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CLARIN, Domingo 04 de julio de 1999

 

FLAVIA COSTA
El paraíso de los amores perdidos

EN SU DEPARTAMENTO DE LA AVENIDA PUEYRREDON, JUNTO A SU GATA MARLENE, UNO DE LOS MAYORES NARRADORES ARGENTINOS ACTUALES HABLA DE "HOTEL EDEN", RECIEN EDITADA POR NORMA. AUTOR DE RELATOS Y NOVELAS INQUIETANTES, ENSAYISTA LUCIDO, CONOCIDO PSICOANALISTA, LUIS GUSMAN DESNUDA LAS CONEXIONES MISTERIOSAS ENTRE BIOGRAFIA Y FICCION QUE MARCAN SU OBRA.

Los días feriados parecen haber sido inventados para albergar un crimen, un misterio, una confesión. ¿Cómo no sospechar de ese silencio enrarecido que envuelve, un lunes al mediodía, la esquina habitualmente exasperada de Córdoba y Pueyrredón? Ni un bocinazo, ni un transeúnte corriendo, ni un vendedor ambulante a la vista. El colmo de la extrañeza: la puerta del edificio donde vive Luis Gusmán se abre casi antes de que suene el timbre, sin que nadie pregunte nada. Segundos después, el autor de algunas de las páginas más inquietantes y desgarradas de la narrativa argentina de las últimas décadas abre la puerta de su departamento -un piso alto lujosamente austero y acogedor, efecto probable de la luz o de su gata Marlene despatarrada en la terraza, tomando el solcito tibio del invierno que acaba de llegar- y borra con una sonrisa tímida cualquier imagen que uno pudo haberse hecho de él.

Porque, se sabe: además de narrador, Gusmán es psicoanalista, autor de ensayos teóricos sobre literatura y psicoanálisis, fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. En los últimos veintitantos años escribió no sólo relatos y novelas -desde El frasquito (1973) hasta la flamante Hotel Edén, que acaba de editar Norma-, sino también artículos eruditos e inteligentes sobre escritores como Kafka, Joyce, Robert Musil, Marechal, varios de ellos compilados en su libro La ficción calculada (1998). En suma: por doble o triple vía, Luis Gusmán podría ser un profesional de la entrevista, el modelo de reporteado aparentemente conversador pero en definitiva impenetrable.

El arte hostil de la fotografía contribuye al engaño. En fotos, Gusmán se parece demasiado a lo que podría ser su descripción más superficial: esas ojeras, ese gesto de aparente levedad o displicencia al encender un cigarrillo, ese pelo enmarañado son la marca registrada de toda una generación de porteños que se hizo y se deshizo en trasnoches de café y cigarrillos negros en algún bar de la calle Corrientes; en largas veladas de tango, jazz y Charles Aznavour; en charlas de sobremesa donde la ardiente política local se mezclaba con citas de Sartre, Lacan y Roland Barthes; en la iconografía insoslayable de posters de Toulouse Lautrec y el Che Guevara.

Pero no. Nada más inútil que pretender asir a este hombre que nació en Avellaneda en 1944 y que a los 20 años desembarcó en el centro ("como un pajuerano") a partir de esas meras coincidencias. Si en todos los casos pertenecer a una generación o a un territorio es contexto necesario pero insuficiente, en el caso de Gusmán esos datos son aún más circunstanciales. No porque no sean importantes, sino porque más importante es lo que Gusmán armó con ellos: una escritura singular hecha de restos, de fragmentos, de mitos y recuerdos de la infancia. Una escritura en permanente mutación donde la biografía -ese fatal malentendido- es la materia indócil de un estilo, de una voz.

