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Impresiones de un natural nacionalista
1
Conocí A Priscilla Plymouth Strangford en el crepúsculo de un invierno
fugaz. Por entonces, disfrutaba la fama de ser alta, rubia y veleidosa.
Los aspirantes a su favor nos mirábamos con el encono de mortales
enemigos y formábamos sonrientes corros de papanatas imbuidos
de confianza en lo apropiado de su futura elección.
En esa multitud de pretendientes yo no constituía excepción
afortunada. Lo cierto es que si me incluí entre los merodeadores
fue por un exceso de imaginación: espiritualmente me transportaba
desde los sitios más apartados (en los cuales prefería ocultarme
para que no reparase en mi presencia) a un lugar de su ser tan
íntimo que la mera figura retórica de escribir "mis ojos atisban
por entre los tules el seno delicado que, leve, su corazón hace
palpitar" me provocaba toda suerte de rubores y estremecimientos.
Así, mientras en apariencia me sumergía en la contemplación de
los textos piadosos que poblaban su biblioteca, en realidad estaba
transpirando sudores pasionales.
El día en que por primera vez reuní el valor suficiente como
para hablarle, llevaba de regalo un alfajor santafesino cuyo único
defecto era sin duda su conformación algo voluminosa para la
boquezuela de mi amada. Fuerte lo apretaba entre mis manos para
que éstas no revelaran, en su temblor, el ánimo con que afrontaba
la prueba. Sabe Dios que no sabía yo el cúmulo de consecuencias
que habría de desencadenar mi modesto objetivo: sencillamente
quería achicar un poco las distancias y darle una pálida idea
de mi personalidad, estado civil y fortuna, de modo que mis frecuentes
visitas a su salón no se tuvieran por signo del rastacuerismo
de un recién venido a los círculos de bon-vivants ingleses, sino por prueba de la seriedad de mis intenciones.
Suponía que de lograr la proximidad deseada mi palabra audaz,
porteña, elegante, la haría descubrir las ventajas de la oferta
masculina local, razonablemente compendiadas en mi persona.
Es que sus coterráneos sólo tenían el dudoso halo romántico
de su condición de exiliados para oponer a mis virtudes. ¿Y podían
considerarse argumentos de peso las razones de orden político
que los llevaran a abandonar la cerveza caliente de los pubs londinenses para probar, con labios fruncidos por el asco, el
viril brebaje verde que se bebe con bombilla ¿Es posible que ellos
lo creyesen, pero para Priscilla no debía de ser así. Hija única
del embajador británico Lord Elsinor Plymouth Strangford, estaba
acostumbrada a considerar las intrincadas madejas de la política
de alto nivel con la misma ecuanimidad que aplicaba a los arabescos
de su tejido. ¿Cómo iban a interesarle entonces las minúsculas
diferencias entre whigs y tories? Insensible a esas cuestiones, paseaba su figura por las prendas
de moda y arrojaba cada tanto una mirada lánguida sobre cosas
y personas. Su mal disimulado aburrimiento fue lo que me alentó.
¿Qué iba a perder en el intento?
Me acerqué, pues. Sosteniendo el riquísimo alfajor atravesé
la jungla de rivales. Una vez frente a Priscilla me incliné (dándole
oportunidad de olfatear la pomada de mis cabellos) y dije:
¿Es un presente sin valor, una pequeñez, una insignificancia.
Le ruego que lo acepte como un homenaje del nativo a la hermosa
extranjera. Y brindo además exclamé elevando cual copa la golosina
por la amistad entre nuestros países.
A mi propuesta siguió un silencio tan hondo que oí el destrozo
de los segundos en mi reloj de cuarzo.
-No, gracias. Me cae mal el dulce de leche dijo al fin, mientras
me daba la espalda.
