NOÉ JITRIK
 


Bipolaridad en la historia (parte II)

 

La representatividad se plantea como término opuesto y alude a la presencia de lo real inmediato, no mediatizado más que por el lenguaje y no por un sistema más o menos hábil; las formas de expresión que surgen como condicionadas por relaciones ambientales no solo no se quieren omitir sino que se busca asumirlas; en virtud de ello, el sentimiento de representatividad implica una expresión no deliberada de lo existente, caracterizada teóricamente por un espontaneismo que muchos encuentran en o atribuyen a la literatura gauchesca, 13 que, en esta interpretación, serviría también como ejemplo de la representatividad para la época de la fundación de nuestra literatura. Es claro que la literatura gauchesca no es una consecuencia natural ni necesaria de la tradición payadoresca sino que nace de una deliberación bien ubicable históricamente; 14 sin embargo, esta deliberación no cuestiona lo representativo, por cuanto se limitó a una ocurrencia que, sin pretender de entrada dotar de un lenguaje a una realidad total, pone en evidencia una zona no asumida por la totalidad formal pero que se siente ella misma totalidad. Y si dentro de esa ocurrencia hay un tributo a la forma aceptada, pues no se formula ninguna rebelión, ese tributo es el mínimo que se concede (lo cual significa que no se concede nada) a una comunidad cultural que rechaza lo que dicha poesía implica. La deliberación que está en la base de la poesía gauchesca es puramente astucia y no un proyecto de sistema: busca persuadir a los hombres cultos de que deben prestar atención al mundo bárbaro que se les muestra.
   Lo gauchesco no agota esta actitud; en términos generales, reaparece en la literatura sencillista, en el teatro popular (sainete), en el boedismo (aquí lo representativo se adultera a causa de un misionalismo que exige. para ser llevado a cabo, una fuerte dosis de designios políticos, ideológicos o humanitarios, pero en general mentales), en la poesía del tango. Es interesante consignar que, salvo tal vez en el sainete, la actitud representativa no aparece en estado puro sino interferida por elementos que proceden de la zona legítima y que dan un tono de hibridez pintoresca a las manifestaciones donde se produce el cruce. Se podría anotar, de paso, que la incapacidad de la literatura legítima de aceptar lo representativo tiene dos consecuencias: acentúa el pintoresquismo de expresiones espontáneas mechadas de culturalismo e impide la aparición de una literatura integrada, a nivel de cultura en todos los planos, habiendo asumido culturalmente la materia que provee la zona de representatividad.
   Sea como fuere, puede observarse que durante años no hubo conciliación entre estos dos enfoques del destino literario nacional: la literatura legítima, concebida como conjunto de formas y temas que rellenaban una especie de reino perfectamente ordenado y dirigido, era lo que había que hacer, en tanto que la representativa era la que se hacía a pesar de la otra, buscando negarla, agrediéndola con su inmediatez. Por momentos, sin embargo, la conciliación se produjo o, por lo menos, existieron tentativas de no ignorar los dos polos centrales del proyecto literario argentino, en un afán de superar las limitaciones de ambos y con vistas a lograr una expresión más universal y real que, cuando se dio, no estuvo alejada ni de la realidad ni de las perspectiva que sobre ella provee la cultura.
15
   La literatura legítima tuvo de entrada un enérgico carácter mental y, como requería ayuda de experiencias literarias ya realizadas en otras partes y frente a las cuales se rendía, pudo ser sentida justificadamente como exterior. La literatura representativa, en cambio, al excluir la deliberación, recargó lo afectivo y, al apelar a un espontaneísmo que debía ser fuente de inspiración y materia, confió en que de sus peculiaridades y limitaciones saldrían las formas que serían, en virtud de tal proceso, transmisoras de una intimidad, no ya la intimidad del autor sino de la colectividad cuya representación natural se atribuía.
   Pero el esquema no se detiene ahí: tiene implicaciones que lo diversifican y lo afilan en una ampliación de las posibilidades de comprensión de obras y actitudes literarias. Así, por ejemplo, legitimidad fue sinónimo de cultura, y representatividad, de populismo; ambos términos, aplicados a la creación, deben ser interpretados como antagónicos, sobre todo en el sentido con que cada sector cargó lo más característico del otro. Para un arte "populista" nada hay más equivocado y perverso que una literatura "culta" y a la inversa. Pero como para un país como el nuestro, la "cultura", entendida como normas superiores que no se pueden sino acatar, no proviene de nuestra forma de ser sino que nos es (nos ha sido) impuesta, literatura culta fue sinónimo de extranjerismo en la oposición con el populismo; a su vez, el populismo, al negarse al orden al que por añadidura atacaba, pretendía apropiarse de lo nacional, resumir en su proyecto todas las posibilidades de expresión de lo nacional. Así, pues, vamos viendo las correlaciones: literatura representativa, espontaneísmo, inmediatez, intimidad social, populismo, nacionalismo; literatura legítima, mentalismo, apriorismo, exterioridad, cultura, extranjerismo.