Así fue desde el El frasquito, la novela que llevó a Gusmán al centro de la escena literaria local y que, por su crudeza y por la novedad de sus procedimientos, lo inscribió en lo que se llamó la "generación marginalista", que integraban también Osvaldo Lamborghini, Germán García, Ricardo Piglia. A ese libro le siguieron Brillos (1975), En el corazón de junio (1983), La muerte prometida (1986) y la autobiografía La rueda de Virgilio (1989), en la que Gusmán reconstruye de qué modo las sucesivas religiones que abrazó su madre -catolicismo, apostolado, espiritismo- marcaron el sonido y la furia de sus primeras tres novelas. El volumen de cuentos Lo más oscuro del río (1990) fue el inicio de una etapa más narrativa, igualmente elaborada pero más centrada en las historias que en la forma de contarlas. Así pasaron La música de Frankie (1993), Villa (1996) y, ahora, Hotel Edén.

Como en toda su obra, en esta novela hay cantidad de datos autobiográficos, sutilmente articulados en una trama en tres tiempos: la historia de un amor apasionado y perturbador. La leyenda negra de un hotel de La Falda, que incluye refugiados nazis y diplomáticos japoneses devenidos prisioneros. Finalmente, la historia de Ochoa, un escritor de 50 y pico, hombre de ojeras, bares y amores enloquecidos que necesita contar esas otras dos historias para exorcizar sus fantasmas.

En persona, Gusmán es bastante pudoroso. Habla despacio, casi en susurros; las palabras tropiezan un poquito antes de precipitarse en un torrente de recuerdos y asociaciones inesperadas. Amable hasta la exageración, por poco pide disculpas porque trae en la mano un fajo de papeles llenos de apuntes que tomó especialmente para la entrevista: "Me anoté algunas cosas, porque es tan difícil hablar de lo que uno escribe... Mucho más con una novela como ésta, que es tan compleja, que tiene tantos niveles".

-Empecemos por el principio, entonces: ¿cómo nace Hotel Edén? -La anécdota surgió como esos cuentos de Henry James: en unas vacaciones, hace varios años, fuimos con mi hermano y la mujer al hotel de actores de Villa Giardino y salimos a pasear por La Falda. Allí está el hotel Edén, con toda su historia: en el 45, cuando la Argentina le declara la guerra al Eje, encerraron a todos los diplomáticos japoneses en el hotel; a eso se suma la leyenda negra del nazismo, y la de los muchos personajes que han estado ahí: Hugo del Carril, Rubén Darío, el príncipe de Gales. Entonces, como en esos relatos de fantasmas, nos empezamos a inventar una historia. Yo había comprado un afiche de época que era como el emblema del hotel, repetido en el papel con membrete. Y se me ocurrió pensar qué le pasaría a una mujer que se escapa de la guerra en Alemania, se refugia en Córdoba, llega al Edén y ve su propia cara en un afiche.

-La novela empieza con el hotel y, sin embargo, esa historia está apenas esbozada: el eje pasa por Ochoa, el escritor que quiere contar la historia del Edén porque se cruza con la de un viejo amor. -Sí, el Edén en realidad es una excusa que me sirve para desdoblar la historia central, que es la de la relación entre Ochoa y Mónica; un aprendiz de escritor y una chica de barrio, una peluquera. En realidad, cuando me puse a escribir tomé como modelo la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Allí hay una frase muy linda, que dice en un momento el Cónsul, Firmin: De repente clamó su corazón: "Seguramente nosotros no somos esto, esto no puede ser nosotros". Que alguien me diga que no es así, que esto que está aquí no puede ser nosotros. ¿Divorcio? ¿Qué significaba en realidad este vocablo?. Me parece que Hotel Edén trata de responder a esa pregunta: ¿Qué somos nosotros? ¿Quiénes son esos dos personajes, Mónica y Ochoa, protagonistas de esta historia de amor? -Ochoa, que es escritor, se preguntaría: ¿es posible responder a eso? ¿Mediante qué procedimientos narrativos? -Pensando en esta entrevista, me di cuenta de que para narrar esa historia elegí distintos planos. El primero es el temático: esa historia de amor tan densa, tan oscura. Para abordarlo necesité desdoblar esa historia tan asfixiante en otro espacio. Así como en Bajo el volcán los amores de Firmin e Yvonne se desdoblan en los amores de Carlota y Maximiliano, yo coloqué la historia del hotel Edén. Así como en la novela de Lowry está el hotel Casino, aquí está el Edén. Sin embargo, yo no quería que el hotel me comiera toda la historia, que fuera el centro de gravedad, así que reduje casi a cero esa leyenda. Traté de reducirla al máximo para sobreimprimirle la historia de este amor tan loco. Pero claro: ésta es una novela de amor del siglo XX, mucho más fragmentaria que Las relaciones peligrosas, donde está todo tan organizado a partir de la correspondencia: acá ese mundo está todo estallado.