Por más que rebusco en mi memoria no alcanzo a comprender
cómo salí del vasto salón iluminado. Sé que me encontré abrazado
a un farol, mirando hacia la mansión de Lord Elsinor, cuyos bow-windows ardían como un barco en llamas. A través de sus ventanales vigilé
el movimiento de los afortunados que aún podían contemplarla:
cortados en sesgo, evanescentes: cabezas que se sacudían en el
aire mientras los cuerpos desaparecían por los laterales; muñones
más que manos.
Me alejé. No deseaba toparme con una Priscilla fragmentada.
2
La noche transcurrió en una sucesión de grotescas pesadillas
(que los poetas denominan "yeguas de la noche"). En todas ellas,
la única protagonista era mi amada. Omito consignar las formas
en las que prefería mostrarse. Basta con saber que en ningún momento
su actitud se rebajó al recato; que en ningún momento apareció
vestida. A sus espaldas había una luna amarilla cruzada por una
garra de pájaro. A veces hacía ademán de entregarme sus blancas
y dulces nalgas: pero al voltear el cuerpo tres serpientes salían
de su costado y se iban sumiendo en una medusa de largas crines
que gemía entre sus pechos. Priscilla asomaba su cabeza de espanto
entre las piernas, y cuando iba hablar... entonces vomitaba una
corona de muerto.
Logré arrancarme de los fueros de Morfeo. Los rayos de un
sol impiadoso se clavaban en todos los rincones de mi habitación
exaltando el polvo hasta convertirlo en brasa celestial. Parpadeé
para precisar la imagen, y descubrí que estaba viviendo el despertar
de un sueño en otro sueño. Me pellizqué: los visos de realidad
me aterraron: bien podía haber caído en las marañas de una nueva
pesadilla. Un abismo concéntrico que me llevaría a caer dando
tumbos por los infiernos. Si así era, ya nada importaba y todo
lo posible me estaba permitido. Me dirigí al cuarto de baño: saqué,
hice, me alivié: el sueño opera por síntesis y elusión, descarta
la minucia reiterada. Mientras lavaba las manos sentí que el vértigo
especular se desvanecía y yo iba aferrándome a los bordes del
mundo. Sin embargo, al ir a calzarme las botas de potro descubrí
que a un costado de la cama florecía la corona de muerto que había
visitado mi noche. Resto diurno.
Terminé de vestirme y examiné la corona. Bajo la cala postrera
fulgía un sobre celestino en cuyo interior una tarjeta me comunicaba
la resolución de un tal Sargento Paiper. Era éste un abundoso
patán expulsado de las filas del III Cuerpo de la Caballería Montada
de Macduff por haber provocado una revuelta en la casta de brahmanes
de la India (colonia que su ejército había ido a civilizar) cuando
tras fumarse un par de pipas de opio dedicó todo su repertorio
de miraditas a la vaca sagrada de Rajnapur. En prosa plagada de
galicismos que él habrá supuesto el epítome de la finesse local, Paiper me advertía que mi "innoble, soez, áspido (?) comportamiento
de la velada pasada en lo de la niña Miss Priscilla me pone en
la obligación de retarlo a duelo, gusano. Mis padrinos le comunicarán
oportunamente el lugar el día y la hora en que tendré el sumo
el gusto de atravesarte la panceta".
Arrojé sobre y corona desmenuzada por el water, desayuné arroz con leche, mazamorra y mate cocido, comprobé
la corrección de mi atavío y encaminé mis pasos hacia la iglesia.
Allí arreglé mis asuntos con Dios y dispuse decorativamente las
velas que derretían su espermática sustancia en el altar de San
Nicolás, mi santo preferido. Luego, en paz con mi conciencia,
me fui a lo de Paiper.
La dirección coincidía con la de "El Guaraní", albergue de
baja estofa que regenteaba una madama que había conocido mejores
épocas así su propiedad y en cuyo interior (me refiero al del
albergue) las cuestiones relativas a la moral eran tratadas con
displicencia. Cuidando de no ensuciar mi diestra en la
mugre de la baranda, ascendí los escalones hasta llegar al
cuartucho. Golpeé la puerta con el puño de plata de mi bastón
toledano y esperé. ¡No conocía yo a los gringos lo suficiente
como para saber que un par de sopapos distribuidos a tiempo evitarían
mayores males!
