DANIEL GUEBEL

 

El terrorista

Flaco pero con tendencia a juntar grasa en la cintura, tirando a calvo, treintañero, ojos tristes y serenos, Marcelo Deberre era de aquellos que en las paradas de colectivos ceden su lugar a los niños, los discapacitados, los mogólicos y las ancianas, la clase de persona que sostiene la puerta hasta que todos terminan de pasar; en general no le importaba que la gente se aprovechara de su amabilidad, y tampoco le preocupaba que su comportamiento fuera distinto al de sus colegas del ramo. Mientras el noventa por ciento (o más) de los verduleros no tiene ningún problema en alterar el mecanismo de la balanza para aumentar el peso del producto ni en estafar al cliente vendiéndole frutas o verduras que han comenzado su proceso de descomposición, Deberre no hacía nada que estuviera en contra de su propio sentido de la decencia. Dueño de una verdulería establecida en una calle de poca circulación, en el momento de elegir rubro tuvo que enfrentar la queja de sus padres (que lo creían destinado a destacarse en actividades culturales, deportivas, científicas o sociales de prestigio) y el sarcasmo de su hermano gemelo, Jaime, que le dijo: "Serás siempre el mismo fracasado, vos".
Deberre bautizó su local como Frutería y Verdulería "La Modesta"(en letra gótica grande), acompañado por el lema (en cursiva chica): "La que para sus compras se presta". A un par de semanas de la apertura agregó la venta de huevos de granja.
En poco tiempo "La Modesta" se hizo de un público propio. A la calidad de su mercadería sumaba el espíritu de sociabilidad que animaba al propietario. Deberre sabía el nombre de todas sus clientas, conocía sus hábitos, preferencias y aversiones, frecuencias de compra y capacidad de adquisición. Nunca se equivocaba al decir: "Qué tal, doña Gladys, ¿cómo va?, tres días que no la veía", o "¿Te pongo otro kilito de duraznos, Marta? ¡Son un espectáculo, eh!". Para él, seleccionar de un cajón repleto de repollos de Bruselas (en apariencia iguales) los adecuados al gusto de la segunda esposa del ginecólogo, era una operación en la que se combinaban instinto e ingenio; adivinar a ojito el punto de madurez y la dulzura de un melón de cáscara gruesa, era un proceso en el que arriesgaba no sólo la confianza de la chica del inquilinato de la vuelta, sino parte de la autoestima respecto de sus capacidades como profesional dedicado al comercio minorista de productos de alimentación.
Así, sus días estaban llenos de alternativas. ¿Era feliz, Deberre? El mismo se contestaba: "En esta vida, ser feliz es que a uno no le falte trabajo, dinero y salud". De salud andaba bien, plata no le faltaba, y en el trabajo era su propio jefe, así que: "Sí, soy feliz".
Se levantaba a las cinco de la mañana; desde su casa iba caminando hacia "La Modesta" y ahí desayunaba mate amargo con bizcochitos de grasa que untaba con ricota y miel. A las seis llegaba la mercadería que traía el camión del Mercado Central: abría los cajones, distribuía frutas y verduras en los estantes, y después, como todavía era temprano, para matar el rato leía páginas sueltas de los diarios viejos con los que envolvía los huevos de granja. Le daba lo mismo que fueran matutinos o vespertinos, no tenía preferencia por secciones fijas ni por temas en particular. Leía transversalmente; como una parte de su conciencia olvidaba la noticia apenas dejaba la hoja del periódico sobre la pila, el verdulero ni se fijaba en la fecha de edición. Directamente aceptaba la realidad de lo publicado y, cuando venían sus clientas, de algún estante de su cerebro extraía un resumen de noticias y las incluía como valor agregado a la transacción. Mezclaba, por ejemplo, el caso del changarín que en una pelea de borrachos recibió un cuchillazo en el cuello, durmió la mona con el arma clavada y se despertó al escuchar el ruido del motor del coche de un vecino, con el enigma de los motociclistas secuestrados por extraterrestres en una playa de la costa atlántica. Igual, ninguna de sus clientas captaba esos detalles: ellas casi no leían los diarios, eran consumidoras fanáticas de televisión. Y como habían accedido a los canales de cable, tenían sesenta y cuatro o ciento ochenta posibilidades más que Deberre de confundirlo todo. Así, los diálogos entre el verdulero y sus clientas resultaban un rejunte de retazos que sólo unía el hilo de la imaginación. Deberre era feliz: como huevos vendía todos los días (de a media o de a docena), tenía que hacer paquetes para envolverlos. Por lo tanto, los diarios iban cambiando, cambiaban las noticias y los temas acerca de los cuales él y ellas se paraban a charlar.




