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Impresiones de un natural nacionalista

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En la calle me puse de cara al sol: sus rayos me infundían
confianza: estaba vivo. Una música lenta llenaba la ciudad. Eran
miles de voces que me rompían los tímpanos con su cantar. Temblé:
¿no sería ocasión de la tan mentada "revolución social"? A mi
lado pasó el diariero gritando en medio de una manifestación de
negritos exultantes. Compré un ejemplar de La Nación y leí lo que jamás hubiera imaginado:
¡GRAN BRETAÑA INVADE TERRITORIO NACIONAL!
En represalia por esa bárbara actitud nuestro gobierno había congelado
los cuantiosos capitales anglosajones depositados en los bancos
de la city porteña, exigiendo el retiro de las tropas extranjeras y advirtiendo
que de no producirse éste en el término de cuarenta y ocho horas
zarparía nuestra flota ¿terror de los mares? lista a combatir.
¿Qué había ocurrido para llegar a estos extremos? Se lo recuerdo
al olvidadizo. Frente a la costa de Cumberland, bañada por las
olas del Mar de Irlanda, entre el país del mismo nombre y la pérfida
Albión, está la Isla del Hombre (que los enemigos llaman "Man
Island"). En esos pedregales inhóspitos un puñado de compatriotas
hacía proezas de argentinidad: a lo largo de ciento cincuenta
años habíamos mejorado esa tierra abandonada de Dios con la fecunda
labor gástrica de las ovejas gauchas. Pero desde su ocupación
por nuestros héroes, los ingleses no cejaban de reivindicar la
isla fundándose en necias cuestiones de precedencia. A simple
vista el argumento de rerum primerum origenes puede parecer inapelable, mas cualquiera que lo analice un poco
descubrirá su falacia. ¿Usted permitiría que en su propiedad se
le aposentara un indio mataco alegando su condición de preternativo
de las Provincias Unidas del Río de la Plata? ¡De seguro que lo
mandaría de un patadón directo a la reserva que lo vio nacer,
escrofuloso y sifilítico, gracias a los descuidos de las misiones
evangelizadoras que no esterilizan a sus madres como debieran!
La cuestión es que los británicos hartos de menear sin resultado
la palinodia de la soberanía territorial apelaban a la fuerza.
Brillante oficial de reserva, cumplí con mi deber y me alisté
en la Marina. No cabe duda de que el asunto de la guerra me venía
perfecto para poner el océano entre mi persona y los policías
que investigasen la muerte de Paiper. A bordo de mi fragata, acodado
en las barandas del entrepuente, me detuve a pensar. ¿Qué dejaba
atrás? Mi desaforado amor por Priscilla y un tendal de estancias
desparramadas a lo largo y a lo ancho de la Patagonia. Estaba
solo, iba a cabalgar el mar como un pájaro libre.
4
La despedida de la flota fue un espectáculo maravilloso. Vinieron
delegaciones militares de todo el mundo: debimos rechazar ofrecimientos
de docenas de países amigos que querían acompañarnos al combate
(resultó especialmente insistente la marina boliviana). Templados
por la fragua de la solidaridad continental aplaudimos a rabiar
el discurso del almirante Roger T. Moore, nuestro jefe; los "hip
hip hurra" sacaron de su modorra a los bagres asentados en el
fondo del río. La elección de Moore por parte de las autoridades
había sido un acierto. Su origen escocés recordaba a su antecesor,
el ilustre Guillermo Brown. En cambio, ¿a quién tenían los británicos
para enfrentarnos? A un pobre, a un consumido, a un triste un
tal Melendez (seguramente miembro de la rama secundaria de algún
hijodalgo andaluz que fue a probar fortuna en las tejedurías de
Yorkshire). Y ¿qué pergaminos atesoran los españoles en el terreno
de la batalla naval? Nada, menos que nada.
"¡Argentinos, a vencer!", nos reclamó Moore. Y partimos. En
la dársena quedaban miles de novias sacudiendo las tetas en el
aire.
