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Pagina12 | 25 de julio de 1999

 

LUIS GUSMAN
Una soledad demasiado ruidosa

por Laura Isola


Hotel Edén es la última novela de Luis Gusmán. En la tapa, sobre fondo negro, se recorta el afiche del que fue uno de los hoteles más importantes de la Argentina: la cara de una mujer, con cierto aire bávaro, sostiene y enmarca la panorámica del hotel en medio de las sierras cordobesas. Un paisaje que lleva al lector a la Argentina del ‘45 y a las historias que encierran cada uno de los cuartos del hotel. Si bien las tentaciones para un escritor son siempre muchas, las historias que promete un gran hotel con las características del Edén –nazis en la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, esa mujer del afiche, la opulencia del hotel con usina propia, anfiteatro y caballerizas donde una vez cantó Hugo del Carril y donde también actuó Berta Singerman– rindieron la voluntad de Gusmán, quien tiene claro cómo hacer de su peor defecto una gran virtud: “Mi mayor virtud y también mi mayor defecto es la capacidad de crear una historia entera a partir de células narrativas. En mi caso, la esterilidad no es un problema. No me pasa lo que al protagonista de la novela de Stephen King, que guarda una bolsa con bellotas y las va sacando de a una del ropero cuando se queda sin ideas”.

AL ESTE DEL EDÉN
Luis Gusmán ha publicado, desde la aparición de El frasquito (1973), ocho libros de ficción, una colección de ensayos (La ficción calculada, 1998) y una autobiografía (La rueda de Virgilio, 1989). ¿Cómo coloca esta nueva novela en relación con su producción anterior? “Creo que con este libro –señala– pude hacer un equilibrio casi retórico entre los personajes, lo dramático, la historia y la escritura. La voz narrativa es muy fuerte y a veces se puede superponer a la de los personajes. Mi intención fue que no fuera contado desde el punto de vista de Ochoa, que muchas veces acompaña al narrador (siempre tenemos la idea de que el narrador es masculino... no sé por qué). Quería que interviniera Mónica, quizá porque la historia es de amor, de un amor desgraciado, y las historias de amor siempre son por lo menos de a dos. Son las más difíciles de contar y de explicar”. Y sin embargo, Gusmán considera haberlo conseguido. “Creo que logré dos cosas. Una es del orden del mito: los lectores me dijeron que querían ir a Mar Chiquita y al Hotel Edén para ‘ver qué era eso’. Esto es una alegría personal, porque yo he ido a lugares a ver qué era eso inducido por la literatura (la Praga de Kafka, el Dublín de Joyce). Otro punto importante fue que mucha gente que la leyó me dijo: tuve una historia así, un amor así”.

PAPELERA DE RECICLAJE
El proceso de escritura, según el autor, es también un proceso de descarte. No dejarse tentar, seleccionar, cortar y pegar de acuerdo a lo que se considere una buena historia. Así fue que para lograr contar la historia de amor y locura entre Ochoa y Mónica tuvo que hacerle más de un vade retro a la amenazante materia narrativa: “Al principio me atrajo la historia más fuerte: la leyenda negra, los personajes que estuvieron en el hotel y su arquitectura. Hoy, casi en ruinas, se puede ver el anfiteatro, las caballerizas, la usina, el picadero de caballos para cacería de zorros. Me fascinaban esos hoteles centroeuropeos que están a mitad de camino entre hoteles y casa de reposo. La historia negra de la Segunda Guerra con los diplomáticos japoneses que habían estado presos ahí. Pero no quería hacer una novela histórica situada en el ‘45. No me sentía capacitado para hacerlo y no quería que el hotel me chupara la historia, pero tampoco desperdiciarlo. Cuando vi el afiche del hotel que ilustra la tapa del libro se me ocurrió pensar qué pasaría si esta mujer, que viene escapando de la guerra, al llegar a La Falda se encuentra con su cara, sin saber cómo. Esta era otra buena historia para contar en paralelo”. La preocupación por cómo contar la historia se vuelve un tema dominante de la conversación y el autor de El frasquito precisa aún más: “Quizá en otra novela, como En el corazón de junio, me hubiera dejado tentar por historias paralelas y contar en cincuenta páginas la historia de esa mujer. Pero en esta novela consideré que las derivaciones le hubieran hecho perder fuerza. Entonces la puse como en una suerte de desdoblamiento de Mónica. Siempre siguiendo el consejo de Borges: Yo cuento la fábula y que la moraleja la ponga el lector”.

