad salvo para negarla mediante el estilo. Este esteticismo constituye la base del modernismo posterior, que si bien en una primera instancia, bajo la gran protección de la literatura como profesión, se confundió con los objetivos del nuevo realismo finisecular,
19 muy pronto configuró un sistema expresivo que se apartó reservando sin embargo para sí, como último nexo, aspectos externos de la realidad.
   Ser partidario de una u otra tendencia, aun con todo el posible sistema de vacilaciones, implica una decisión, pues no puede concebirse que un código literario del cual se vale tanta gente sea obra del azar o de la inspiración individual; la racionalidad de una actitud expresiva no es fantasmal: puede determinarse después de un análisis del punto o momento en que se encuentran todas las presiones que gravitan sobre el hecho literario. Y la decisión frente a esa racionalidad se da en un contexto de juego entre libertad y aceptación del escritor frente a lo que su clase le impide o le deja hacer; en la elección de su sistema expresivo el escritor moviliza su capacidad de negación o bien se allana a lo que su clase ha logrado introducir en él determinando su relación con la realidad. En consecuencia, la tendencia al realismo se perfila en tanto no declina de un ingrediente de crítica sobre el que se fundamenta genéricamente la denuncia; se diluye, por el contrario, cuando segrega la posibilidad de examen. Es claro que en lo que respecta a lo puramente formal hay modos explícitamente no realistas de considerar la realidad: habrá que determinar en cada caso si eso implica oposición al realismo crítico o una propuesta más intensa e interior de denuncia. En todo caso, la opción, el camino que se adopta y sus vericuetos están perfectamente contenidos en la obra y ella los objetiva; residen en el plano intencional, que la escritura difunde, y en el cual la determinación clasista cumple un papel fundamental.
20 En suma, que mediante esta forma de historiar nuestra literatura podríamos sortear el riesgo del formalismo y penetrar en el fenómeno literario considerándolo como expresión, es decir, desde el punto de vista de lo que los sectores sociales concretos, las clases, han logrado históricamente manifestar u ocultar gracias a la mediación imaginativa.
   La bipolaridad de actitudes respecto del realismo, como en los otros casos, no se agota en la consideración primera: otras oposiciones se desencadenan o, mejor dicho, aparecen como necesarias consecuencias. La tendencia a la desvirtuación de la realidad se resuelve canónicamente en lo estilístico mediante cierto impulso a la consolidación, a lo perfecto, al escribir bien como ideal. Esto supone la sumisión a modelos y crea una órbita donde todo se encierra, donde todo debe estar encerrado, sentimientos de autosatisfacción por cumplimentar esos requisitos, ostentación de claves fuera de las cuales nada realmente tiene consistencia. Esta actitud es uno de los rasgos, por otra parte. que preconiza la literatura oficial. La tendencia al realismo como denuncia, en cambio, al poner en cuestión lo consolidado, instrumentaliza la palabra y se margina voluntariamente de normas, echa mano a cualquier recurso para lograr su objetivo: es el famoso escribir mal de Roberto Arlt, el abandono del modernismo de Quiroga e, incluso, con todas sus contradicciones posteriores, el abandono de la poesía que hace Martínez Estrada. Al dramatismo de estos casos se opone una búsqueda de perfección que no necesariamente, y por lo general mucho menos, provoca descubrimientos lingüísticos; esa exigencia se connota con una suerte de voluntad estatuaria que cae casi de ordinario en el congelamiento verbal, en tanto que el "escribir mal", cuando no es meramente desaprensión, propone una dinámica, abre la discusión aun sin quererlo sobre los límites de una palabra dada y sobre su eficacia en el sentido de una expresión que no depare tan solo felicidad al que la logra sino que trasmita una conciencia múltiple. Como en los otros casos, los escritores pueden quedarse en una u otra actitud, vacilar o pegar un salto. Rayuela, de Julio Cortázar, contiene por lo menos esta preocupación con todas las implicaciones que a partir de este enfoque deben aparecer. En términos generales, cualquiera que sea la decisión que se tome, está llena de significaciones que, completas, dan luz sobre lo que una obra es o quiere decir, sobre lo que se ha puesto en marcha en la intencionalidad de su autor.
   Y este es, finalmente, el elemento indispensable para que una historia de la literatura pueda llegar a tener un sentido y no sea meramente descriptiva; es el elemento que la crítica puede proporcionar con mayores posibilidades de ser incorporado, no solo sin destruir el método que pueda resultar más propio sino consolidándolo, integrándolo. La intencionalidad fluye por el cuerpo literario y es lo que le da sentido porque conecta escritores, obras y público, porque revela cómo ese circuito procede de un tiempo y una sociedad y vuelve a ellas, porque dibuja las verdaderas diferencias y propone con ellas una inteligibilidad, una clasificación que tiende a incorporar la literatura a lo que la vida exige de ella y no a establecer una soledad que no sirve para nada. Sobre esta idea, sobre este residuo, se cierne la bipolaridad que hemos registrado, el sistema de oposiciones que la constituye; con todo eso, es decir el principio crítico y sus resultantes, podría erigirse una historia que formara realmente parte de la que en el orden de la cultura afina sus métodos y muestra y explica cómo ha sido y cómo es la sociedad que los hombres han creado, los destinos que se han empeñado en realizar.

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de "Ensayos y estudios de literatura argentina", publicado por Galerna, 1960. © Galerna 1960

 

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