A bordo reinaba la exaltación. Por mi parte debo confesar
que no las tenía todas conmigo. Más acostumbrado a la bravía de
un cimarrón que a los titubeos del oleaje, tendía a cabecear y
marearme. Y para peor por las noches había comenzado a inquietarme
un fantasma. No quiero decir que preocupación ninguna turbara
mi sueño, ni que al amparo de las sombras se me colase entre sábanas
un conscripto convicto del fuego de Sodoma. Digo no más que apenas
me tumbaba sobre el camastro, el fantasma aparecía. Venía de lejos,
montado en potro overo, levantando polvareda. El rostro cubierto
por un velo y los ojos como vaciados. Apenas la bestia me lo arrimaba,
el velado se largaba a gemir y a temblar, y estiraba sus dedos
hacia mí.
Una de esas veces me encontré en una llanura semicircular.
A la distancia se distinguían pequeñas elevaciones ocres. Desde
mi izquierda una bandada de pájaros atravesó el cielo: su formación
era errática, tendían a estallar. Uno cayó a mis pies; carecía
de alas. Rítmicamente se encendía un astro que no era el sol,
y no era la luna. Bajo su luz caliginosa se presentó el fantasma.
Vino de improviso, salido de la nada: explotó a un metro de mí,
con ruido de sábana que bate el viento. Lo enfrenté:
Déjese de tanto jueguito y hable.
La sombra soy del muerto padre de Priscilla Plymouth Strangford,
condenada a andar de noche errante, y en ígnea llama a padecer
de día, hasta purgar los crímenes que en vida cometí.
No sólo embajador, sino también agente del Foreign Office, ¿verdad, Lord Elsinor?
Si no me estuviera vedado revelarte los secretos de mi profesión,
un cuento te contara cuya menor palabra redujera a polvo tu alma;
helara en ti la sangre; lanzarse de sus órbitas haría tus ojos
como estrellas; dividirse tus enroscados rizos, y erizarse cada
distinto pelo como púa en puercoespín rabioso. Tal relato no es
para oídos, no, de carne y nervio.
Ya me maliciaba que era usted quien había informado del mejor
momento para lanzar la invasión. ¡Pérfido, cruel, miserable inglés!
¡Maldito padre de la más bella y mejor de las mujeres!
Escucha, pues, si quisiste alguna vez a mi hija ...
¡Que si la quiero! Es de mi vida el sol...
Mientras yo, en perpetuo báratro desfallezco... suspiró.
Atiéndeme, ¡oh, argentino! Yo erraré por el éter, muerto sin confesión,
sin óleos, sin ayuda, mi cuenta sin hacer, mandado a juicio con
todos los pecados sobre mi alma. ¡Oh, horrible, horrible, por
de más horrible! Devoto de errónea causa y religión equivocada,
quiero salvarme, sin embargo, y pagar mis vicios y disolverme
en la clemente sal del Universo. ¡Una es la manera, y la moneda
es una!
¿Y yo qué tengo que ver?
Tú eres el precio que paga mi desvío dijo con calma voz
terrible. ¡Cásate con mi hija! ¡Sálvala del Anticristo, limpia
su sangre y hazla florecer de sudamericanos! ¡No la dejes entrar
en la trémula noche del maridaje británico; rabia, rabia contra
la opacidad de un imperio que muere!
Ganas no me faltan respondí. Pero a la guerra voy, y no
sé cuándo ni cómo he de volver; ni siquiera conozco mi futuro.
¿Habrán de ser mi tumba los verdes bosques de Sherwood? ¿Será
el chillar de sus caranchos mi epitafio?
Ni tanto, ni tan lejos dijo el espectro ya desvaneciéndose:
algo se ve desde el otro lado. ¡Adiós, noble argentino de hermosas
grebas! La vuelta del alba la luciérnaga me anuncia, y se apacigua
ya su inútil fuego. ¡Adiós, adiós! ¡Recuerda mi pedido!
Desperté con el marcial son de los bombos legüeros que nos
reclamaban. Proyectada contra el horizonte blanco de espuma, entre
el azul del mar y el cielo azul, como un dorado sol de guerra
fulgía nuestra isla clamando por rendición. Desplegamos la flota
en posición de combate. El "Invencible" proteiforme encabezaba
la mortal cuña; a su derecha, la broncínea quilla del "Hermes"
horadaba las olas; a su izquierda, se preparaba para entrar en
gloriosa inmortalidad la "Evita Capitana".
