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Cotillón de medianoche
-...¡nueve!... ¡ocho!...
¡siete!....
Las voces seguían el ritmo de las
luces y de las palmadas; dentro de los relámpagos
aparecían y desaparecían el salón y los
bailarines . Con el antifaz subido sobre la frente, Marco
buscaba a Lisa entre los que se apretaban en la pista.
Distinguió el color amarillo limón cerca de la
tarima de los músicos. Se abrió camino usando
los codos, empujado y zarandeado por las parejas que
saltaban a cada grito.
-...¡seis!... ¡cinco!...
¡cuatro!...
Hacía calor y el salón
estaba repleto.
...¡tres!... ¡dos!...
¡uno!... ¡Medianoche! -gritó el speaker, la
boca pegada a la reja del micrófono. Brotaron luces
de todos los rincones y la orquesta atacó
frenéticamente, tocando un boogie-woogie como si
fuese la última canción de un barco que se
hundía. Las serpentinas zigzaguearon,
trenzándose en guías que las parejas
arrastraban en redadas en las cabezas y en los zapatos.
Sábado. Cotillón de
Medianoche. El momento culminante del Dancing Park. La hora
de los solitarios del Parque.
En el torbellino cada vez más
vertiginoso de la pista, con los ojos resplandecientes y la
sonrisa en los labios, los solitarios del Parque
asistían a su propio florecimiento. Tímidos
por naturaleza, se transformaban en hombres osados y
resueltos, capaces de seducir a una mujer en la primera
cita; las palabras les brotaban fáciles e ingeniosas
y era cierto que las chicas como capullos -así las
veían los solitarios- los miraban con ojos
enamorados; había dejado de tener importancia que
fueran demasiado altos o demasiado bajos. Las narices de
cartón y las barbas postizas, los antifaces, los
sombreros y, sobre todo, la música caudalosa y
sentimental, los volvían intrépidos. Las manos
se crispaban sobre las cinturas, los abrazos se
hacían casi apasionados y hasta el hombre más
apagado podía en esos momentos decir algunas palabras
tiernas en el oído de su chica-capullo, amparado por
la música y la confusión. La chica
comprendía lo que pasaba, echaba la cabeza hacia
atrás y reía mostrando su hermosa garganta y
sus dientes brillantes detrás de unos labios
satinados de rouge. Ellas también, un poco a la
deriva en la marejada de la medianoche, se dejaban estrechar
más de lo permitido en esos momentos en que algo
semejante a la alegría, y tal vez a la felicidad,
parecía corporizarse en una meta posible y alcanzable
para todos, porque todos, instintivamente, se habían
preparado a lo largo de la noche para ese instante en el que
exponían un fragmento de su piel más sensible
y oculta, como una ofrenda. Pero la felicidad, por su misma
cualidad efímera, sólo se daba en los
tumultuosos, apresurados minutos finales, momentos antes de
que las sillas se apilaran sobre las mesas, se apagaran las
luces, se corrieran las cortinas, se esfumaran las
chicas-capullo como en la niebla de un sueño y
terminara la noche.
¿Qué hacían entonces
los solitarios del Parque?
Los solitarios del Parque dejaban
atrás la Puerta Oeste o Norte y volvían a
deambular, con la solapa levantada y las manos en los
bolsillos, por las calles que los alejaban del Parque y los
devolvían al mundo. Con la cabeza baja y una sonrisa
melancólica, con algo de papel picado sobre el hombro
y un resto de serpentina adherido a la pierna del
pantalón como signo irrecusable de que esas horas
excitantes dentro de las paredes encantadas del Dancing Park
habían existido, volvían esperanzados a sus
cuartos de solitarios donde la cama estrecha y la ventana
empañada o el almanaque en la pared los
devolvían a su vida de solitarios en la que
sólo a veces se encendía el resplandor apagado
de un recuerdo, pero donde seguramente
soñarían que todo era posible, hasta la magia
de la chica capullo capaz de transfigurar ese cuarto alguna
vez por su sola presencia, y se dormían convencidos
de que la noche siguiente les depararía un encuentro
con la chica del Dancing Park, una cita en la que pudieran
hablar a solas, ya que cada uno de ellos recordaba muy bien
cómo ella había permitido que le apretara la
mano en la oscuridad o de qué modo particular
había reído cuando le dijo lo hermosa que era.
