LUIS GUSMÁN

 

Witold Gombrowicz:
El demonio de la forma

Witold Gombrowicz

Ferdydurke fue una de las novelas de mi generación. En realidad se trataba de una estética enunciada claramente en el prólogo de La seducción. En él se explicita que cada persona, "torturada por su máscara, se construye en secreto, para su uso privado, una especie de subcultura: un mundo hecho con los desperdicios del mundo cultural superior". Un mundo de pasiones inconfesadas "donde nace una poesía vergonzosa, una cierta comprometedora hermosura". Este "manifiesto" nos permitía oponernos a un sistema literario instituido. Gombrowicz dejaba más fisuras que Borges para imaginar lo que podía llegar a ser un escritor.

Su estética posibilitaba que lo inconfesado entrara dentro de la categoría de lo bello y ciertos temas no se excluyeran de lo convencionalmente entendido como literatura. Con los años traté de descifrar lo que definió como "el dominio de la forma", por lo cual el mundo contemporáneo era algo tan inquietante.

Gombrowicz imagina la forma como un movimiento autónomo perverso y en mutación constante que gobierna el mundo y lo transforma. Es por eso que -más allá de cierta megalomanía- supone que el universo se puede "ferdydurkizar": "Hemos liberado el demonio de la forma. Ahora se trata de agarrarlo por los cuernos".

Por lo tanto cuando habla de lo más humano de la forma se refiere a la lógica con que se construye tanto el universo en general como su propio universo literario. Parte de la idea de que construimos el mundo por asociación de fenómenos: "No me sorprendería que en el principio de los tiempos haya habido una asociación gratuita y repetida que fijara una dirección dentro del caos, instaurando un orden".

He aquí cómo se crea el universo de Gombrowicz: un índice, por asociación, remite a otro índice. Es por eso que Cosmos despliega ese suspenso gombrowicziano tan enrarecido que tiende a la integración por los elementos que pone en relación: un gorrión ahorcado remite a una flecha en el comedor, y ésta a su vez a otra flecha en una habitación, y ésta a un palito colgado de un hilo y así sucesivamente.

Su mundo narrativo se construye por la combinación de elementos anómalos que van más allá de cualquier coincidencia temporal o espacial. Refiriéndose en Cosmos a los labios de Lena y a los labios deformados de Katasia, dice: "Toda unión no era precisamente una unión, era simplemente una boca considerada en relación con otra boca, en el sentido de la distancia..., unos labios existían en relación con los otros, como en un mapa cada ciudad existe en relación con las otras".

Como en todo mapa, la superficie tiende a ser descifrada. La máquina descifradora gombrowicziana se pone en movimiento. Si se descifra casualmente un signo, el narrador desasosegadamente se pregunta: "¿Cuántos otros nos podían pasar inadvertidos, ocultos en medio del orden natural de las cosas?" ¿Qué hacer con este vértigo que no se detiene ni por las charadas ni por el doble sentido? Los personajes de Gombrowicz están atrapados entre el caos y la forma: "¿Por qué razón si hemos salido del caos no podemos nunca entrar en contacto con él? Apenas fijamos en algo nuestros ojos y ya bajo nuestra mirada, surge el orden... las formas...".

El final de Cosmos da cuenta del recorrido que va del caos al orden mediante el vértigo infinito de interpretación de signos que nada significan y que, por un movimiento inverso, vuelven a convertirse en índices. En este sentido, su última página es paradigmática: comienza con una lluvia que remite a un diluvio y conduce a lagos, a cascadas, a ríos, a mares y a un palito arrastrado por el agua...

Los hechizados -título de su novela gótica y folletinesca que quedó inconclusa- refleja cómo viven sus personajes: un mundo simétrico donde yo puede ser otro. Todos se mueven en esa trama que describe como ningún otro escritor: "Hay algo en la conciencia que se convierte en trampa de ella misma". En Los hechizados, al revés de lo que sucede en Cosmos, el signo se transforma en un elemento anómalo, perverso, monstruoso pero que, al situarse en el registro de la verosimilitud que exige el género, detiene el vértigo.

Entre el caos y la forma transcurren estas intrigas cargadas de misterio. El narrador se transforma en un hermeneuta de la superficie y todo el tiempo se pregunta: "¿Jugaba al detective?" Pero a la inversa de la novela de detectives donde éstos, mediante la interpretación indicial resuelven un enigma, en la novela gótica la lógica perversa de la combinación transforma el índice en un signo de lo perverso y lo monstruoso.

Gombrowicz parecía soñar con cierto fantasma de la libertad, con lo cual ciertas posiciones (basadas en "una moral de la transgresión") que adoptaba respecto a ciertos temas, colocaban inexorablemente al interlocutor -simple mortal atrapado por el corsé de la forma- en el lugar del moralista. Lo cierto es que como cualquier humano construyó su propia máscara, pero también como cualquier humano no pudo escapar a las leyes de la forma de la conciencia que él mismo describió.

Con los años, suele ocurrir que la obra y la mitología de todo gran escritor se superpone y a veces entra en franca contradicción. En el caso de Witold Gombrowicz la mixtificación del personaje se confunde y se desplaza a su literatura. Es posible que este delicado equilibrio termine sobrevalorando injustamente alguno de ambos términos.

 

aparecido en Clarín, 25 de julio de 1999. ©Clarín.

 

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