Sobre
Sinfonía Cero
de Carlos Gardini
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Roberto Delgado, La Gaceta de Tucumán, 28/10/1984
Carlos O. Antognazzi, El Litoral de Santa fe, 5/5/84
Elvira Orphée, La Nación, 24/6/1984
María Adela Renard, La Prensa, 17/6/1984
Miguel Briante, Tiempo Argentino, 3/6/1984
Roberto Delgado, La Gaceta de Tucumán, 28/10/1984
«No hay que dejarse llevar por la lógica aparente de las cosas, sino por su lógica profunda», afirma exquisitamente uno de los personajes de este libro, definiendo quizás de manera precisa la actitud estética, existencial y lúcida que el autor tiene hacia la literatura. En efecto, lo primero que salta a la vista tras la lectura de este libro de cuentos -que comprende una novela estructurada en relatos encadenados y una primera parte de breves y disímiles narraciones titulada Días felices- es un aparente resquebrajamiento del esquema realidad-ilusión (precisamente la pizca esencial de lo fantástico) tratado de diversos modos por Gardini. En Sinfonía Cero -la novela- lo concreto se quiebra cuando una niña, Teresa, penetra en lo fantático al encontrar una entrada a la Llanura, una nueva dimensión con un paisaje diferente que se llenará con gente venida del mundo real. Por lo general, las anécdotas ocurridas, salpicadas de una ambigüedad constante, rozarán lo extraño y lo cómico en narraciones de lenguaje cuidado y preciso. Si bien ambiguo, el relato no resulta, con todo, demasiado raro, porque ese manejo del lenguaje de Gardini, más la familiaridad de situaciones y actitudes de los personajes generan una «alucinación» o «paisaje mental objetivo», como se señala en uno de los capítulos que sirve para analizar la sicología del individuo aislado e imposibilitado de entender el mundo, arbitrario en su orden, caótico en su desarrollo. «Nuestra moral es incapaz de percibir la belleza del Universo», se señala en el capítulo 7. El autor construye una dimensión diferente en donde los individuos, con una lógica extraña e irrefutable como la de los cuentos infantiles, se dedican frenética y tozudamente a actividades que representan sus ansiedades, sus frustraciones, su interior, en suma.
La otra parte del libro, aunque con relatos de diferente textura, también está impregnada de la sensación de aislamiento individual frente al caos, en especial el excelente cuento «La memoria secreta», en donde los conceptos existenciales del yo y del otro, la alienación, los símbolos del inconsciente y la eternidad, como el mar, cobran cuerpo como materia unificadora del tema de todo el libro.
En otros casos esa actitud no es tan transparente, sino más bien estética, como en «Pelusa», «Intersección» o «Inútil presentarse sin estas condiciones», en los cuales el cambio de situación de los personajes, ya sea físico o mental, interno o exterior, brusco o paulatino, encierra también un simbolismo del inconsciente a través de la animalización (física en «Intersección», mental en «Pelusa») que implica una regresión y una muestra de las fobias y traumas de los personajes.
Inútil sería rastrear la variedad de influencias que se puede detectar en Gardini (un lector avezado lo relacionaría con Unamuno y también con Ray Bradbury, por ejemplo), pero salta a la vista en algunos relatos una similitud con la actitud lúdica de Julio Cortázar.
El autor tiene, además, un estilo variado y ameno, lleno de alusiones cotidianas y de remembranzas que hacen que las pequeñas cosas de nuestra cultura (como el cuento «La Fortaleza de la Soledad», en donde un niño se encuentra naturalmente con Superman). También campea en sus escritos el humor directo y la ironía sutil que complementan la seriedad de la filosofía expuesta directamente o connotada en todo el libro.
El mismo Cortázar (en su ensayo «Acerca del cuento»), afirma que un relato es bueno cuando despliega una determinada cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan en el autor (y más tarde en el lector) hasta el punto que un «vulgar episodio doméstico» se puede convertir en un «resumen implacable de cierta condición humana». Y lo que Gardini escribe cumple ampliamente con estas condiciones.
Carlos O. Antognazzi, El Litoral de Santa fe, 5/5/84
Lo cotidiano mostrado con alucinantes brochazos de horror y poesía a la luz constante de la fantasía. Tal la narrativa de Gardini.
El libro se divide en dos partes: la primera, «Días felices», consta de seis cuentos; y la segunda, «Sinfonía Cero», una primera incursión en la novela corta.