-Y estalla doblemente: es una trama de locura pero también de incomprensión. En la mirada de Ochoa, la loca es Mónica. Pero al final el punto de vista se desplaza y uno puede ver lo que opina Mónica de todo esto. ¿Por qué decide dar ese salto? -Yo no quería quedarme sólo con lo que decía Ochoa: quería darle una voz a esa mujer, que ella pudiera dar su versión de la historia. Al principio todo lo contaba él, pero Luis Chitarroni me sugirió que era mejor que Ochoa no conociera ese secreto que se revela al final, relacionado con el General Tanco. Como si dijera: ¿ni siquiera podía tener un secreto, Mónica, frente a Ochoa? Porque en definitiva: ¿qué es la vida de una persona si ni siquiera puede tener un secreto? -Es difícil aceptar un personaje como Ochoa, tan cruel que se avergüenza de Mónica frente a sus amigos y a la vez tan enamorado. -Sí, totalmente: en Ochoa está esa contradicción, esa impronta de una generación que dio un salto social, cultural, y que es tan constitutiva de la Argentina: la tensión entre el chico de barrio que fue y el escritor que aspira a ser, y que reniega de su origen. Por eso me parece que después, para equilibrar, puse el punto de vista de ella. En eso me ayudaron mucho los editores: uno me decía que Ochoa era demasiado cruel cuando ocultaba a su peluquera. Pero también es cierto que Ochoa era muy cruel con él mismo, tan cruel que no se salva siquiera por el amor, que muchas veces es un expediente que suele salvar.

-¿Y por qué aquí no puede salvarlos? -No, el amor no los salva: no puede. Eso es algo que siempre pensé y que en la novela se evidencia en lo que yo llamaría el monumento a la miniatura: que alguien, por ejemplo, guarde por años la fotito de una chica de la escuela secundaria nada más que para verle la cara. Esto es el símbolo de lo importante que es siempre, para mí, el primer amor: un amor que está destinado a ser perdido, y que va más allá de la institucionalización, porque este primer amor con Mónica hasta se realiza en un casamiento, pero termina perdiéndose. Como que estaba destinado a eso desde el comienzo.

--¿También es un destino la locura, en la que fatalmente deviene esta pareja? -Ah... esta es una pregunta difícil de responder...

-¿Por qué? -Supongo que porque tiene que ver con mi vida. Yo creo que esos amores son -vos usaste la palabra- "fatales". Es el amor-pasión, donde existe esa especie de fusión del uno con el otro, y que obtura la posibilidad de que aparezca un tercero: una persona, un hijo, un oficio, una vida. Creo, por experiencia personal y por todo lo que he escuchado al respecto, que esos amores nunca terminan bien. El amor con Mónica está situado en ese registro, mientras que el amor con Graciela, su segunda mujer, es diferente: no excluye el deseo, pero hay como una diferenciación, una separación. Cada uno tiene su vida. Y sin embargo Graciela tiene una presencia que le da sosiego al personaje.

-Es difícil no leer en esta historia los restos de una experiencia personal. Ochoa lo dice, al final: "Quizá deba renunciar a escribir esta historia. ¿Quién puede contar la propia vida?", y sin embargo, la novela es precisamente ese intento... -Bueno, la novela comenzó como algo muy autobiográfico, algo mucho más parecido a La rueda de Virgilio, con todos los personajes con su nombre, cada escritor, incluso yo mismo con mi propio nombre.

