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Cuando Matilde entró en su departamento como mujer de todos
los días y no sólo como amante furtiva, Emilio anheló que esa
transformación bastara para dotar a la vida en común de los matices
de la felicidad. En todo ese tiempo, y más allá del aliciente
a su orgullo viril que significaba el hecho de haber sido causa
y depositario de una pasión, el sentimiento que primara en el
ánimo de Emilio había sido la certeza de estar procediendo mal:
sórdida fue para él la etapa de encuentros clandestinos; hubo
algo sórdido y oscuro en esos encierros en su habitación, con
las cortinas corridas y las persianas bajas, buscando abolir la
más mísera ranura que permitiera el paso de un rayo de sol o la
mirada de un marido acusador. Por eso, al librarse de esa sordidez
Emilio había sentido que su alma se expandía en alivio, e infirió
que ese alivio mutaría en dicha. Que serían felices simplemente
porque Matilde así lo decía, Emilio creyó. ¿O no era claro que
bajo su aspecto frágil Matilde conseguía lo que quería? ¿O no
era clarísimo que se las había arreglado para conseguirlo a él?
Aún sorprendido por la manera en que Matilde había pasado
a ser, de molestia ocasional, un enigma permanente, Emilio tuvo
que extrañarse además al descubrir que la vena de imprevistos
parecía haberse agotado abruptamente. Acostumbrado a llantos y
discusiones, había imaginado la convivencia bajo la figura de
las tormentas anteriores, pero aumentadas por la posibilidad de
desarrollarse sin interrupción; en cambio, todos los indicios
del presente transmitían la deprimente sensación de que, en términos
de intensidad, tanto las peores como las mejores emociones eran
parte del pasado. Precisamente desde el momento en que descendiera
de un taxi cargando sus valijas, Matilde mostraba haber entrado
en calma. En su perplejidad Emilio sólo atinaba a preguntarse
si esa calma no sería un fenómeno aparente, un período de corta
duración.
Entretanto, Matilde no sospechaba nada acerca de los asuntos
que cruzaban por la mente de su Emilio. Sintiéndose satisfecha
con el nuevo estado de cosas, dejó de lado convulsiones y requerimientos,
pues unas y otros habían constituido para ella el modo de protestar
por una situación que ya no existía. De hecho, desde el mismo
día en que conociera a Emilio, Matilde se había visto arrebatada
por su presencia, sintiendo y comprendiendo sin necesidad de
nombrarlo que se trataba del amor. A partir de entonces, en sus
encuentros esporádicos, todo gesto suyo, cada movimiento y silencio,
cada queja y cada espera, habían sido actos de amor dedicados
a su Emilio. Ella, que ya había tenido la experiencia, sabía que
el amor se desarrollaba en la calma y que sólo en la calma podía
aspirar a su excelencia, porque el amor únicamente era pasible
de ser sentido como una excepción en el curso natural de las vidas.
El amor comprendía Matilde era una rareza, y esa rareza permitía
que en el curso natural de las vidas se asentara un período de
paz, y esa paz era un fruto del amor y era a la vez su causa;
era eso que con Oscar tuvo en una época y que en otra decidió
desaparecer; el amor era eso que con Emilio recuperaba y que permanecería
con ella para siempre.
Pero de ese amor que pacíficamente se desarrollaba en Matilde,
Emilio sólo percibía su espejismo y entendía la calma como disminución.
¿Qué había sido del estado de borrasca permanente? En aquel entonces,
aún negándose, él había tocado sin embargo ciertas cimas, los
equivalentes sensibles de una descarga eléctrica atravesando el
esqueleto y dejando a su dueño en vibración... Enfurecido por
esa ausencia de emociones fuertes Emilio buscó provocarlas mientras
Matilde, en plena dicha, sencillamente no encontraba asunto alguno
por el que discutir. Si Emilio se obstinaba en mantener alguna
posición se tratara del tema de que se tratase, ella, luego
de escuchar sus argumentos, directamente los daba por buenos.
Así Emilio se encontraba al cabo combatiendo con su propia sombra.
Dando por desechadas las mecánicas verbales, Emilio probó
encarnizarse en los abismos del cuerpo y se arrojó en el desenfreno;
no habiendo sido nunca generoso en ardor, consideró esta característica
suya como una falta; se entregó entonces a adoraciones imbéciles,
no exigidas por su espíritu pero entendidas como un deber moral:
se desplomaba a los pies de Matilde y los besaba empapándolos
con sus lágrimas, intentaba excederse en la frecuencia del acoplamiento...
