La representatividad
se plantea como término opuesto y alude a la presencia de lo
real inmediato, no mediatizado más que por el lenguaje y no por
un sistema más o menos hábil; las formas de expresión
que surgen como condicionadas por relaciones ambientales no solo no
se quieren omitir sino que se busca asumirlas; en virtud de ello, el
sentimiento de representatividad implica una expresión no deliberada
de lo existente, caracterizada teóricamente por un espontaneismo
que muchos encuentran en o atribuyen a la literatura gauchesca,
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que, en esta interpretación, serviría también como
ejemplo de la representatividad para la época de la fundación
de nuestra literatura. Es claro que la literatura gauchesca no es una
consecuencia natural ni necesaria de la tradición payadoresca
sino que nace de una deliberación bien ubicable históricamente;
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sin embargo, esta deliberación no cuestiona lo representativo,
por cuanto se limitó a una ocurrencia que, sin pretender de entrada
dotar de un lenguaje a una realidad total, pone en evidencia una zona
no asumida por la totalidad formal pero que se siente ella misma totalidad.
Y si dentro de esa ocurrencia hay un tributo a la forma aceptada, pues
no se formula ninguna rebelión, ese tributo es el mínimo
que se concede (lo cual significa que no se concede nada) a una comunidad
cultural que rechaza lo que dicha poesía implica. La deliberación
que está en la base de la poesía gauchesca es puramente
astucia y no un proyecto de sistema: busca persuadir a los hombres cultos
de que deben prestar atención al mundo bárbaro que se
les muestra.
Bipolaridad en la historia (parte II)
Lo gauchesco no agota esta actitud; en términos
generales, reaparece en la literatura sencillista, en el teatro popular
(sainete), en el boedismo (aquí lo representativo se adultera
a causa de un misionalismo que exige. para ser llevado a cabo, una fuerte
dosis de designios políticos, ideológicos o humanitarios,
pero en general mentales), en la poesía del tango. Es interesante
consignar que, salvo tal vez en el sainete, la actitud representativa
no aparece en estado puro sino interferida por elementos que proceden
de la zona legítima y que dan un tono de hibridez pintoresca
a las manifestaciones donde se produce el cruce. Se podría anotar,
de paso, que la incapacidad de la literatura legítima de aceptar
lo representativo tiene dos consecuencias: acentúa el pintoresquismo
de expresiones espontáneas mechadas de culturalismo e impide
la aparición de una literatura integrada, a nivel de cultura
en todos los planos, habiendo asumido culturalmente la materia que provee
la zona de representatividad.
Sea como fuere, puede observarse que durante años
no hubo conciliación entre estos dos enfoques del destino literario
nacional: la literatura legítima, concebida como conjunto de
formas y temas que rellenaban una especie de reino perfectamente ordenado
y dirigido, era lo que había que hacer, en tanto que la representativa
era la que se hacía a pesar de la otra, buscando negarla, agrediéndola
con su inmediatez. Por momentos, sin embargo, la conciliación
se produjo o, por lo menos, existieron tentativas de no ignorar los
dos polos centrales del proyecto literario argentino, en un afán
de superar las limitaciones de ambos y con vistas a lograr una expresión
más universal y real que, cuando se dio, no estuvo alejada ni
de la realidad ni de las perspectiva que sobre ella provee la cultura.
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La literatura legítima tuvo de entrada un enérgico
carácter mental y, como requería ayuda de experiencias
literarias ya realizadas en otras partes y frente a las cuales se rendía,
pudo ser sentida justificadamente como exterior. La literatura representativa,
en cambio, al excluir la deliberación, recargó lo afectivo
y, al apelar a un espontaneísmo que debía ser fuente de
inspiración y materia, confió en que de sus peculiaridades
y limitaciones saldrían las formas que serían, en virtud
de tal proceso, transmisoras de una intimidad, no ya la intimidad del
autor sino de la colectividad cuya representación natural se
atribuía.
Pero el esquema no se detiene ahí: tiene implicaciones
que lo diversifican y lo afilan en una ampliación de las posibilidades
de comprensión de obras y actitudes literarias. Así, por
ejemplo, legitimidad fue sinónimo de cultura, y representatividad,
de populismo; ambos términos, aplicados a la creación,
deben ser interpretados como antagónicos, sobre todo en el sentido
con que cada sector cargó lo más característico
del otro. Para un arte "populista" nada hay más equivocado
y perverso que una literatura "culta" y a la inversa. Pero
como para un país como el nuestro, la "cultura", entendida
como normas superiores que no se pueden sino acatar, no proviene de
nuestra forma de ser sino que nos es (nos ha sido) impuesta, literatura
culta fue sinónimo de extranjerismo en la oposición con
el populismo; a su vez, el populismo, al negarse al orden al que por
añadidura atacaba, pretendía apropiarse de lo nacional,
resumir en su proyecto todas las posibilidades de expresión de
lo nacional. Así, pues, vamos viendo las correlaciones: literatura
representativa, espontaneísmo, inmediatez, intimidad social,
populismo, nacionalismo; literatura legítima, mentalismo, apriorismo,
exterioridad, cultura, extranjerismo.