Armas probadas, barcos alineados... ¡Nos lanzamos al ataque!
En patético simulacro defensivo los gringos habían dispuesto sus
porquerías flotantes. Primero el "Prince Charles" (al que luego
de hundido bautizamos "Carloncho"); detrás el "Lady Maggie" cuyas
velas floreadas parecían los calzones de su Primer Ministro puestos
a secar sobre una antena de la BBC; y además, desperdigados de
cualquier manera, miles de barquichuelos y chalanas infectas y
millones de salvavidas que arrojaron al mar previendo el resultado
adverso. ¡Valientes!
El lector recordará que la recuperación de la isla fue prácticamente
un paseo. Aunque sus usurpadores nos superaban en proporción de
diez a uno, en nosotros latía la flama de la verdad y la justicia.
Pues bien: limpiamos de mugre el sitio y viendo que hacer patria
es fácil decidimos continuar. "Ya que estamos cerca de Inglaterra",
clamó la tropa, "¿por qué no salvar su pueblo de una tiranía monárquica
y fascista?"
Cuando desembarcamos en el puerto de Londres me arrojé blandiendo
mi florete en medio de la turba.
El enemigo retrocedía, nosotros avanzábamos destrozando esa
blanda carne de pavo. En el vértigo de la sangre me sumergía,
y a grito pelado ahogaba mis saudades de Priscilla (estaba seguro de morir en la batalla). Cortaba
cabezas que daba gusto y avanzaba sin pausa, solo, ensangrentado
y feroz, como león entre corderos. Me había apartado de mis filas,
estaba rodeado por una docena de bárbaros blandiendo sus fierros
mohosos. Ebrio de fatiga pensé en arrojarme desarmado entre ellos
y acogotar al más cercano, pero fue entonces que un dedo inmaterial
descorrió la cortina de mis cabellos y una voz clara y algo irónica
me susurró: "Mira hacia allá, hacia adelante".
Adelante había un puesto de la Cruz Roja, y enfundada en un traje de enfermera
y controlando el suero de un herido estaba... ¡vamos! ¡una ilusión!
¡estaba Priscilla!
Arrojándome de nuevo a la liza comprendí: ¡por eso confiaba
su padre en que habríamos de volver a vernos! No era que supiera
tanto, sino que sabía lo que yo no: sabía lo que él había hecho:
manejar informes sobre las intenciones de su gobierno. Es seguro
que la misma noche de mi retirada de su salón, Lord Elsinor había
remitido a Priscilla a su patria de origen para sustraerla a las
represalias que pudiera generar la insensata invasión de nuestra
isla; cierto de que su labor de espía no tardaría en ser descubierta,
se ocupó de la salvación de su hija y luego afrontó virilmente
el destino. Pero ya muerto, ya juzgado y condenado por Dios, había
comprendido su error. Entonces, desde la nada vino a pedirme la
absolución: que me casara con Priscilla.
¡Era eso! La sangre palpitó en mis venas y atravesé la muralla
enemiga hundiendo mi arma en los vientres repletos de Guiness al grito de "¡chupáte esta mandarina!". Y la llamé. Pero Priscilla
no comprendió mis voces ni me reconoció bajo el uniforme. Y temiendo
que los combatientes del ejército victorioso se ensañasen con
su Cruz Roja se esfumó entre los silos. Avancé por un laberinto
de cortadas mal iluminadas, desemboqué en un callejón. ¡La había
perdido! Pero de pronto el espacio se llenó de su voz: "¡Help! ¡I need somebody bring me help!". Tras una pila de cajones de manzana se estaba debatiendo en
los brazos de unos malhechores. ¡En medio de la guerra sus compatriotas
se entregaban a la lujuria! ¡¿Cómo iban a querer ganarnos así?!
Me lancé sobre los maleantes y los destrocé. Y ya me disponía
a saludar como cuadra a Priscilla, ya sacudía un imaginario polvillo
de mis entorchados y guardaba el florete en su lugar... cuando
una sombra se me abalanzó y con un objeto brillante me seccionó
la extremidad superior izquierda desde la altura del hombro. Antes
de desmayarme oí su risa. Malicioso me decía: "¡No todo era lo
que parecía!".
