LUIS GUSMÁN

 

    Villa

 

II

     [...]

     El lugar estaba poco iluminado, había como olor a goma quemada. Cuando entré, Cummins me dijo:
      -Llegó más rápido de lo que pensábamos seguro, que vino por la Panamericana.
      -Sí, tomé ese camino.
      -Mire, Villa, tenemos un problema.
      -Usted dirá.
      -Pase, venga conmigo
     Detrás de la oficina había una habitación. Una mesa, una silla, una lámpara y en una cama, un hombre tirado. Estaba con los pies y las manos atados a la espalda. En lo que parecía ser una sábana, había manchas de sangre. Me llamó la atención que sólo tuviera los calzoncillos puestos. Parecía inconsciente.
      -Ése es el problema-dijo Cummins señalando hacia la cama.
      Me acerqué al hombre enrollado como en posición fetal, estaba sin conocimiento. Me di cuenta de que tenía todo el cuerpo lleno de hematomas. Lo di vuelta y vi que su cara estaba casi desfigurada. Le tomé la presión, le ausculté el corazón. El hombre parecía estar sin reflejos. Busqué comprobar si tenía la cabeza golpeada y me encontré con dos hematomas como si le hubieran pegado con una cachiporra.
      -¿Puede hacer algo para reanimarlo?-me preguntó Cummins.
      -No creo. Está inconsciente.
      -¿Eso qué quiere decir?-me preguntó Mujica.
      -Que está mal.
      -Esta vez no lo podemos llevar a un hospital. ¿Qué tipo de atención se necesitaría?
      -Necesita que lo canalicen, que le saquen radiografías de la cabeza, de tórax.
      -Nada de eso se puede llacer.
      -Usted me preguntó-le dije a Cummins con cierta irritación.
       
      Los dos se quedaron en silencio. Volví a revisarlo y encontré que había quemaduras en el bajo vientre. Lo habían picaneado. Había un olor insoportable, una mezcla de carne quemada y excrementos. El mismo olor que sentí la primera vez que fui al sur con Firpo y trajimos a los quemados de un barco petrolero que se había incendiado. El olor a bordo también era insoportable, fui dos veces a vomitar. La segunda, Firpo me dijo: "Ya se va a acostumbrar, Villa". Mientras, yo me acercaba a esos despojos envueltos en vendas que parecían momias vivientes hasta que uno susurró: "Tiráme del avión, pibe, tiráme, no aguanto más este dolor. Matáme, pibe, no me dejes sufir así".
      Pensé que si este hombre pudiese hablar diría lo mismo, sólo que yo ya no era un pibe. Y me dije, menos mal que no puede hablar, menos mal que tiene los ojos cerrados, si no, vería todo el sufrimiento en esos ojos. En su estado, en unas horas se moriría.
      -Hay que llevarlo a un hospital, si no, se muere -le dije a Cummins.
      -¿No hay manera de reanimarlo? Tenemos que hacer que hable, tiene datos importantes, están preparando un atentado contra el Ministro. Y éste es parte de una pista.
      -Este hombre no va a hablar por un tiempo.
      -¿Pero no hay una inyección? ¡Tiene que haber alguna manera de hacerlo reaccionar! ¡Si aguantó tanto tiene que poder aguantar un poco más!-dijo Clummins con rabia, molesto por que el hombre pudiera haber decidido morirse.
      -Te dije que era demasiada parrilla-le reprochó Mujica-. Entró en shock, nadie resiste tanto. Mientras estaba consciente vaya a saber qué cosa lo hacía callar: los ideales, no convertirse en un delator; no saber nada en serio, o colgarse de alguna puta idea que no tiene nada que ver con todo esto. Fe dije, el tipo no está acá, está colgado de algo. El cuerpo está, pero la cabeza se voló, se desprendió el alma del cuerpo. Vaya a saber dónde... pero es la única manera. Lo experimenté en mí mismo: hasta donde pude aguantar el dolor. Lo hice, y la única manera era no estar allí. Pensaba en la primera mujer que me cojí, en el color de un perro que tuve cuando era chico y se perdió una Navidad. Me picanié hasta que me desmayé.
      -¿Ves que no miento?-siguió diciendo Mujica y se levantó la camisa y le mostró las marcas de quemadura en el cuerpo a Cummins.
      -Con cigarrillos, con la plancha, hasta que me desmayaba, era la única manera de saber hasta dónde podía aguantar. Así, gradualmente, hasta la picana- Mujica no paraba de hablar:
      -Cummins, no sé para qué lo llamaste a este inútil, no sirve para nada. Este hombre ya es un muerto. No hace falta un médico, hace falta un hoyo donde dejarlo. Y estoy cansado de tu estilo empalagoso con este Villa. Que sepa de una vez de qué se trata. Que él también está hasta las manos. Estoy harto de su inocencia y de que esté distraído como si fuese un convidado de piedra. Sépalo, Villa, usted también es parte del festín.
      -Te desbordaste, Mujica-le dijo Cummins por toda respuesta.
      -Sí, posiblemente, pero basta de comedia. Éste es mi trabajo, necesito esa información y hago lo posible por obtenerla. Si se muere, hice mal mi trabajo, eso es todo. Después lo que le pase a este cerdo, si se muere, si sufre, ni me importa ni me hace perder el sueño. Lo único que necesitaba saber era si podía vivir un poco más y me daba cuenta de que no por lo que había resistido, para eso no lo necesitaba a este doctor. Ahora, decíle que se vaya porque nosotros tenemos que seguir trabajando. Quiero decir que no lo podemos dejar acá ni tampoco en ningún lugar donde quede vivo.
      -¿Es su última palabra como médico, Villa?
      -Sí, señor-le contesté a Cummins.
      -Entonces váyase y déjenos solos.
      Las piernas me temblaban. Como aquella vez en el Sur, una vez que salí vomité todo. No podía quitarme de la nariz el olor a quemado. "Me tomó la pituitaria", me dije. Trataba de respirar a grandes bocanadas. Prendí un cigarrillo y me llené las narices de humo. Fui hasta el coche y comencé a manejar desde el Norte hacia el Sur.
      Cuando llegué a mi casa, Estela fingía dormir. Necesitaba darme un baño. Me metí bajo la ducha y me quedé un rato largo. Cada tanto salía para aspirar la loción de afeitar. No quería salir del baño, quería quedarme envuelto en ese olor agradable, embarcarme en el vapor borroso que se dibujaba en el frasco de Old Spice. "Tomarte el buque querías", me hubiera dicho el Polaco y habría tenido razón.
      En algún momento tuve que salir del baño y acostarme al lado de mi mujer mientras pensaba en el cuerpo del hombre tirado en la cama con el bajo vientre todo quemado. Y no sentí ningún remordimiento, no podía hacer nada por él, ni siquiera aliviarle el dolor. Solamente me preguntaba dos cosas. La primera era cuándo me volverían a llamar, aunque después de las palabras de Mujica quizá nunca más volverían a hacerlo. La otra era si, más allá de esta noche, cada vez que cerrara los ojos me iba a poder sacar esas imágenes de la cabeza.

     

 

fragmento de "Villa" (1995), de Luis Gusmán. Publicado por Alfaguara.
© L.Gusmán 1995 © Aguilar,Altea,Taurus,Alfaguara S.A. 1995

 

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