Hotel Edén
Con los años, Ochoa va adquiriendo una costumbre de viejo: lee en el diario los avisos fúnebres. Así se entera de la noticia de la muerte del padre de Mónica. Piensa en llamarla por teléfono y después, por una u otra cosa, con los días se le va pasando.
Unas semanas más tarde, un domingo soleado, por la mañana, ocurre algo inesperado. Es un día especial, no sólo por lo que va a sucederle a Ochoa sino porque en el país hay elecciones. Sale de su casa con su mujer y su hijo.
El no la habría reconocido, si ella no hubiera cruzado de vereda para saludarlo. Cuando Ochoa la ve, la primera frase que acude a su mente es: "El padre y la hija siempre vinieron juntos".
Recién cuando está frente a ella se detiene, y con torpeza, después de saludarla, la presenta. Las dos mujeres se conocen de nombre.
¿Vas a votar? pregunta Mónica restituyendo el vínculo que los unía más allá de cualquier separación, y que, por fuerza, ignora a la otra mujer y al hijo, ni siquiera por celos SinO naturalmente, como Si ambos hubiesen estado siempre solos en el mundo.
Sí, voy a votar responde Ochoa, y él también habla como si estuviese solo.
¿Te mudaste por el barrio?
Ochoa asiente con un leve movimiento de cabeza. Ninguno de los dos sabe de qué manera proseguir la conversación. Finalmente la llovizna apura la despedida. Mónica advierte que él camina como un caballo rengo y, sin embargo, no se sorprende.
Cuando él percibe su mirada frena en seco para disimular su renguera, mientras la sigue con la vista en dirección al Clínicas, el lugar donde seguramente le había tocado votar.
En el momento en que se queda solo con Graciela, ésta le dice: "Es verdad, se nota que tuvo unos hermosos ojos verdes". Después añade algún otro comentario irónico sobre su belleza pasada y su estado actual.
Graciela, su mujer, tiene razón: Mónica ya no es bella. Quizás la belleza que confiere la locura ahora a Ochoa le parece casi vulgar. O acaso la antigua pasión se transformó en piedad al verla cargada con una valija negra donde supone que lleva sus elementos de trabajo. Aquel desamparo no le resulta indiferente, pero es inútil, él sabe que nunca hubiera podido protegerla.
Su familia sigue caminando lentamente. Apura el paso y nota el lastre de la pierna. "Mucho peor en los días de humedad", masculla malhumorado. Mientras piensa que Mónica o él, para la próxima elección, deberían hacer el cambio de domicilio.
Por alguna razón, o quizás por haber vuelto a tener noticias de ella, Ochoa decide retomar el proyecto de su novela. Pero antes debe vencer distintas objeciones que le presenta su conciencia. Además es un hombre supersticioso: a la edad que tiene, romper un juramento o una promesa no es poca cosa. Por otro lado, lo vive como una traición a Mónica. Pero lo que prevalece es la sensación de que siempre había pensado las cosas en términos de la locura de Mónica y ahora, por primera vez, casi como una revelación, concluye que se trataba de la locura de ambos. Y que, una vez separados, ninguno enloqueció. Hasta de alguna manera pudieron rehacer sus vidas.
Después del encuentro necesita estar solo. No se atrevió a preguntarle si tuvo hijos: "Un hijo cambia la vida de un hombre, mucho más la de una mujer". Intenta calcular la edad del hijo que hubieran tenido juntos, pero se hace un lío de fechas; trata de rememorar los nombres que habían planeado y advierte que nunca pensaron uno en común. Recuerda el que él había propuesto y admite: "Siempre por separado".
Cuando la vio alejarse trató de grabar su cara para siempre, de una sola mirada, como para no olvidarla jamás, sabiendo que eso es imposible: algún día sus rasgos se borrarían. Tendría que esforzarse para recordar su voz, lo primero que resigna la memoria. Después recurriría a una fotografía y reconocería sus labios gruesos, que la sensualidad siempre impidió que se volvieran groseros; sus manos rústicas, su dificultad para dar con el número de zapatos, sus dilatados ojos verdes y su torpeza mental. Cuando la vio, sintió que algo se le había quebrado por dentro. Tratándose de Mónica debía ser grave, pues en su relación con ella jamás hubo sitio para lo superfluo.
Acaso la edad lo está volviendo un poco sentimental, pero se da cuenta que siempre le pasa lo mismo: ni bien experimenta un sentimiento, trata de ridiculizarlo.
Al verla tan sola descubre que la orfandad siempre fue, en definitiva, patrimonio de ambos.
La decisión de reiniciar su novela coincidió con la aparición de un director de cine quien leyó en el diario la noticia del inminente remate del Hotel Edén. Sabía por un reportaje que Ochoa alguna vez estuvo detrás de la historia. Entonces le habló por teléfono. Pensaba que, aprovechando su leyenda, podían hacer una película antes de que lo reciclaran convirtiéndolo en un negocio turístico.
No bien cortó la comunicación, Ochoa se sumergió en un sinnúmero de imágenes. Veía pasar las escenas del film, veía pasar su vida. El hotel todavía no había sido demolido. Las paredes agrietadas pintadas de amarillo ocre y las baldosas de la explanada con su dibujo original y su color desvaído conservaban, sin embargo, algún vestigio del pasado. Su interior era un asunto más complicado. Las bañeras descascaradas, las piletas sin grifería, los trozos de mampostería caídos y los agujeros en el cielo raso le daban un aspecto desolador.
