Carlos Alberto Gómez, La Nación, 5/8/84
La idea de tomar un ámbito determinado como escenario único de la acción novelesca, de manera que ese ámbito venga a ser un orbe cerrado, una representación reducida del mundo, no es ciertamente nueva. En su más reciente libro, Juegos malabares, Carlos Gardini también la utiliza y confiere al lugar elegido, un parque de diversiones, características especiales -fantásticas o extrañas- que corresponden a una muy particular visión de la realidad, una realidad, diríase, interior, metafísica.
Bajo la apariencia de cuentos independientes, cada capítulo del libro narra una historia diversa pero secretamente ligada a todas las otras. Por su parte, los personajes son distintos en cada caso y aunque algunos de ellos reaparecen más de una vez en la mención o la alusión sólo uno, el de Celina, es una presencia visible u oculta a todo lo largo de la narración, que la muestra desde su soledad inicial hasta su misteriosa transmutación final. Los restantes protagonistas -como corresponde tal vez a la fauna humana de un lugar semejante- son, sin excepción, marginales o monstruosos: un idiota, la "mujer más pequeña del mundo", un extraterrestre con su nave espacial, un enano cargado de odio, un grupo de motociclistas homosexuales, el Hombre-Bala que, lanzado cada vez más alto por el cañón, sueña con "perderse en el universo". Otros, aun, son artefactos animizados, como el Pulpo, o la Esfinge, irrisoria forma actual de la de Tebas. En medio de ellos, los "Héroes de guerra", los adolescentes que en las islas del Sur, entre batalla y batalla, murieron "de hambre y frío durante la espera", parecen más tiernamente humanos en su desamparo, mientras se sienten mirados desde el parque de diversiones -el mundo- y saben que no pueden escapar de su prisión helada.
Ese parque, ese mundo, visto a través de los ojos de Gardini, se muestra a la vez estrafalario y absurdo, amoral y dañino y ya las visiones que depara "la máquina para ver la vida color de rosa" (sólo hay que insertar una ficha en la ranura) parecen un muestrario de posibilidades negativas (¿las que depara la misma vida?). No más positivos, aunque sí extrañamente lúcidos, son los seres que manejan los juegos o demabulan entre ellos: el "Muerto que habla" resume la suprema alienación de lo distinto en medio de lo cotidiano y vulgar, y el idiota de "Una tarde en familia" resulta más cuerdo que los que a sí mismos se llaman cuerdos. Otros, en cambio, sueñan sueños monstruosos y quieren abarcar -a la manera del Jueves chestertoniano- el universo entero. En el cuadro de esas fantasías a menudo delirantes el Pulpo terminará por absorber en sus giros todo lo existente; los ejercicios de un malabarista serán -nada menos- una patética alegoría de la Creación y el malabarista, es claro, el mismo Creador indiferente y desdeñoso; el "Tren fantasma" desembocará en una Estigia llameante de placeres y horrores y la estupidezhumana tendrá su monumento en el "Mausoleo de la Imaginación", un inmenso recinto vacío que cuando el fuego destruya el parque, será lo único que de él permanezca en pie.
Juegos malabares muestra una imaginación fantasiosa y de tono a menudo apocalíptico, transida de poesía. Si su versión del mundo es descreída y hasta amarga, también es irónica e ingeniosa: la visión de Gardini parece capaz de horadar máscaras y misterios pero también de detenerse en lo circunstancial y anecdótico, en lo pintoresco o cotidiano; así quiebra, una y otra vez, intencionadamente, el indeseado clímax. En sus relatos -o novela- cada gesto, cada ocupación aparente oculta otras, mucho más significativas. De parecida manera, el recinto -o los diversos recintos- del parque de diversiones, no obstante su vulgaridad chillona, parecen siempre querer adquirir, como el Aleph borgiano, dimensiones gigantescas, metafísicas.
Rica en sugestiones, la cuidada prosa de Gardini desdeña las deformaciones al uso y conserva ante el horror o lo increíble el tono imperturbable que enseñó el maestro de Praga. Si a veces sus metáforas se hacen un tanto evidentes, no son por eso menos bellas.