Flotando a cincuenta centímetros por sobre el nivel terrestre,
el despreciable ser iba disolviéndose. Por un fulgor colorado
lo adiviné. Era un difunto en busca de su venganza. Era Paiper.
5
En abriendo los ojos me topé con una imagen divina. "Estoy
en el cielo", pensé. "Para mí se acabaron los bailongos." La aparición
me sonreía. Parpadeé hasta apartar las nubes cargadas de querubines.
¿Sería la Virgen María? Me habló. Era Priscilla.
¿Cómo se siente mi salvador?
En la gloria. Estás a mi lado.
Ya lo creo que estoy a tu lado dijo.
Me emocioné. Quise tomarla con las manos y besarla, pero una
sola carne se alzó a mi llamado. Recordé el horror de mi situación
y asomaron las lágrimas.
¿Por qué lloras?
Porque... Porque... Ahora lo nuestro es imposible y cayó
mi cabeza sobre el pecho mío.
Nada es imposible si hay amor. ¡Y yo te amo! dijo mi ángel.
Pero... Priscilla... Yo... ¡soy un mutilado! Piénsalo: estoy
incompleto, no sabré hacerte feliz. Cuando quiera tomar tus senos
entre mis dedos sentirás una ausencia. . .
¡Oh, mi amor, mi amor, mi bien, amado mío! Escúchame: ¿a
caso no sabes que el amor-pasión es el vicio de los espíritus
toscos? Desde niña fui educada en el conocimiento de lo verdaderamente
distinguido, en exclusivo contacto con lo inefable. Tú te preguntarás:
¿qué es lo inefable? Por definición, es posibilidad pura, la absoluta
realización en el plano imaginario. El acto, en cambio, la práctica
erótica, lo que se dice "coger", es una mera consumación previsible,
una rusticidad. Tu incompletud, como tú la denominas, sólo viene
a satisfacer perfectamente un anhelo de mi alma: el amor-adoración,
que es la pura potencia de lo que es deseable por imposible de
ser realizado.
Pero... Priscilla...
Nada, nada. ¿O es que incluso en tu nuevo estado pretendías
someterme a...? Calla y descansa. Todo está claro. ¿Sabes? Quiero
ser tu esposa.
6
Nos casamos. En esto no transigí: la boda tuvo lugar en la
Catedral Mayor (ex Westminster) de acuerdo con el rito católico.
En cumplimiento de una antigua promesa llené de velas el altar
de San Enrique (mi santo favorito). Priscilla lucía más hermosa
que nunca: alta, pálida, rubia. La mujer de mis sueños.
Tras la ceremonia nos fuimos de luna de miel al balneario
de Brighton. Priscilla creía que la brisa retemplaría mi ánimo.
Yo la dejé hacer. "¡Pobrecita!", pensaba. "¡Ya habrá de haber
tiempo para el desengaño!"
Es que no era fácil acostumbrarme: constantemente revolvía
en mi cabeza la idea de tornar a la patria: si teníamos hijos,
argentinos debían de ser. Pero mi mujer me convenció de que si
tal eventualidad acontecía siempre estábamos a tiempo de anotarlos
en el consulado. Me decidí a obrar con sutileza y cada tanto,
como por accidente, dejaba que entreviese mi deseo de volver.
Invariablemente ella alegaba: "Pero ¿manco como estás, mi vida,
vas a enfrentar a tus conocidos?". No le faltaba razón: ya nunca
más habría de montar un pingo que en rebeldía manotease el cielo
con los cascos. ¿Con qué parte de mi cuerpo iba a ayudarme a cortar
el asado?
Esa certeza primero me anonadó. Luego me trabajó un tanto
la costumbre. Me fui aquietando.
Sin embargo, a veces la nostalgia hunde su lanza. Entonces
camino en círculos como en el firmamento caminan las águilas de
los Andes, huelo el avaro perfume del césped inglés para sentir
siquiera un hálito de nuestros pastizales. Por las tardes trepo
a la roca más alta de Brighton y me pongo a contemplar el mar,
que ruge y se quiebra contra los riscos. Me recuerda el rodar
del aire en las pampas. Ése sí es un mar verdadero...
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