Con esa característica kafkiana en sus personajes y climas, Gardini mantiene la constante de sus libros anteriores, si bien el buceo en el inconsciente humano aquí se profundiza. Con esta nueva propuesta sondea más allá del inconsciente y del mundo conocido, para sumergirse en universos paralelos infinitos y reales en el plano de las probabilidades, como el mismo autor sugiere.
Aquí Gardini muestra a la mente humana, enferma y agobiada por una realidad que muchas veces escapa de las manos y de la lógica, logrando fundirla plásticamente con alucinantes viajes a través del inconsciente, siendo impactada por lo mágico y lo fantástico, que asoman a cada paso envueltos y tamizados por la cotidianeidad que aún los ilumina, como un último esfuerzo ante la inevitable caída en las profundidades abismales de la imaginación y el delirio. De esta manera lo cotidiano cobra un nuevo sentido, una nueva forma bajo nuestra muda mirada: evoluciona más allá de lo permitido por la lógica y es penetrado con profundas estocadas por lo feérico y lo onirico, provocando una mixtura muchas veces imposible de ser nuevamente disgregada en sus elementos primigenios.
Pero estas incursiones no provocan un choque o cambio brusco en el mundo conocido, sino que por el contrario se amalgaman lentamente, se van generando con alguna que otra sugerencia, de tal forma que lo que originariamente fue una dualidad se pierde dando paso a una estructura única, como en el caso del excelente cuento «Intersección», semejante por la depuración del estilo y la redondez de su conformación al conocido «Continuidad de los parques» de Cortázar. En esta primera parte del libro también merece especial atención el relato «La memoria secreta», en donde los personajes carecen de identidad concreta para vivir fluctuando en medio de un «océano mental» que los envuelve y satura. Y todos ellos, siguiendo su camino sin realmente poder luchar contra la adversidad del destino, como simples y frágiles marionetas doblegadas, destruidas y vueltas a construir una y otra vez con insólitas y grotescas formas, delirantes resabios de la imaginación fructífera y dolida de Gardini.
Entonces llega la segunda parte del libro y el lector asiste al fabuloso descubrimiento de un nuevo mundo, «que se extiende a lo largo y a lo ancho del universo: es una gran extensión plana, paralela al resto del universo, que es curvo. Esto es una paradoja, o un disparate, pero quizá no haya otro modo de describirlo».
Este nuevo e insospechado mundo es la «Llanura», extraño lugar primigenio, que «está al alcance de cualquiera: todos intuyen la Llanura pero muy pocos se atreven a entrar», y en donde para poder hacerlo «hay que ser muy valiente, o muy sagaz, o muy mediocre, o muy tonto, o muy tímido o muy cruel».
Es en este paraíso de arena en donde se hacen realidad las fantasías más extravagantes, en donde se llega a palpar la eterna cotidiana búsqueda del hombre («Había buscadores en la Llanura. Algunos buscaban oro, petróleo, diamantes. Otros buscaban dinero, o la piedra filosofal, o mujeres. O un sentido en la vida, o una visión de Dios...»), o donde se hace notar esa constante humana que es la guerra (porque, como dice uno de los personajes, «usted sabe, la guerra está en todas partes...»), o donde encontramos llevados al límite todos los factores humanos que nos caracterizan y marcan de una forma determinada. Así, el lector va accediendo a un mundo alucinante, en donde la presencia humana comienza a desequilibrar ese delicado punto medio que poseía la Llanura, para irlo transformando, consciente o inconscientemente, en una visión más de nuestro devastado y torturado mundo real, éste de acá, el que pisamos todos los días, hasta llegar a la consiguiente saturación («los pasajeros quedaron decepcionados cuando vieron qué era la Llanura. Esperaban un lugar alegre, o un lugar triste, o un lugar imponente, o un lugar tranquilo, o un lugar con cielo, o una llanura con pasto»), y al previsible abandono, pero dejando no obstante abierta una posibilidad, una débil pero cierta esperanza, un mojón luminoso en el camino, en el último capítulo, «Coda».
De esta manera, cada capítulo, cada imagen, es una faceta más de las infinitas que nos rodean, pero enriquecida y aumentada hasta el delirio por esa magia que nos envuelve y que también llevamos dentro, en esta ínfima y frágil cáscara que llamamos cerebro.
