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El Libro de la Tierra Negra (fragmento)
de Carlos Gardini
Cuando en la Universidad de Bar Han de Israel se puso en marcha el proyecto de informatizar los comentarios acerca de la ley judaica, los programadores enfrentaron un problema. La ley judaica prohíbe borrar el nombre de Dios o destruir el papel donde se lo escribió. ¿Se podía borrar el nombre de Dios de la pantalla de video, los discos, la cinta? Los rabíes reflexionaron sobre la pregunta del programador y al final dictaminaron que estos medios no se consideraban escritura; se los podía borrar. En otras palabras, el texto electrónico es impermanente, blando, maleable, contingente. ¿Dónde está la Verdad en la impermanencia, la blandura, la maleabilidad y la contingencia?
-PAMELA MCCORDUCK, The Universal Machine
Se sintió mejor cuando le arrancaron los ojos.
Así podría olvidar las imágenes que tenía pegadas en la retina. Su mente tartamudeaba palabras que había aprendido en esos días. Tropezaba con la primera letra de esas palabras, las palabras se rompían y él se caía en ellas. Se-caía-en-ellas. Las imágenes le habían producido eu-fo-ria, em-bria-guez, éx-ta-sis. También le habían producido una e-rec-ción. Las palabras eran como un baño protector, pero su mente pronto volvía a quedar desnuda y las imágenes la arrasaban.
Las imágenes eran un rugido: una explosión, un borbotón, un aluvión.
Estaban a un paso pero eran inalcanzables. Esa era la peor tortura: no el dolor sino la lejanía. Las imágenes estaban pero no estaban. Es-ta-ban pero no es-ta-ban.
Oyó pasos y supo que el Protector había entrado en la celda.
Oyó un crujido de tela y supo que el protector había plegado el manto para sentarse. El manto era negro, pero a él ya no le importaba. Le habían arrancado los ojos. Todo era negro, salvo el recuerdo de las imágenes que le habían arrancado con los ojos. El recuerdo era un borrón de luz en la negrura.
-¿Qué viste? -preguntó el protector.
No quería contar porque no quería recordar. Tenía miedo de los recuerdos. Pero también tenía miedo de perder el alma. Si no contaba lo que había visto, iría al infierno y no tendría la recompensa que le habían prometido. Le habían prometido una fortuna en la tierra y una vida en el paraíso. Era mucho más de lo que gente como él podía atreverse a esperar.
¿Qué era él, después de todo? Era una rata del Luctu Al, una basura del Lugar de la Roña y la Carroña, un contaminado. El paraíso no era para los contaminados.
En el Luctu Al se cantaba una canción. El estribillo decía:
No te quejes de estar muerto
que aquí es peor estar vivo.
Era una canción tonta pero todos la cantaban. Él la había cantado desde chico. ¿Por qué no? Cantar era gratis. Casi nada era gratis en este mundo, y mucho menos en el Luctu Al. La canción sería tonta pero era cierta. En el Luctu Al nadie se alegraba de estar vivo.
Y la canción no era tan tonta. ¿Quién se podía quejar de estar muerto? Los muertos no estaban. Si no estabas no podías quejarte. Pero a él le habían prometido que podría estar muerto y estar. Eso era el paraíso. Los muertos no estaban pero estaban en alguna parte. Y si él contaba lo que le habían pedido que contara, iría al paraíso aunque fuera una rata de la Roña y la Carroña.
El Rata no quería recordar las imágenes pero tampoco quería perder el paraíso. Además había hecho un trato con el protector, la información a cambio de la salvación. Un trato era un trato, aun en el Luctu Al.
Trató de recordar sin imágenes. Sólo palabras, aunque se tropezara con ellas.
Recordó.
Era extraño. Sin ojos, los recuerdos se volvían más nítidos. Su memoria era un túnel. Por el túnel desfilaba su vida.
Lo llamaban el Rata.
Era una a-li-ma-ña, un-a-ni-mal-ve-ne-no-so. Las imágenes vinieron detrás de las palabras, pero eran más vaporosas. Podía soportarlas.
Era una rata. Se lo habían enseñado desde chico. Era la basura de la tierra. Cientos como él se arrastraban por los túneles y corredores del Luctu Al, el Lugar de la Roña y la Carroña. Vivían en la oscuridad, entre paredes de piedra húmeda y mugrienta, entre máquinas oxidadas. Las paredes parecían vísceras, las máquinas parecían cosas mal digeridas. Los habitantes del Luctu Al morían de hambre, frío y fiebre. Morían como todos, pero más pronto y de peor forma. Vivían a golpes, y a veces morían a golpes.
¿Quiénes eran los habitantes del Luctu Al? Eran los hijos de los festivales, los hijos de los que no se habían ido, los hijos de los hijos del Tiempo de la Locura.
El Rata era todo eso, y también un sobreviviente. Por eso cantaba canciones tontas que no eran tan tontas.
En la oscuridad -no la oscuridad de la celda, sino la oscuridad que él mismo había pedido a gritos, la oscuridad de su ceguera- el Rata recordó que los hijos de los festivales también cantaban otra canción y la tarareó.