-¿Existió la peluquera, entonces? -Existió, existió... Y me parece que esta novela dice muchas cosas acerca de esta persona, de su manera tenue de estar en el mundo... También existió el primer matrimonio, la casa en Morón. Después yo la desplacé un poquito, a Castelar: la corrí una estación de tren.

-¿Y qué lo llevó a cambiar los nombres? -Decidí que no era un momento propicio para hacer otra Rueda de Virgilio.

-¿Por qué? -Porque como digo en el prólogo de El frasquito, el estilo siempre le pone un límite a la confesión, a lo que podemos llamar literatura confesional, si es que existe algo así. Y me parecía que el estilo, en ese sentido, era agresivo. Además pensé que éste era un momento histórico, político, social, cultural muy complicado para elegir ese género, la autobiografía. No renuncio: quizás en otro momento lo vuelva a hacer, pero hoy no. Porque los textos tienen una circulación que escapa siempre a uno, uno no controla sus efectos, entonces hay que buscar la ocasión. No quisiera que cierta posición crítica respecto de determinado momento histórico político llevara agua para un molino que no me interesa, que puede ser el descompromiso o la despolitización. Ahí hay que ser muy cuidadoso.

-Sin embargo, la novela reconstruye muy bien ese momento: Buenos Aires, los años 60 y 70, bares como La Paz o El Farolito, Cortázar, La Maga, Sartre... -Sí, pero funciona como contexto. En ese plano yo tenía que organizar o equilibrar lo que podríamos llamar la gran historia con la pequeña historia. Sobre todo teniendo en cuenta que aparece un personaje, el General Tanco, que tuvo que ver con los sucesos del 56. Rodolfo Walsh, en Operación: Masacre, nos vuelve siempre presente al General Tanco. El leit motiv de ese libro es: ¿dónde está Tanco?, y acá uno podría decir: ¿quién es Tanco? Para eso elegí un camino lateral: la pequeña historia, la historia familiar, que es inmensamente rica. Por rebeldía y por orgullo, la pequeña historia de amor no se deja domesticar por la gran historia. Eso me permite explicar en parte la operación que he realizado. Y sobre todo, la dimensión personal de estos dos protagonistas que, al menos frontalmente, no están inmersos en la historia política, social, cultural de la época. Viven metidos ahí pero están como perdidos. No sólo en la historia propia sino en la historia del país.

A esta altura, Gusmán ya dejó de lado los papeles y liberó las palabras a su propia deriva: fluyen, por momentos faltan, casi siempre se desvían pero regresan. Comenta, entonces, que está muy impactado por el accidente automovilístico que sufrió Stephen King en estos días por culpa de un animal que de repente enloqueció. Un episodio que le recuerda "ese entramado fascinante y misterioso que conecta ficción y realidad: Stephen King protagonista de un relato que perfectamente podría haber escrito él mismo". Dice Gusmán que algo anticipatorio, como de médium o profeta, hay en el trabajo del escritor. Dice que, cuando escribe, él entra "en trance", una imagen que sin duda hereda de su madre espiritista. De su padre, en cambio, el imprentero que los visitaba dos veces por semana porque tenía otra familia, no sabe bien qué heredó. Días después, en un segundo encuentro, descubrirá que a ese burrero empedernido que practicaba el derroche voluptuoso de los que no son ricos le debe, acaso, su afición por los caballos de juguete: una pasión parecida, pero con menos consecuencias.

En seguida vuelve sobre la novela: cuenta que el nombre del protagonista, Ochoa, lo sacó de la guía telefónica, como siempre, y que lo eligió "porque es corto y suena bien". Cuenta también que el primer título de la novela era, en realidad, Cambio de domicilio, porque en la Argentina de los 70 la gente se mudaba todo el tiempo: "Por problemas de seguridad económica, por problemas de seguridad política y por ese deambular propio de los amantes cuando pierden a la persona amada." Admite, finalmente, que está satisfecho con el libro, que cree haber encontrado el tono que estaba buscando hace tiempo: "Creo que a partir de En el corazón de junio me fui corriendo de la escritura, del proceso escritural, para concentrarme en las historias. Y que a partir de Villa pude articular la presencia de personajes de carne y hueso. Por eso necesité corregir, acortar, recortar, concentrar las otras historias alrededor de Ochoa. No quería que la novela se desequilibrara como se desequilibraba la vida de estos personajes".