Constituido en principio como un lujo, un instante de encantamiento y suspensión entre la entrega de la mercadería y el acto de pagar, ese momento se fue volviendo para Deberre una necesidad. Con el paso del tiempo comenzó a modificar sus prioridades; la práctica comercial fue convirtiéndose para él en un obstáculo de la charla. Apenas se iba una clienta, el verdulero ya necesitaba la presencia de otra impulsándolo a conversar. Por supuesto, esa inclinación es común a muchas profesiones. Tal vez su creciente entusiasmo por la mezcla involuntaria de vidas ajenas habría terminado por convertirlo en un chismoso, un peluquero de señoras o un artista. Sin embargo, algo lo apartó de esos riesgos. En un afinamiento repentino de su percepción, Deberre descubrió, de esa avidez que empezaba a dominarlo, su elemento esencial: no era la charla lo que más le interesaba; lo que realmente le importaba hubiera podido manifestarse en silencio, era en sus instantes de soledad cuando lo verdadero hacía su aparición: no el hablar, sino el leer y el pensar acerca de lo que leía.
Ese descubrimiento lo dejó atontado. Nunca se había considerado un gran lector. La verdad, en su vida había abierto un solo libro, la novela Petróleo, de Jonathan Black. Y había abandonado por la mitad.
A partir de entonces, para Deberre nada fue igual. Se volvió exigente respecto del consumo de periódicos, ya no se conformaba. Aunque seguía teniendo la pila de diarios amontonados al tuntún y recurría a ésta para saciar su ansia, se dio cuenta de que a ese método le faltaba orden y selección. Leyendo de la pila se perdía los antecedentes de los casos, ignoraba los motivos por los que reemplazaban a un ministro, no se enteraba de los detalles del entierro de una princesa... ¿Y si se estaba perdiendo algo importante? En el fondo– descubrió–, vivía en un universo sin historia, las noticias flotaban en el aire de la nada y él quedaba siempre castigado por la interrupción.
Decidió invertir una parte de sus ganancias en la compra de matutinos y vespertinos, y cumplió. Con esa forma de disponer sus lecturas pudo construirse una forma organizada del saber... Pero a lo largo de las semanas eso no le sirvió ni lo calmó. La secuencia diaria le había proporcionado la unidad mínima de sentido que adoptan las noticias, podía asistir a la aparición, el desarrollo y el fin de los acontecimientos; pero había algo que le faltaba. Advertía cierta falta de solidez... Y no se trataba de que las noticias fueran en esencia intercambiables y que una reemplazara a la otra. Lo que pasaba era que había algo, algo propio de lo periodístico que no lo satisfacía. Pero eso era...¿qué?
Cuidadosamente, sabiendo que –en definitiva– ignoraba lo que estaba buscando, Deberre empezó a comparar los periódicos, trató de establecer correlaciones entre sus contenidos. Pronto se dio cuenta de que era imposible. Lo que para unos era un tema de trascendencia (ocupaba desde la página 1 hasta la 5) para otros no tenía lugar. ¿Cómo podía ser que asuntos inexistentes para unos fueran fundamentales para otros? ¿Cómo se decidía una tapa? ¿Qué era lo importante? ¿Todo? ¿Nada? ¿Lo que se leía? ¿Lo que faltaba al leer?
Además, comparando las crónicas de un hecho cualquiera (un crimen, un bautismo, una reunión de funcionarios), saltaba a la vista que nunca coincidían, el arma, la posición del cuerpo, los testigos, el lugar, el nombre de la víctima y del niño bautizado. Sienzpre faltaban uno o dos partícipes necesarios, las grafías de los apellidos no eran idénticas, las implicaciones eran diversas, los sospechosos variaban... Mirando con la lupa de su mente, Deberre comprobó que al aumentar su atención por lo publicado, la naturaleza intrínseca de la noticia aparecía como aquejada por un proceso de disolución... Era de nuevo el dolor primario del alfabeto... El mundo no se consumía en esas palabras, cada grafía no construía el remplazo de un elemento, ni la totalidad de la nota incluía un país...
La cuestión era, ¿dónde estaba la verdad?







