DANIEL GUEBEL - "MATILDE"

 

 

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    Cuando Matilde entró en su departamento como mujer de todos los días y no sólo como amante furtiva, Emilio anheló que esa transformación bastara para dotar a la vida en común de los matices de la felicidad. En todo ese tiempo, y más allá del aliciente a su orgullo viril que significaba el hecho de haber sido causa y depositario de una pasión, el sentimiento que primara en el ánimo de Emilio había sido la certeza de estar procediendo mal: sórdida fue para él la etapa de encuentros clandestinos; hubo algo sórdido y oscuro en esos encierros en su habitación, con las cortinas corridas y las persianas bajas, buscando abolir la más mísera ranura que permitiera el paso de un rayo de sol o la mirada de un marido acusador. Por eso, al librarse de esa sordidez Emilio había sentido que su alma se expandía en alivio, e infirió que ese alivio mutaría en dicha. Que serían felices simplemente porque Matilde así lo decía, Emilio creyó. ¿O no era claro que –bajo su aspecto frágil– Matilde conseguía lo que quería? ¿O no era clarísimo que se las había arreglado para conseguirlo a él?
    Aún sorprendido por la manera en que Matilde había pasado a ser, de molestia ocasional, un enigma permanente, Emilio tuvo que extrañarse además al descubrir que la vena de imprevistos parecía haberse agotado abruptamente. Acostumbrado a llantos y discusiones, había imaginado la convivencia bajo la figura de las tormentas anteriores, pero aumentadas por la posibilidad de desarrollarse sin interrupción; en cambio, todos los indicios del presente transmitían la deprimente sensación de que, en términos de intensidad, tanto las peores como las mejores emociones eran parte del pasado. Precisamente desde el momento en que descendiera de un taxi cargando sus valijas, Matilde mostraba haber entrado en calma. En su perplejidad Emilio sólo atinaba a preguntarse si esa calma no sería un fenómeno aparente, un período de corta duración.
    Entretanto, Matilde no sospechaba nada acerca de los asuntos que cruzaban por la mente de su Emilio. Sintiéndose satisfecha con el nuevo estado de cosas, dejó de lado convulsiones y requerimientos, pues unas y otros habían constituido para ella el modo de protestar por una situación que ya no existía. De hecho, desde el mismo día en que conociera a Emilio, Matilde se había visto arrebatada por su presencia, sintiendo y comprendiendo –sin necesidad de nombrarlo– que se trataba del amor. A partir de entonces, en sus encuentros esporádicos, todo gesto suyo, cada movimiento y silencio, cada queja y cada espera, habían sido actos de amor dedicados a su Emilio. Ella, que ya había tenido la experiencia, sabía que el amor se desarrollaba en la calma y que sólo en la calma podía aspirar a su excelencia, porque el amor únicamente era pasible de ser sentido como una excepción en el curso natural de las vidas. El amor –comprendía Matilde– era una rareza, y esa rareza permitía que en el curso natural de las vidas se asentara un período de paz, y esa paz era un fruto del amor y era a la vez su causa; era eso que con Oscar tuvo en una época y que en otra decidió desaparecer; el amor era eso que con Emilio recuperaba y que permanecería con ella para siempre.
    Pero de ese amor que pacíficamente se desarrollaba en Matilde, Emilio sólo percibía su espejismo y entendía la calma como disminución. ¿Qué había sido del estado de borrasca permanente? En aquel entonces, aún negándose, él había tocado sin embargo ciertas cimas, los equivalentes sensibles de una descarga eléctrica atravesando el esqueleto y dejando a su dueño en vibración... Enfurecido por esa ausencia de emociones fuertes Emilio buscó provocarlas mientras Matilde, en plena dicha, sencillamente no encontraba asunto alguno por el que discutir. Si Emilio se obstinaba en mantener alguna posición –se tratara del tema de que se tratase–, ella, luego de escuchar sus argumentos, directamente los daba por buenos. Así Emilio se encontraba al cabo combatiendo con su propia sombra.
