Villa I Esa mañana había entrado en su despacho por la puerta privada.
Nos dimos cuenta después cuando, como en los viejos tiempos, me
llamó por mi nombre para pedirme que le llevara el diario. [...] Me preguntó por lo que sucedía en la Quinta, y para que me
diera cuenta de que estaba al tanto de los asuntos del Ministerio,
dijo: [...] -Doctor, ¿se acuerda del primer día que entré en su despacho? más "Villa"...
-Villa, La Prensa.
Era el único en la oficina desde que me había recibido de médico
que ni una sola vez me había llamado doctor. Miré el reloj y le
dije a su secretaria:
-Como en los viejos tiempos, Firpo, el doctor Firpo, llegó
temprano.
Me demoré mirando por la ventana hacia la plaza. Había una
manifestación, había muchas últimamente. Esta era por los presos
políticos. Me corrió un poco de miedo por el cuerpo. La Plaza
tan escolar, con la Casa Rosada, la Pirámide, el fuego eterno
de la Catedral , súbitamente se comenzaba a llenar de gente, y
se volvía desconocida. Probablemente tuviésemos que actuar. Nunca
me gustó actuar. Esa mañana era el único médico de guardia, no
había otro. Sólo yo y Firpo, el director. Me fui a fijar al panel
de instrucciones y verifiqué que el helicóptero y las ambulancias
estaban en servicio.
Firpo me volvió a llamar. Entré y comencé a leerle los titulares.
Parecía abstraído. En los últilmos meses se enteraba de cómo iba
el mundo sólo a través de algún diario. Le hice una seña para
que se acercara a la ventana. Prefirió preguntarme:
-¿Qué pasa, Villa?
-Hay una manifestación. Por lo que gritan me parece que va
a ser violenta.
-¿Qué gritan?
-Piden la cabeza del Ministro.
-Ya lo escuché otras veces. ¿Qué más?
-Nada. Las ambulancias y el helicóptero están en servicio.
-¿Y los aviones?
-No me fijé. ¿Para qué servirían los aviones?
-Nunca se sabe.
Ya no miraba. Su mirada se había perdido en el paisaje de
esa foto familiar que estaba sobre el escritorio y donde aparecía
con su mujer y sus hijos: un paisaje selvático que siempre me
intrigó hasta que me enteré de que era un tabacal. Una plantación
de tabaco en el límite con Paraguay, la plantación de Nobleza
Piccardo. "Donde hacen los 43", me dijo aquella vez, mientras
mis ojos se adentraban en la selva interminable donde estaba el
misterio de los 43 con filtro. Los 43 fueron mi marca desde la
juventud, y fue un 43 el cigarrillo que prendí a la entrada de
la morgue la primera vez en mi carrera que vi un cadáver.
-¿Alguna noticia de Olivos?
-Ninguna. Hay un operador en la radio las veinticuatro horas.
-¿Cómo sigue Perón?
-Algunos dicen que es cuestión de horas, otros de días.
-¿Y usted qué dice, Villa? Usted es médico.
Era la primera vez que me trataba como a un médico. Sentí
un poco de vértigo y comencé a marearme. Creí que me caía. Le
respondí vagamente:
-No sé, doctor. El diagnóstico es confuso. Yo no estuve cuando
lo internaron de urgencia en el Cetrángolo. Usted sabe que estaba
tratando de conseguir el oxígeno. Era sábado y no había por ningún
lado.
-Sí, conozco la cosa, tenía un cuerpo médico permanente al
lado y no habían previsto tener tubos de oxígeno. Pero usted,
Villa, debería averiguar algo más que las noticias de la radio.
Mire si llama el Ministro y me pregunta si hay alguna novedad
del estado de Perón.
Su mirada se volvió a perder en el tabacal. Y yo comencé a
caminar con él por la plantación. Los dos queríamos perdernos,
los dos, por motivos diferentes. Él, porque hacía rato que habían
dejado de consultarlo; yo, porque no me habían consultado nunca.
Quizá tampoco lo hubiese querido, pero cuando él brillaba, yo
brillaba con él.
-Trataré de hablar con el jefe de la custodia de Perón.
-Dígame, Villa, qué tiene que ver el jefe de la custodia con
un parte médico.
-Ya sabe, doctor, ellos trabajaron con nosotros. Trabajan.
Quizá si uno se lo pide como un favor... de manera confidencial.
Tal vez puedan...
