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Pagina12 | 25 de Julio 1999

 


Informe de situación

Hotel Edén
Por Luis Gusmán

Postular que la cultura de un país (una ciudad, un mundo) está en manos de una generación no supone ningún riesgo. Puntualizar que, en la Argentina actual, el arte y la cultura aparecen gestionados, producidos (o inventados) por personas entre 35 y 45 años, no debería sorprender a nadie. Y sin embargo todavía se piensa en las personas de esa generación (Juan Forn, Alan Pauls, Luis Chitarroni, Susana Villalba, Martín Caparrós, Matilde Sánchez, Fernando Fagnani, Delfina Muschietti: la lista es completamente provisoria y arbitraria) como si de “jóvenes” se tratara. Mientras tanto, los jóvenes de verdad (quienes tienen menos de 30 años) navegan en las turbulentas aguas de la experimentación, las intervenciones urbanas, las ediciones de autor, las lecturas públicas de su obra, las fiestas, lo que fuere. Al margen de los sistemas de premios y de becas, al margen de los grandes aparatos publicitarios y, sobre todo, al margen de las discusiones literarias y culturales.
Hay una distorsión del punto de vista que organiza la cultura argentina, que sigue siendo el de las personas que tienen hoy entre 45 y 55 años, aquellos que –por circunstancias políticas bien precisas– nunca pudieron sentir que estaban construyendo o gestionando la cultura (la literatura, el arte) en Argentina. Es en relación con ellos que los escritores e intelectuales de cuarenta años son “jóvenes” (aun cuando toda la cultura de hoy pase por sus manos y sus escritorios). El imaginario organiza más o menos así las generaciones argentinas: están los artistas e intelectuales “del setenta”, están “los jóvenes” del ochenta y están los viejos baluartes (la generación de Contorno, o Ernesto Sabato). No es sólo la cultura de masas lo que divide las aguas (después de todo, hay cultura de masas desde los años sesenta y los jóvenes de entonces –Roberto Jacoby, Oscar Masotta– la tenían en cuenta en sus producciones) sino, sobre todo, algo del orden de lo puramente existencial. Supervivientes de una época (la década del setenta) cuyos contenidos, tensiones y apuestas hoy sólo pueden leerse como el reverso exacto del presente, los escritores que están en su cincuentena sobreviven aferrados al “universo personal” y la consolidación de sus obras. Son pocas las apuestas que pueden notarse en los sucesivos libros que publican y en sus intervenciones públicas (salvo contadas excepciones: la obra siempre crítica de Juan Gelman, el mayor poeta vivo de la Argentina, las sorprendentes entregas de ese libro continuo que escribe César Aira desde hace años, la producción de María Moreno, las novelas y ensayos de Luis Gusmán).
Habría que hacer un mapa de la literatura argentina “actual”. Si sólo se tratara de un afán “modernizador”, ese pecado descriptivo merecería la condenación eterna y anticipada. En el fondo, la fatuidad de un proyecto semejante sólo se puede comparar con la pereza infinita que, a priori, suscita ese diagrama dominado por los compromisos (políticos, editoriales, personales). Pero también es cierto que el mapa de bolsillo con el que trabajan catedráticos, periodistas culturales, críticos y editores es, todavía, el mapa de la literatura de los años setenta. Y mucho más cierto es que mientras los escritores mayores de cuarenta y cinco año tienen una obra de la cual se habla y se escribe, casi nadie se atrevería a caracterizar las “obras” de los escritores de cuarenta años, que dan forma al campo de la ficción argentina (Juan Forn, Matilde Sánchez, Alan Pauls, Martín Caparrós). Luis Gusmán tiene una obra y se lo reconoce como uno de esos escritores que ingresaron a la literatura en la década del setenta (El frasquito, 1973; Brillos, 1975; Cuerpo velado, 1978) con un universo propio y un estilo. El estilo de ese período de la obra de Gusmán es decididamente vanguardista o neobarroco. Su universo –a falta de mejores palabras– es el de los sectores populares (esa entonación del habla, esos