    Dando por desechadas las mecánicas verbales, Emilio probó encarnizarse en los abismos del cuerpo y se arrojó en el desenfreno; no habiendo sido nunca generoso en ardor, consideró esta característica suya como una falta; se entregó entonces a adoraciones imbéciles, no exigidas por su espíritu pero entendidas como un deber moral: se desplomaba a los pies de Matilde y los besaba empapándolos con sus lágrimas, intentaba excederse en la frecuencia del acoplamiento... Sin convicción y sin impulso, más se obligaba cuanto menos deseos tenía de acometer. Durante un tiempo, en un proceso de pensamiento que permanecería siempre oscuro para él, supuso que lo que antaño había encendido a Matilde estaba escondido en ella, como dormido; creía que se ocultaba tras de sus labios. Entonces los tomaba como objeto de su frenesí y los acariciaba, recorriendo la zona externa; luego rozaba el húmedo terciopelo, los dientes amarillos y desparejos pero bellos, y luego besaba todo, con dulzura, después, ya más urgido, daba besos voraces sorbiendo el aliento de Matilde que reía y se halagaba de la metamorfosis de su amado, pero que al fin se mostraba un poco sorprendida. Y es que Emilio recorría con su lengua todas las regiones y no dejaba nada por visitar, lo hacía con una regularidad que era claramente indagatoria. Al cabo, en la exasperación de la tarea inútil, Emilio sobaba con dedos y boca la carne entreabierta hasta que Matilde se apartaba quejándose.
    Ella veía a su amado corrido hacia un costado, en vergüenza, suspirando su agitación, poseído de una violencia que no era la propia del fervor sexual sino nacida de un motivo que a su Emilio lo rebasaba. Pero dando por cierto que aquello se debía a una serie de peculiaridades eróticas que en él recién se estaban despertando, luego concedía lo negado y olvidando los rechazos se plegaba a esas ocurrencias; sentía que Emilio la arrancaba a sus costumbres y la arrastraba a nuevas cimas de placer mutuo y de contacto sin ataduras; entonces se entregaba a alentar esa combustión. En cambio Emilio recorría el cuerpo de Matilde como una sucesión de obstáculos, como un objeto árido del cual infructuosamente intentaba arrancar elementos de significación emocional. A lo sumo, en esos recorridos su mente en frío lograba aprehender los circuitos que su carne establecía, pero aquello que en él había vibrado no se aplacaba en la laxitud posterior al ayuntamiento, sino que permanecía funcionando en los espasmos de un seco temblor.
    No encontrando modo de calmarse y ansioso de compartir sus preocupaciones, Emilio decidió visitar a un amigo. En rigor, a Esteban L... . Lo había heredado de su padre y tenía aproximadamente la misma cantidad de años que hubiera tenido éste de habér vivido aún. Además de la experiencia adquirida, Esteban poseía una cualidad que Emilio juzgaba valiosísima, una especie de serenidad filosófica que le permitía ejercitar su discernimiento en las situaciones de conflicto. Con frecuencia, Emilio asignaba méritos casi sobrenaturales a ese discernimiento, como si en sus dichos el amigo no pudiera nunca errar a la verdad.
    Llegado a la casa de Esteban, y tras un intercambio de efusiones, Emilio pasó a relatarle las circunstancias en las que Matilde había ido a vivir a su casa, refirió las esperanzas que al respecto supo abrigar e hizo un prolijo detalle de la confusión en que ahora se hallaba. En resumen, no sabía qué hacer.
    Luego de escuchar a Emilio, Esteban se tomó unos minutos antes de responder; paseaba su mirada por los estantes de su biblioteca, aparentaba meditar lo dicho; al fin, suspirando, dijo estar sorprendido de que Emilio hubiese aceptado en su domicilio a una mujer de la que no estaba enamorado, y eso sólo porque en el momento clave había aparecido la palabra "fatalidad". ¿Qué se quería decir con ella? ¿Acaso la misma palabra no podría emplearse si un buen día Matilde decidía volver con su marido? Emilio no pudo menos que reconocer que nunca había pensado en semejante posibilidad. "¿Entonces...?", empezó, pero Esteban lo interrumpió: quería plantear una situación conjetural. "Aceptemos por un momento la hipótesis de que Matilde no esté casada –dijo–. En tal caso, al decirte que confesó su infidelidad a un marido imaginario, lo que en realidad habría hecho es fabricar la figura de la fatalidad necesaria como para que vos, ingenuamente, la admitieras a tu lado". Emilio protestó: por mucho que él no amara a Matilde creía sin embargo conocerla lo suficiente como para afirmar que era incapaz de inventar a una persona para justificar un acto; por mucho que él no la amara, no la detestaba lo suficiente como para suponerla dispuesta a cometer semejante inmoralidad.
