Prólogo de El frasquito Transcurre el año 1977 y trabajo en una librería de la calle Corrientes.
A partir de este momento los acontecimientos parecen precipitarse
y cada hecho se desencadena como respondiendo a una lógica fantástica.
Los nombres y los libros que aquí irán apareciendo comienzan a
formar parte de una circulación extraña. Luis Gusmán
![]()
Acaba de entrar a la librería Cecilia Absatz que viene a
regalarme su libro Feiguele, que acaba de aparecer. Nunca nos hemos visto antes, pero al
recibirlo tengo ganas de regalarle un libro mío. Me acerco a una
de las mesas y tomo un ejemplar de Brillos. Esas manos de mujer casi reducidas a unos guantes verdes, la
boca roja de la fiera borrosamente abierta que ilustra la tapa,
parecen salir de ella para entrar decididamente en la anécdota.
Aunque Cecilia me agradece el regalo, me dice que en realidad
le interesa leer El frasquito. Por estos años, el libro -como tantos otros- ha comenzado a
circular de manera casi secreta, y no por razones de venta ha
desaparecido misteriosamente de exhibición en las librerías. Mezclado
oscuramente con las tribulaciones de Justine y de Grushenka, aparece en los lugares mas insólitos. Se habla de que El fiord ha sucumbido en un improvisado Farenheit.
Yo mismo lo he guardado en un estante que lo oculta a las
miradas indiscretas, pero en este momento decido sacar un ejemplar
y entregarlo a quien me lo ha pedido. No siempre el cazador oculto
guarda las formas de ese libro maravilloso, a veces suele metamorfosearse
hasta aparecer transformado en una señora respetable, surgida
de entre los otros compradores que hay en el local. Exhibe un
carnet en que puede leerse que pertenece al comité de moralidad
de la Municipalidad, trabajadora "ad-honorem" vía liga de madres
de familia me exige, ante la sorpresa de Cecilia y la mía, que
le entregue El frasquito. "¡Hace meses que lo estoy buscando!", exclama. Le informo que
el libro no está a la venta, que es de mi propiedad personal y
que lo estoy regalando. Indignada, me responde que si está en
el negocio debo entregárselo. Ante una nueva negativa de mi parte,
profiere una amenaza que alcanza para convencerme cuando puedo
entender claramente que está dispuesta a llamar a la fuerza pública
para lograr su cometido.
La situación no deja de tener algo de ridículo y de patético.
Hasta este momento ella ignora que soy yo quien ha escrito el
libro. Intentando apelar a la persuasión le repito que lo estoy
regalando. Esta vez es definitiva: "Buena porquería regala ".
Acto seguido labra un acta de infracción por tener un libro
de exhibición prohibida: Monte de Venus, de Reina Roffé. Y me recuerda, de manera recriminatoria, la
necesidad de leer todos los días el boletín municipal para estar
al tanto de las prohibiciones. Mientras tanto, sigue ignorando
que yo me he convertido, y no por la fatalidad, en el personaje
de Stevenson, en ese Dr. Jekyll, y no por haber ingerido el contenido
de El frasquito sino por haberlo escrito.
Ante mi insistente requerimiento sobre el destino que le
aguarda al libro, la inspectora no hace más que contestar de manera
automática: "Pregúntele a Medina". Se refiere, sin duda, al autor
de Las tumbas uno de los escritores que más ha sido objeto de censura. Por
estos tiempos, creo que se trata de Sólo ángeles. La imaginación de la mujer llega al límite de lo creíble al
expresarme que Enrique Medina se dedicó en ese momento a escribir
libros para niños sólo para engañar a la comisión de censura y
también a ella (Graciosamente, años después alguien acusa indirectamente
a Medina -y a los escritores en general de autocensurarse, justamente
a él que tenía varios libros prohibidos. Por supuesto que no se
trata de elevar una prohibición a una categoria estética, sino
de describir los efectos reales de una prohibición. También es
cierto que esto último al transformarse en un valor delimita lugares
arbitrarios: prohibido - no prohibido, haciendo de la transgresión
otra moral.)