-Antes prefiero no enterarme. Nunca fui peronista, pero las
jerarquías existen. Él es un presidente y yo un director. Usted
sabe que fui médico del sha de Persia y de Charles de Gaulle cuando
estuvieron en la Argentina. ¿O cree que esos diplomas al mérito
que me otorgaron y que hoy cuelgan de estas paredes están de adorno?
Mi mérito no empieza con los diplomas que están ante sus ojos.
Viene de antes. Desde el día en que tomé la decisión de casarme
con una Piccardo emparentada con los Larreta, gente de campo y
tabacales. ¿Sabe lo que es casarse con una Piccardo y que el edecán
del Presidente y dos embajadores, el de Francia y el de Paraguay,
vengan a la fiesta? Entonces debía tener unos años más que los
que usted tenía cuando empezó a trabajar con nosotros. Toda la
familia de la novia estaha en la iglesia: Nuestra Señora de las
Victorias. Un nombre auspicioso. Me temblaban las piernas. Pero,
¿sabe, Villa?, desde que había jurado como médico sentía una fortaleza
interior desconocida. Fue lo que me dio valor para caminar hasta
el altar.
-Fue durante el gobierno de Illia.
-Usted tampoco era radical. Me lo dijo al poco tiempo de empezar
a trabajar, cuando le conté la emoción que sentí al darle la mano
al Presidente.
-Villa, entonces era Villita, aunque siempre lo llamé Villa.
-Van a hacer más de diez años que trabajo para usted. ¿Se
acuerda de que me preguntó de qué hahía trabajado antes y yo le
dije de mosca? Y usted se me quedó mirando, disculpe si hoy le
digo que hasta tratando de ocultar su sorpresa. Después sentí
como que había cometido un pecado al nombrar algo que usted pudiese
ignorar. En ese momento en cambio pensé que lo podía deslumbrar.
-Sí, y yo recuerdo que le dije: "Aquí va a volar más alto".
¿Me equivoqué, Villa?
-No, volé en avión, volé por todo el país. Me recibí de médico.
Yo quería estudiar ahogacía y usted me preguntó por qué y yo le
contesté: "Porque me dijeron que se aprende todo de memoria".
Me salvé, doctor, no tengo carácter para defender a nadie. Acá,
lo primero que aprendí de memoria fue el código aeronáutico. Todo
el día repetía la matrícula del Cessna, todavía no teníamos el
"Guaraní".
-Alfa, Charlie, Foxtro.
-Entonces Butti, un integrante de la custodia del Ministro,
quiso cambiar el código porque le parecía antiargentino. Durante
días tuvimos que traducir el código a una versión que él había
inventado. Para Alfa no encontraba traducción, para Charlie decía
Carlos, y para Foxtro, no me acuerdo qué palabra había encontrado.
Usted con paciencia le repetía: es un código internacional, no
se puede cambiar.
-Hace tiempo que no lo veo. ¿Todavía trabaja con nosotros?
-Después de lo del código lo trasladaron a Olivos. Fue decisivo
que usted dijera que podía poner en peligro el tránsito aéreo.
Firpo ya no me escuchaba. Su mano había pasado de la cabeza
de caballo a las alas que tenía en la solapa. Sus alas eran de
oro. Se había puesto triste de golpe. Quizá yo había estado torpe
al nombrar al nuevo director. Pero de pronto también me sentí
triste y no sabía cómo despedirme, como arreglármelas para salir
de la situación. Sin embargo, me animé a hacerle una pregunta:
-Doctor, ¿se acuerda de lo que me dijo además de que iba a
volar alto?
-No, Villa, ya no me acuerdo.
-Me preguntó si quería ser su mosca. Si era su mosca, iba
a volar alto.
Y yo que era tan torpe con mi cuerpo, comencé por acariciarme
las alas de la insignia, y después intenté ensayar pasos de baile,
y empecé a revolotear a su lado, moviendo los brazos como si fueran
alas, esperando quizás el manotazo que me aplastara, sin saber
calcular el momento en que iba a empezar a ponerme pesado. Y todo
eso lo imaginé hace más de diez años cuando entré de cadete, y
después, cuando me dijo años más tarde: "Con su memoria, Villa,
usted tiene que estudiar medicina".
Firpo me tendió la mano y me dijo una frase que iba a quedar
revoloteando en mi cabeza, desde esa mañana, y vaya a saber por
cuánto tiempo:
-Por algo se lo dije, Villa, por algo.
© L.Gusmán 1995 © Aguilar,Altea,Taurus,Alfaguara S.A. 1995