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CLARIN, Domingo 15 de agosto de 1999

 

NUEVO RELATO DE LUIS GUSMAN
Fantasmas del edén

Hotel Edén
Por Luis Gusmán
(Norma) 246

Una curiosa hospitalidad hacia lo antagónico hace nacer amores insospechados. Así ocurre con la historia que funciona como eje central de Hotel Edén, última novela de Luis Gusmán. La imagen disparatada de Mónica con minishorts y plataformas era lo más alejado que un aspirante a escritor bohemio podía encontrar en la Buenos Aires de los sesenta, donde pululaban los nuevos discursos de la modernidad: psicoanálisis, marxismo, estructuralismo. Cuando Ochoa se entera de que además ella había obtenido su título de peluquera por correspondencia y que ansiaba otro de cosmetóloga, descubre que no necesita oír nada más. Por otra parte, el amor ya le había entrado por los ojos y su boca invitaba al beso más que a las palabras.

Al maravilloso entendimiento que ambos alcanzan en lo sexual le corresponde un profundo abismo en el resto de la vida cotidiana; por eso Ochoa la esconde de sus amistades y de los lugares que frecuenta e incluso, fuera de la intimidad, no sabe de qué hablarle. A pesar de los esfuerzos del protagonista por resaltar las diferencias que los separan, éstas forman parte sólo de su imaginación y de su modo de ver las cosas. Mónica es dueña de un oficio con el que se gana la vida, mientras que él lamenta no poseer ninguno y transita de manera mediocre por algunos. Tampoco está tan seguro de su vocación de escritor. De hecho, apenas tiene un proyecto de novela en su cabeza -referida al Hotel Edén de La Falda-, ha trabajado como corrector de pruebas de una publicación dedicada a la actividad agropecuaria y la única vez que redactó un artículo fue despedido por el tono panfletario que usó. También escribió el guión de unas historietas. En el momento en que conoce a Mónica trabaja como cajero de una farmacia y siente pavor de perder su empleo por segunda vez. A sus amigos de los bares de la calle Corrientes también les oculta esta actividad.

Dueño de una identidad vacilante, Ochoa es un auténtico pusilánime -menos enternecedor que Walenski, más seguro de sí que Villa, personajes ambos de otras novelas de Gusmán-, habitante de la fauna de la mediocre clase media argentina que el autor de El frasquito no se cansa de retratar, ahora atada a los beneficios de las obras sociales y a las posibilidades dentro de las que se mueven sus afiliados.

Los parentescos y las semejanzas entre sus novelas refuerzan el universo narrativo que Gusmán va construyendo laboriosamente con cada nuevo libro. Un repertorio de mitologías y fetiches, cercano a La rueda de Virgilio, ronda las páginas de Hotel Edén y las dota de una consistencia ambigua, a medio camino entre la sospecha, el recuerdo y la fabulación. No tienen dentro de la novela otra presencia más que la de la ruina, escombros de un pasado inasible y poco comprobable; o la de los reflejos, "una serie de coincidencias donde las réplicas no tenían límite". Así ocurre con la historia del famoso hotel y su vinculación con el esplendor siniestro que los nazis concentraron en algunos lugares de la Argentina, o con el Hotel Viena, situado a pocos kilómetros del anterior, a la orilla de la laguna de Mar Chiquita, devorado como un Narciso de cemento por las aguas de la inundación. Para Ochoa constituyen los fundamentos de su futura novela pero encierran motivos centrales de su historia: la de sus padres, en épocas de prosperidad económica, y la de su relación con Mónica.

Más atenta que su novio, ésta advierte que su influencia y sus celos terminarán por desquiciarla; así decide la separación y una posterior cura de sueño que restablezca en ella la serenidad perdida. A partir de ese momento, será él quien se encuentre sin rumbo pues la ruptura le resulta insoportable. Inicia entonces una errancia exterior e interior, llegará a internarse en un hospital para no sentirse solo y atravesará la delgada frontera que separa a los locos de los que no lo son; también viajará buscando en la distancia nuevas maneras de atraer la presencia de su amada. La separación le revela a Ochoa un mundo de correspondencias impensadas: frente a la falta de entendimiento y de comunicación mutuos, la realidad entera parece remitir indefectiblemente a su pasión. Cada objeto, cada acontecimiento, cada rostro porta un signo inequívoco de su existencia. En el plano mayor de la novela, ese juego de duplicidades se potencia y complica la trama, pues todo se presenta como contado dos veces en distintos niveles, pero en ninguno de manera definitiva. Lo que se dice es fragmentario, provisorio e improbable.

Cuando el reencuentro fatalmente se produce, los protagonistas se precipitan en un matrimonio que concita nuevos desplazamientos, pero en ningún lugar encuentran sosiego. Por segunda vez, la locura vuelve a hacer estragos en la pareja, aunque se refleja de forma más contundente en el rostro de Mónica, tal vez porque se cree que todo en ella es superficie.

Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura. Una promesa de silencio pesa sobre la relación con Mónica y el pasado del hotel del título -"¿Quién quiere hablar de una pesadilla?", le dirá Ochoa a su segunda mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando, mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo interior. De allí que el curso temporal de los acontecimientos es rescatado como de un sueño turbulento, oscilando entre el presente que va en busca de la reconstrucción y el instante pretérito que se sabe perdido.

La linealidad se escurre y se parcializa en la visión de Ochoa y del narrador y una versión diferente se rescata en la actitud final de Mónica. Las recurrencias -que siempre regresan desplazadas- están destinadas a poner de manifiesto que no hay historia, por nimia que fuera, que no deje su marca y que los protagonistas pagan su participación en ella dejando algo de sí, una cicatriz indeleble que pesa sobre los cuerpos y los lugares y los convierte en sombras de lo que fueron. Lo mismo ocurre con la situación del país, a la cual se alude en distintas épocas no para cumplir la mera función de enmarcar episodios personales, sino gravitando de manera decisiva sobre los avatares familiares.

La narrativa de Luis Gusmán, que desde hace tiempo no duda en llamar las cosas por su nombre, descree de los paraísos; por eso de este Edén no puede esperarse otra cosa que un módico infierno de clase media habitado por fantasmas difíciles de conjurar.

JORGELINA NUÑEZ

 

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