Alguien abrió. "¿Qué deseaba, señor?", me preguntó una morocha.
Reprimí la fácil réplica y le contesté una verdad a medias: que
deseaba ver a Paiper. La muchacha se acomodó el pelo y dijo "No
está", alargando cansinamente las vocales.
"¿Cordobesa?" "¡Cordooobesa!" Reímos, ya amigos, ya en confianza.
Su cuerpo desocupaba la entrada y crecía en aquiescencias tácitas.
Ahí, como en casi todo, ganaba yo. Crucé el cuarto y me acomodé
en la única silla y apoyé la mandíbula en el puño de plata de
mi bastón toledano.
-¿Adónde fue ese protestante?
Ella se me acercó. Temblaba.
-Tengo miedo. Me dijo algo de un duelo y salió a visitar a
Sir Popham, su maestro de esgrima.
La miré fijo y susurré:
-Ya es tarde...
-¡Oh! Entonces usted...
-Sí. Soy yo. Su matador.
-¡No lo haga, por favor, no lo haga! ¡Él es lo único que tengo!
-y cayó de hinojos y se abrazó a mis rodillas. Esa humillante
demostración no le bastó y comenzó a besar mis botas de potro
al tiempo que repetía el ruego. "¿Pero qué es usted de él? ¿Acaso
la concubina?" "Sí, sí. No soy más que su concubina pero lo amo,
lo amo. Es un sucio borrachín de nariz colorada pero lo amo. Tiene
algo tan... algo tan..."
"British", completé. "Sí, amo, sí", asintió hundiendo su nariz
en el entresijo de la bota izquierda. "Ya no puedo hacer nada,
m'hija: me desafió en mi honor." La muchacha tenía que entender
que retándome a duelo el estúpido de Paiper iba ¿como quien dice?
en coche al muere sin importársele un cuerno de su persona. ¡Y
la pobre china que no sabía que su amado la hacía lustrar y relustrar
las chapitas de su ex uniforme para pavonearse por las noches
en el salón de Priscilla! ¿Cómo podía ser tan ingenua?
("Levántate, muchacha: tu concubino está perdonado", pensé
comunicarle.) La lección era cumplida con su ruego. Pero la escena
que ella venía representando abrió un paréntesis en mi propósito.
Había encarado el pasar su lengua por el contorno de mi bota de
potro y lo hacía al ritmo de su música interior: música vana,
sentimental, que movía las estrellas y los otros planetas y le
giraba los ojos en ráfagas de alumbre. Era su lección, y su respiración
creciente y anhelante era como la de un monje orante dirigiendo
sus preces al tibio viento del Levante. O acaso, al ocaso de sus
intenciones, aparecía su ardor como una estrella errante. No lo
sé, pero sé, sí, que la chinita tendía sus manos y me masajeaba
las pantorrillas con sabios tirones de ordeñadora de vacas. Y
esa sabiduría yo si la reconozco. "No lo mate, no lo mate", murmuraba
entre lamida y lamida con un fervor por la tarea que había logrado
incluso que yo dejara el bastón de plata de puño toledano a un
lado y me acomodara para permitir un lengüeteo más exhaustivo:
que avanzara por la suela, por ejemplo. Pero mi lamedora abrigaba
otras intenciones. Diestramente tomó el talón de la bota de potro
y me la extrajo. Supuse que lo andaba haciendo para hacerme sentir
como en casa, pero no: su lengua caminaba como un animal rosado,
como una larva que sale a la luz para saborear los frutos hallables
entre los dedos de mi pie. "No lo haga, no lo haga." Y seguía.
