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NUEVO RELATO DE LUIS GUSMAN
Fantasmas del edén
Hotel Edén
Por Luis Gusmán
(Norma) 246
Una curiosa hospitalidad hacia lo antagónico hace nacer amores
insospechados. Así ocurre con la historia que funciona como eje
central de Hotel Edén, última novela de Luis Gusmán. La imagen disparatada de Mónica
con minishorts y plataformas era lo más alejado que un aspirante
a escritor bohemio podía encontrar en la Buenos Aires de los sesenta,
donde pululaban los nuevos discursos de la modernidad: psicoanálisis,
marxismo, estructuralismo. Cuando Ochoa se entera de que además
ella había obtenido su título de peluquera por correspondencia
y que ansiaba otro de cosmetóloga, descubre que no necesita oír
nada más. Por otra parte, el amor ya le había entrado por los
ojos y su boca invitaba al beso más que a las palabras.
Al maravilloso entendimiento que ambos alcanzan en lo sexual le
corresponde un profundo abismo en el resto de la vida cotidiana;
por eso Ochoa la esconde de sus amistades y de los lugares que
frecuenta e incluso, fuera de la intimidad, no sabe de qué hablarle.
A pesar de los esfuerzos del protagonista por resaltar las diferencias
que los separan, éstas forman parte sólo de su imaginación y de
su modo de ver las cosas. Mónica es dueña de un oficio con el
que se gana la vida, mientras que él lamenta no poseer ninguno
y transita de manera mediocre por algunos. Tampoco está tan seguro
de su vocación de escritor. De hecho, apenas tiene un proyecto
de novela en su cabeza -referida al Hotel Edén de La Falda-, ha
trabajado como corrector de pruebas de una publicación dedicada
a la actividad agropecuaria y la única vez que redactó un artículo
fue despedido por el tono panfletario que usó. También escribió
el guión de unas historietas. En el momento en que conoce a Mónica
trabaja como cajero de una farmacia y siente pavor de perder su
empleo por segunda vez. A sus amigos de los bares de la calle
Corrientes también les oculta esta actividad.
Dueño de una identidad vacilante, Ochoa es un auténtico pusilánime
-menos enternecedor que Walenski, más seguro de sí que Villa,
personajes ambos de otras novelas de Gusmán-, habitante de la
fauna de la mediocre clase media argentina que el autor de El frasquito no se cansa de retratar, ahora atada a los beneficios de las
obras sociales y a las posibilidades dentro de las que se mueven
sus afiliados.
Los parentescos y las semejanzas entre sus novelas refuerzan el
universo narrativo que Gusmán va construyendo laboriosamente con
cada nuevo libro. Un repertorio de mitologías y fetiches, cercano
a La rueda de Virgilio, ronda las páginas de Hotel Edén y las dota de una consistencia ambigua, a medio camino entre
la sospecha, el recuerdo y la fabulación. No tienen dentro de
la novela otra presencia más que la de la ruina, escombros de un pasado inasible y poco comprobable; o la de
los reflejos, "una serie de coincidencias donde las réplicas no
tenían límite". Así ocurre con la historia del famoso hotel y
su vinculación con el esplendor siniestro que los nazis concentraron
en algunos lugares de la Argentina, o con el Hotel Viena, situado
a pocos kilómetros del anterior, a la orilla de la laguna de Mar
Chiquita, devorado como un Narciso de cemento por las aguas de
la inundación. Para Ochoa constituyen los fundamentos de su futura
novela pero encierran motivos centrales de su historia: la de
sus padres, en épocas de prosperidad económica, y la de su relación
con Mónica.
Más atenta que su novio, ésta advierte que su influencia y sus
celos terminarán por desquiciarla; así decide la separación y
una posterior cura de sueño que restablezca en ella la serenidad
perdida. A partir de ese momento, será él quien se encuentre sin
rumbo pues la ruptura le resulta insoportable. Inicia entonces
una errancia exterior e interior, llegará a internarse en un hospital
para no sentirse solo y atravesará la delgada frontera que separa
a los locos de los que no lo son; también viajará buscando en
la distancia nuevas maneras de atraer la presencia de su amada.
La separación le revela a Ochoa un mundo de correspondencias impensadas:
frente a la falta de entendimiento y de comunicación mutuos, la
realidad entera parece remitir indefectiblemente a su pasión.
Cada objeto, cada acontecimiento, cada rostro porta un signo inequívoco
de su existencia. En el plano mayor de la novela, ese juego de
duplicidades se potencia y complica la trama, pues todo se presenta
como contado dos veces en distintos niveles, pero en ninguno de manera definitiva. Lo que se dice es fragmentario,
provisorio e improbable.
Cuando el reencuentro fatalmente se produce, los protagonistas
se precipitan en un matrimonio que concita nuevos desplazamientos,
pero en ningún lugar encuentran sosiego. Por segunda vez, la locura vuelve a hacer estragos en la pareja, aunque se refleja de forma
más contundente en el rostro de Mónica, tal vez porque se cree
que todo en ella es superficie.
Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura. Una promesa
de silencio pesa sobre la relación con Mónica y el pasado del
hotel del título -"¿Quién quiere hablar de una pesadilla?", le
dirá Ochoa a su segunda mujer-, una construcción que de a poco
se va resquebrajando, mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto
no la verdad de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe,
de cataclismo interior. De allí que el curso temporal de los acontecimientos
es rescatado como de un sueño turbulento, oscilando entre el presente
que va en busca de la reconstrucción y el instante pretérito que
se sabe perdido.
La linealidad se escurre y se parcializa en la visión de Ochoa
y del narrador y una versión diferente se rescata en la actitud
final de Mónica. Las recurrencias -que siempre regresan desplazadas-
están destinadas a poner de manifiesto que no hay historia, por
nimia que fuera, que no deje su marca y que los protagonistas
pagan su participación en ella dejando algo de sí, una cicatriz
indeleble que pesa sobre los cuerpos y los lugares y los convierte
en sombras de lo que fueron. Lo mismo ocurre con la situación
del país, a la cual se alude en distintas épocas no para cumplir
la mera función de enmarcar episodios personales, sino gravitando
de manera decisiva sobre los avatares familiares.
La narrativa de Luis Gusmán, que desde hace tiempo no duda en
llamar las cosas por su nombre, descree de los paraísos; por eso de este Edén no puede esperarse
otra cosa que un módico infierno de clase media habitado por fantasmas difíciles de conjurar.
JORGELINA NUÑEZ
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