LA NOVELA QUE NO FUE
“Yo había pensado en otro título que era Cambio de domicilio, que tiene que ver con el deambular amoroso. Me cuidé mucho de no hacer una historia de una mujer loca en la línea de La amante del teniente francés –que espera a su amante sentada en el muelle– o Adela H –que lo sigue por toda Francia–. En esta novela el deambular es de a dos. Pensé en hacer una suerte de continuación de La rueda de Virgilio, con una toma de posición más personal y crítica, incluso hasta identificando a mis amigos escritores con los personajes de la novela. Cuando decidí ficcionalizar, tomé para un lado diferente y tuve la sensación de haber logrado lo que me proponía. Cuando me preguntaron por la posible identidad de Santos, uno de los escritores amigos de Ochoa, me sentí satisfecho de que no se lo pudiera relacionar claramente con ninguno. Me mayor temor era que, por ejemplo, se lo relacionara con Lamborghini. En la primera versión, más autobiográfica, tenía otro registro y, ahí sí, tal vez, Santos podía coincidir con Lamborghini”. La primera versión reservaba también otro final para Ochoa: “En la primera versión, Ochoa se entera de la historia de los Tanco. Pero cuando le conté el argumento a Luis Chitarroni, me sugirió que si Ochoa vive en ese mundo de desconocimiento, por qué no dejarlo sin saber esa historia, y que quede como un secreto de Mónica”. De esta manera pudo sortear otro de los peligros: “Le cambié el final porque la novela se politizaba mucho y terminaba siendo muy peronista”. Para el autor de Brillos (1975), el control de los materiales es de capital importancia: “Flaubert escribió Madame Bovary y La tentación de San Antonio al mismo tiempo y cada texto controlaba al otro: tan fantástico es el Flaubert de La tentación y tan realista y controlado en Madame Bovary. Por supuesto, no me comparo con Flaubert, porque sería un poco estúpido. Aunque siempre que uno habla de las propias cosas suena un poco estúpido”.

LITERATURA Y POLITICA
La política tiene en Hotel Edén un lugar sesgado, tangencial y sin embargo de peso decisivo. Gusmán cuenta, en parte, la década del setenta desde el punto de vista de Ochoa, personaje que es un escritor en proyecto, sin formación sistemática, y que deambula por los bares de la calle Corrientes y participa de las charlas sobre marxismo, psicoanálisis, estructuralismo y demás saberes con gran dificultad: “La historia tiene algo de tragicómica. Traté de delinear un personaje que se identificara con esos lugares sólo por lecturas superficiales. En ese momento la noción de compromiso político era determinante para la inserción intelectual. Era tan complicado no estar comprometido políticamente como estarlo, porque era muy difícil encontrar un lugar en el mundo. No estoy hablando de la política militante de los setenta sino en términos de los emblemas que se forjaron en esa década: el poster del Che, los cuadros de Modigliani o la foto de Sartre. El personaje de Ochoa tiene una relación lábil y se queda perplejo frente a esa cultura y a esos signos. Este personaje se diferencia de Villa: Villa era una advenedizo, en términos morales, en cambio Ochoa es un personaje signado por la perplejidad ante la información intelectual de aquellos años. Se suponía que un escritor que estaba en ese mundo en los setenta tenía que tener esa información. Era una maraña de discursos y costaba mucho leerlos, entenderlos y procesarlos. Hoy todo está, creo, más atomizado y no hay una cantidad de saberes obligatorios. No digo que sea mejor ni peor, pero no hay una hegemonía discursiva. Mi intención es describir la periferia y el desconcierto de alguien frente a los signos del mundo que se presentaban en ese momento”.

EL MARIDO DE LA PELUQUERA
Para la mujer eligió el nombre de Mónica, que habla y siente como si fuera un personaje de Manuel Puig (tal vez no deliberadamente, pero seguramente como evocación o efecto de lectura): “Me costó mucho elegir el nombre de la mujer. Además traté de reconstruir el estado de lengua de la época. Lo que en los sesenta y setenta podía ser una peluquera –sin que se interprete despectivamente–. Si hay algo de Manuel Puig en mi texto, creo que es en la reconstrucción de la lengua. Yo creo que la virtud de Manuel estaba en lograr esas hablas tan diferenciadas: cada vez que interviene un personaje es imposible confundirlo con otro. Lo que quise evitar es que Mónica fuese la versión masculina de Ochoa. Quise que ella tuviera un peso propio en la novela y por eso tuve que darle capítulos para ella sola”. También tuvo que darle un oficio o varios: peluquera, cosmetóloga, masajista. La dotó de una locura particular y no la privó de un secreto.

