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Qué se escribe y qué se lee en la Argentina DESDE que se restableció la democracia en 1983,la literatura argentina
ha evolucionado mucho y los argentinos de este fin de milenio
están, en mi opinión, mucho más marcados por la literatura que
lo que comúnmente se cree. Consecuentemente, el discurso literario
ha cambiado muchísimo y se ha vinculado con todos los códigos
sociales que expresan a los argentinos de este tiempo. No podía
ser de otra manera: así lo imponen nuestra zarandeada vida cotidiana
y el ritmo vertiginoso de la llamada posmodernidad. Pero reflexionar sobre el discurso literario no implica solamente
pensar qué literatura hacemos, sino qué significa hacer literatura
en una sociedad todavía autoritaria y tan degradada social y culturalmente.
La crisis que vivimos es colosal y desestabilizadora, pero lo
abrumador de nuestro tiempo no es que estemos en crisis, porque
en América Latina siempre hemos estado en crisis, por lo menos
desde hace 505 años. Lo que es nuevo es el tamaño. Nunca el mundo
ha vivido crisis como la actual, ni la Argentina democrática,
situación parecida de injusticia, mala educación y violencia. Éramos un país casi sin analfabetos; hoy ni siquiera hay cifras
oficiales confiables, pero todos sabemos -sentimos- que el analfabetismo
ha crecido dramáticamente entre nosotros. Y la educación pública
argentina, de tradición integradora de inmigrantes y cultivadora
de un sentimiento nacional progresista, ha sido desplazada por
un economicismo suicida que nos ha convertido en una especie de
narcocalifato en el que sólo importan los negocios y la impunidad. Todo esto es decir lo menos. Cualquier argentino puede añadirle
sal y pimienta, o edulcorar un poco la cosa, pero casi todos tenemos
esta sensación: estamos culturalmente en retroceso y habría que
hacer algo. Por lo tanto, la primera acción para nosotros, trabajadores de
la palabra, no puede ser otra que analizar la textualidad que
producimos, revisar el papel de los intelectuales en la crisis,
y a la vez imaginar estrategias de lectura que vayan más allá
del dudoso y tan cuestionable canon consagrado por el academicismo
y ciertas mafias literarias. Porque es un hecho que la lectura
se desliza por una peligrosa pendiente: hace cuarenta años se
calculaban 2,8 y hasta 3 libros por habitante/año; ahora bajamos
a sólo 1,2 libros por habitante/año. También por eso, frente al Congreso Nacional se levanta, desde
hace meses, la llamada Carpa de la Dignidad, donde los maestros
argentinos ayunan en defensa de la escuela pública y en reclamo
de un fondo educativo permanente, y resisten también el constante
atentado a la autonomía universitaria y el recorte de recursos
para la investigación. El magisterio en la Argentina es hoy la
reserva moral más grande que tiene el país, herederos del mandato
de Sarmiento, padre fundador de la educación pública obligatoria,
laica y gratuita. El estado de nuestra educación y nuestra cultura es escandaloso.
Más allá de las infinitas manifestaciones culturales y expresiones
artísticas que hablan de la sostenida creatividad de los argentinos,
la política educativa y cultural oficial no ha sabido revertir
el atropello ni el oscurantismo de la dictadura. Los civiles no
tuvieron conciencia -por ignorancia, corrupción o desidia- de
que las semillas horribles de la dictadura iban a germinar algún
día. Por eso la reconstrucción democrática, que lleva ya catorce
años, se concentró en establecer nuevos modelos políticos y económicos,
importantes y necesarios, sin duda, pero también insuficientes,
porque descuidaron la cultura. Y el resultado es que las nuevas
generaciones surgieron y surgen insufladas de politiquería y economicismo,
pero tan incultas. La literatura argentina, es obvio, acompaña el proceso colectivo.
La literatura no está para hacer política, se sabe y se dice,
y suena muy bien, pero la hace todo el tiempo. Y especialmente
en sociedades adoloridas como la nuestra. Pero -primera gran paradoja-
la crisis se expresa sólo en términos de mercado, porque la creación
viene atravesando un período muy rico, yo diría un renacimiento.
Por eso, cuando se habla de crisis literaria, en mi opinión se
falta a la verdad: lo que está en crisis es el mercado, la industria
editorial. Pero no nuestra literatura, que goza de muy buena salud. En el fin del milenio hay tres características fundamentales que
definen la literatura argentina en democracia. Una es la irrupción
de la mujer en nuestra escritura, sin duda. Quiero decir las mujeres
que escriben y lo que escriben las mujeres, cuya producción representa,
hoy, más de la mitad de lo que se escribe y publica en la Argentina
y tiene que ver, sin duda, conel hecho de que en la democracia
hemos recuperado el uso de la palabra. La segunda es que en estos
años nuestra narrativa se ha vuelto menos moralizante y menos
sentenciosa, y se ha ido perdiendo aquel exotismo que fue común
a generaciones anteriores. Y la tercera es la recuperación de
la Memoria frente a la propuesta de Olvido, que es la marca más
fuerte de la tragedia argentina desde 1810 y que determina la
producción narrativa y poética de este fin de milenio. Hoy sabemos que, aun con sus carencias e insatisfacciones, la
democracia es el mejor ámbito para la creación artística, y que
son precisamente las formas las que hacen a la esencia tanto de
la vida democrática como de la creación estética. Es el cuidado
de las formas lo que abre y ensancha espacios en la vida republicana,
para que se expresen todos los discursos pero sobre todo para
que ya no se mate a la gente, no haya censura y el disenso sea
estímulo y no represión. Claro que hay una pregunta sobrevolando: ¿qué obra produce el
artista que es capaz de ignorar las miserias que definen el curso
de la sociedad en que vive? Porque, digámoslo, no hay obra moral
de autores inmorales, como no hay estética valiosa si proviene
de la carencia de rigor creativo. No hay belleza en la ignorancia,
y por eso la cultura popular debe tener un altísimo sentido estético
para que su ética sea valiosa. La democracia y la libertad de expresión, que alientan el proceso
de pérdida del miedo y de recuperación del rol de los intelectuales,
dan sentido a la producción intelectual. Si la tendencia contemporánea
es el pragmatismo, y pragmatismo suele equivaler a olvidos éticos,
nuestra mejor opción sigue siendo resistir con ideales y principios.