    Después de decir esto, Emilio reparó en que había hecho sus descargos en voz muy alta, casi a los gritos; de inmediato pidió al amigo que lo disculpara por su exaltación . Esteban sonrió, con un gesto de la mano alivianó cualquier sospecha de enojo y amablemente admitió la objeción de Emilio, recordando, no obstante, que había presentado un caso hipotético con el único propósito de que la situación de Emilio apareciera con mayor claridad. "Lo que quiero decirte –explicó– es que suponiendo que tal mentira hubiera tenido lugar y que a consecuencia de ella la fatalidad lograra perpetuarse bajo la forma de un nuevo matrimonio, esa perpetuación resultaría el precio que la astucia de Matilde y tu ingenuidad pagarían para eximir a ambos del riesgo de un error. Pero si tal cosa no fuese cierta, si Matilde en todo momento te dijo la verdad... ¿Cuál es la diferencia? Sencillamente, fatalidad es el nombre que en Matilde emplea la ganancia y que el infortunio exhibe en tu situación".
    Esteban había soltado estas observaciones a gran velocidad, como si estuviera convencido de que no admitían réplica, y en un primer momento a Emilio le pareció que así debía de ser. Pero luego, considerándolo todo con algo más de serenidad, le pareció que lo dicho por su amigo adolecía de un grave defecto: bajo su luz, todo se volvía demasiado extraño; demasiado, en todo caso, para ser enteramente cierto. "Hay algo...", dijo entonces. "¿Cómo puede ser que la fatalidad resulte un concepto tan amplio que nos incluya a Matilde y a mí dentro de sus potestades. ¿cómo es posible que esas potestades admitan al mismo tiempo la felicidad de Matilde y mi padecimiento por no poder tolerarla? ¿Cómo podemos pensar siquiera que Matilde haya sido capaz de tomarse una infinita cantidad de molestias nada más que para satisfacer su encaprichamiento conmigo?
    Contra lo que Emilio esperaba, Esteban no respondió de inmediato; pareció sumirse en una profunda meditación. No obstante, al fin se largó a reír y dijo: "No olvides que la idea de que el matrimonio previo era mentira fue siempre un artificio, un argumento para el mejor curso expositivo de mi pensamiento. Y no olvides tampoco que la cuestión de su existencia o inexistencia podría ser fácilmente verificable, bastaría con que al respecto hicieras alguna averiguación. Pero lo que por el momento nos interesa es otro asunto". "Obvio", confirmó Emilio, y luego dudó: "¿Cuál?". Entonces Esteban dijo: "Es cierto que la sospecha de actuar bajo el impulso de un capricho torna ligera cualquier actividad que desarrollemos. Lo que sostengo es que, en el caso de Matilde, esa sospecha no tiene fundamento. Haya obrado como haya obrado, creo que Matilde jamás se comportó de manera frívola o caprichosa o deshonesta sino que siempre se encontró sujeta al imperio de su necesidad amorosa, y que por lo tanto procedió de acuerdo con la intensidad de sus requerimientos de amor". "Pero, ¿y entonces, la fatalidad...?", se adelantó Emilio. Esteban no lo dejó seguir. Dijo: "Es por el contrario tu propia posición la que exhibe una terrible debilidad: libre, has aceptado encadenarte a una mujer que no buscaste y que no amás, y lo hacés porque tu vanidad te impide rechazar a alguien que lo deja todo por estar a tu lado. Pero esa aceptación tuya no es generosa, no te vuelve mejor ni te exime de nada. Da lo mismo que eches a Matilde o que la aceptes; igual estarías actuando en respuesta a las operaciones de su voluntad".
    Dichas en el tono más suave, estas palabras a Emilio lo hicieron reflexionar. Inclinó la cabeza, pensativo, y se preguntó si ellas no contenían una acusación implícita. Turbado, no sabiendo cómo defenderse e ignorando incluso si tenía derecho a adoptar tal posición, al fin se limitó a murmurar: "¿Y entonces qué es lo que tengo que hacer?". Esteban respondió sin vacilar: "Amarla. Aunque sea la mujer equivocada; aunque ese amor sea una equivocación. Después de todo, no importa cuál es la clase de fatalidad que somete nuestras vidas si esa fatalidad, aun arrojándonos a los confines del mundo, es parte del movimiento que inició la mano de la mujer que nos ama; la misma mano que en todo momento nos sabe acariciar".

 

 

 

de "Matilde", 1994. © 1994 Editorial Sudamericana.