Villa II [...] El lugar estaba poco iluminado, había como olor a goma quemada.
Cuando entré, Cummins me dijo:
-Llegó más rápido de lo que pensábamos seguro, que vino
por la Panamericana.
-Sí, tomé ese camino.
-Mire, Villa, tenemos un problema.
-Usted dirá.
-Pase, venga conmigo
Detrás de la oficina había una habitación. Una mesa, una
silla, una lámpara y en una cama, un hombre tirado. Estaba con
los pies y las manos atados a la espalda. En lo que parecía ser
una sábana, había manchas de sangre. Me llamó la atención que
sólo tuviera los calzoncillos puestos. Parecía inconsciente.
-Ése es el problema-dijo Cummins señalando hacia la cama.
Me acerqué al hombre enrollado como en posición fetal, estaba
sin conocimiento. Me di cuenta de que tenía todo el cuerpo lleno
de hematomas. Lo di vuelta y vi que su cara estaba casi desfigurada.
Le tomé la presión, le ausculté el corazón. El hombre parecía
estar sin reflejos. Busqué comprobar si tenía la cabeza golpeada
y me encontré con dos hematomas como si le hubieran pegado con
una cachiporra.
-¿Puede hacer algo para reanimarlo?-me preguntó Cummins.
-No creo. Está inconsciente.
-¿Eso qué quiere decir?-me preguntó Mujica.
-Que está mal.
-Esta vez no lo podemos llevar a un hospital. ¿Qué tipo
de atención se necesitaría?
-Necesita que lo canalicen, que le saquen radiografías de
la cabeza, de tórax.
-Nada de eso se puede llacer.
-Usted me preguntó-le dije a Cummins con cierta irritación.
Los dos se quedaron en silencio. Volví a revisarlo y encontré
que había quemaduras en el bajo vientre. Lo habían picaneado.
Había un olor insoportable, una mezcla de carne quemada y excrementos.
El mismo olor que sentí la primera vez que fui al sur con Firpo
y trajimos a los quemados de un barco petrolero que se había incendiado.
El olor a bordo también era insoportable, fui dos veces a vomitar.
La segunda, Firpo me dijo: "Ya se va a acostumbrar, Villa". Mientras,
yo me acercaba a esos despojos envueltos en vendas que parecían
momias vivientes hasta que uno susurró: "Tiráme del avión, pibe,
tiráme, no aguanto más este dolor. Matáme, pibe, no me dejes sufir
así".
Pensé que si este hombre pudiese hablar diría lo mismo,
sólo que yo ya no era un pibe. Y me dije, menos mal que no puede
hablar, menos mal que tiene los ojos cerrados, si no, vería todo
el sufrimiento en esos ojos. En su estado, en unas horas se moriría.
-Hay que llevarlo a un hospital, si no, se muere -le dije
a Cummins.
-¿No hay manera de reanimarlo? Tenemos que hacer que hable,
tiene datos importantes, están preparando un atentado contra el
Ministro. Y éste es parte de una pista.
-Este hombre no va a hablar por un tiempo.
-¿Pero no hay una inyección? ¡Tiene que haber alguna manera
de hacerlo reaccionar! ¡Si aguantó tanto tiene que poder aguantar
un poco más!-dijo Clummins con rabia, molesto por que el hombre
pudiera haber decidido morirse.
-Te dije que era demasiada parrilla-le reprochó Mujica-.
Entró en shock, nadie resiste tanto. Mientras estaba consciente
vaya a saber qué cosa lo hacía callar: los ideales, no convertirse
en un delator; no saber nada en serio, o colgarse de alguna puta
idea que no tiene nada que ver con todo esto. Fe dije, el tipo
no está acá, está colgado de algo. El cuerpo está, pero la cabeza
se voló, se desprendió el alma del cuerpo. Vaya a saber dónde...
pero es la única manera. Lo experimenté en mí mismo: hasta donde
pude aguantar el dolor. Lo hice, y la única manera era no estar
allí. Pensaba en la primera mujer que me cojí, en el color de
un perro que tuve cuando era chico y se perdió una Navidad. Me
picanié hasta que me desmayé.
-¿Ves que no miento?-siguió diciendo Mujica y se levantó
la camisa y le mostró las marcas de quemadura en el cuerpo a Cummins.
-Con cigarrillos, con la plancha, hasta que me desmayaba,
era la única manera de saber hasta dónde podía aguantar. Así,
gradualmente, hasta la picana- Mujica no paraba de hablar:
-Cummins, no sé para qué lo llamaste a este inútil, no sirve
para nada. Este hombre ya es un muerto. No hace falta un médico,
hace falta un hoyo donde dejarlo. Y estoy cansado de tu estilo
empalagoso con este Villa. Que sepa de una vez de qué se trata.
Que él también está hasta las manos. Estoy harto de su inocencia
y de que esté distraído como si fuese un convidado de piedra.
Sépalo, Villa, usted también es parte del festín.
-Te desbordaste, Mujica-le dijo Cummins por toda respuesta.
-Sí, posiblemente, pero basta de comedia. Éste es mi trabajo,
necesito esa información y hago lo posible por obtenerla. Si se
muere, hice mal mi trabajo, eso es todo. Después lo que le pase
a este cerdo, si se muere, si sufre, ni me importa ni me hace
perder el sueño. Lo único que necesitaba saber era si podía vivir
un poco más y me daba cuenta de que no por lo que había resistido,
para eso no lo necesitaba a este doctor. Ahora, decíle que se
vaya porque nosotros tenemos que seguir trabajando. Quiero decir
que no lo podemos dejar acá ni tampoco en ningún lugar donde quede
vivo.
-¿Es su última palabra como médico, Villa?
-Sí, señor-le contesté a Cummins.
-Entonces váyase y déjenos solos.
Las piernas me temblaban. Como aquella vez en el Sur, una
vez que salí vomité todo. No podía quitarme de la nariz el olor
a quemado. "Me tomó la pituitaria", me dije. Trataba de respirar
a grandes bocanadas. Prendí un cigarrillo y me llené las narices
de humo. Fui hasta el coche y comencé a manejar desde el Norte
hacia el Sur.
Cuando llegué a mi casa, Estela fingía dormir. Necesitaba
darme un baño. Me metí bajo la ducha y me quedé un rato largo.
Cada tanto salía para aspirar la loción de afeitar. No quería
salir del baño, quería quedarme envuelto en ese olor agradable,
embarcarme en el vapor borroso que se dibujaba en el frasco de
Old Spice. "Tomarte el buque querías", me hubiera dicho el Polaco
y habría tenido razón.
En algún momento tuve que salir del baño y acostarme al
lado de mi mujer mientras pensaba en el cuerpo del hombre tirado
en la cama con el bajo vientre todo quemado. Y no sentí ningún
remordimiento, no podía hacer nada por él, ni siquiera aliviarle
el dolor. Solamente me preguntaba dos cosas. La primera era cuándo
me volverían a llamar, aunque después de las palabras de Mujica
quizá nunca más volverían a hacerlo. La otra era si, más allá
de esta noche, cada vez que cerrara los ojos me iba a poder sacar
esas imágenes de la cabeza.
© L.Gusmán 1995 © Aguilar,Altea,Taurus,Alfaguara S.A. 1995