Sin convicción y sin impulso, más se obligaba cuanto menos deseos
tenía de acometer. Durante un tiempo, en un proceso de pensamiento
que permanecería siempre oscuro para él, supuso que lo que antaño
había encendido a Matilde estaba escondido en ella, como dormido;
creía que se ocultaba tras de sus labios. Entonces los tomaba
como objeto de su frenesí y los acariciaba, recorriendo la zona
externa; luego rozaba el húmedo terciopelo, los dientes amarillos
y desparejos pero bellos, y luego besaba todo, con dulzura, después,
ya más urgido, daba besos voraces sorbiendo el aliento de Matilde
que reía y se halagaba de la metamorfosis de su amado, pero que
al fin se mostraba un poco sorprendida. Y es que Emilio recorría
con su lengua todas las regiones y no dejaba nada por visitar,
lo hacía con una regularidad que era claramente indagatoria. Al
cabo, en la exasperación de la tarea inútil, Emilio sobaba con
dedos y boca la carne entreabierta hasta que Matilde se apartaba
quejándose.
Ella veía a su amado corrido hacia un costado, en vergüenza,
suspirando su agitación, poseído de una violencia que no era la
propia del fervor sexual sino nacida de un motivo que a su Emilio
lo rebasaba. Pero dando por cierto que aquello se debía a una
serie de peculiaridades eróticas que en él recién se estaban despertando,
luego concedía lo negado y olvidando los rechazos se plegaba a
esas ocurrencias; sentía que Emilio la arrancaba a sus costumbres
y la arrastraba a nuevas cimas de placer mutuo y de contacto sin
ataduras; entonces se entregaba a alentar esa combustión. En cambio
Emilio recorría el cuerpo de Matilde como una sucesión de obstáculos,
como un objeto árido del cual infructuosamente intentaba arrancar
elementos de significación emocional. A lo sumo, en esos recorridos
su mente en frío lograba aprehender los circuitos que su carne
establecía, pero aquello que en él había vibrado no se aplacaba
en la laxitud posterior al ayuntamiento, sino que permanecía funcionando
en los espasmos de un seco temblor.
No encontrando modo de calmarse y ansioso de compartir sus
preocupaciones, Emilio decidió visitar a un amigo. En rigor, a
Esteban L... . Lo había heredado de su padre y tenía aproximadamente
la misma cantidad de años que hubiera tenido éste de habér vivido
aún. Además de la experiencia adquirida, Esteban poseía una cualidad
que Emilio juzgaba valiosísima, una especie de serenidad filosófica
que le permitía ejercitar su discernimiento en las situaciones
de conflicto. Con frecuencia, Emilio asignaba méritos casi sobrenaturales
a ese discernimiento, como si en sus dichos el amigo no pudiera
nunca errar a la verdad.
Llegado a la casa de Esteban, y tras un intercambio de efusiones,
Emilio pasó a relatarle las circunstancias en las que Matilde
había ido a vivir a su casa, refirió las esperanzas que al respecto
supo abrigar e hizo un prolijo detalle de la confusión en que
ahora se hallaba. En resumen, no sabía qué hacer.
Luego de escuchar a Emilio, Esteban se tomó unos minutos antes
de responder; paseaba su mirada por los estantes de su biblioteca,
aparentaba meditar lo dicho; al fin, suspirando, dijo estar sorprendido
de que Emilio hubiese aceptado en su domicilio a una mujer de
la que no estaba enamorado, y eso sólo porque en el momento clave
había aparecido la palabra "fatalidad". ¿Qué se quería decir con
ella? ¿Acaso la misma palabra no podría emplearse si un buen día
Matilde decidía volver con su marido? Emilio no pudo menos que
reconocer que nunca había pensado en semejante posibilidad. "¿Entonces...?",
empezó, pero Esteban lo interrumpió: quería plantear una situación
conjetural. "Aceptemos por un momento la hipótesis de que Matilde
no esté casada dijo. En tal caso, al decirte que confesó su
infidelidad a un marido imaginario, lo que en realidad habría
hecho es fabricar la figura de la fatalidad necesaria como para
que vos, ingenuamente, la admitieras a tu lado". Emilio protestó:
por mucho que él no amara a Matilde creía sin embargo conocerla
lo suficiente como para afirmar que era incapaz de inventar a
una persona para justificar un acto; por mucho que él no la amara,
no la detestaba lo suficiente como para suponerla dispuesta a
cometer semejante inmoralidad.
