Bipolaridad en la historia
Uno de los aspectos más importantes de la historia de
la literatura argentina (y latinoamericana) es el enfrentamiento que
se da en la narrativa (y aun en la poesía) entre obras de ambiente
rural y obras de ambiente urbano o ciudadano. No pocos críticos
se han ocupado de esta cuestión; han observado que las obras
más considerables o más trascendentes o estéticamente
más logradas son de ambiente campesino (gauchescas o no); en
cambio las de ambiente urbano son frágiles, estéticamente
frustradas, emiten débiles mensajes. Este hecho ha recibido diversas
interpretaciones (Alberto Zum Felde, David Viñas.1)
que explican el fenómeno o bien indagan en los mecanismos de
los que resultaría consecuencia. Personalmente se me ocurre que
omiten considerar la relación autor-público para entender
históricamente este asunto, menos arduo de lo que se lo presenta.
Es decir: la mayor producción de obras importantes de tema rural
corresponde a un alto grado de interiorización de la estructura
rural de nuestro país, cuya potenciación económica
ha regido toda nuestra vida social, crea modelos, proyecta ideologías
y valores, se introduce en las conciencias como única realidad
valiosa, pasa a la categoría de símbolo, cubre, por fin,
todas las mediaciones. Y el público, aun el urbano, escucha este
lenguaje como el único comprensible y crea una zona de obligatoriedad
espiritual para el que escribe.
Pero el predominio de obras de ambiente rural no perdura;
a partir de cierto momento empiezan a interesar más las obras
ciudadanas y lo que era debilidad y confusión en las iniciales
se torna fuerza y expresividad.2
En los últimos años, la relación tan clara y aparentemente
firme se ha invertido totalmente; ahora las obras urbanas son las más
logradas y las de ambiente campesino se adscriben fatalmente a la retórica,
están en la práctica descartadas de toda consideración
literaria.3
Este hecho corrobora la interpretación del momento anterior:
apenas la estructura económica agropecuaria, que no desaparece,
es puesta en cuestión y sobrevienen nuevas salidas para el país,
lo rural como interpretación del mundo cede paso y lo urbano
se torna interrogante apasionado, es la cifra de la comprensión
de la vida. La industria y el comercio entrevistos como dimensión
concreta alteran modos que parecían definitivos y, peor todavía,
que eran presentados como esenciales y los desplazan hacia los que brotan
de la ciudad. Lo notable, para la literatura argentina, es que la obra
que cierra el ciclo rural y la que abre de manera indiscutible el urbano
aparecen en el mismo año como cediendo una a la otra un conjunto
de tributos apreciables o reconocibles por el público. Es en
1926 y las obras son Don Segundo Sombra y El juguete rabioso. Y para
confirmar que el ciclo rural ya no da para más, en el mismo año
aparece también Zogoibi, de Enrique Larreta.
Es claro que el esplendor de la narrativa rural no excluye
una interpenetración de conceptos urbanos; en cambio, la narración
urbana considera elementos rurales a lo sumo en cuanto tiene en cuenta
factores políticos que pueden ser resultantes mediatos del agrarismo
de fondo.4
En la narración rural lo urbano es conflictuado, obra como telón
de fondo problemático, es un sordo contradictor que generalmente
gana la partida: eso lo vemos en Martín Fierro, en las
novelas de Lynch y aun en Don Segundo Sombra; en ninguna de ellas
falta la dialéctica civilización (ciudad) primitivismo
(campo): los personajes, las situaciones, los motores históricos,
cargan con el conflicto y fatalmente proponen como solución el
triunfo, en general deprimente y solapado, de la ciudad, todo lo contrario,
como sabemos, del esperanzado mensaje de Sarmiento en Facundo. Llama
la atención que no obstante la claridad de soluciones como estas,
que sin duda proceden de un sentimiento específico y reconocible
el público en general, preferentemente de clase media urbana,
haya podido sentirse tan representado por estas obras, que las haya
sentido tan paradogmáticas y referenciales.5
Lo que queda de todo esto es que la división, la
oposición mejor dicho, entre urbanismo y ruralismo en la literatura
argentina es plenamente aceptada, parece casi obvia y se ha convertido,
inclusive, en una categoría que da que pensar a los críticos
literarios más preocupados. Es en función de ella que
Ricardo Rojas reconoce a los gauchescos y los aísla dentro de
su Historia, lo cual sirve a sus discípulos para seguir
profundizando esos dos cauces principales.6
Nadie deja de tener en cuenta esta relación y alguno trata de
explicarla por medio de razones no convencionales. Los esfuerzos concurren
y el todo provee una imagen en apariencia muy dinámica y dialéctica
de la historia de la literatura argentina, como si se procurara mostrar
movilidad y compartimientos, pero también que en el fondo tales
movimientos son internos dentro de una unidad, de una homogeneidad.
