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LILIANA HEKER
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El fin de la historia
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UNO
[...]
Pero con la llegada de Celina Blech (cuando las vacaciones
del árbol se acabaron) algo empezó a cambiar. Celina también había
leído Los capitanes de la arena y cantaba El ejército del Ebro pero
además tenía una virtud de la que Leonora y yo carecíamos: podía
decir sin vacilación quién era un revolucionario y quién un reaccionario.
¿Heráclito?, decía, Heráclito es un revolucionario; y que Berkeley
era, sin ninguna duda, un hombre de la reacción. Resultaba admirable escucharla:
de pie junto al banco, flanqueada por niñas que se santiguaban antes de dar
la lección e iban con sus madres al baile del club cada sábado, y por niñas
que ni se santiguaban ni llevaban al baile a sus madres pero tampoco parecían
impresionarse por el poder revolucionario de Heráclito, y ante el profesor de
Filosofía, miembro activo de la Acción Católica, tenía el coraje
de liquidar de un plumazo a Berkeley por su incapacidad notoria de hacer la revolución.
Hija de un lírico zapatero comunista de la vieja guardia, actuaba con la seguridad
de quien sabe desde siempre hacia dónde va el mundo y quién lo mueve. Fue
ella quien nos inició en la lectura de Marx –cómo olvidar el salto del
corazón, la alborozada certeza (también para mí) de que el mundo marchaba
hacia un derrotero feliz, cuando leí por primera vez que un fantasma recorre
Europa–, y cada semana, disimulada en un paquetito insospechable, nos traía
la revista de la Juventud.
Nunca hizo valer sobre Leonora y sobre mí su superioridad
–era bonachona, solidaria, y no estaba muy dotada para el rock and roll que, pese
al ejército del Ebro rumbalabumbalabumbambá que una noche lo cruzó
ay Carmelá, Leonora y yo seguíamos bailando con frenesí en los asaltos
de los sábados– pero igual esa superioridad estaba ahí, latente, y pronto
se iba a poner de manifiesto. En todo lo demás éramos similares: las tres
amábamos a Echeverría y despreciábamos a Saavedra, las tres vibrábamos
con los versos de Nicolás Guillén, las tres declarábamos, con brío
de republicanas en el instante mismo de una victoria, que a las tropas invasoras
rumbalabumbalabumbambá buena paliza les dio ay Carmelá. Así cantábamos
y asi éramos aquel invierno de mil novecientos cincuenta y ocho, cuando, en
nuestra tranquila Escuela Normal del barrio de Almagro, irrumpió la Historia.
Después aprenderíamos que estaba desde antes, que, sin
saberlo, la habíamos ido registrando entre los pequeños acontecimientos
que urdían nuestra memoria personal. Desordenadamente y sin signo –o con un
signo fortuito– yo guardaba la mañana de segundo grado en que nos hicieron salir
temprano del colegio porque un general había querido sacar a Perón (a quien
yo imaginaba eterno y omnipresente ya que él estaba en el mundo cuando nací
y ya que mi madre me había prohibido pronunciar su nombre en vano); la leyenda
Libertad a los Rosenberg, leída, con las primeras letras, en paredes de calles
olvidadas; el escándalo de unos primos mayores ante la frase Alpargatas sí,
libros no; la voz ronca de un canillita voceando Guerra en Corea; una secreta e incomunicable
envidia cuando en el noticiero del cine, como enanos dichosos, chicos que no eran
yo circulaban en autitos por la Ciudad Infantil; cierta incredulidad inaugural ante
la muerte el día en que la aviación bombardeó Plaza de Mayo; una emoción
casi literaria al enterarme de que unos hombres, en un lugar oculto llamado Sierra
Maestra, se preparaban para liberar a Cuba –país remoto del que sobre todo conocía
El manisero y las festivas caderas de Blanquita Amaro–; la cara rencorosa
o desolada de unos albañiles una mañana de fin de septiembre de mil novecientos
cincuenta y cinco. Fragmentos recortados al azar que se me entreveraban con los equilibristas
alemanes del Obelisco, con un descuartizador llamado Burgos que había desparramado
las porciones de su novia por toda Buenos Aires, con una chica de nueve años
que se ahogó en Campana y que podía verse, en el momento preciso en que
pierde pie, ferozmente dibujada en una página de La Razón. Retazos
de algo cuya figura final parecía –sigue siendo– imposible.
