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DANIEL GUEBEL CUENTA LOS ORIGENES DE "EL TERRORISTA"

Un extraño destino
EN REMOTAS HISTORIAS Y CLIMAS FAMILIARES, EL NARRADOR ARGENTINO LOCALIZA LOS PRIMEROS IMPULSOS QUE LO MOVIERON A ESCRIBIR "EL TERRORISTA", SU NUEVA NOVELA, QUE PUBLICO SUDAMERICANA.
Durante años imaginé que conocía más que nadie las relaciones entre comicidad, dolor y política. Las noches de domingo de mi primera infancia, mi padre me curaba las heridas de los combates de la semana mientras veíamos el programa de Tato Bores. Agua de alibur, pavas llenas de agua casi hirviendo, gasas, peluca y habanos.
En casa de mis abuelos paternos se hablaba de política, pero en otro idioma. En realidad era un dialecto forjado en el exilio y se usaba para preservar a los chicos de un universo clandestino. Yo escuchaba ese murmullo, atendía a la repetición de algunas palabras. Mi abuela pronunciaba: "Naie verter" con gran respeto, en voz muy baja. Su hermano, el tío Boris, guardaba en un doble fondo de la valijita de su bicicleta la prensa revolucionaria que repartía pedaleando entre los obreros textiles de Villa Lynch. Casi todos los empresarios textiles de la zona pertenecían a ese partido que invitaba a abolir la diferencia entre las clases. Los obreros seguían siendo peronistas. Cuando sus hijos se fueron a vivir a Chicago, mi tío Boris se fue con ellos y siguió andando en bicicleta hasta los noventa años, cuando los médicos le cortaron una pierna.
La política, entonces, era una conspiración familiar a la que yo no pertenecía pero que debía proteger con mi silencio y mi ignorancia. Remontándome en el tiempo, quizá sean esas historias las que me dieron el primer impulso para escribir El terrorista.
A principios de los 60 empecé a preguntarme cómo haría para convertirme en un revolucionario yo mismo. A los ocho -después de un breve entusiasmo golpista, alentado por Tía Vicenta y Primera Plana- me tracé un plan: para derrocar a Onganía tenía que formarme. Entre los diez y los doce leería todo Lenin; de doce a catorce digeriría a Marx. Hasta los dieciocho haría mi experiencia como militante político y a partir de entonces lideraría la Revolución Mundial Triunfante. Por supuesto, fracasé como un miserable. Nunca pude siquiera atravesar Materialismo y empirocriticismo (Vladimir Ilich Ulianov, Obras Completas, Editorial Cartago).
Pensarme como inepto para una Gran Causa me volvió objetable ante mí mismo, pero me salvó de creer a ciegas en los imperativos categóricos de la década del 70 y me dejó muy atento a sus retóricas. Escuché los discursos. En todos los terrenos, las formas del decir llevaron a formas del morir que en este país no han cesado de hablar en lenguas todo este tiempo.
El segundo impulso para escribir El terrorista nació con un relato. En 1991 me contaron la historia de un hombre que en un país de Europa fue acusado de concebir y realizar un atentado terrorista que costó 86 vidas. Este hombre se ocupaba de publicar libros de izquierda extraparlamentaria y negó siempre la comisión del hecho, del que responsabilizaba a los servicios de inteligencia y al partido gobernante. Fue detenido y llevado a juicio. Alzando las banderas de la seguridad de vidas y haciendas de los ciudadanos comunes -contra los que previamente había atentado-, el partido gobernante ganó las elecciones. Al hombre lo condenaron. Estuvo preso durante siete años en distintas cárceles, y después fue confinado a una isla. Lo seguían dos guardias como perros armados con fusiles. Podía recorrer la isla desde el punto A hasta el punto B, pero no llegar al C. Si lo hacía, le disparaban. El hombre supo que el gobierno planeaba asesinarlo de todas maneras y se las arregló para huir. Escapó a la Argentina. Eran tiempos del Proceso. Fue detenido y torturado por los amigos de Massera, pero sobrevivió hasta la caída de la dictadura y luego siguió viviendo en la Argentina.
Cuando me contaron su historia quise conocerlo. Durante una semana nos reunimos en su casa y comimos y conversamos y grabé todos los pormenores de su aventura.
Durante cinco años intenté y no supe escribirla. El hombre sabía demasiado sobre la extrañeza de su destino. Tenía su novela hecha. Para olvidar lo que quería y no pude, fui borrando los casetes, grabándolos encima. En febrero de 1997 estaba lamentándome de tantas oportunidades perdidas, cuando mi novia de entonces -mientras me pasaba por la espalda el protector solar, Marisa- me dijo: "¿Por qué no escribís algo liviano y fácil de leer en vez de meterte de nuevo en esas novelas tuyas tan llenas de densidades?".
Pasó el verano y esa novia igual me dejó por denso, pero yo había resucitado el relato.
Por supuesto, no son lo mismo las historias de vida tal como las cuentan los tipos que las vivieron que las historias que puede contar un tipo como yo. Haciendo de lector de mi propio libro, me parece que en él se nota sin chiste cómo me las arreglé para aceptar y rechazar al mismo tiempo el pedido de la mujer que amaba. Y en términos menos personales, creo que en El terrorista puede percibirse el efecto que en mi escritura produjo el hecho de trabajar como periodista. Esa necesidad me obligó a escribir corto y rápido, porque ya no tengo libres todas las horas del día. Claro que trabajar cansa, pero tiene sus compensaciones: la realidad es muy chismosa y variada. Una redacción puede ser una central de inteligencia para un escritor que ya no está tan seguro de que sus propias invenciones son siempre mejores que las ajenas.
Creo también que la vida del personaje de mi novela transcurre tanto en la eternidad de las estrellas menores de la galaxia de Don Quijote, como en el vía crucis histórico de la Argentina entre el 70 y hasta nuestros días. Y es también la historia de un tipo común con un destino especial, alguien que vive varias vidas sin darse cuenta. Una especie de específico argentino, obra de un novelista popular que tiene pocos lectores.
Es raro hablar de estas cosas, pero el mundo es raro. Una vez, una modelo de las que entrevisto para la revista donde trabajo me contó que había visto a la Virgen María en el filamento de una lamparita quemada.
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