-Es curioso, porque en un momento en que la mayoría de los escritores dice sufrir la falta de historias, Ochoa afirma que "lo que sobran son historias". ¿A usted también le pasa eso? -Sí: a mí me sobran historias. Me sobran desde En el corazón de junio, que es un libro construido sobre el método casi absolutamente contrario: En el corazón... es la dispersión y Hotel Edén es la concentración de las historias. Y porque me sobran necesité reducirlas casi a un grado cero. Porque, por ejemplo: la historia de los japoneses entrando una noche del 45 al hotel Edén y estando presos ahí es una novela por sí misma. La historia de los dos Tancos, uno general y el otro suboficial, podría haber sido otra novela. Pero es cierto lo que decís: hoy el procedimiento narrativo, escritural, se ha impuesto sobre la posibilidad de contar historias. Y en mi caso, creo que a lo largo de estos años hice el recorrido inverso al habitual: empecé por El frasquito, donde todo estaba tan condensado, después empecé a trabajar más las historias y después enfoqué más los personajes. Una experiencia muy enriquecedora, en este sentido, fue haber escrito guiones: el ver hablar, moverse, a los actores, me obligó a esforzarme para que esos personajes tan estructurados tomaran una dimensión real.

-¿Cómo se les da "dimensión real"? -Creo que es un trabajo sobre el lenguaje: el lenguaje le da realidad a los personajes. Igual, yo trato de conservar algo artificioso, un cierto lujo en el decir, pero siempre dentro de la verosimilitud del relato. Lo que nunca pude fue reproducir lo que se llama el habla de la realidad, que no sé cuál es, por otro lado. Desprecio esas películas argentinas donde -salvo honradas excepciones, como pueden ser las de Favio- se habla muy naturalmente, donde a los dos minutos levantan el teléfono y dicen: "Boludo", "Hijo de puta". Yo nunca digo eso cuando levanto el teléfono, ni mis amigos. Y no porque desconozcan esas palabras, justamente. Pero bueno: yo nací a la literatura en medio del populismo y del cortazarismo. Quiero decir, del Cortázar de Rayuela, una gran novela desde el punto de vista de su estructura pero cuya habla me parece que entra en una estética populista. Entonces traté de diferenciarme del referente real, tan masivo. Me volví casi hermético para "no ser confundido con". Tenía una enorme tensión con ese mundo y creo que de alguna manera la resolví acá, en Hotel Edén.

-¿Era una tensión puramente estética? -Era una tensión con una estética que yo creo que es también una ideología: la ideología de pensar que la vida es simple, que no es complicada. Y ya ves lo que le pasó a Stephen King: la vida es mucho más entramada de lo que uno piensa. Creo que esa estética es ideológica porque cree que con ese lenguaje opaco se transmite una autenticidad, y uno se pregunta entonces: ¿pero qué es lo auténtico? ¿Por donde pasa? ¿Por una mera transcripción del lenguaje? -¿Y por dónde pasa? -Uy, qué difícil... Creo que en la Argentina el que consigue eso de una manera más perfecta es Manuel Puig. Siempre me asombró su capacidad de contar con esa lengua tan contemporánea y, a la vez, tan al mismo tiempo que suceden los hechos. Yo siempre necesité más distancia. Pero esa es la cuerda que puede tocar cada uno. Como que hay novelistas que escuchan y novelistas que ven: yo soy de los que ven. Escucho en un solo registro y trato desesperadamente de escribir en otras voces, no con esa voz tan lírica que me toma a veces... Por otro lado, pienso en lo que me dijo Anita Barrenechea cuando leyó Villa: que veía algo verdadero porque transcribía la fuerza de la experiencia vivida.