De aquél esplendor quedaban los dos leones que custodiaban la entrada, en cuyas melenas habían anidado los pájaros horadando la piedra. Sólo su leyenda lo mantenía en pie. Tal vez un poco de música, un viejo disco con la voz de Hugo del Carril o de Berta Singerman recitando, lo devolvería un poco a la vida.
Pensó en los personajes del guión y trató de encontrarles un símil en personas reales. ¿Incluiría a Mónica en la historia? Y si figurase, cómo darle un cuerpo. Le resultaba imposible representárselo. Trató de reconstruir sus rasgos en los rostros de las actrices de moda, pero ninguno lo satisfacía para el papel de Mónica.
La imaginó entrando al Edén. Atravesar la hilera de eucaliptus y detenerse en el picadero vacío, mientras lo buscaba con la mirada para que él diese una explicación.
Nunca sospechó que una obsesión, al principio inexplicable, pudiese transformarse en una película. Además, que otro fuese capaz de contar la historia lo tranquilizaba. El profesionalismo que el cineasta mostró durante la entrevista fue decisivo para aceptar la propuesta. Bastó que dijera: "La historia me parece muy cinematográfica" para poner a Ochoa en camino del Edén.
Entonces Ochoa decidió viajar a Córdoba. Hasta ahí, para Graciela, era como un viaje de fin de semana. Para él, en cambio, significaba otra cosa. Antes de encontrarse con el Edén, necesitaba un rodeo, necesitaba un respiro.
Eligió Mar Chiquita porque tenía información de que alrededor de 1970 cuando La Falda se volvió más concurrida, se trasladaron allí. Y parte del personal del Hotel Edén terminó trabajando en los hoteles de la laguna.
Desde el comienzo del viaje la imagen de Mónica ronda su cabeza. Pasaron unas semanas desde que la vio por última vez.
El paisaje es raro en esta parte de la provincia. A medida que se alejan de la ciudad el terreno se vuelve más llano y las sierras van quedando atrás.
Con el paso de los años, la parte semisumergida de la ciudad de Mar Chiquita ha ido desapareciendo bajo el agua. Tiene que hacer un esfuerzo para recordar los años que pasaron desde la gran inundación.
Cuando estuvo con Mónica en la laguna, antes de la inundación, era verano y pudieron hacer un paseo en bote. Todavía guarda alguna foto de aquel viaje. Entonces pasaba el tiempo sacándole fotos, como con miedo de perderla en cualquier momento. Una sensación que de sólo recordarla le produce cosquillas en el estómago.
De noche, la laguna es una masa neblinosa. En la otra orilla se divisan unas luces que parecen siempre a punto de extinguirse; en otro momento Ochoa hubiera imaginado que se trataba de un intercambio de señales transmitiendo un mensaje cifrado.
Se acerca a la costa para intentar precisar si lo que se aproxima es una embarcación, ya que creyó oír el rumor apagado de un motor. Antaño hubiera jurado: "Los nazis intercambian mensajes. La laguna es una guarida de nazis."
Como un arqueólogo ciego escarba en la arena tratando de encontrar restos de vajilla de los hoteles que quedaron sumergidos en la zona.
Estaba calculando, yo vine hace más de veinte años, antes de la inundación.
¿En que año fue la inundación?
Alrededor de fines del 78.
Debió ser terrible.
Tanto como verlo ahora. Cuando estuve por última vez era otro cosa. Ahora entiendo por qué hace cinco años decidieron volar lo que quedaba de la ciudad, de la ciudad sumergida bajo el agua. Vivir todo el tiempo frente al testigo de tu propia ruina debe ser insoportable.
Quizás lo hicieron por motivos de fuerza mayor. Para poder empezar la reconstrucción.
¿Lo que te acabo de decir no te parece de causa mayor?
Habría que averiguar.
También uno se lo puede imaginar. Para mí, cada año se hunde un poco más le dice a Graciela, mientras piensa que la última vez estuvo con Mónica.
Es lógico, por la sedimentación responde ella.
No se puede ver bien por la niebla. ¿Ves ese trapo en el agua? En otro momento me hubiera preguntado si no serían los restos de una bandera.
¿No estabas un poco obsesionado?
Lo estuve un tiempo, mientras vivía con Mónica.
Nunca querés hablar de ella.
¿Quién quiere hablar de una pesadilla?
Le pide disculpas a su mujer por interrumpir tan abruptamente la conversación y comienzan a caminar hacia el hotel. El cartel luminoso y parpadeante del Flamenco es la única luz que se puede ver desde cualquier lugar de la ciudad.
Piensa que a ninguna mujer le gusta que le hablen de otra y mucho menos si estuvo loca. Siempre existe la amenaza de que reaparezca y trastorne sus vidas. Pero, en realidad, nada de eso sucedió. Mónica desapareció tan tenuemente como había vivido. Como si recién en el momento de enloquecer hubiera hecho sentir su presencia a los demás. Más atrás oye la respiración de Graciela, que lo acompaña desde hace años. Sus pasos apenas hienden el lodo. Con Mónica, ambos se hundían, pesadamente, en una ciénaga.