Mapa de lecturas
Clarín, Domingo 06 de diciembre de 1998
LOS ENSAYOS DE UN NARRADOR
ENSAYO
La ficción calculada
De Luis Gusmán
Un conjunto de artículos y ensayos sobre escritores -Kafka, Mansilla,
Musil, entre otros- permite una apertura a los más diversos textos.
Norma, 1998
253 páginas
$ 19
Luis Gusmán invoca a su maestro, el especialista en lenguas clásicas
Ramón Alcalde, como musa que puede propiciar esta compilación
de textos suyos sobre otros escritores. "Estos ensayos -dice-
llevan la marca de lo que la retórica clásica, antigua y medieval
entiende por poética." Puede que la palabra suene extraña en la
Buenos Aires finisecular porque remite a Aristóteles y a Horacio.
Es decir, alude al mismo tiempo a un saber sobre otros y a un
decir preceptivo. Luis Gusmán responde por su propia cuenta a
esa pretensión plantándose en algunas certidumbres morales de
lector genuino: el amor y el odio son insoslayables para la lectura.
Al margen de cualquier pretensión política, pedagógica o científica
para trazar linajes, hay abandonos y fidelidades obstinadas. Más
aún, su libro se presenta como el testimonio teórico de esos entusiasmos. "Mucho más tarde el lector descubre que esas fidelidades son
precisamente las que han servido para formarlo." Acaso la mentada
"tradición cultural" no sea más que la conciencia de este descubrimiento
posterior.
En ese sentido, la tradición de un escritor para Gusmán excede
el corte nacional, pero no lo excluye. Pasa sin complejos de Mármol
y Mansilla al Finnegans Wake de Joyce o al epistolario de Flaubert. Un gusto literario soberano
y omnívoro sirve para burlar las reglas a las que se somete cualquier
lectura domesticada por una utililidad, ya se trate del armado
de un programa académico, de la voracidad de novedades del ojo
periodístico o del cálculo editorial.
Sin embargo, la libertad de sus gustos literarios tiene un límite
de naturaleza cultural. Gusmán maneja materiales de fácil disponibilidad
-es decir, ya domesticados por el canon- e investiga la clave
de su propia conexión con esos libros que ya eran mucho antes,
y a lo ancho del mundo occidental y judeocristiano, objeto de
infinitos artículos críticos, ensayos y tesis que los hicieron
"clásicos". En esa línea, sus elegidos no son contemporáneos ni
marginales ni asiáticos ni africanos ni negros ni mujeres. Gusmán
no se propone descubrir ignotos pero sí conectarse con textos
conocidos como la Carta al padre de Franz Kafka o Las tribulaciones del estudiante Trless, de Musil, de una manera personal. Aunque utiliza poco y con
mesura las herramientas de la teoría literaria y abre las puertas al lector no especializado, no deja de ser analítico y de incorporar saberes
provenientes del psicoanálisis y la mitología. Vico le sirve para
leer a Joyce, Blanchot para Kafka, Barthes para Flaubert. Otros
referentes bibliográficos como Richard Ellman y Harry Levin son
ya "imperdibles" de la crítica anglosajona, del mismo modo en
que, para los estudiosos argentinos, David Viñas resulta insoslayable
para hablar de Mansilla.
La pregunta por la lengua y por la propiedad de la lengua que
ejerce un escritor atraviesa todos los trabajos, pero es central
en el artículo que trabaja el Prometeo de Kafka cotejándolo con
el mito clásico y con el de Goethe. El autor de El proceso -sugiere Gusmán- no se animó a robar el fuego de los dioses.
El idioma es vivido como un préstamo que se hace a los vivos por
un tiempo indeterminado. Kafka, como Joyce, entiende que sólo
se nos permite usarlo porque la lengua pertenece a los muertos
y a los que todavía no han nacido.
La relevancia de los textos reunidos en este volumen difícilmente
pueda valorarse si no se tienen en cuenta las circunstancias en
las que parte de estos artículos fueron publicados. El oscurantismo
cultural de los años de plomo en la Argentina sospechaba de la
lectura autónoma, de las vanguardias literarias y de las teorías
producidas al calor de la modernidad. Sospechaba sobre todo del
presente. Con la investigación a foja cero y la universidad sumida
en las tinieblas de la Inquisición, los descubrimientos literarios
circulaban más de boca en boca en salones privados y a través
de críticos o escritores que funcionaron como faro y actuaron
como traductores simbólicos del mundo de saberes y placeres culturales
que la década iba generando. Cuando los claustros se democratizaron,
los esfuerzos se destinaron sobre todo a estudiar la literatura
argentina a la luz de los estudios culturales. Poco espacio para
que un intelectual argentino piense qué le pasa cuando lee a Flaubert.
Luis Gusmán escribió El frasquito en 1973, una obra que, en su momento, escandalizó por su crudeza
y por la novedad de sus procedimientos cosechando fanáticos y
detractores. En el resto de sus libros -Brillos (1975), Cuerpo velado (1978), En el corazón de junio (Premio Boris Vian 1983), La muerte prometida (1986), La rueda de Virgilio (1989), Lo más oscuro del río (1990), La música de Frankie(1993), Villa (1996) y Tennessee (1997)-, el escritor eludió toda receta para poder optar en cada
caso por la forma deseada. Mientras tanto sus ensayos y artículos
aparecían en publicaciones de circulación más restringida como
Sitio, Escrita, Conjetural o incluso de suplementos culturales
como La Nación, Clarín y El Cronista Cultural. Por eso, su extensión y su registro se
instalan en los límites entre el ensayo de escritor, el artículo
académico y la nota periodística.
La ficción calculada interroga los textos a la luz de una búsqueda personal que no
elude la primera persona. De los escritores le interesa particularmente
la relación entre las decisiones literarias y la obra en sí misma.
La huella del programa del artista se rastrea en las escrituras
más periféricas y privadas como cartas, prólogos y diarios. En
la correspondencia personal, Flaubert habla de sus planes y expone
el cálculo de sus decisiones sobre Madame Bovary mientras la está escribiendo. Kafka se refiere a sus angustias
de escritor. Las memorias se revelan en su relación con lo político
y en el mecanismo de lo íntimo.
Para mantener "una diferencia necesaria y no una ajenidad higiénica",
Gusmán resiste en estos textos a la tentación de formular teorías
generales. Su deseo -aclara- es intervenir en la polis con el
mejor efecto que un ensayo puede ejercer: neutralizar el poder del lugar común en cualquier campo que se trate.
Con una rara mezcla de modestia y soberbia, un escritor que escribe
ensayos críticos puede leer a Goethe sin pasar antes por el fichero
de las bibliotecas. Su libro, en consecuencia, no tendría por
qué formar parte de las bibliografías, aunque no rehúye el gesto
pedagógico en la medida en que da forma a una experiencia intelectual
propia e intenta transmitirla de manera eficaz. A esta altura,
sus fuentes ya forman parte del patrimonio común de los críticos
e investigadores -el texto de Deleuze y Guattari sobre Kafka,
Umberto Eco sobre Santo Tomás, los ensayos de Henry James sobre
la novela-. Sin embargo, el lector no especializado podría descubrirlos
con la ayuda de Gusmán, que reconoce la existencia de lectores
con deseo y no se niega a compartir con ellos su mapa de lecturas.
La retórica a la que Gusmán aspira es aquella que según Alcalde
"no está cientifizada por ningún estructuralismo, ni inhibida
por ningún odio al contenido, la glosa, la paráfrasis, el comentario".
En suma, se propone usar los libros para uno, que para eso están.
MONICA SIFRIM