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Inteligencia y sobriedad en la última novela de Gusmán
Fidelidad a un estilo
Hotel Edén
Por Luis Gusmán
(Norma)-246 páginas
TODO pasa entre los sesenta y los setenta, época conflictiva,
ciertamente. Pero el relato mira también hacia atrás y hacia ese
presente en el cual el protagonista, Ochoa, reconstruye pesadillas
pasadas. Ochoa, alguna vez, mantuvo una extenuante relación amorosa
con Mónica, se casó con ella, se separó. El, muchacho con inquietudes,
quería escribir una novela; ella era una simple peluquera de barrio.
Desde el vamos, la diferencia tenía sus bemoles: no todos los
oficios son dignos de codearse con la literatura. (En la novela
de Antonio Bolaño, Los detectives salvajes, reciente Premio Rómulo Gallegos, a un timorato poeta le sucede
algo parecido con el oficio de su mujer, que es cartera. Cosas
del Parnaso, sin duda).
Está dicho que, por aquellos tiempos, Ochoa soñaba con ser escritor;
aunque, en verdad, no se esforzaba mucho. Errabundo, cambiaba
de domicilio y sólo persistía en el fluctuante vaivén de una relación
enferma porque ambos, Mónica y él, intercambiaban apasionadamente
signos de mutua desintegración anímica.
Pero la historia relatada por Gusmán no es una. Son tres. O quizás
tres niveles de una misma e inquietante historia. Además del repaso
sentimental está la historia del Hotel Edén, en La Falda, Córdoba,
para ser precisa. Ese mítico universo plagado de nazis, alemanes,
espías y también celebridades, tuvo un fugaz espacio de gloria
(cuando albergaba a ricos, famosos y malditos) y después, cuando
en el 45 la Argentina declaró la guerra al Eje, sirvió para recluir
a diplomáticos japoneses, aliados del nazismo. Luego, con el paso
del tiempo, el hotel se proyectó vastamente como leyenda, hasta
que, convertido en una ruina, sólo sirvió para souvenir de arrebatadores turistas o para llenar las fantasías de memoriosos.
Pero hay otra historia, además: la de esa novela que no termina
de ser escrita, pero abunda en pormenores y detalles que alimentan
los sueños fantasiosos del probable novelista nonato.
Tres historias, entonces, que se interrelacionan como vasos comunicantes,
vagamente se potencian, construyen un solo haz que el autor diluye
en brumas, como si todo se viera a través de visillos que atenúan
resplandores potentes o inciertos agravios de la luz. Y porque,
además, las perplejidades del amor, de la vida y de la historia
son las que atina a filtrar, con oportunas estrategias narrativas,
el autor, Luis Gusmán, un escritor de palabra recoleta, de gestos
medidos, de circunloquios inteligentes. En esta novela, por ejemplo,
resulta sorprendente (y gratificante) la final presencia de los
dos Tancos (el general y el suboficial), que iluminan a posteriori el relato, junto a la última actitud de Mónica. También en Tennessee (quizás la mejor novela de Gusmán) había una vuelta de tuerca
final iluminadora.
Caso notable el de Luis Gusmán. Dicen que Evelyn Waugh (para citar
a un escritor que reverencio), una vez egresado de Oxford, se
dedicó tres meses al estudio fundamental de la pintura al óleo,
dos años a la carpintería y luego fue maestro de escuela. Pues
bien, Gusmán en sus comienzos (públicos) era librero, después
pasó a ser psicoanalista, pero desde ya hace bastantes años y
novelas ( desde El frasquito, de 1973) es un escritor a quien un grupo atento de lectores,
sin duda cada vez mayor, aguarda con interés no exento de impaciencia.
Entre los escasos escritores argentinos merecedores de alto respeto,
Gusmán, en medio de tantas exasperaciones siempre parco en palabras
y en presencia mediática, se destaca como un narrador que ha ido
avanzando lenta pero perseverantemente, fiel a un estilo y a una
voz que cada vez son más reconocidas.
María Esther de Miguel
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