A esta altura de los acontecimientos, la mujer me sigue
respondiendo de manera sistemática: "Pregúntele a Medina". Es
tal vez por escuchar que cada libro tiene un autor, que me decido
a decirle que soy el autor del mencionado El frasquito, el infrascripto. A lo que ella contesta, sin titubear: "Buena
porquería escribió". Seguramente que la anécdota, vista a la distancia,
resulta nimia, tan nimia como esa inspectora de provincia, pero
no era nimio, sin embargo, el hecho de que tuviera poder y era
difícil sustraerse a los efectos de una amenaza real como lo que
significa apelar a las fuerzas del orden. En ese momento, recordé
una frase: "La única pasión de mi vida ha sido el miedo", pero
en este destino sudamericano el miedo no es una pasión. La máquina
del terror hizo sentir sus efectos directamente sobre los cuerpos.
El asunto es que como último recurso para eludir la prohibición,
acudo a la comparación entre los dos libros que tengo en mano.
En nombre de una apelación a la buena letra le sugiero que lea
cómo ha cambiado mi estilo de un libro a otro. En un rapto de
buena voluntad, la mujer toma Brillos y al azar abre una de sus páginas. Con voz firme lee la siguiente
frase: "El tigre Millán tiene marcas en la cara ". Deja de leer,
me mira a los ojos y dice: "Usted es un degenerado". Esta vez
se trata de un juicio estético pero dirigido a mi persona. Por
supuesto que no son épocas para ganar un juicio sino más bien
para perderlo. La mujer ya ha labrado el acta de infracción, ha
conseguido el ejemplar, ya ha hecho su trabajo. Le pido que se
vaya.
Pasados algunos días La Razón (que poco después del golpe militar había reproducido una elogiosa
nota sobre Brillos -aparecida en un diario de México- con el rimbombante y coyuntural
título de Brillos Argentinos) publicaba la información por la
cual la Secretaría de Comunicaciones prohibía la circulación por
los servicios postales de El frasquito y la de la revista de historietas Killing y la sensacionalista Casos. La noticia estaba extractada del decreto municipal del 24 de
enero de 1977, calificando el libro de inmoral, por lo cual no
podía ser exhibido, circular o estar en depósito en ningún local
o librería sin correr el riesgo de ser retirado por la fuerza
pública.
La prohibición de este libro forma parte de la historia
de una censura que por sus actos tuvo efectos virtuales y reales.
La anécdota de su prohibición parece pertenecer, en cambio, al
campo de la ficción; al menos, ese es el sentimiento que me produjo
volver a recordarla. Que haya sucedido de la manera que la relaté
confirma que la historia suele sobrepasar los límites de la pesadilla.
A casi quince años de su escritura el libro sigue permaneciendo,
al menos para su autor, intacto en su estilo. Una puntuación jadeante,
una sintaxis violentada, un peso exacto de las palabras.
A más de diez años de su publicación -acaecida en los ardores
contestatarios previos a la elección de 1973- me viene a la memoria
el comentario de Oscar Masotta después de leer el libro: su sorpresa
de no encontrar ahí nada reivindicatorio.
Hoy, que descreo de una literatura maldita que encuentra
su razón de ser en la intencionalidad, pienso que la historia
de este libro tiene que ver con el lugar en que sus propias palabras
lo han situado.
La anécdota sólo adquiere su valor por su lugar de prueba.
Si la economía de la escritura no ha logrado borrar cierta "subjetividad
" del relato es simplemente por una cuestión de estilo.
Una cuestión de estilo que se fue imponiendo en mis libros
posteriores. Creo que una frase que debo a la amistad es la que
mejor ha definido esa mitología personal: la nostalgia de un lujo
que nunca existió.
Enero de 1984