En un primer momento, podríamos decir que siempre
hubo una literatura de innegable apetencia legitimista, teñida
de voluntarismo: querer ser literatura nacional, querer afirmarla, querer
construirla suponiendo que antes o al margen de tal voluntad no había
nada. Esta actitud aparece quizás en su máxima complejidad
en el proyecto de Juan María Gutiérrez: la América
Poética era una antología grandiosa que demostraría
la existencia de una tradición literaria que contenía
el hecho revolucionario de Mayo; en la práctica solo fue un objeto
en el que Gutiérrez desplegó una intención que
debía tener su continuidad en el futuro; Sarmiento, por su parte,
al concebir la figura de Facundo, declaró que implicaba la fundación
de los tipos dramáticos nacionales y que su libro, en lo que
tiene de novela, constituía la prehistoria de la literatura nacional:
en los años del 80, la incipiente novela, calcada sobre el naturalismo
francés, daba pie a declaraciones posteriores, interpretativas,
de Ricardo Rojas, que en esos intentos veía la cifra de una literatura
futura. Línea constructivista, esforzada, cuyos sacrificios no
tenían importancia en relación con ese momento en el que,
una vez formada, nuestra literatura iba a expresar la realidad nacional
sin necesidad de recurrir al ejercicio de ninguna voluntad.
Pero, al mismo tiempo, hubo manifestaciones directas y
espontáneas, que no obedecían a ninguna propuesta preliminar:
sus autores, al manifestarse, simplemente se dejaban existir y no suponían
consolidar ninguna pauta, pero, en cambio, no sentían ninguna
diferencia entre ellos y lo que expresaban. Ya lo he dicho: tradición
payadoresca anónima, poesía gauchesca política,
novela gauchesca policial y, cronológicamente, todo lo que pudo
considerarse literatura popular, el sainete, el cocoliche, el verso
del tango, etcétera.
Es claro que, presentadas así las cosas, puede parecer
que la opción es fácil y que nada cuesta clasificar los
hechos componentes de la literatura argentina ubicándolos en
uno u otro casillero. En términos generales, creo que el esquema
es válido y funciona, pero no se puede ignorar que a veces se
han tendido puentes entre ambas categorías, obras que, como El
Matadero de Echeverría, no habiendo podido desprenderse de
sus caracteres cultos originarios, se tornan en la marcha representativas
en la medida en que captan ciertos conflictos y los expresan sin adulteración,
un poco a pesar del pensamiento del autor, como dejando que se filtre
la realidad al margen de todo esquema conceptual, tal como lo hemos
ya indicado al hablar del legitimismo del Salón Literario. Para
completar el ejemplo, el Martín Fierro, que reúne
toda la representatividad posible y pensable de nuestra literatura según
casi todos los críticos, incluye elementos de deliberación,
cierta dosis de voluntad que emerge de la obra y tiende a confundirse
con lo que caracteriza la realidad contra la cual esgrimía su
rusticismo. Pasado el período heroico y formativo de nuestra
literatura, estos puentes se hacen cada vez más frecuentes, y
en escritores como Benito Lynch, Macedonio Fernández, Horacio
Quiroga, Roberto Arlt, las dos líneas se entremezclan tanto que
casi podríamos hablar de una síntesis, de una naturalidad
que combina sin violencia cultura y populismo, nacionalismo y extranjerismo,
en suma legitimidad con representatividad. Este máximo acercamiento
entre las dos líneas se produce a partir del momento en que se
agota la literatura expresamente polémica que caracterizó
la mayor parte del siglo pasado y comienza la que podríamos llamar
profesional, que aparece en forma tan definida como el acceso a la vida
pública nacional de la incipiente clase media. El profesionalismo
rompe explícitamente ciertos límites que antes se salvaban
solo en lo más hondo de la intimidad, en el seno de la intencionalidad
profunda, y no teme asumir los riesgos de esta descalificación;
urgidos por una expresión que imaginaban desprejuiciada, los
escritores profesionales recurren a todos los elementos que les puede
prestar la realidad y con ellos suponen realizarse, desechando el servicio
a toda otra causa que no sea la literatura. 16
Pero las oposiciones no cesan con esta posibilidad de síntesis;
las oposiciones se interiorizan y vuelven a separar las obras y los
autores sobre la base de una estimulación de algunos de los términos
engendrados por las oposiciones iniciales. Así, por ejemplo,
no cesa la tendencia extranjerizante, más concretamente, la tendencia
al europeísmo vivida ahora no simplemente como fuente de cultura
sino en cuanto es un universal al cual se debe acceder y que sólo
se da en Europa; las cosas se enrevesan porque esa apetencia de universalidad
que debería proyectarse en una tentativa de comprensión,
de liberación del hombre, se reduce a una oposición al
localismo; ese cambio de plano trivializa el presunto contacto con la
universalidad, con la cultura y con Europa y, dialécticamente,
perjudica al localismo que se empecina en sus peores rasgos, extrema
sus restringidas aspiraciones. En esa pugna aparecen también
dos líneas que rigen hasta cierto punto la historia de nuestra
literatura. Jorge Abelardo Ramos, tomando visiblemente partido por una
de ellas en su libro Crisis y resurrección de la literatura
argentina, establece una filiación que compromete prácticamente
todo lo que se ha producido hasta aquí. Lo universalista y lo
populista implican en la idea de ese autor definiciones casi absolutas,
solo atemperadas por declaraciones a nivel político que desinscribirían
una obra de su afiliación. En mi concepto, la aplicación
de estas dos pautas no puede hacerse sobre toda nuestra historia: solo
daría para un momento en que se extreman los requerimientos que
mueven ambas actitudes y cuyas limitaciones crean escuela, caso de Mallea
por un lado, caso Armando Tejada Gómez por el otro.