El contraste de que hablamos, que desde luego no agota el sistema crítico
de nadie, generalmente por encima de este tema tan restringido, sirve
en todo caso para rescatar una idea de organismo que está en
proceso de consolidación. Lo dinámico es ese proceso,
pero dentro de un cuerpo al parecer inmóvil. Tanto es así
que, dentro de esa oposición, se suelen definir pautas rectoras
que resultan esencialmente confluyentes y no divergentes, planos sintéticos
que desatan conflictos que de no resolverse amenazarían esa unidad
fundamental que es la Literatura Argentina. Los conflictos, cuando se
asumen, son presentados como matizaciones de un mismo objeto, gracias
a lo cual desaparecen como tales cerrando de paso las fisuras por las
que pudiera deslizarse la realidad. Se destaca, por ejemplo, que el
romanticismo se impone a un ineficiente neoclasicismo, que los escritores
del modernismo desalojan un caduco postromanticismo y universalizan
la palabra americana, que el primer vanguardismo cuestiona a Lugones
fundando sobre esta actitud crítica una literatura moderna, pero
los agrupamientos o niveles terminan por ser de reconciliación
acrítica, en la que similitudes humillantes se hacen desaparecer
para mayor brillo de la homogeneidad.
En un nivel muy exterior, entonces, no hay negativa por
parte de los historiadores a considerar mas o menos dialécticamente
la historia de la literatura argentina, pero lo que falta es una sistematización
en tal estudio con un sentido dialéctico que la arranque de lo
indistinto y ayude a percibir las profundas escisiones que la conmueven,
ayudando también a mostrar que la pretendida unidad es solo de
denominación, pues los objetos concretos que la forman participan
de las escisiones que emanan de la realidad misma. En el fondo, el desdibujamiento
de las tendencias, el achatamiento de las aristas y de las divergencias,
responde a la búsqueda, o a la afirmación, de una esencia
argentina que, por encima o por debajo de relaciones históricas
concretas, como universo que sobrevuela limitaciones humanas, diluye
contrarios, subsume diferencias.
En la medida en que esta forma de considerar la literatura
tiende a homogeneizar, se inviste de una buena fe, de una buena voluntad
por la que de una manera u otra, por un camino u otro, todos estamos
cubiertos. Bajo esta inocente protección se oculta en realidad
una violencia que exige permanentes tributos; el principal consiste
en no tolerar que lleguen a nivel de la conciencia las divisiones, lo
cual engendra una especie de policía cuya tarea consiste inicialmente
en recoger los rasgos que caracterizan la obra de los miembros que la
integran convencida y espontáneamente; el segundo paso es el
trazado de un cuadro que incluye tales rasgos y que representa la totalidad
y las posibilidades de la esencia perseguida: nada más natural,
entonces, que dicho cuadro se torne paradigmático. Por el otro
lado, aquellos que no contribuyeron de entrada en la formación
de la imagen, son sometidos a un proceso consistente en aislamiento,
congelamiento y, finalmente, anexión, cuando se ha tenido el
tiempo necesario como para que la peligrosidad del marginal disminuya
y se puedan descubrir en él esos rasgos comunes que permiten
la aparentemente generosa incorporación.
Pero, por otro lado, no es posible entenderse si no se
piensa que ninguna tendencia podría reivindicar el título
de literatura argentina para sí dejando fuera otros modos o intensiones.
Todas las líneas componen lo que denominamos "Literatura
Argentina" y todas responden a ciertos aspectos, positivos o negativos,
deleznables o ricos, del hecho argentino. Lo que pasa es que los historiadores,
más o menos oficiales, presionados seguramente por esta circunstancia
tan general, avanzan sobre la denominación y tratan de ubicar
las esencias, las "constantes", o cualquier andarivel para
reducir lo conflictivo y apartar la literatura de su relación
con la realidad y su posible acción sobre ella. Y, mientras no
se hagan las delimitaciones necesarias, esta actitud confusa dará
resultados confusos o clasificaciones que parecen muy sólidas
cuando en verdad no son, en el mejor de los casos, más que retóricas.
Es cierto que existen reacciones muy enérgicas contra este simplismo;
ensayistas recientes trabajan la literatura argentina buscando en ella
las pistas que permiten ampliar la comprensión de la vida toda
de este país.7
Y se ven por lo tanto obligados a luchar contra métodos momificados,
contra esquemas que reducen toda complejidad a un formalismo por el
cual la historia de la literatura es un sucederse de episodios personales,
de presuntos importantísimos contenidos que no terminan nunca
de ser iluminados en relación con la existencia de esos otroslos
lectoresque esperan de la historia de la literatura una ampliación
de los sentidos que por sí mismos, pero restringidamente, pudieron
percibir. En todo caso, vistos esos primeros esbozos no tradicionales,
parece necesario plantear una revisión de las concepciones recibidas
en materia de historia de la literatura. Nada me parece más adecuado,
para empezar el análisis, que retomar la idea antes anunciada
de las escisiones, de las oposiciones que torturan el acervo literario
nacional y que, solo consideradas en ese ritmo de negación, afirmación,
pueden proporcionar alguna luz no ya sobre el origen de nuestra literatura
sino fundamentalmente sobre su desarrollo y continuidad. El futuro queda
excluido del análisis; lo que voy a tratar de sugerir es una
manera de penetrar, un rumbo para que las verdaderas diferencias recuperen
su sentido y las falsas dejen de ocupar la atención y de crear
problemas ficticios.