Deberre continuó haciéndose preguntas, no desistió. Siguió leyendo. Pero cuanto más se esforzaba menos conseguía. ¿Por qué fracasaban los diarios en su única misión, informar con exactitud? Pasaba horas, a veces amanecía inclinado sobre esas páginas, tratando de recuperar la claridad de un mundo que había descubierto a través del periodismo y que, por culpa del estilo periodístico, empezaba a ocultársele otra vez.
Para las fiestas de la Pascua cristiana, una revista femenina publicó la fórmula para hacer huevos pascuales caseros. Era tan sencilla que hizo furor entre las amas de casa. Como prácticamente ya no conversaba con sus clientas, Deberre ignoró la novedad hasta que se encontró conque su provisión de huevos se limitaba a un par de docenas, y que la pila de diarios para envolverlos estaba a punto de terminarse. Era miércoles de ceniza y su proveedor de artículos de granja pasaba los jueves. Al ritmo de venta que venía llevando, las dos docenas se evaporarían en un par de horas. Eso implicaba un lucro cesante en el rubro de más salida de la temporada. Pero en lo relativo a los diarios, era peor: ¡había agotado los kilos de usados que le vendían los porteros de la cuadra! Aunque a la mañana siguiente tuviera treinta, cuarenta docenas de huevos más para vender, ¿con qué los envolvería? Sólo le quedaban dos, tres diarios...
Una hora de lectura. Y después, la nada.
¿Podría aguantarlo? Con el temor reverencial que invade a los pobres ante la presencia de un bien escaso, Deberre hojeó el primer diario. La página de tapa tenía tiras arrancadas de manera regular, como si una niña hubiera estado recortando letras para pegarlas en su cuaderno. Pasó al segundo. Con un estremecimiento de pánico descubrió que se trataba del suplemento de avisos clasificados; su ración de lectura se había achicado. Sintiéndose ante un abismo, dejó a un lado el suplemento y agarró el último periódico... Empezó a mirarlo... ¿Qué era eso? ¡Eso no era un diario!
Hecho con apenas dos pliegos en formato chico, diagramado de manera muy elemental, no tenía fotos sino ilustraciones (un gordo con cara de cerdo, vestido con chaleco cruzado por la cadena de un reloj, sacudía a un campesino harapiento de cuyo cuello colgaba un letrero: "Campesinado") y los títulos estaban escritos en letra tamaño catástrofe y encerrados en triples signos de exclamación. "¿Qué es esto?", volvió a preguntarse Deberre. Se fijó en el nombre, pero no le decía nada. ¡Jamás había visto un ejemplar de eso entre sus pilas! ¿Sería algo nuevo o era una publicación viejísima? Revisando sus páginas, descubrió que no tenía fechas a pie de página, no indicaba si era de aparición diaria, ni mencionaba sus oficinas de redacción, los números de teléfono y la imprenta donde había sido impreso... Era muy raro...Tampoco tenía secciones de deportes, cultura, turismo, vida cotidiana...
Únicamente actualidad y sindicatos. En cambio, estaba lleno de apellidos rusos, alemanes y polacos; aparentemente correspondían a individuos a los que se les atribuía relaciones privilegiadas con el verdadero pensamiento científico, o a los que se acusaba de falsedad ideológica, insuficiente comprensión del método de conocimiento, revisionismo, desviacionismo y chauvinismo. "Esto debe ser el órgano de prensa de algún laboratorio medicinal o algo así", pensó el verdulero, para quien las ciencias puras y aplicadas poseían los rasgos del prestigio y la incomprensibilidad.
En ese sentido, entonces, el ejemplar impreso estaba dotado de todos los atributos de valor... Sintiendo que tenía un objeto casi sagrado entre manos, y aunque no había entendido nada, Deberre siguió con la lectura. Las notas lo fueron llevando. A los cinco minutos se había alineado en el campo de batalla, tenía enemigos a los que él también odiaba. Su pecho se henchía. Algo lo transportaba; seguía siendo él, él mismo, pero ahora era distinto, alguien más elevado y más grande y puro. Aún lo ignoraba, pero estaba viviendo el momento central de su vida. Ya tenía su causa, y sólo le faltaba un detalle para definir lo que le ocurría y para preparar su destino. El detalle era una palabra. Y leyendo, Deberre la encontró.
Era "Revolución" .