El árbol llegará
-desde lo oscuro
-desde los siglos
-desde la noche.
El árbol llegará
-será negro
-será piedra,
-será nervio.
Era otra canción tonta que cantaban todos, una canción con ritmo de mambo. Nadie sabía de qué árbol hablaba, y cualquiera sabía que un árbol no era piedra ni nervio. Pero el Rata había pasado la vida cantando las dos canciones.
Además de cantar, había peleado, robado y matado. A veces había cantado mientras peleaba, robaba y mataba. Así se sobrevivía en la cloaca del mundo.
El Rata sobrevivía gracias a una habilidad especial, pero no lo sabía. El Rata no sabía que era muy especial, y que por eso la policía eclesiástica lo había buscado y descubierto.
El protector había pedido que descubrieran a una persona que tuviera precisamente una habilidad como la del Rata. Ningún hombre cristiano y piadoso podía tenerla, sólo un contaminado, sólo un hijo de los festivales, sólo un habitante del Luctu Al.
Andrés O'Bardo La Tour, protector de Teodor-poli, era por definición un hombre cristiano y piadoso. Y en nombre de Cristo y la piedad necesitaba a un hijo de la inmundicia.
[...]
-¿Qué viste? -preguntó de nuevo el protector.
El Rata no quiso hablar. Andrés O'Bardo La Tour le mencionó el paraíso que le habían prometido.
El Rata no quería recordar, pero pensó a los tropezones: «In-fier-no, in-fier-no, in-fier-no». Si recordaba no habría más golpes, no habría más roña y carroña. Recordó. Sentado en la celda, oyendo el canto de la Biblia electrónica, contó lo que podía contar, lo que podía decir en palabras.
Las palabras no decían mucho.
-Nunca tan lejos -dijo el Rata-. Nunca tan cerca del árbol que vino de la noche.
Andrés O'Bardo La Tour insistió. El Rata trató de contar, trató de recordar sin imágenes.
Había seguido los brazos tentaculares del objeto que estaba en el centro de la Tierra Negra. Había andado por los corredores y túneles donde los descendientes de cien festivales y cien operaciones fallidas vivían en nichos mugrientos, protegiéndose de la policía eclesiástica y de los otros habitantes del Luctu Al. En el Luctu Al, cada amigo era un enemigo.
El Rata había llegado al límite del Lugar de la Roña y la Carroña. Había llegado a una playa de piedra que bajaba hasta el Aidemí, el río subterráneo que indicaba el linde del Luctu Al. Nadie se acercaba tanto a ese río, porque su mero fragor causaba espanto. Pero a nadie le habían prometido tales recompensas por acercarse. El Rata había llegado a las orillas de las aguas negras cuyo canto resonaba en el Luctu Al. No oía ese canto. Oía los trinos y gorjeos de la Biblia electrónica. Se divertía leyendo las letras, aunque no las entendía. Pero entendía el canto de la Biblia.
En la otra margen había una extensión de roca, similar a la de esta orilla. La configuración de roca se ahusaba en una bóveda inmensa que se perdía a lo lejos. En esa lejanía estaba la fuente del Aidemí, que se originaba en algún cerro lejano, se despeñaba en un cauce subterráneo, bordeaba el Luctu Al viboreando como una serpiente negra y desembocaba al fin en el puerto, en la gran bahía de Teodor-poli.
El Rata supo que no podía ir más lejos. Habría necesitado una embarcación para navegar corriente arriba.
Pero la falta de embarcación no era el único obstáculo.
Corriente arriba, en el fondo de la negra bóveda de roca por donde corrían las negras aguas, brillaba una luz.
Era la luz de un objeto. Era una luz oscura. El Rata, que tan bien entendía los objetos, habría querido no entender éste.
De pronto había oído la música de ese objeto que era un árbol pero no era un árbol.
Un fogonazo lo había tumbado.
Y había visto.
Había visto algo que no podía describir con palabras. Una luz que no era de este mundo.
-Dientes -dijo el Rata-. Dientes, dientes, dientes de luz.
Y había oído.
Había oído el canto del árbol.
-Chispas -dijo el Rata-. Chispas, chispas, chispas de ruido.
Había recibido un ramalazo de imágenes y música, y había entendido por qué nadie podía acercarse. Había abrazado la Biblia electrónica, pero sólo le importaban las imágenes y la música.
Y ahora, en la celda, veía y oía algo que no era de este mundo. Susurró como si cayera en éxtasis. Andrés O'Bardo La Tour lo sacudió con impaciencia.
-¿Qué es lo que viste y oíste? ¿Qué es lo que viste y oíste? -repetía al oído de ese hombre ciego que antes llamaban el Rata y ahora hablaba como un santo.
-Ver y oír, ver y oír, ver y oír -había chillado el Rata-. Vi y oí la música que viene de las estrellas, la música que viene del cielo, el olor que viene de lejos, la visión que viene de adentro. Vi y oí y palpé todo eso, pero no quiero recordarlo. No estaba hecho para mis ojos ni mis oídos.