-Lo que usted llamó alguna vez la construcción de una voz menos lírica y más épica... -Sí, un registro de lo que en Tennessee denominé épica negativa, que a veces se puede volver un poco sórdida. Hoy quisiera poder escribir, no sé si algo más positivo o menos negativo, pero quizás algo más heroico, en el sentido literario del término. Creo que estoy en ese camino. Cuando antes hablaba de ese pasaje hacia la posibilidad de contar historias, me parece que se agrega un valor a eso: más allá de los personajes, creo que a partir de La música de Frankie, con el dilema de alguien que tiene que entregar al hermano a la Policía, empieza a aparecer la posibilidad de un universo ético. Eso que aparece en Borges pero que está bastante ausente en la literatura argentina y que ha sido reemplazado, más bien, por un universo ideológico, que no es lo mismo.

-¿Cuál es la diferencia? -En el universo ético están el bien, el mal, el coraje, la cobardía, el odio, el amor, ser un poco sentimentales. Esta novela es un poco una educación sentimental. En cambio, creo que ha sido un gran problema esto de reemplazar los valores éticos por valores ideológicos.

-¿Dónde radica el problema? -En que, desde el comienzo, hay una toma de posición que delimita dónde está el bien y dónde está el mal. Y a mí me parece que no es tan lineal, tan blanco y negro. Me parece que hay más turbulencias, más contradicciones. Creo que los dos polos deben tener mayor equilibrio. No ya de entrada la moraleja puesta de un lado. Me parece que la apuesta es mostrar un poco la miseria en la comedia humana.

-Usted separa muy marcadamente su trabajo de escritor de su trabajo como psicoanalista. ¿Por qué? -Creo que forma parte de la naturaleza del prejuicio y responde a dos cuestiones. Primero a una época en la que vos eras leído, más que por los enunciados, por el lugar de pertenencia de tu enunciación. Entonces cuando en Brillos yo escribía la palabra "espejos" o "padre", se leía como la ilustración de la teoría de Lacan, mientras que Lamborghini, por ejemplo, se permitía poner lo que se le ocurría, y acaso por ese trabajo de parodia o porque finalmente no terminó trabajando de psicoanalista, nunca se lo leía de esa manera. Eso fue decisivo para mí y me sigue marcando a tal punto que lo divido como una especie de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Me lo permito más en los ensayos, pero no mucho. Es como si yo tuviera tres esferas de trabajo: la ficción, los ensayos literarios y los escritos psicoanalíticos. Donde al revés, fijate vos, me censuro cualquier escritura más poética o con más juego. Igual, me he ido liberando bastante. Aquí pude poner palabras como neurasténico, depresión. ­Me atreví! Creo que esas palabras más fuertes, más connotadas socialmente, son producto de la intromisión del editor, que me decía: "Pero Luis, locura es locura, un psiquiatra es un psiquiatra, una depresión es una depresión".

-Una de las obsesiones de Ochoa es la necesidad de encontrar un oficio. ¿Para usted fue problemático tener un oficio o decidirse entre sus dos oficios? -No: a mí escribir me cambió la vida, ahí está sin dudas mi pasión. Pero lo fui haciendo sin darme cuenta: yo empecé a escribir a los 16, 18 años, y se me articuló como un modo de vida. Quiero decir que nunca dejé de escribir; me produce una gran felicidad. No entiendo al escritor que tiene dificultades para escribir. Por otro lado, no tengo ninguna mitología de escritor: mi vida es totalmente rutinaria, común, elemental. La mitología la he puesto en los otros escritores: en los viajes que hago para ir a ver la casa de Faulkner o la casa de Kafka o de Joyce.

-¿El psicoanálisis vino por añadidura? -Sí: tenía que ver con la época, con las lecturas que teníamos. A nosotros se nos criticaba a veces porque se suponía que habíamos armado un aparato crítico para después escribir a partir de él. Y en realidad era exactamente al revés: escribíamos y después, como para encontrar una contención narrativa y para entender eso que hacíamos, buscábamos un aparato crítico, algo que nos ayudara a contener la escritura, ese torrente inexplicable.

 

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