Deberre cerró la revista en estado de deslumbramiento. "Revolución..." ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Todos sus problemas, todas sus angustias de los últimos tiempos no se derivaban de la lectura; su insatisfacción no era una consecuencia del hecho de advertir que el periodismo no reflejaba la totalidad del mundo... El problema... El problema era que el mundo estaba mal en tanto mundo. "Revolución..." ¡Había que empezar de nuevo, de cero! ¡Había que cambiarlo todo! ¡Cambiarlo de raíz, cambiarlo de una buena vez!
La cuestión era, ¿de qué forma se podía poner en marcha esa transformación?
Deberre pensó; durante días no se aplicó a otro asunto. Finalmente, dedujo que el vehículo más apropiado para cambiar la conciencia de la gente era el mismo de siempre, su modificador habitual: el periodismo. ¡Tenía que escribir algo que instara a la Revolución!
El problema era que la revista no podía proporcionarle una guía de acción suficiente para llevar a cabo su propósito; en realidad sus dos pliegos apenas servían para desplegar una serie de consignas enfáticas... Deberre leía, se confundía, era ajeno a las referencias teóricas, a las alusiones y a los sobreentendidos .
Sin embargo, todas aquellas cuestiones (que para muchos aspirantes a la militancia política constituyen un obstáculo insuperable), no lo disuadieron. El podía ignorar la trayectoria e importancia revolucionaria de Kautzky, Schumpeter, Ricardo, Ulianov, Bronstein, Kropotkin... Podía no distinguir entre corrientes, grupos y tendencias tales como mencheviques, bolcheviques, browderianos, reformistas, kulaks, posadistas, socialrevolucionarios, guardias blancos y rojos, Komintern y fracciones y escisiones de la III y IV Internacional, pero su desempeño en el ramo del comercio minorista le había aportado criterio ejecutivo, y pronto se dio cuenta de que debía lanzarse a la Actividad Revolucionaria en pequeña escala; tenía que sacar algo que tuviera un radio de distribución reducido pero constante y que fuera económicamente viable...
La misma noche de esa decisión, Deberre la ocupó en escribir su primer Panfleto Revolucionario. Previsiblemente, en este panfleto no hizo más que reproducir su experiencia de lectura. Usando terminología del suplemento de ciencias de un matutino denunció en dos páginas el agotamiento de las fuentes naturales, los peligros que corría la diversidad de especies animales y vegetales, el agotamiento de la biosfera y el estado de virtual colapso de las reservas de energía; apelando a conceptos de la sección arquitectura de un vespertino, señaló que las perspectivas visuales de los ciudadanos estaban alteradas por el irracional desarrollo de las propiedades horizontales; citando datos de un organismo internacional advirtió acerca de los riesgos de la superpoblación, el desempleo, el descenso de la tasa media de instrucción, la inseguridad urbana y la amenaza bacteriológica...