Elvira Orphée, La Nación, 24/6/1984
Gardini es un recién llegado a la literatura (al menos a la publicada). En 1982 recibió el primer premio del concurso de Cuento del Círculo de Lectores, entre contendientes de más edad y ya renombrados.
Según la contratapa, este libro tiene dos partes: una formada de cuentos, y la última, construida como una nouvelle. Diría que lo único que fundamenta llamarla nouvelle es que todos sus sucedidos ocurren en la Llanura, el extraño sitio de la irrealidad o, tal vez, de una dimensión paralela, descubierto una tarde por una niña de nueve años. Allí van llegando sus pioneros y sus exploradores, cada uno con una historia distinta, que sólo ocupa un capítulo. Por ello, más que partes de una nouvelle, tales fragmentos pueden ser muy bien llamados cuentos. la elección queda librada al juicio del lector.
El cuento, o capítulo, titulado «Los pioneros» deja también al lector la elección de sus sentimientos, divididos entre un humor amargo y una tristeza de fatalismo. Pero en esta duda sobre lo que se debe experimentar está toda la maestría del narrador, que lo condujo a ese punto. En cambio, en el tercer cuento, «Los buscadores», la conclusión a que es conducido se muestra clara: somos transeúntes junto a nuestras metas. El mundo paralelo de la Llanura se presenta aquí como una metáfora del nuestro: unos buscan oro o diamantes, otros, un sentido de la vida o a Dios. Pero: Los que buscaban oro encontraban un sentido de la vida, los que buscaban una visión de Dios encontraban diamantes». Los enamorados, que van a la Llanura para estar aislados, llegan a puntos diferentes y, en sus viajes dentro de ella para encontrarse, se cruzan siempre.
El quinto cuento puede ser tomado con risa, sobre todo porque se trata de una hipotética situación en el manejo de las noticias que todos, creo, hemos imaginado alguna vez. El vendedor de diarios, que los da viejos o recientes según sus simpatías y fantasías, hace creer en inflación vencida, en ablandamiento de la censura o en dureza, según el caso.
De deslumbrante conclusión es «Para comer el fruto prohibido». Por el invento de una máquina que permitirá el acceso a la Llanura a los que por sí solos no poseen el poder de entrar, un ingeniero, en su explicación, llega con sus matemáticas a una profundidad que un teólogo no alcanza.
«El eremita» cuenta la capacidad del desierto puro para exasperar el amor en el amante, como exaspera el sentimiento de Dios en el anacoreta.
En capítulos (cuentos) siguientes se habla del todopoder de la abstracción y de cómo nuestra capacidad para realizarla resulta «un indicio de que el universo aún nos tolera».
Los seis restantes capítulos siguen siendo una muestra de inteligencia, de fantasía, de capacidad de pensamiento y de sátira.
En la primera parte del libro, la de los cuentos indudables, «Días felices en Tiempomuerte» transcurre en un escenario que, si espacialmente puede tener varias sedes, temporalmente está situado en el más intenso hoy. «La Fortaleza de la Soledad» demuestra que la gama de temas del autor puede hacerlo transitar fácilmente por la realidad como por la imaginación.
Sin embargo, diría, esta primera parte no iguala la calidad de la segunda, donde es bello el lenguaje, bellas las fantasías, bellísima su lógica inspirada.
María Adela Renard, La Prensa, 17/6/1984
El contenido de este libro consta de dos partes: en la primera, con el título de Días felices se reúnen seis cuentos y la segunda está constituida po una novela corta, Sinfonía Cero. Finalizada la lectura, comprobamos que el material narrativo nace de una percepción peculiar de sucesos cotidianos invadidos por lo inexplicable o lo inadmisible. Ello nos recuerda, por tratarse de literatura fantástica, que en esta categoría se destruye el orden reconocido debido -según Roger Caillois- a «una irrupción de lo inadmisible en el seno de la inalterable legalidad cotidiana».
Carlos Gardini, nacido en Buenos Aires en 1948, obtuvo con «Primera línea» en 1982, el primer premio en el Primer Concurso de Cuento Argentino del Círculo de Lectores. Su escritura recoge mediante un texto sugestivo la vacilación ante los hechos que originan lo fantástico y los efectos de causas que huyen de nuestra comprensión. En muchos casos recompone situaciones de seres marginados, destacando los vicios y crueldades de la masificación y el poder despótico.