   En un primer momento, podríamos decir que siempre hubo una literatura de innegable apetencia legitimista, teñida de voluntarismo: querer ser literatura nacional, querer afirmarla, querer construirla suponiendo que antes o al margen de tal voluntad no había nada. Esta actitud aparece quizás en su máxima complejidad en el proyecto de Juan María Gutiérrez: la América Poética era una antología grandiosa que demostraría la existencia de una tradición literaria que contenía el hecho revolucionario de Mayo; en la práctica solo fue un objeto en el que Gutiérrez desplegó una intención que debía tener su continuidad en el futuro; Sarmiento, por su parte, al concebir la figura de Facundo, declaró que implicaba la fundación de los tipos dramáticos nacionales y que su libro, en lo que tiene de novela, constituía la prehistoria de la literatura nacional: en los años del 80, la incipiente novela, calcada sobre el naturalismo francés, daba pie a declaraciones posteriores, interpretativas, de Ricardo Rojas, que en esos intentos veía la cifra de una literatura futura. Línea constructivista, esforzada, cuyos sacrificios no tenían importancia en relación con ese momento en el que, una vez formada, nuestra literatura iba a expresar la realidad nacional sin necesidad de recurrir al ejercicio de ninguna voluntad.
   Pero, al mismo tiempo, hubo manifestaciones directas y espontáneas, que no obedecían a ninguna propuesta preliminar: sus autores, al manifestarse, simplemente se dejaban existir y no suponían consolidar ninguna pauta, pero, en cambio, no sentían ninguna diferencia entre ellos y lo que expresaban. Ya lo he dicho: tradición payadoresca anónima, poesía gauchesca política, novela gauchesca policial y, cronológicamente, todo lo que pudo considerarse literatura popular, el sainete, el cocoliche, el verso del tango, etcétera.
   Es claro que, presentadas así las cosas, puede parecer que la opción es fácil y que nada cuesta clasificar los hechos componentes de la literatura argentina ubicándolos en uno u otro casillero. En términos generales, creo que el esquema es válido y funciona, pero no se puede ignorar que a veces se han tendido puentes entre ambas categorías, obras que, como El Matadero de Echeverría, no habiendo podido desprenderse de sus caracteres cultos originarios, se tornan en la marcha representativas en la medida en que captan ciertos conflictos y los expresan sin adulteración, un poco a pesar del pensamiento del autor, como dejando que se filtre la realidad al margen de todo esquema conceptual, tal como lo hemos ya indicado al hablar del legitimismo del Salón Literario. Para completar el ejemplo, el Martín Fierro, que reúne toda la representatividad posible y pensable de nuestra literatura según casi todos los críticos, incluye elementos de deliberación, cierta dosis de voluntad que emerge de la obra y tiende a confundirse con lo que caracteriza la realidad contra la cual esgrimía su rusticismo. Pasado el período heroico y formativo de nuestra literatura, estos puentes se hacen cada vez más frecuentes, y en escritores como Benito Lynch, Macedonio Fernández, Horacio Quiroga, Roberto Arlt, las dos líneas se entremezclan tanto que casi podríamos hablar de una síntesis, de una naturalidad que combina sin violencia cultura y populismo, nacionalismo y extranjerismo, en suma legitimidad con representatividad. Este máximo acercamiento entre las dos líneas se produce a partir del momento en que se agota la literatura expresamente polémica que caracterizó la mayor parte del siglo pasado y comienza la que podríamos llamar profesional, que aparece en forma tan definida como el acceso a la vida pública nacional de la incipiente clase media. El profesionalismo rompe explícitamente ciertos límites que antes se salvaban solo en lo más hondo de la intimidad, en el seno de la intencionalidad profunda, y no teme asumir los riesgos de esta descalificación; urgidos por una expresión que imaginaban desprejuiciada, los escritores profesionales recurren a todos los elementos que les puede prestar la realidad y con ellos suponen realizarse, desechando el servicio a toda otra causa que no sea la literatura.
16
   Pero las oposiciones no cesan con esta posibilidad de síntesis; las oposiciones se interiorizan y vuelven a separar las obras y los autores sobre la base de una estimulación de algunos de los términos engendrados por las oposiciones iniciales. Así, por ejemplo, no cesa la tendencia extranjerizante, más concretamente, la tendencia al europeísmo vivida ahora no simplemente como fuente de cultura sino en cuanto es un universal al cual se debe acceder y que sólo se da en Europa; las cosas se enrevesan porque esa apetencia de universalidad que debería proyectarse en una tentativa de comprensión, de liberación del hombre, se reduce a una oposición al localismo; ese cambio de plano trivializa el presunto contacto con la universalidad, con la cultura y con Europa y, dialécticamente, perjudica al localismo que se empecina en sus peores rasgos, extrema sus restringidas aspiraciones. En esa pugna aparecen