-¿Podría estar hecho para los míos? -preguntó el protector.
El Rata se echó a reír.
Clavó en el protector las cuencas vacías, como si aún pudiera verlo.
-Es la música y la visión de los que se fueron, de los que buscaron, de los que encontraron. Lo han enviado a través de los siglos para que nosotros también viéramos.
-¿Nosotros?
-Todos nosotros. -Y el Rata añadió, concentrándose para evocar una vieja imagen-: Es lo que había anunciado Omar.
-Omar -escupió el protector.
-Hace años que Omar anunció la música y la visión.
Omar, pensó el protector. Supuso que sería alguno de esos falsos profetas que iban y venían entre los contaminados, vendedores de baratijas. Prefirió no preguntar, porque sabía que cualquier cosa podía distraer al Rata, y después sería irrecuperable.
-La música y la visión -repitió, mordiendo las palabras.
-Pero no cualquiera puede ver ni oír -dijo el Rata-. Sólo un contaminado no contaminado podría ver.
-¿Qué significa eso?
-Sólo un contaminado, un hijo del Luctu Al, pudo ver y sentir lo que yo vi y sentí. Pero ahora no aguantaré. Me tropiezo con las palabras, pero las imágenes me están ganando. No tengo ojos, pero no puedo dejar de verlas.
El Rata rió una vez más. Ya no parecía un santo sino un borracho.
El protector hizo un gran esfuerzo de voluntad para dominarse. Toleraba las insolencias de ese hombrecito porque quería averiguar más y no le importaban su honor ni su título. Sabía que era una imprudencia, pero recordó las palabras de Saúl: «La prudencia no es virtud cuando se busca la verdad».
-No sé de qué estás hablando -dijo.
-Yo tampoco -dijo el Rata-. No quiero recordar más. De qué sirve recordar si no puedo resistirlo. De qué sirve resistir para quien no puede ver.
-¿Quién podría ver? -insistió Andrés O'Bardo La Tour, el conquistador, el héroe del ayuno, el que había leído siete mil veces los Siete Evangelios y ahora erraba por el desierto de su alma desnuda, enojado consigo mismo porque envidiaba a un hijo del Lugar de la Roña y la Carroña, un don nadie, un excremento, una alimaña, la escoria de la humanidad, un ciego. Pero el ciego había visto.
¡El ciego había visto!
Al hacer la pregunta, Andrés O'Bardo La Tour intuyó la respuesta. La intuyó pero no se atrevió a decirla. Quiso que otro la dijera por él.
-¿Quién podría ver? -insistió.
-El mensaje es para todos, pero sólo un mestizo puede entender y resistir -dijo el ciego.
-¿Mestizo? -repitió Andrés O'Bardo La Tour, negándose a admitir que sabía lo que sabía.
-Un mestizo de contaminado y no contaminado. ¿Quién más? -dijo el ciego, la rata, la alimaña.
Andrés O'Bardo La Tour hizo una mueca. La sola idea era repulsiva: el contacto entre un ser humano normal y un hijo del Luctu Al.
-Ese ser no existe, no puede existir -dijo el protector.
-Claro que no existe, pero espero que exista -dijo el Rata. Ya no pensaba en la fortuna que le habían prometido, ya no pensaba en el paraíso.
Ya había tenido todo el paraíso que podía resistir-. De lo contrario, ay de nosotros.
-Sería una aberración -dijo el protector.
-Sería el enviado -dijo el Rata.
-¿El enviado de quién?
-¿Qué importa? -dijo el Rata, que nunca en su vida había hablado con tanta claridad-. Lo que está lejos está cerca. No quiero recordarlo.
El árbol de la Tierra Negra era un árbol y era una máquina. El Rata había oído la música de esa máquina, y cuando oyó la música las imágenes se le pegaron a las retinas. Ahora entendía que también se le habían pegado al cerebro. Y pidió, rogó, suplicó que le arrancaran el cerebro pensante. Quería ser un vegetal. Ya no tenía miedo del infierno ni le importaban las promesas que le habían hecho. Sólo quería borrar el recuerdo.
El protector amenazó para saber más, pero no le sirvió de mucho. ¿Cómo se podía amenazar a un ciego que quería ser un vegetal?
Pidió que se respetara la voluntad de ese hombre. Ordenó una lobotomía.
-Os-cu-ri-dad -dijo el Rata.
Murmuraba. Se babeaba. Abrazaba la Biblia electrónica que le habían regalado. Tarareaba la música, que le parecía graciosa y era su único consuelo. Contaba su vida en el Luctu Al. Explicaba lo que se sentía al tropezar con las palabras. En su cabeza rugían dientes de luz y chispas de ruido.
-En-sor-de-ce-dor -dijo el Rata.
Se sintió mejor cuando le arrancaron el cerebro.
fragmento de "El libro de la Tierra Negra", publicado por Ediciones Tierra Buena, 1993. © Carlos Gardini
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