Y conoceríamos también la sensación vertiginosa
de concebirnos sumergidos en la Historia. Porque lo real, un día cercano, estaría
formulado de tal modo que todo –lo que se dice todo– lo que ocurriera sobre la Tierra
nos estaría pasando a nosotros. Nuestra sería la Revolución Cubana
y nuestra la guerra en Vietnam; la enemistad chinosoviética y los ecos lejanos
de hombres que en América o en África o en cada agobiado rincón del
planeta levantaban la cabeza serían asunto nuestro. Íbamos fugazmente a
conocer el sentido de nuestras vidas. E íbamos a vivir con el sobresalto –y
el extraño sosiego– de haber decidido que el mundo no podía prescindir
de nuestros actos.
Pero ese fin del invierno del cincuenta y ocho en que alumnas correctas
recitaban la lección de Astolfi y nosotras cantábamos que nada pueden bombas
rumbalabumbalabumbambá donde sobra corazón ay Carmelá, ese septiembre
del cincuenta y ocho la Historia vino a Mahoma: levantó a las universidades,
sacudió al país entero, entró por primera vez en los colegios y, en
la apacible Escuela Normal con su patio de glicinas, no dejó piedra sobre piedra.
Me pregunto ahora si no habrá sido un don, una dádiva
cuya excepcionalidad desconocíamos: tener quince años y una causa arrasadora.
Todo parecía nítido en ese final del invierno y en la primavera que lo
siguió: el pueblo de un lado, detrás de una meta tan cristalina como la
educación popular; el gobierno del otro, aliado al poder eclesiástico para
imponer una enseñanza dogmática y elitista. No importa si los motivos de
unos y otros fueron menos transparentes. A los quince años, bajo las glicinas
a punto de florecer y a la luz de un lema que parecía condensar todo lo bueno
y todo lo malo que es posible para la especie –laica o libre, decíamos seguros
de que estábamos abarcando el Universo–, creímos verificar para siempre
palabras leídas con unción: la causa del pueblo es la causa justa, toda
causa justa conduce a la victoria, nosotros tenemos un papel que cumplir en ese camino
a la victoria.
La embriaguez de la lucha sumándose a la del vino dorado de
la adolescencia, ¿no fue esa nuestra piedra de toque, la impronta que nos marcó?
Miro a mi alrededor en esta noche especialmente negra de mil novecientos setenta
y seis en que sólo alcanzo a ver muerte y carne devastada, y sin embargo sigo
tecleando con empecinamiento estas palabras tal vez porque no puedo arrancarme del
corazón la esperanza. Porque una vez que uno ha probado tempranamente ese vino
ya no puede, ya no quiere renunciar a él.
Noto que me he perdido en la melancolía pero no era de eso
de lo que quería hablar. O no era así. Quería hablar de ciertas dificultades
domésticas.
Quedamos en que tres fuimos el numen, tres la vanguardia, y nos
tocaba nada menos que soliviantar a un amable grupo de futuras maestras normales
que no habían pedido ser soliviantadas y que, más que a otra cosa, aspiraban
al matrimonio. No fue fácil. De mí sé decir que me hice violencia
para arengar a esas jóvenes masas y convocarlas a la huelga. Cerraba los ojos
del alma y me tiraba de cabeza en el fárrago de mi prosa. Sólo así
era capaz de cumplir con el imperativo. Porque si un solo momento me detenía
a reflexionar corría el riesgo de recalar en una conclusión que me enmudecería:
yo no tenía fe en que mis palabras pudieran cambiar una sola de esas cabezas
que apuntaban hacia mí con distante curiosidad. 0 sea que mi futuro en la política
era dudoso. En cambio Leonora... Ese septiembre se nos reveló como una Pasionaria
de guardapolvo blanco. Hablaba y la Argentina era una rosa ardiente que clamaba justicia.
¿Cómo no seguirla? Tras el imán de sus palabras las recitadoras de
Astolfi, las santiguantes y las blasfemas, las vírgenes y las desfloradas aceptaban
plegarse a la huelga. Hasta las recalcitrantes mostraban la hilacha: encendidas de
pasión reaccionaria levantaban como una bandera su fe en la Iglesia y su repugnancia
por lo popular. Nadie permanecía indiferente cuando Leonora hablaba. En el aula
que por años había cobijado pequeñas ilusiones privadas la conciencia
política crecía como una flor nueva.
No sólo estaba desafiando a las autoridades del colegio (la
expulsaron a fin de año, pese a su promedio sobresaliente). Su padre, a quien
ella amaba –y de quien yo en secreto añoré que fuera mi padre–, el brillante
profesor Ordaz, antiguo idealista, locuaz defensor de la escuela pública y amigo
de escritores, era funcionario del gobierno que traicionaba así (y de otros
modos) los sueños de sus votantes. Oponerse a un designio gubernamental era
enfrentar a su padre. Pero eso lo sabía sólo yo. Las demás veían
lo que veían: una alta adolescente con cara de gitana. Y tal vez creían
menos en sus palabras –palabras adquiridas que sabía hacer suyas sin esfuerzo–
que en la voz categórica y vibrante que las pronunciaba.