también dos líneas que rigen hasta cierto punto la historia de nuestra literatura. Jorge Abelardo Ramos, tomando visiblemente partido por una de ellas en su libro Crisis y resurrección de la literatura argentina, establece una filiación que compromete prácticamente todo lo que se ha producido hasta aquí. Lo universalista y lo populista implican en la idea de ese autor definiciones casi absolutas, solo atemperadas por declaraciones a nivel político que desinscribirían una obra de su afiliación. En mi concepto, la aplicación de estas dos pautas no puede hacerse sobre toda nuestra historia: solo daría para un momento en que se extreman los requerimientos que mueven ambas actitudes y cuyas limitaciones crean escuela, caso de Mallea por un lado, caso Armando Tejada Gómez por el otro.
   Además de ocultar la perspectiva a quienes se han instalado en estas dos líneas o a quienes pueden ser susceptibles de ser considerados a la luz de esta clasificación, estas actitudes han producido consecuencias que no podríamos dejar de tener en cuenta. El universalismo, que en el fondo es mero europeísmo, propone la cuestión de la literatura epigónica, lo cual nos hace volver sobre todo nuestro acervo: hasta qué punto nuestra literatura ha sido y es independiente, hasta donde depende (sigue dependiendo) de patrones exteriores, qué han significado esos patrones, qué vigencia tienen todavía, cómo hacer para desligarse de ellos. Juan Bautista Alberdi, en su Fragmento Preliminar para el estudio del derecho, rechazaba toda posibilidad de sujeción, condenaba el doble plagio de los que imitaban a los españoles, pues éstos imitaban a los franceses, y aconsejaba tomar directamente de las fuentes en una actitud desprejuiciada, en la creencia de que nuestra situación no difería de la de otros pueblos que se apropian con provecho de las creaciones humanas en general. Ese epigonismo era sutil y se convirtió en argumento para tentativas como las de Poesía Buenos Aires, que, más de cien años después, se propone un reencuentro con las formas propias de nuestra poesía a través de una recuperación adecuada, prudente, de lo europeo. No podría decir que ese plan tan ponderado de Alberdi haya sido totalmente desvirtuado: pienso, tan solo, que ha creado infinidad de situaciones confusas que conviene tener en cuenta para poder deslindar entre apropiación de cultura y sumisión.
   Pero una consecuencia más grave deriva de la oposición universalismo-localismo: la creación de la literatura oficial, que ha tenido siempre su correlativa literatura clandestina. En general, el primer término continúa la línea cuyo primer eslabón era la legitimidad, pero el segundo no se interesa necesariamente en la representatividad. Y, si la cultura es un ingrediente en la perpetración de la línea legítima, y la literatura oficial es una de sus consecuencias, no podríamos decir que Macedonio Fernández, cuya obra es un acto de fe en la inteligencia, sea escritor "oficial", aunque esto no implica que no podría de algún modo llegar a serlo. Porque la literatura oficial es ante todo un concepto político: es la literatura que de un modo u otro persigue una integración con los planos estables y permanentes de la vida del país. No es extraño, entonces, que la literatura que se propone a sí misma como legítima, en tanto se plantea la tarea después de un examen de lo que debe hacerse, le haya dado base y sustento principal; y, como es un concepto político, le interesa menos lo que la obra en sí implicó en su momento que lo que pueda significar en la actualidad para que la susodicha integración pueda realizarse satisfactoriamente; esto explica que muchas obras sentidas originariamente como representativas pertenezcan finalmente a la literatura oficial, donde por fuerza se momifican; esto aclara también el proceso de anexión que he tratado de explicar más arriba y por el cual escritores inicialmente marginados entran a formar parte de una estructura homogénea llamada Literatura Argentina que, concebida como unidad, elimina discrepancias.
   Que existe una literatura oficial parece indudable; su definición como búsqueda de integración con los planos estables de la vida del país echa luz sobre su naturaleza, pero el ejercicio concreto de este impulso de oficialidad no ha llegado a tener todavía frutos íntimamente satisfactorios, porque las estructuras tradicionales de poder no aprecian la literatura ni la cultura en general como iguales, no les interesan y bien pueden pasarse sin ellas; la burguesía nacional, en sus diversas etapas, solo consideró la literatura como un adorno, o bien como una complicación un poco inútil, o bien como una desviación individual de personas a las que sin embargo, puesto que con su obra pretendían sostenerla, había que alimentar y respaldar. Este último aspecto es el más importante: pese a ese desdén, hay una literatura que procura expresar esas estructuras, entenderlas, que las respeta y las defiende, que no se desalienta frente a la inaccesibilidad con que se le presentan tales planos estables de la vida nacional.


 

 

de "Ensayos y estudios de literatura argentina", publicado por Galerna, 1960. © Galerna 1960

NOÉ JITRIK
ESCRITORES
HOME