Razón por la cual los solitarios, a la noche
siguiente, mientras descolgaban la campera o el saco de la
percha o se hacían el nudo de la corbata, imaginaban
que si lograban una cita con su chica le contarían de
su vida, y su mente organizaba, resuelta, lo que
tendrían para decirle. Porque los solitarios del
Parque hablaban mucho con nadie de lo que hacían
aquí o allá, ya fuera vender libros, pasar el
noticiero de la radio, enseñar matemáticas en
una escuela nocturna o acompañar a su madre anciana,
y la sola posibilidad de contarlo, de darle forma, otorgaba
a sus vidas un inesperado valor como si bajo el poder de las
palabras la rutina de su soledad adquiriese una importancia
singular, de modo que por fin contarían lo que
habían hecho la semana anterior o todos esos
años ilusorios y, ante esta posibilidad, los
solitarios sonreían ausentes de cuanto los rodeaba y
seguían sonriendo mientras amparaban con las manos el
encendido del cigarrillo, lo que les daba ese
inequívoco aire de solitarios del Parque. Entonces,
con el corazón palpitante, buscaban con la mirada la
mesa donde sabían que la chica estaría
esperando, un poco ausente, pero esperando al fin y
pronunciarían su nombre.
-Lisa
Lisa se dio vuelta para encontrarse con la
cara enmascarada de Marco. El papel picado caía entre
ellos como una nevada.
-Estoy bailando-dijo y sus ojos verdes
señalaron al compañero ocasional.
-Tengo tres boletos.
-Después ...
El señor petisito había
enlazado la cintura de Lisa. Las parejas lo atropellaron y
Marco salió de la pista. Las motas luminosas volaron
y las serpentinas cayeron en cascada. Sus compañeros
de la Hermandad giraban como trompos o subían y
bajaban a las bailarinas tomándolas por la cintura.
Sin querer, Marco pudo notar lo que notaba el administrador:
bailaban de una manera más bien desaforada, no iban
con el ambiente del Dancing Park. Le importó un
comino lo que dijera o pensara el administrador. El
pelirrojo pequeño y avieso, de bonete y antifaz,
pasó cantando a los gritos y se perdió en una
ola que hizo volar el vestido de la chica con un fleco de
serpentinas.
Marco se arrimó al bar y
pidió una cerveza. Bajo una galerita negra, acodado
en la barra, Pestalozzi lo miraba socarrón. Al fin,
terminó la serie. Los solitarios volvían al
bar a reponer fuerzas; sonrisas, el pelo desordenado debajo
de los bonetes y los ranchos de cartón,
acomodándose corbatas y botones. Marco leyó
por décima vez el nombre de Lisa impreso en sus tres
boletos. En el segundo en que la orquesta empezaba otra
serie, cruzó, se inclinó sobre el pelo oscuro
y brillante y el vestido amarillo limón.
-Vamos-dijo Marco.
Ella depositó el papel rojo de un
caramelo en el cenicero, se levantó, echó el
pelo hacia atrás y sonrió. Bailaron. Lisa era
frágil y firme y su mano carecía de peso sobre
su hombro; era un cuerpo tan delicado y flexible que Marco
sintió el impulso de apretarla con todas sus fuerzas.
Pero él había venido a decir algo y
tenía que decirlo.
-Por qué con ese idiota. Es un
caníbal.
-Quién-dijo Lisa.
-El fanfarrón de la musculosa. El
de la cadena de almacenes .
Separándose un poco, Lisa lo
miró. Había terminado el caramelo y se pasaba
suavemente la lengua por los labios. Los ojos verdes
parecían cargados de sueño.
-No tengo ganas de hablar.
El delgado cuáquero cruzó la
pista contoneándose en su propio estilo. Le hizo un
gesto obsceno por detrás de su compañera y se
perdió entre los bailarines.
-Seguramente es por tu padre -dijo Marco-.
Le gusta la cadena de almacenes. Pero vos, ¿por
qué?
-Si ni sé cómo se llama-dijo
Lisa. Con la mano ocultó a medias un bostezo.
-Es un caníbal -repitió
Marco.
-Ufa.-Lisa reclinó la frente en el
hombro de Marco.
En silencio, terminaron de bailar las tres
piezas.
En el bar, los de la Hermandad tiraban
maníes al techo y los recibían con bocas de
hipopótamo, les guiñaban desconsideradamente
un ojo a las chicas-capullo o gesticulaban a espaldas de los
solitarios. Algunos con bigotes y narices descomunales.
Pestalozzi, irónico bajo la galerita.
Marco se les unió. Lo recibieron
con frenéticas palmadas en la espalda, se
condolían de su suerte. En ese momento, al otro lado
de la pista, un robusto moreno de clavel blanco en el ojal
se inclinaba sobre el oído de Lisa . No había
posibilidades de más boletos. Dándole la
espalda al salón, Marco vació de un golpe el
vaso de cerveza.
Capítulo 5 de "El parque",
novela de Sylvia Iparraguirre. Publicado por Emecé
Ed. © 1996.
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