sistemas de comportamientos, esa mitología) debidamente mezclado con referencias, temas y dispositivos más propios de la cultura alta. En esa intersección extraña entre lo culto y lo popular, Gusmán (el primer Gusmán) encuentra su lugar en la literatura argentina. Ligado con las vanguardias de los años setenta (devotas, a su vez, de las plegarias psicoanalíticas), Gusmán realizó, a partir de En el corazón de junio (1983, Premio Boris Vian), un esfuerzo enorme por dotar de legibilidad a sus textos (similar al que por la misma época realizaba Arturo Carrera en relación con su poesía). Ese “segundo” Gusmán había notado que no se podía “abandonar el relato lineal al enemigo” (como le gustaba decir por entonces). Sus ficciones comenzaban a investigar otro caminos. La muerte prometida (1986), Lo más oscuro del río (1990) y La música de Frankie (1993), sin abandonar ese universo que apasiona a Gusmán (videntes, peluqueras, boxeadores, baldíos y barrios periféricos) y, sobre todo, sin abandonar el impulso experimental (el obstinado rigor), ofrecían relatos en los que aparecía (con luz tenue) la epifanía de cuño joyceano como forma para contar cierto desencantamiento del mundo.
Gusmán ha confesado más de una vez que, como escritor, se siente solo. Esa soledad es la del escritor que no tiene compromisos con sus pares –sus ficciones y sus ensayos brillan con luz propia, sí, pero esa luz aparece potenciada por la oscuridad que lo circunda– pero que tampoco encuentra en la relación con las generaciones más jóvenes alguna forma de complicidad o de confrontación. Esa soledad (y la melancolía que le sirve de argumento, presente en todas las novelas de Gusmán pero especialmente en Hotel Edén), de un modo o de otro, es generacional, responde a los desajustes que caracterizan a la literatura argentina actual y señala la necesidad de trazar un mapa, aunque más no sea para tratar de colocar a Gusmán (su obra) y a los escritores de su generación en el contexto que les corresponde.
Pero además de indicar un malestar generacional, la soledad de Gusmán es la del estilista. No por azar, compulsado sobre su doble, Gusmán eligió a Gatsby-Fitzgerald. Si algo hay que decir de sus últimos textos –Tennessee (1997) y esta espléndida Hotel Edén– es que son, como El gran Gatsby, obras maestras del estilo: nadie, en la literatura argentina, escribe diálogos perfectos como los de Gusmán.
La historia de Hotel Edén es casi trivial: Ochoa, el protagonista, trabaja durante la década del sesenta en una farmacia pero quiere ser escritor. Conoce a una peluquera, Mónica, con quien sostiene un amor tortuoso a lo largo de los años (a lo largo de la década del setenta). Las vueltas de la vida relacionan a la pareja con mitos y leyendas urdidos alrededor del lujoso Hotel Edén de La Falda, que constituye el núcleo narrativo de la novela que Ochoa quiere escribir. Ni una línea hay en las doscientas cuarenta páginas de Hotel Edén que no responda a necesidades del relato. ¿Un ejemplo? Enloquecida por su trato con Ochoa, Mónica decide realizar una cura de sueño. “Se había sometido a la cura porque por un tiempo quería aliviar su cabeza de la presión intelectual a la que Ochoa la sometía, sustraerse a sus celos enfermizos y terminar con la pesadilla de consultar a cada instante el diccionario que había comprado a crédito para entender el significado de las palabras que ordenaba alfabéticamente en un cuaderno Gloria”. En esa sola frase se concentra la miseria de la relación, el estigma de la ignorancia, el choque entre el deseo y la diferencia de clases, el patetismo del protagonista, etc.
En la literatura argentina “actual”, Gusmán y su obra no son una mera supervivencia de otra época. Habría que trazar un mapa para ver cuál es exactamente su lugar, pero en todo caso Hotel Edén confirma a su autor en la soledad: la soledad del estilista, la soledad del tímido (como le gusta, coquetamente, señalar). Pero también, hay que decirlo, la soledad de los grandes.

Laura Isola

 

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