Su lengua enroscada alrededor del dedo gordo. Y después, trabajo
de succión. Yo sentía los tirones y el mordisqueo de sus dientes:
me entregué. No ser más que la extremidad que labios y dientes
y lengua adoraban: sagrada humedad que me disolvía: oh, Dios.
Pero qué: humanos somos, la perfección nos huye. Uncidos a mis
tobillos tenía sus pechos plenos, morenos, y el dedo se calentaba
en el fragor de su respiración; sus manos me pedían que me bajase
la bombacha de gaucho: ¡me quería casi todo desnudo! Yo obedecí
a su tironeo y la dejé a la altura de mis rodillas, sorprendiéndome
de la elevación que a mi alma comunicaban sus efusiones, de modo
que la intempestiva aparición de Paiper me encontró en una situación
complicada: por una parte, estaba frenéticamente ocupado en calmar
mis ímpetus; por otra, disfrutaba a ojo abierto el procedimiento
dactilolabiodentolingual que soportaba el gordillo. ¡El inglés
me cortaba el asunto!
-¡Carajo! -grité intentando levantarme. Por cierto, Paiper
no se había quedado boqueando como un pato del Támesis. Arrojó
a un rincón mascarilla guantes peto y desenfundó el florete dispuesto
a atravesarme. ¿Qué podía hacer, salvo subirme la bombacha y afrontarlo?
Eso fue lo que hice. Lo que intenté. Porque la chinita se
aferró a cualquier colgante parte de mi persona y me impidió cubrirme;
entretanto, continuaba déle succión y ronroneo: "Don't do it, don't do it". En fin, que desnudo e inerme me abalancé sobre mi puño de plata
de toledano bastón y defendíme de la acometida. Huelga insistir
en el abismo que separa la escuela de esgrima argentina de la
inglesa: mi chapucero rival abundaba en mandobles aptos para degollar
puercos y en floridos arrebatos de furor; aferrado por lo bajo,
enfriándome por las vías medias, impedido de moverme y detenerlo
sin riesgo de su vida yo atisbaba, entre el fragor de sus evoluciones,
el momento preciso para pegarle un bastonazo, y por lo pronto
desviaba con soberbias fintas sus envíos. Pero al idiota mi superioridad
no lo asustaba. Y tanto tendía a encontrar en la indagación de
las propias entrañas el absurdo sentido de su vida que al fin,
cuando ya creía que lo tenía (que tenía su cabeza lista para el
golpe), se me arrojó con la punta del florete para arriba pero
lanzándose muy por lo bajo, tal que parecía querer levantarme
por el upite, y pasó por entre mis piernas y ensartó a su chinita.
¡La pobre inocente que hubiera podido llenar de hijos los confines
de la patria caía gorgoteando sangre y diciendo aún en la agonía
"don't lo haga", atravesada de espasmos, soltando melancólicamente mi
humanidad y boqueando su despedida hacia las luces del día que
entraban por la ventana! Por un momento se me antojó una desgarrada
metáfora de nuestro país, señores, destruido por la intención
vil del inmigrante. Y arrancándole el arma que la mataba la arrojé
como lanza pampa y le atravesé el ojo, el cerebro y la vida al
Sargent Paiper.
Evito a los lectores la descripción de su caída: más gráciles
son los osos derrumbándose del alto cedro: pataleaba, el chambón,
y no puedo asegurar que en su morir no se haya hecho caca. De
todos modos no me detuve a averiguarlo. Bastante escándalo habíamos
montado sin necesidad, y no quería privar a Priscilla de la dicha
de su matrimonio por venir convirtiéndome en cónyuge presidiario:
que era lo que habría de suceder apenas las fuerzas del orden
hubieran venido si fuese a quedarme y no, como iba a ser, que
me fui.
A los piques salí de la pensión, propinándole al pasar una
caricia al anca de la madama. En criollo, el manoteo significa:
"Está todo bien".
Sigue... 
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