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Tiempo atrás, Emilio G... conoció a una mujer. Él no contaba con
más de veinticinco años; ella se llamaba Matilde R..., había llegado
a la treintena, estaba casada con el dueño de una concesionaria
de automotores. Una vez que los primeros encuentros hubieron acontecido
y habiendo ofrecido Matilde sus primeras confesiones, Emilio pudo
enterarse, con un poco de asombro, de que el marido era un amante
irreprochable. Aquello que Matilde tomaba de Emilio era completamente
diferente de lo que daba y obtenía en la vida conyugal. Sorprendido
de la velocidad y el ímpetu con que ella se le había entregado,
Emilio quiso saber si esa diferencia que Matilde no cesaba de
exaltar pertenecía al orden de la fisiología o de la mera curiosidad
mundana. Pero Matilde le juró que no había sido la avidez por
nuevos vínculos carnales el motivo que la llevara a arrojarse
a sus brazos. Cuando Emilio pretendió ahondar en esa explicación
se encontró con que, a juicio de Matilde, el vínculo que mantenían
estaba dominado por las cualidades de lo oscuro y lo inexpresable.
Eso le pareció, en primera instancia, interesante, pero luego
no dejó de provocarle alguna inquietud. ¿Era a consecuencia de
esas cualidades por lo que al término de cada encuentro Matilde
quedaba pálida y con todos los miembros del cuerpo temblando?
Acostumbrado al tortuoso rumbo de sus pensamientos que él
no atribuía a su inclinación al caos sino a un exceso de escrúpulos,
insensiblemente Emilio había ido distanciándose de la vida social
e incluso de las preocupaciones corrientes; los éxitos en su carrera
de joven empresario le habían construido una imagen de persona
empeñosa y decidida que él toleraba con cierta perplejidad; el
círculo de sus contactos comerciales entendía sus rasgos de timidez
como gestos de soberbia, interpretaba sus silencios como muestras
de desprecio por el eventual interlocutor. Para escapar de la
proliferación de tales equívocos, Emilio había aprendido a recluirse
en los laberintos de su mundo subjetivo, y al hacerlo fue perdiendo,
sin desearlo y sin saberlo, el hábito de suponerse sujeto a las
solicitaciones de la pasión. Y era por eso tal vez que, aunque
en un principio aquellos arranques de Matilde se le antojaban
un tanto cómicos y conmove dores, con el pa so de los días la
situación suscitada empezó a volvérsele difícil; no sabía cómo
ni entendía por qué estaba siendo empujado a prodigarse en todos
los excesos que la imaginación de su amante reclamaba para sentirse
correspondida en plenitud. En su opinión, el capricho de Matilde
iba en contra del orden natural de los acontecimientos, el cual
había conferido a esos encuentros carnales el carácter propio
de un suceso efímero y carente de relevancia. "Es una mujer adulta
pensaba. Pronto se va a cansar de mí o temerá que su marido
se entere. En ese momento va a abandonarme".
Consecuente con ese modo de entender las cosas, Emilio asignaba
poca importancia a aquellas citas clandestinas y durante su transcurso
a veces permanecía largos ratos en silencio. Matilde, que no comprendía
la razón de esos ensimismamientos ni había alcanzado nunca a suponer
que un hombre podría permanecer hasta tal punto indiferente a
sus incitaciones, tomó esa reticencia de Emilio por una manifestación
de despecho, y creyó que su amante estaba fastidiado porque sólo
ocasionalmente sus favores le eran concedidos. Para atenuar ese
presunto disgusto comenzó a visitarlo con mayor frecuencia en
su domicilio. En ocasiones, Emilio volvía a su departamento luego
de una extenuante jornada de trabajo y allí, en la puerta de entrada
del edificio y a plena luz del día, estaba Matilde esperándolo.
Emilio juzgó prudente advertirla del peligro que corría: vivían
en zonas aledañas, no era imposible que una vecina pudiera reconocerla
y en ese caso, ¿cómo se justificaría ella por permanecer ahí?