Partimos de la oposición primera entre literatura
urbana y literatura de ámbito rural. Si examinamos cada sector
por separado advertiremos que tampoco en el sector reina la unidad;
aparecen nuevas oposiciones, algunos de cuyos términos se conectan
con los que surgen de un examen del otro sector; hay una interconexión
que va trazando, a medida que se pone en evidencia, una compleja trama:
ciertos elementos que pertenecen al urbanismo reaparecen en la literatura
rural, y a la inversa; esto se verifica en cuanto se va penetrando críticamente
en las obras respectivas, es decir, a medida que dichas obras son revisadas
en niveles sucesivos y cada vez más integratorios de comprensión,
a medida que se abandona el campo convencional de la expresión
y se atiende a la sustancia residente en ella. Es decir, que se descubren
actitudes comunes a escritores de ambos sectores aun conservando la
oposición principal. Estas actitudes configuran verdaderas tendencias
que se contraponen en un nivel más profundo y, correlativamente,
la oposición inicial se va trivializando, va perdiendo peso,
demuestra que apareció simplemente a partir de un literalismo,
de una superficial consideración o, peor todavía, de una
caracterización lingüística no muy difícilmente
reconocible. Ahora bien, el establecimiento de estas actitudes comunes
no implica un paso atrás en la crítica inicial al intento
tradicional de limar diferencias; ofrece una nueva perspectiva para
que las diferencias aparezcan en su dimensión verdadera, de modo
que las obras puedan ser ubicadas no en relación con valoraciones
puramente objetivas sino en cuanto a su grado de incidencia sobre la
realidad, es decir sobre el público.
Creo que podemos hacer un esquema bastante completo de
actitudes opuestas que demostrarían por una parte una constante
bipolaridad en todo el transcurso de nuestra literatura; por otra, que
las oposiciones puestas en descubierto nos enfrentan muy inmediatamente
con la realidad que las ha engendrado.
La oposición de índole más general y evidente,
que explica, y por lo tanto engloba, a la ahora desacreditada entre
urbanismo y ruralismo, se da desde la fundación de la literatura
nacional entre legitimidad y representatividad, como dos actitudes permanentes,
militadas por escritores urbanistas y ruralistas, pero visiblemente
surgidas del particular enfrentamiento entre una literatura de civilización
y una semisilvestre, conocida como la gauchesca. La idea de ese enfrentamiento
ha sido sugerida por los trabajos de Martínez Estrada para quien
los gauchescos desafiaron además de las tesis, las obras de los
integrantes del Salón Literario; de algún modo Hernández,
para Martínez Estrada, agredió mediante la gauchesca a
la cultura de la que procedía, poniendo en evidencia la situación
total de ambos sectores. De este encontronazo, que culmina en la obra
de Hernández, se desprenden los términos que hemos contrapuesto:
idea de legitimidad aplicada a la literatura y sentimiento de representatividad.8
La explicación de ambos términos otorgará
sentido a la oposición y hará surgir lo que desencadena.
Legitimidad es, para empezar, un concepto que define la intención
de algunos de imponer una literatura que suponen adecuada a la realidad
según normas de reflexión ajenas o externas respecto de
un desarrollo propio de la literatura misma. Es la literatura que esas
personas, luego de un análisis completo de la situación
social, política y económica de las provincias recién
liberadas de España, consideraron que debía ponerse en
práctica. Fue el análisis el que determinó las
formas a adoptarse, los tonos convenientes, las modalidades e incluso
los temas, y no una continuidad literaria, un conjunto de modalidades
preexistentes. Y lo que se preconizó puede ser denominado literatura
legítima en el sentido de lo que se supone que corresponde,
y además porque surge de un dictado, de una ley y, en último
término, porque siendo lo que corresponde hacer ilegaliza toda
desviación. Es evidente que esta actitud incluye un voluntarismo,
variablemente presente en las obras que podrían reconocerse como
incluyéndose en esa legitimidad.9
Es claro también que el voluntarismo tiene paliativos según
la sinceridad o la profundidad con que se lo practica: los hombres del
Salón Literario, que fueron quienes codificaron lo que había
que hacer, también procuraron recoger modos tradicionales, formas
populares que quisieron integrar aunque siempre con deliberación:
lo que subsiste es la teoría de la integración: las obras
han quedado encerradas en el concepto, y si de cuando en cuando trasmiten
una realidad rompiéndola es sin advertirlo, acaso porque la realidad
es más fuerte que la voluntad.10
Pero la legitimidad no es capricho ni postura sino una respuesta histórica:
ser independientes en política implicaba la necesidad de ser
independientes en literatura y eso obligaba a crear formas nuevas que,
como no podía ser de otro modo, debían extraerse del modelo
que representaba mejor, de acuerdo con el análisis, la salida
para esos designios, es decir, el modelo francés. 11,12
La última connotación de la idea de legitimidad
considerada como actitud consiste en la satisfacción que encuentra
al realizar un característico y obligado movimiento de adulteración
de la realidad, cuyas pautas brutas rechaza hasta el desdén o
la ignorancia total.