Por eso en un país como la Argentina hacer cultura es resistir.
Por eso no nos olvidamos de José Luis Cabezas ni dejamos de reclamar
el esclarecimiento de los atentados contra la Embajada de Israel
y la AMIA y el castigo de los que pusieron las bombas. Los narradores y poetas argentinos sabemos todo esto y, más allá
de las infinitas diferencias que a veces desatan apasionadas polémicas,
por eso escribimos, y junto con críticos, periodistas e investigadores
vamos tejiendo la trama múltiple y compleja del discurso literario
argentino de este tiempo. Un tiempo en el que impera la llamada
estética de la posmodernidad, que es una estética de vértigo y
desencanto en la que la violencia es parte de un paisaje en general
desalentador e insolidario. Las novelas posmodernas prenuncian el apocalipsis y la destrucción,
que parece ser el único destino final de la humanidad. Esa mirada
nos ofrece un novedoso repertorio de paradojas y pesadillas: el
vértigo y el cúmulo informativo que impiden pensar, la fascinación
y el asco que nos produce el horror en nuestras narices, las novedosas
formas de represión que son nuestro neonaturalismo, y la misma
vocación censora de ayer, hoy con maneras más sutiles. Bien ha
sentenciado el guatemalteco Augusto Monterroso: "En el mundo moderno
los pobres son cada vez más pobres; los ricos, más inteligentes,
y los policías, más numerosos". Frente a esto puede parecer ridículo reivindicar el romanticismo,
pero no quiero dejar de pensarlo como arma de resistencia. Sobre
todo ahora que se escucha tanta queja, tanto despotricar contra
el mercado y la pérdida de lectores, hace falta decir que también
cansa y fastidia tanto desaliento. Porque somos muchos, muchísimos,
los que no hemos perdido la esperanza ni bajado los brazos. No
nos resignamos a dejar de soñar con un mundo mejor, no entregamos
nuestro derecho a la utopía, incluso literaria. En estos tiempos implacables, los así llamados "temas nacionales"
parecen desdibujados, gastados por el costumbrismo, y han perdido
vigencia y prestigio literarios al igual que la oralidad como
impronta textual. Pero no ocurre eso con la historia, y mucho
menos con la pasión por reconstruirla, que no deja de ser un acto
del más puro romanticismo. La novela histórica, que está tan en
boga en esta década final en toda nuestra América, y a la cual
he contribuido, está dando pie a nuevas formas de romanticismo
y es hora de reconocerlo así. Aunque los argentinos, a fuerza de fracasos, parece que nos hemos
vuelto indiferentes ante las emociones y nietzscheanamente escépticos
y algo cínicos ante los cambios, creo que hay otro camino posible.
Por lo menos mi generación ha asistido a la débacle del sueño
de la revolución social latinoamericana y a la extinción de los
bienes sociales del peronismo, y es cierto que no es la actual
-la de 1997- la cultura de la democracia que queríamos hace catorce
años, después de tantos y tan crueles años de autoritarismo. La
otrora orgullosa cultura argentina, de la que se ufanaron dos
o tres generaciones de intelectuales, desde Ingenieros y Lugones
hasta Borges, por lo menos, y aún más acá, hoy está en emergencia
como en toda la América Latina. No en retroceso, digo en emergencia,
que es decir en plena batalla. Lejos de toda comodidad agraria,
hoy está con los pies metidos hasta el fondo en el barro de su
propio pasado, de su sexismo, su autoritarismo y sus mitos. Cuando la realidad de una sociedad es sombría, es improbable que
su literatura no lo sea. Y sin embargo, en el caso argentino es
precisamente en la literatura donde cabe el optimismo. Al mío
lo sustento en el simple hecho de que están vivos y escribiendo
más de un centenar de narradores y poetas cuyas obras obligan
a pensar que nuestro discurso literario es en cierto modo un lujo
a contrapelo del mercado. En esta Argentina enferma de humillaciones e inficionada de miedo,
hipocresía, impunidad y eufemismos, la literatura no se detiene
y sigue proponiendo una indeclinable batalla por la restauración
de la ética y los valores que conlleva: honradez, trabajo, solidaridad,
rectitud. Y es que imperiosa, urgentemente, no tenemos alternativa:
la ética es, hoy en día y cara al tercer milenio, realmente lo
único que nos queda y lo único que dignificará nuestra literatura.
Y ése es el sentido mayor de nuestra resistencia. Por Mempo Giardinelli
Un manifiesto por la lectura

Para La Nacion - Buenos Aires, 1997