La tercera página la empleó en proponer sus soluciones. Influido por el perfume de la mercadería que impregnaba su ropa de trabajo (no se había bañado después de cerrar "La Modesta", ni siquiera hizo un alto para cenar), invitó a redescubrir la sencillez de los paisajes y el encanto de las rosas; celebró el crecimiento de verduras, cereales, frutales y hortalizas; cantó a las cosechas, al campo, al amanecer.
Por supuesto, el panfleto estaba lejos de ser una propuesta revolucionaria. Pero aquella noche Deberre estaba tan ilusionado que lo tentó la idea de vender sus bienes y peregrinar hacia los orígenes en su viaje de simplicidad. Sólo lo detuvo la convicción de que su tarea debía ser colectiva; para el mundo descrito en su panfleto no existía salvación individual.
A las seis de la mañana del día siguiente, el peón de reparto del Transporte de Sustancias Alimenticias Perecederas (Frutas y Verduras) "Señor Jorge" no consiguió que se alzara la cortina metálica de "La Modesta", y eso que golpeó durante un buen rato... a esa hora y en su casa, Deberre daba los retoques finales a su panfleto. A las ocho y treinta, las clientas tempraneras no pudieron ser atendidas: en esos momentos (con la versión definitiva del panfleto plegada en cuatro) Deberre entraba en la imprenta de la vuelta de su casa. Seguro de cada una de sus afirmaciones, había decidido firmarlo.
Y en consonancia con sus creencias, decidió titularlo (en mayúsculas): "Revolución".
Tipográfica "California" (de Oto Carbonel y Carlo Castello, Soc. Resp. Limt.) era un sucucho ruinoso y húmedo, chiquito, con los vidrios de las puertas rotos y telas de arañas en las que se balanceaban moscas muertas. Debido a su bajísimo nivel de resolución gráfica (las máquinas eran penosos cascajos que se movían animados por el terror a la fundición), allí únicamente se podía imprimir volantes caseros, hojitas color naranja que promocionaban clases de eutonía y corrección postural, introducción al yoga médico (escuela Iyengar), descuentos en pizzerías, ofertas de rotisería (pollo respetable tamaño, porción papas fritas y vino), vacaciones con avión charter y media pensión incluida... Deberre no había tenido mayor trato con sus vecinos imprenteros. Ni siquiera sabía quién era quién.
–Buenas...–dijo el verdulero, entrando.
–...días...–siguió Castello, o Carbonel.
–Buen día–completó el otro.
Al verlos de cerca, Deberre debió ajustar su impresión anterior. La última vez que los había visto –un saludito cortés y veloz, de vecino correcto, a mano alzada–, Castello o Carbonel le había parecido un tipo flacucho y bajo, con la cabeza afeitada, las cejas muy negras y los dientes manchados de verdín, en tanto que Carbonel o Castello, si no un morocho alto, por lo menos era bastante espigado.... En cambio, estos no eran ni altos ni bajos, y... ¿igual, qué importaba? Se acercó al mostrador, desplegó su panfleto y consultó precios de acuerdo a distintas calidades de papel, modelos de letra, color y cantidad. El costo no era excesivo y le sorprendió enterarse de que si encargaba cinco mil volantes le harían una atención especial. Tentado por la oferta, preguntó: "¿Y cuanto me cobran por diez mil?".

 

© 1998, Editorial Sudamericana S.A.

 

DANIEL GUEBEL
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