Así que fue Leonora la artífice de eso inusual que se
registró en la escuela de las glicinas. Pero las hilos los manejaba Celina.
En reuniones secretas con las pocas jóvenes comunistas del colegio acordaban
políticas que –aprendimos– venían de un mandato superior. Nosotras dos
éramos sus aliadas en el llano, las amigas de confianza; por algo nos había
enseñado una confidencial última estrofa que entonábamos en voz baja
saboreando el néctar de la rebelión: y si a Franco no le gusta rumbalabumbalabumbambá
la bandera tricolor ay Carmelá, le daremos una roja rumbalabumbalabumbambá
con el martillo y la hoz, ay Carmelá. Pero en las decisiones no interveníamos.
No puedo decir que esa prescindencia me inquietara. Ya dije que
tempranamente –y no sin conflicto– acepté que mi destino no era la política.
Por otra parte, tenía en la pared de mi pieza Los tres músicos de Picasso,
en mi corazón la melancolía de ser la boina gris y el corazón en calma,
y amaba la ruda nobleza del herrero Maciste y los versos de Tuñón: el comunismo
me acunaba, no opuse resistencia a que decidiese por mí.
Leonora, en cambio, no era de las que se dejaban acunar. Poco tiempo
después de ese septiembre me dijo que tenía que contarme un secreto. Aún
debía durar la primavera porque el recuerdo se me entrevera con un perfume,
y con una conciencia tan intensa de estar viva que es casi dolorosa.
Me había pasado el brazo por el hombro y, como tantas otras
veces, empezámos a caminar por la plaza Almagro. Gesto habitual ese de tenerme
así abrazada, seguramente mandado por los diez centímetros que me llevaba
y por cierta actitud matriarcal que tuvo siempre. A las dos nos gustaba –o ahora
creo que a las dos nos gustaba– caminar así, como si sentir el cuerpo de la
otra contra el propio cuerpo nos hiciera fuertes para sostener leyes universales
que solíamos inventar ahí mismo, mientras caminábamos, y que tendían
a eliminar de la Tierra la estupidez, la injusticia y la desdicha. La de las leyes
solía ser yo, bastante propensa a inventar teorías para todo, aunque demasiado
tímida o arrebatada para convencer a alguien que me conociese menos que Leonora;
así que era ella y no yo la encargada de usar esos argumentos a la hora de las
discusiones.
Pero esa tarde no hubo ni argumentos ni teorías. Hubo una
confidencia que me sacudió. Pensé mucho en su decisión esa temporada.
Tal vez ahora mismo pienso en ella, y ésa y no otra es la razón de que
escriba estas palabras.
–Tengo que contarte un secreto –me dijo Leonora mientras caminábamos
abrazadas–. Me afilié a la Juventud.
Su militancia no cambió las cosas entre nosotras al menos
hasta que conoció a Fernando. Nos contamos otros secretos y, en el viaje de
egresadas (pese a la expulsión todas, hasta sus adversarias, quisieron que viajara
con nosotras) escandalizamos a las otras flamantes maestras normales como se advierte
en las fotos. Pero sin duda algo pareció cambiar en Celina Blech, cuyo saber
sobre Berkeley me deslumbraba menos: Leonora me había prestado Los elementos
de Filosofía, de Politzer, y ahi estaban todos: Berkeley, y Heráclito,
y Kant, y Locke, y Aristóteles, y Descartes, definiéndose inequívocamente
a favor o en contra de la revolución.
A Celina la encontré el año pasado. Me contó que
tenía un cargo importante en una multinacional –es ingeniera química– y
que estaba a punto de irse a trabajar a Canadá. No soporto esta violencia, me
dijo, y hablamos sobre la ferocidad de la Triple A y sobre la locura que, en la desesperada,
estaban mostrando los montoneros. Lo malo no es el miedo a la muerte, me dijo; lo
malo es que ahora ni siquiera sé de qué lado me puede llegar el tiro. Le
pregunté si todavía estaba en el Partido. Sonrió condescendiente,
como quien hace tiempo ha perdonado a la muchacha que fue. Me preguntó por Leonora.
Le dije que no sabía dónde estaba y no mentía, ¿acaso podía
saber por dónde andaba en ese amenazante invierno de mil novecientos setenta
y cinco?
Fragmento de la novela "El fin de la historia" de
Liliana Heker ©1995 Alfaguara.
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