Además de ocultar la perspectiva a quienes se han
instalado en estas dos líneas o a quienes pueden ser susceptibles
de ser considerados a la luz de esta clasificación, estas actitudes
han producido consecuencias que no podríamos dejar de tener en
cuenta. El universalismo, que en el fondo es mero europeísmo,
propone la cuestión de la literatura epigónica, lo cual
nos hace volver sobre todo nuestro acervo: hasta qué punto nuestra
literatura ha sido y es independiente, hasta donde depende (sigue dependiendo)
de patrones exteriores, qué han significado esos patrones, qué
vigencia tienen todavía, cómo hacer para desligarse de
ellos. Juan Bautista Alberdi, en su Fragmento Preliminar para el
estudio del derecho, rechazaba toda posibilidad de sujeción,
condenaba el doble plagio de los que imitaban a los españoles,
pues éstos imitaban a los franceses, y aconsejaba tomar directamente
de las fuentes en una actitud desprejuiciada, en la creencia de que
nuestra situación no difería de la de otros pueblos que
se apropian con provecho de las creaciones humanas en general. Ese epigonismo
era sutil y se convirtió en argumento para tentativas como las
de Poesía Buenos Aires, que, más de cien años después,
se propone un reencuentro con las formas propias de nuestra poesía
a través de una recuperación adecuada, prudente, de lo
europeo. No podría decir que ese plan tan ponderado de Alberdi
haya sido totalmente desvirtuado: pienso, tan solo, que ha creado infinidad
de situaciones confusas que conviene tener en cuenta para poder deslindar
entre apropiación de cultura y sumisión.
Pero una consecuencia más grave deriva de la oposición
universalismo-localismo: la creación de la literatura oficial,
que ha tenido siempre su correlativa literatura clandestina. En general,
el primer término continúa la línea cuyo primer
eslabón era la legitimidad, pero el segundo no se interesa necesariamente
en la representatividad. Y, si la cultura es un ingrediente en la perpetración
de la línea legítima, y la literatura oficial es una de
sus consecuencias, no podríamos decir que Macedonio Fernández,
cuya obra es un acto de fe en la inteligencia, sea escritor "oficial",
aunque esto no implica que no podría de algún modo llegar
a serlo. Porque la literatura oficial es ante todo un concepto político:
es la literatura que de un modo u otro persigue una integración
con los planos estables y permanentes de la vida del país. No
es extraño, entonces, que la literatura que se propone a sí
misma como legítima, en tanto se plantea la tarea después
de un examen de lo que debe hacerse, le haya dado base y sustento principal;
y, como es un concepto político, le interesa menos lo que la
obra en sí implicó en su momento que lo que pueda significar
en la actualidad para que la susodicha integración pueda realizarse
satisfactoriamente; esto explica que muchas obras sentidas originariamente
como representativas pertenezcan finalmente a la literatura oficial,
donde por fuerza se momifican; esto aclara también el proceso
de anexión que he tratado de explicar más arriba y por
el cual escritores inicialmente marginados entran a formar parte de
una estructura homogénea llamada Literatura Argentina que, concebida
como unidad, elimina discrepancias.
Que existe una literatura oficial parece indudable; su
definición como búsqueda de integración con los
planos estables de la vida del país echa luz sobre su naturaleza,
pero el ejercicio concreto de este impulso de oficialidad no ha llegado
a tener todavía frutos íntimamente satisfactorios, porque
las estructuras tradicionales de poder no aprecian la literatura ni
la cultura en general como iguales, no les interesan y bien pueden pasarse
sin ellas; la burguesía nacional, en sus diversas etapas, solo
consideró la literatura como un adorno, o bien como una complicación
un poco inútil, o bien como una desviación individual
de personas a las que sin embargo, puesto que con su obra pretendían
sostenerla, había que alimentar y respaldar. Este último
aspecto es el más importante: pese a ese desdén, hay una
literatura que procura expresar esas estructuras, entenderlas, que las
respeta y las defiende, que no se desalienta frente a la inaccesibilidad
con que se le presentan tales planos estables de la vida nacional.