 

LITERATURA Y PSICOANALISIS
Luis Gusmán se reparte entre la tarea de escritor y la de psicoanalista. Se reparte, pero no se confunde. Para ello, trató de mantenerse a fuerza de una contenida prudencia: “Por prejuicio me he censurado las palabras técnicas porque tengo muy dividida las dos profesiones: psicoanalista, por un lado y escritor, por el otro. Aunque considero que el procedimiento de censura se puede hacer tan evidente que a veces se nota. En esta novela me permití usar palabras, nombres de medicamentos, “depresión” o “surmenage”– que en otros libros me censuré. Sin embargo, se puede decir que estas palabras ya forman parte del vocabulario corriente. La relación psicoanálisis y literatura la veo en una forma más general: las palabras valija de Lewis Carroll o la estructura del chiste. Yo cargué ese prejuicio durante años... Además, las lecturas que se hicieron de mis primeros libros –El frasquito, Brillos y Cuerpo velado (1978)– fueron psicoanalíticas. Si yo en Brillos ponía un padre, era leído como el Padre de la teoría psicoanalítica. A mí me parecía un poco disparatado. En cambio Lamborghini, que se acercaba paródicamente a esos términos, se permitía usar palabras como ‘falo’ o ‘padre’ y nadie le iba a hacer una lectura psi”.

LOS OFICIOS TERRESTRES
La búsqueda o pérdida de un oficio es un tema recurrente en la narrativa de Gusmán. La identidad se acumula y se experimenta gracias a un saber hacer algo. El protagonista de Hotel Edén responde a ese modelo. Ochoa, sólo un apellido –tal vez no sea necesario nada más– intenta, sin lograrlo, adquirir una identidad a través de un oficio: farmacéutico, corrector, periodista, historietista. En todos, fracasa. Gusmán reflexiona sobre los oficios y la identidad en la sociedad actual: “A partir de un determinado momento se terminan los oficios, los negocios del barrio, que son reemplazados por los grandes centros de compra de la cultura norteamericana. También la cultura del universo del trabajo ha desaparecido (las obras sociales en lo que respecta a la salud y al turismo, por ejemplo). Creo que éste es una de los golpes más fuertes que el menemismo asestó a la cultura argentina: finalizar con todas las conquistas laborales. Hoy las obras sociales, por ejemplo, son reemplazadas por la medicina prepaga y la relación es la del proveedor y el cliente”.
Si de oficios se trata, la investigación continuará en su próxima novela: “Estoy escribiendo una novela que es la historia de un peletero que se funde porque la Corriente del Niño (el cambio climático que implicó) y las ideologías ecologistas destruyen su negocio familiar. Al quedarse sin su oficio, empieza una batalla contra Greenpeace por medio de cartas donde explica su situación. Luego se mezcla en las manifestaciones disfrazado de jaguar para comprender mejor de qué se trata el enemigo”.

LITERATURA Y POPULISMO
Del Gusmán hermético queda poco y nada. Su literatura se ha ido haciendo cada vez más referencial, para lo cual tiene una explicación: “Creo haber encontrado una forma de captar algo de la realidad más cotidiana sin caer en el populismo, del que trato de escaparme. Durante mucho tiempo me volví muy hermético porque no encontraba la vuelta para contar una historia (como ésta, por ejemplo) desde una perspectiva que tuviera elementos referenciales, pero sin ser populista. Nunca, hasta ahora, me animé a poner Talcahuano o Corrientes y decía esa calle poblada de luces fantasmales y solamente yo sabía de qué estaba hablando. Pude volver territoriales mis novelas sin caer en el espejo. Habría que pensar por qué en la literatura argentina no se logra alcanzar a un lector más común –sin identificar común con simple, sin intenciones despectivas– sin asociarlo con esa ideología del dulce de leche, tan pegajosa y sentimentaloide”.

DIEZ AÑOS DE SOLEDAD
“Prefiero definir mi soledad por lo que no es: mi soledad no es nostálgica, no es la torre de cristal, no es sabatiana. En lo personal soy muy sociable, no siento ningún desgarramiento metafísico. Veo mi lugar en el campo literario como lateral, sobre todo por el abordaje de los temas. No me considero con características de liderazgo, en el sentido más literal del término. Por lo tanto, se puede decir que mi narrativa se fue ubicando en un lugar más central sin que yo perdiera, en lo personal, esa lateralidad. Mi soledad estaría en lo que, según Faulkner, es el verdadero problema del escritor, que no pasa tanto por el ser escritor sino por aquello que se escribe. Me parece que a medida que los libros se van acumulando, uno piensa en el próximo libro. Es ahí donde uno está definitivamente solo”.

 

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