Después de decir esto, Emilio reparó en que había hecho sus
descargos en voz muy alta, casi a los gritos; de inmediato pidió
al amigo que lo disculpara por su exaltación . Esteban sonrió,
con un gesto de la mano alivianó cualquier sospecha de enojo y
amablemente admitió la objeción de Emilio, recordando, no obstante,
que había presentado un caso hipotético con el único propósito
de que la situación de Emilio apareciera con mayor claridad. "Lo
que quiero decirte explicó es que suponiendo que tal mentira
hubiera tenido lugar y que a consecuencia de ella la fatalidad
lograra perpetuarse bajo la forma de un nuevo matrimonio, esa
perpetuación resultaría el precio que la astucia de Matilde y
tu ingenuidad pagarían para eximir a ambos del riesgo de un error.
Pero si tal cosa no fuese cierta, si Matilde en todo momento te
dijo la verdad... ¿Cuál es la diferencia? Sencillamente, fatalidad
es el nombre que en Matilde emplea la ganancia y que el infortunio
exhibe en tu situación".
Esteban había soltado estas observaciones a gran velocidad,
como si estuviera convencido de que no admitían réplica, y en
un primer momento a Emilio le pareció que así debía de ser. Pero
luego, considerándolo todo con algo más de serenidad, le pareció
que lo dicho por su amigo adolecía de un grave defecto: bajo su
luz, todo se volvía demasiado extraño; demasiado, en todo caso,
para ser enteramente cierto. "Hay algo...", dijo entonces. "¿Cómo
puede ser que la fatalidad resulte un concepto tan amplio que
nos incluya a Matilde y a mí dentro de sus potestades. ¿cómo es
posible que esas potestades admitan al mismo tiempo la felicidad
de Matilde y mi padecimiento por no poder tolerarla? ¿Cómo podemos
pensar siquiera que Matilde haya sido capaz de tomarse una infinita
cantidad de molestias nada más que para satisfacer su encaprichamiento
conmigo?
Contra lo que Emilio esperaba, Esteban no respondió de inmediato;
pareció sumirse en una profunda meditación. No obstante, al fin
se largó a reír y dijo: "No olvides que la idea de que el matrimonio
previo era mentira fue siempre un artificio, un argumento para
el mejor curso expositivo de mi pensamiento. Y no olvides tampoco
que la cuestión de su existencia o inexistencia podría ser fácilmente
verificable, bastaría con que al respecto hicieras alguna averiguación.
Pero lo que por el momento nos interesa es otro asunto". "Obvio",
confirmó Emilio, y luego dudó: "¿Cuál?". Entonces Esteban dijo:
"Es cierto que la sospecha de actuar bajo el impulso de un capricho
torna ligera cualquier actividad que desarrollemos. Lo que sostengo
es que, en el caso de Matilde, esa sospecha no tiene fundamento.
Haya obrado como haya obrado, creo que Matilde jamás se comportó
de manera frívola o caprichosa o deshonesta sino que siempre se
encontró sujeta al imperio de su necesidad amorosa, y que por
lo tanto procedió de acuerdo con la intensidad de sus requerimientos
de amor". "Pero, ¿y entonces, la fatalidad...?", se adelantó Emilio.
Esteban no lo dejó seguir. Dijo: "Es por el contrario tu propia
posición la que exhibe una terrible debilidad: libre, has aceptado
encadenarte a una mujer que no buscaste y que no amás, y lo hacés
porque tu vanidad te impide rechazar a alguien que lo deja todo
por estar a tu lado. Pero esa aceptación tuya no es generosa,
no te vuelve mejor ni te exime de nada. Da lo mismo que eches
a Matilde o que la aceptes; igual estarías actuando en respuesta
a las operaciones de su voluntad".
Dichas en el tono más suave, estas palabras a Emilio lo hicieron
reflexionar. Inclinó la cabeza, pensativo, y se preguntó si ellas
no contenían una acusación implícita. Turbado, no sabiendo cómo
defenderse e ignorando incluso si tenía derecho a adoptar tal
posición, al fin se limitó a murmurar: "¿Y entonces qué es lo
que tengo que hacer?". Esteban respondió sin vacilar: "Amarla.
Aunque sea la mujer equivocada; aunque ese amor sea una equivocación.
Después de todo, no importa cuál es la clase de fatalidad que
somete nuestras vidas si esa fatalidad, aun arrojándonos a los
confines del mundo, es parte del movimiento que inició la mano
de la mujer que nos ama; la misma mano que en todo momento nos
sabe acariciar".

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