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LILIANA HEKER HABLA SOBRE "EL FIN
DE LA HISTORIA"
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La trama
secreta
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La narradora Liliana
Heker cuenta los orígenes de
su nueva novela, El fin de la
historia, que fue un proyecto a
lo largo de varios años. Trata el tema de la
traición en un escenario sombrío: el de la
guerrilla en la violenta década del setenta.
Una tarde del invierno de mil noveceintos setenta y uno
estoy en un café esperando a una mujer de mi edad que
poco tiempo atrás ha pasado a la clandestinidad. Para
atenuar la inquietud de la espera, o por costumbre, se me
cruza la idea de una novela -versión argentina y
sesentista de El grupo, de Mary McCarthy: tres amigas
con un mismo origen que, a lo largo de los años
devienen: una, guerrillera, otra, intelectual, la tercera,
una perfecta señora burguesa- , idea trivial que
enseguida olvidaré. Cinco años después
lloro la muerte de la mujer a quien había esperado;
tres años más tarde un hecho feroz me sacude
más que esa muerte y empieza a convivir conmigo como
una presencia intolerable.
Estos tres episodios fraguan la
prehistoria de El fin de la historia, un
plasma evasivo y al mismo tiempo imperioso que, sin
alharacas, empezó a trabajar dentro de mí, y
que, en mil novecientos ochenta y ocho, me llevó por
primera vez a declarar: voy a escribir una novela sobre el
tiempo apasionado que nos tocó vivir a los que
nacimos en los años cuarenta y sobre una militante
que traicionó.
No soy de fiar. Entre mi primer deseo -o
necesidad- de escribir una cierta ficción y el
momento en que lo deseado deja de ser una nebulosa y puedo
de verdad sentarme a escribir , suele mediar un
espacio sin bordes que me llena de pavor y en que me
desplazo a los saltos entre picos de fe y socavones de
escepticismo.
En el caso de esta novela, durante casi
seis años y entre la escritura de otros textos,
narré episodios aislados, completé
capítulos, que no pertenecían a nada,
escribí fragmentos de escenas sin destino,
diálogos truncos y párrafos iniciales que
corregía hasta lo maníaco pero que no me
conducían a ninguna parte. Leí mucho
también: acerca de las distintas organizaciones
gurrilleras, acerca de los campos de exterminio, acerca de
los métodos -algún nombre hay que darles- de
los represores. Y, sobre todo, hice ciertas entrevistas de
las que emergía como de una pesadilla. Fue así
que, un buen día, tuve completa la cronica de los
hechos que hacían a mi protagonista; sin fisuras, el
segmento de vida que quería contar y que hoy es el
eje central de la novela. Pero seguía sin encontrar
esa novela. [...] Por fin, un día de abril de 1994,
me desperté a las cuatro de la madrugada y, como
ocurren a veces estas cosas, supe de golpe cómo se
cuenta lo que quería contar. A las cinco y media
empecé a escribir esta novela.
Creo que ningún texto mío me
dio tanto trabajo, y que con ninguno me he sentido tan
libre. Como si algo -¿tal vez mi desesperación
por narrar todo lo que pretendía sin caer en un
mamotreto de seiscientas páginas?- me compeliese a
cruzar ciertas fronteras dentro de las cuales, hasta ese
momento, me había manejado con alguna seguridad.
Distintos tonos, distintas voces, distintos tiempos se
inmiscuían unos en los otros y se resignificaban por
contacto. O sea, al menos, esa era mi impresión en
los momentos de optimismo. En ese sentido, el de la
escritura, debo confesar que la construcción de esta
novela fue un acto dichoso, más allá de la
desdicha de lo relatado. Descubrir cómo se cuenta
aquello que, hasta ayer, había aparecido como
caótico y confuso, constituye una alegría
difícil de comunicar. Y emular.
Pero no fue un trabajo liviano. Y tampoco
seguro. Mi sensación, mientras escribía, era
la del salto al vacío: no tenía ninguna
garantía de que, eso que estaba haciendo, fuera
realmente una novela; ninguna certeza de estar tramando una
historia -o más de una historia- que alguien pudiera,
y quisiera, leer del principio al fin. No fue esa, sin
embargo, la dificultad mayor. Ocurre que ante la muerte como
política oficial, ocurre que ante el crimen y la
tortura existe una sola respuesta posible: la
oposición absoluta y sin atenuantes. Pero las
respuestas consensuadas no necesitan de la literatura. Ni la
literatura necesita de ellas; aviesamente buscará
comprobar que, enquistadas en el horror,
constituyéndolo, hay historias privadas, repugnantes
pero al mismo tiempo tan resbaladizas que apenas uno se
acerca a ellas, parecen darse vuelta, generar sus propias
defensas, desfigurar su verdadera cara. Digamos, por
ejemplo: aquel a quien llamamos traidor nunca es un traidor
para sí mismo; su discurso nos lo revelará
como actuando de la única manera posible en que se
puede actuar en una circunstancia dada. ¿Cómo
contar a ese traidor? ¿Cómo contar a un
torturador desde su propia verdad? ¿Con cuáles
otras verdades confrontarlo?
He buscado desdibujar los límites
entre documento y ficción; he buscado que el texto
fuera, ante todo, un hecho literario, con todo lo que esto
implica de sinuoso y de ambiguo. No sé con qué
fragmentos de la realidad cotejará cada lector
cuáles fragmentos de este libro. Sé que, para
mí, su escritura fue un modo de atarme a la memoria,
por incómoda o intolerable que esta memoria fuera. Un
intento, tal vez, de reconstruirme.
por Liliana Heker en Clarín
"Cultura y Nación", Buenos Aires, 8 de agosto de
1996. © Clarín.
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