Tan sencillo comentario, que Emilio supuso la haría entrar
en razón, provocó en Matilde una reacción inesperada. Su rostro
se congestionó, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas
y en voz muy alta lo acusó de proceder como un cobarde. Alarmado
por los gritos Emilio intentó conducirla al interior de su departamento,
pero Matilde se empecinó en permanecer en la calle. Ya no gritaba;
lloraba mansamente y cada tanto exhalaba suspiros de angustia.
Cuando el llanto cesó, Emilio probó razonar de nuevo: dijo que
nada ganarían ambos si se comportaban como niños; dijo que la
imprudencia alentaría represalias por parte del marido si éste
llegaba a enterarse de lo que ocurría. Al oír tales afirmaciones,
Matilde, que había escondido la cara entre las manos, la descubrió
para decir: "Oscar no me haría nada". Encogiéndose de hombros
Emilio se limitó a responder: "Quién sabe".
Luego de aquel suceso Matilde no se dejó ver por algún tiempo;
Emilio creyó que, habiendo tomado conciencia de lo irregular de
la situación, su visitante había elegido abandonarlo. Pero una
tarde, al regresar de su trabajo, la encontró ante la puerta de
su edificio. Con más curiosidad que entusiasmo, la hizo pasar.
Aquella vez Matilde se mostró más ardiente que nunca; en el reposo
posterior al coito dijo que su ausencia se había debido al dolor
que le provocaran las palabras de Emilio: tanto la habían lastimado
que cayó enferma y tuvo que pasar una semana en cama. Emilio supuso
que tal enfermedad era un modo de hablar, una exageración típicamente
femenina, no obstante, por cortesía quiso saber qué pudo haber
dicho que generara tamaño sufrimiento, pero Matilde se abrazó
a su cuerpo e intentó callarlo a fuerza de besos. Emilio insistió
y Matilde continuó besándolo y en alas de esa efusión aseguraba
que lo dicho pertenecía al pasado. Aquella vez Matilde no partió
del departamento de Emilio hasta que fue noche cerrada.
Días más tarde Matilde dio otra prueba de su conducta extravagante.
Emilio le comentó que había perdido una camiseta de lana era
una camiseta vieja pero muy querida por él, y que siempre usaba
en invierno, y Matilde le confesó riendo que se la había llevado
y que en su casa dormía con ella a cambio del camisón. Emilio
calló su opinión pero el gesto de Matilde le pareció una audacia
inútil: como si no bastaran los riesgos propios de un vínculo
furtivo, ella necesitaba agregar una cuota de desafío... ¿no carecía
de sentido, eso? ¿Cuánto tardaría el esposo en enterarse si así
desparramaba su mujer las pruebas de la aventura?
Tal certeza le produjo un fastidio que no pasó desapercibido
a ojos de Matilde. Al preguntarle qué le ocurría, por toda respuesta
Matilde se topó con el mutismo malhumorado de su amante, quien
parecía indeciso entre sincerarse y no hacerlo; deseoso de alertar
a Matilde respecto de lo insensato de su conducta, Emilio era
sin embargo consciente de lo ridículo de su posición. ¿Cómo era
posible que fuese él quien se preocupara por las supuestas reacciones
del engañado? Por lo demás, recordaba claramente que sus anteriores
advertencias habían caído en el vacío. Por estos motivos, Emilio
callaba, adoptaba un semblante ensombrecido y, a lo sumo, alegaba
no tener ganas de hablar.
Preocupada por la actitud de Emilio, Matilde imaginó varias
posibles razones; todas le parecieron endebles. Finalmente concibió
la hipótesis de que su amante estaba momentáneamente cansado de
reiterar ciertas caricias y espasmos; entonces, para insuflar
algún aire de novedad a los acoplamientos alivió su vestir de
las prendas discretas y a veces iba a visitarlo llevando provocativas
combinaciones de ropa interior y lo exhortaba a locuras del cuerpo
que Emilio íntimamente consideraba próximas a la aberración. En
cualquier caso, estas mecánicas forzaban cualquier clase de resultados
excepto los que Matilde esperaba, y para su desesperación terminaban
con Ernilio abroquelado en su silencio habitual.