«Días felices en Tiempomuerte», uno de los cuentos, registra la experiencia de un periodista especializado en documentales sobre las revoluciones latinoamericanas, durante una visita a un país indeterminado, acosado por el terrorismo y sometido a una cúpula militar. Este poder, aliado a un movimiento separatista ideológicamente ambiguo, aspira a constituir «un nuevo país» abjurando de la democracia, cuyos regímenes considera utópicos y corruptos, mientras se pronuncia en favor de una sociedad uniforme, militarizada y dirigida hacia la autoanulación del individuo en aras de una causa trascendente. Al filmar ejecuciones, discursos, combates, interrogatorios, etcétera, el periodista asiste al crecimiento de un «abismo de dolor» que no encarna en él, ya que se le proporciona la copañía de una mujer que lo aleja de la realidad.
Por otra parte, «La memoria secreta», narrado desde el punto de vista del protagonita, víctima del suministro de una droga que anula en buena medida su identidad, refiere el proceso interior del personaje para evadir una «reeducación» que pretende insertarlo en otro marco de referencia. Al resistirse a esa violación psíquica, comprueba que «nada es más difícil que romper la pared invisible que nos separa de la realidad».
La adhesión de diversos grupos de gente a lo convencional y mediocre demuestra en Sinfonía Cero los distintos grados de capacidad para acceder a una zona concebida como «extensión pura, incorrupta». Este espacio inédito que el autor designa «Llanura» desafía a la imaginación e inteligencia de cada hombre para que se libere y demuestre sus condicones «para crear paisajes mentales objetivos y habitables».
Cabe aún advertir que todos los textos de esta obra, que ubica a Carlos Gardini entre nuestros buenos narradores, exponen, desde diferentes estructuras, la eterna contienda entre Eros y Thánatos, y la perseverancia o negligencia en la conquista de la identidad desde la siguiente convicción: «Nada tiene la solidez que creemos. Somos partículas de un océano en movimiento. Ese océano es mental».
Miguel Briante, Tiempo Argentino, 3/6/1984
Carlos Gardini, que nació en 1948 en Buenos Aires, publicó antes de éste dos libros: Mi cerebro animal (1983) y Primera línea (1983). El cuento que da título a ese segundo libro mereció el primer premio en el Primer concurso de Cuento Argentino del Círculo de Lectores. No era malo: oportunamente pegado a la guerra de Malvinas, desarrollaba, en una prosa no demasiado deslumbrante pero casi necesaria, una alegoría atroz. En eso, en la alegoría, ahora se ve, está el peligro de Gardini, descendiente de los mejores escritores de ciencia-ficción. Sturgeon y Ballard campean en este escritor que ha sabido eludir las fantasías científicas de ese gran narrador que es Adolfo Bioy Casares, más casero, más de acá.
En la alegoría está la dificultad, porque el lector puede aburrirse con la mecánica de cuentos como «Días felices en Tiempomuerto», título nada feliz que ya indica cierta puerilidad inicial, cierta intención manifiesta. «Desde la galería elevada -escribe, y no mal, Carlos Gardini- el polemarca de Tiempomuerto me señaló a los condenados como urgiéndome a no perder ningún detalle de la escena. Mientras yo seguía con la cámara a los reos y al pelotón, que marchaba al ritmo de los tambores en el patio de piedra del Palacio de Gobierno, el polemarca alzó los ojos al cielo nublado y comentó que era un día óptimo para una ejecución». Esa monótona aproximación a un mundo inventado que remite constantemente a un mundo osible -y tan inmediato que uno se pregunta por qué no se lo cuenta directamente, ya que ese mundo existente empobrece, por presencia, la invención-, envuelve a Gardini y el cuento se alarga inútilmente.
Otros cuentos vendrán, sin embargo, a hacer de este libro una red narrativa que vale la pena conocer. «Intersección» -donde también molesto un poco lo alegórico- se interna en una ciencia-ficción más introspectiva, y el narrador sale con dignidad de la trama metafísica. Hacia el final, Gardini se interna ambiciosamente en la construcción de una mitología propia -la Llanura- y el resultado es interesante y poético. Los límites de esa Llanura (que hace recordar a las arenas de Ballard) son improbables, lo que permite narrar esos límites, también. Curiosamente, Gardini se revela como un gran narrador sin recurrir a la ciencia-ficción. Hay un cuento, «La Fortaleza de la Soledad», que seguramente, al decir de Borges, las futuras generaciones no querrán olvidar.
La Fortaleza de la soledad
cuento de "Sinfonía Cero"
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