Así ocurrió repetidas veces. En una oportunidad en que el
clima de conflicto con todas sus inexpresadas causas se había
adensado hasta lo lmposible, Matilde imploró a Emilio: "Por lo
que más quieras en el mundo, por favor decime qué es lo que te
pasa". Emilio vaciló unos segundos. ¿Qué podía decir? Pero en
la voz trémula de Matilde se oía el eco de un tormento tan grande
que Emilio entendió que no habría para ambos nada peor que el
seguir callando. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, dijo que
a su juicio se hacía indispensable la cesación del vínculo. Dicho
esto, Emilio quedó cruzado de brazos como si creyera que sus palabras
contenían en sí mismas una evidencia indudable, el peso arrollador
de su necesidad. Para su sorpresa, Matilde no lo entendió así;
ante las palabras de su amante sólo atinó a palidecer; la mueca
que de inmediato se dibujó en su rostro parecía un fiel reflejo
de la más completa incomprensión, del más doloroso desconcierto.
Tal vez se ilusionó Emilio por un instante aquella mujer no
había aprehendido del todo el sentido de lo dicho; tal vez lo
dicho se instilaría en su cerebro por efecto de la reiteración.
Y ya estaba Emilio dispuesto, ya estaba empezando a armar su frase
cuando ella lo interrumpió exclamando: "¿Por qué, por qué?"
Extrañado de que a Matilde se le escapara algo tan obvio,
Emilio se dio a urdir una explicación: dijo que en el tiempo y
el espacio cada cosa y cada persona encontraban el límite de sus
posibilidades, y que asimismo lo encontraban cada emoción humana
y cada relación. La suya, la de ellos dos, había sido ¿qué duda
cabía?, una relación humana emocionante, y como tal había resultado
rica y grata pero y de eso ambos no eran responsables, en tanto
relación humana, sus emociones se habían desgastado por el roce
del tiempo y los problemas del espacio; en tal sentido, y de continuar
en el camino por el que andaban, el carácter humano que ellos
poseían permitía prever que a sus emociones el porvenir no habría
de depararles más que débiles copias, desgastes de los momentos
de felicidad ya idos. Lo más posible agregó era que incluso
esos espejismos de felicidad resultasen, en lo futuro, inexistentes,
siendo forzosamente reemplazados por el cúmulo de infortunios
que en realidad ya empezaban a sufrir.
Habiendo abundado en su explicación lo suficiente, y no teniendo
esperanzas ni deseos de que su relación con Matilde fuese a mejorar,
Emilio ahora creyó que con lo expresado ambos alcanzaban, como
por un acuerdo de la naturaleza, la completa comprensión del fin;
así, sugestionado por la certeza que sus propias palabras transmitían,
no estaba preparado para aquello que en los siguientes momentos
habría de escuchar... Matilde, que en el curso de la exposición
a duras penas había podido contener su llanto, después que Emilio
hubo concluido alzó la voz en una especie de trino angustioso.
Estremeciéndose, gritó que ella sabía qué era lo que pasaba. "¡Vos
te engañás!", dijo. "¡Vos te engañás y yo no!" Emilio no creyó
pertinente aumentar el fuego de ese despecho con el soplo de réplicas
justas pero inoportunas; para él era obvio que cualquier cosa
que dijese resultaría peor. Pero Matilde creyó que con su silencio
Emilio abría una instancia de crédito a sus palabras, y entonces
continuó. Lo que alimentaba la desgracia dijo en medio de sollozos
era el seguir aferrados a la modalidad de los encuentros clandestinos,
siempre amenazados por la hora de la separación, nunca tranquilos,
no conociendo la calma, ni la entrega plena, ni la paz. Del estrechamiento
del vínculo y no de su ruptura obtendrían ellos nuevas alegrías.
¿O acaso Emilio no imaginaba cómo se sentía ella cuando, después
de haber vivido lo que vivían juntos, tenía que volver al oprimente
panorama que ofrecía su matrimonio? Si era el separarse motivo
de desdicha, ¿por qué una separación definitiva habría de otorgar
alivio a sus males?
Al escuchar estas razones Emilio debió reconocer ante sí mismo
que carecía de argumentos para rebatirlas; incluso, de tenerlos,
la gentileza exigible a su condición masculina le impediría ofrecerlos
como prueba. ¿Qué podía entregar más allá de la evidencia que
en sí mismo aportaba su desinterés? Matilde tenía que ser muy
necia para no comprender esto. No obstante, como el momento admitía
todo menos la perpetuación de su silencio, Emilio finalmente debió
murmurar que lo dicho por Matilde era correcto. "Tenés razón dijo
pero ya decidí que debemos separarnos. Algo en mí me dice que
así tiene que ser". Y para disimular la inconsistencia de su réplica
mientras decía estas cosas se golpeaba el pecho con un puño, de
modo que el pecho sonaba como un tambor.
Habiendo permanecido de pie hasta entonces, cuando dejó de
golpearse Emilio tomó asiento; Matilde quedó enhiesta frente suyo,
rígida como una estatua, cruzada de brazos. Estaba pálida pero
firme y callaba mientras se mordía los labios. Luego, abruptamente,
habló. Como si hubiera leído un pensamiento que en la mente de
Emilio aún no llegaba a formularse, dijo: "Es tarde para pensar
en mi marido". A esto, Emilio pidió una aclaración, y Matilde
se limitó a repetir su frase y después dijo: "Oscar se resignó".
"¿Qué?", preguntó Emilio. "Ayer junté coraje y le dije que me
venía a vivir con vos." "¿Cómo?" "Así: viniendo." Matilde ahora
se mostraba plácida; en un súbito cambio de humor descruzó los
brazos y se abrazó a Emilio. Duro como hasta hacía unos instantes
lo estuviera ella, Emilio no respondió a las preguntas y apenas
pudo averiguar si el marido no había dicho nada, si no había reprochado
nada, si nada había hecho para impedir semejante determinación.
Riendo, Matilde negaba con la cabeza y cubría de besos las mejillas
y los ojos de Emilio. A Emilio, el rápido ejemplo de conciliación
conyugal que tal prescindencia obsequiaba le pareció la muestra
más perfecta de que disolver aquel matrimonio resultaría un error.
"¿Nada? insistía. ¿No protestó, no quiso...?" "¿Él?", continuaba
riendo Matilde; pero luego, serenándose un tanto, explicó que
ríos de sangre árabe corrían por las venas de su marido, volviéndolo
extremadamente respetuoso de las decisiones del destino. "Para
Oscar agregó nuestro destino está escrito desde siempre. Sólo
sucede lo que tiene que suceder".
El fatalismo del marido de Matilde impresionó vivamente a
Emilio. Que el tal Oscar aludiera a una ley superior para explicar
el caso... eso enaltecía el papel que cada uno de ellos tenía
que desempeñar en la presente ocasión. En su fuero interno, Emilio
debía reconocer que quien rechaza a una mujer lo que hace no es
labrarse un destino sino despreciar una oportunidad. Y aunque
esa mujer no fuera para él más que una que circunstancialmente
había tomado para cumplir el impulso de la consumación sexual,
ese azar o ley superior, si como tal era admitido, otorgaba a
todo acto pasado la apariencia de un sentido, una dirección y
una voluntad. En esa perspectiva, entonces, si aceptaba la continuidad
del vínculo con Matilde no haría otra cosa que adscribirse a una
regla de comportamiento cuyos términos, en rigor, sólo la renuncia
de Oscar alcanzaba a definir con precisión. Esta regla, en Oscar,
constituía un elemento de sabiduría ante un designio inescrutable
pero en el que se podía confiar; y por eso entendía Emilio Oscar
aceptaba serenamente el hecho de desaparecer del espectro sentimental
de Matilde. Pero en cambio, ¿él? Emilio tenía que reconocer que,
de una manera turbadora pero efectiva, Matilde había hecho girar
la rueda y que al respecto él debía volverse digno de lo ocurrido,
lo cual significaba aceptar la nueva modalidad de ese movimiento
y poseer plenamente sin reticencias, quejas ni lamentos a Matilde.
(capítulo 2)
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