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Cerebro animal

Sobre
Mi Cerebro Animal
de Carlos Gardini

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Carlos Roberto Morán, La Capital (Rosario) 18-9 1983

Jorge Urien Berri, Criterio, 28/7/1983

Jaime Potenze, Gaceta de Tucumán, 7/8/1983

Luis F. Núñez, La Nación, 17/7/1983

Haydée M. Jofre Barroso, Nueva Provincia, 16-10-83

Marcelo Figueras, Sinergia, 1983


Carlos Roberto Morán, La Capital (Rosario) 18-9 1983

Ciencia ficción, ficción fantástica. Ubicados a medio camino entre ambas vertientes de un género que es en sí mismo impreciso, pero que apela a la imaginación del hombre y que sirve de tanto en tanto como prábola o reflexión sobre la vida, el reaparecido sello Minotauro termina de publicar Mi cerebro animal de Carlos Gardini y Aguas salobres del uruguayo Mario Levrero. Además sudamericana editó del español-uruguayo-argentino Marcial Souto Para bajar a un pozo de estrellas. Hay ligazones entre los autores citados. Por de pronto Souto es director de la revista Minotauro, que ha reaparecido con material de calidad. Gardini y Levrero tienen mucho que ver tanto con esa publicación como con la divulgación del género en el Río de la Plata. Gardini, un excepcional traductor del inglés (lo de excepcional va por nuestra cuenta y riesgo, y convicción) accedió a una cierta consideración del público al ser el ganador de un certamen de cuentos del que participaron 2.700 escritores, nada menos. Mi cerebro animal lo muestra como un autor que avanza en el texto a partir de disímiles temáticas, aunque la guerra (su costado absurdo y grotesco) sea una de las constantes, cuando no la violencia "animal" y gratuita. Gardini aborda el texto sin acudir a la grandilocuencia, dejando que sea lo que enuncia aquello que se constituya en lo arduo, difícil o imposible de admitir. Preferimos el Gardini sardónico que nos habla de los teatros de operaciones, aunque eso no quiere ser desvalorizador del otro autor, el que confunde los planos de la realidad, o para decirlo de otra manera, muestra de qué forma esos planos de la realidad pueden confundirse ("Continuado", "Travesía"). Hay cuentos donde también campea el horror (especialmente en "El discípulo"). En todos ellos Gardini se muestra como un autor importante, ya lanzado a ese ámbito privilegiado donde "los pocos" gestan sus mundos intransferibles.


Jorge Urien Berri, Criterio, 28/7/1983

Con distintos enfoques y recursos técnicos atinados, Gardini aborda el tema de la violencia en la mayor parte de estos ocho relatos. El autor, que el año pasado obtuviera el primer premio en el Primer Concurso Argentino del Círculo de Lectores, recorre el espectro de la violencia individual, del estado, bélica y psicológica, valiéndose de la ficción especulativa, de las formas de la literatura fantástica y del realismo psicológico, Un conflicto colonial es el punto de partida de "Escalada", donde algunas parodias estilísticas recuerdan las piruetas semánticas del lenguaje oficial argentino durante el conflicto de las islas Malvinas. En el relato, una nueva arma, el bombardeo psi o bombardeo de sueños lleva la aniquilación al máximo refinamiento. Pero la combinación de Io onírico con la tecnología bélica tendrá las consecuencias imprevisibles que el aulor presenta en el mejor estilo del final sorpresivo. La violencia tiene en estos relatos una dinámica autónoma que deja a los hombres un mínimo de libertad, a veces para ejercer violencias parciales Cuando el cuento está enfocado desde quien padece la agresión, como en el caso de la catástrofe nuclear de "Travesía", hay pleno margen para que el sufrimiento se convierta en una ascesis que culmina en una forma de vida diferente. La lucha como represión encubierta -"Perros en la noche"- o como guerra desenmascarada contra la subversión -"Teatro de operaciones"- se convierte en un fin en sí misma que al margen de todo ideologismo da sentido a la violencia de quienes la ejercen y quienes la sufren. Distinto es el caso de la violencia que no puede llegar direclamenle a los demás y que se canaliza por el camino. de la autoagresión en "Continuado" o que logra sublimarse cuando se contempla el crimen ajeno en "Discipulo". Se completa así el panorama de esa agresión instintiva que, desde el cerebro animal que conservamos como vesligio de la evolución, trasciende el rito y se institucionaliza cuando es sustentada por el raciocinio que nos permile hablar de "mi" cerebro animal. Sólo dos relatos escapan a este tema para proponer, en "Fiat mundus", las sucesivas creaciones de nuestra realidad, y la búsqueda del origen en un mundo impredecible en "Fases" El escepticismo y una sutil deshumanización, sin embargo, revelan su identidad con los demás relatos.


Jaime Potenze, Gaceta de Tucumán, 7/8/1983

Hay más de un evolucionista que sostiene que el hombre todavía no ha alcanzado su madurez, algo a nuestro juicio fácilmente comprobable con sólo contemplar los desaguisados que se han repetido a lo largo de la Historia, y que cada vez demuestran mayor capacidad para el mal. En materia literaria los escritores han ido involucionando al compás de los acontecimientos externos, lo que tiene cierta lógica, y por ello la irrupción del elemento caótico ha derivado en un afianzamiento. Si bien la gran mayoría silenciosa que prefiere los clásicos o los modernos coherentes sigue preponderando, cada vez son más abundantes las muestras distorsionantes, en fondo y forma. Es indudable que Carlos Gardini se ha enrolado con entusiasmo entre los que podríamos llamar los terroristas de la literatura, sin que esto implique una connotación política. Sus cuentos, como él mismo lo anuncia desde el título, están escritos desde esa parte del cerebro que no ha sido tocada por la evolución, lo que no significa que el autor carezca de talento, sino que ante el horror reacciona de un modo desaforado, lo que no deja de tener cierta lógica. En "Escalada" imagina una guerra insólita "que había subido un nuevo peldaño (y) adquirió matices universalmente siniestros", ya que no se combate cuerpo a cuerpo sino a través de sueños. No se trata, como podría imaginarse, de ciencia-ficción aunque pueda parecérsele. El autor va más allá, puesto que llega a la conclusión que es mucho mejor el derramamiento de sangre que una contienda deshumanizada. "Fiat Mundus" ve la Creación como "el despertar de una somnolencia precaria a la perfección de una vida ficticia". "Travesía" describe un inexorable trayecto hacia la nada. No falta morbo en "El discípulo" y en "Continuado" parecería insinuarse una moraleja. Arriesgar que "Teatro de operaciones" es el mejor escrito del conjunto no parece equivocado. Que Gardini escribe bien es una evidencia, pero que sus relatos dejan un gusto muy amargo es una vivencia. Su imaginación es asaz calenturienta, pero está compensada por una inteligencia sólida, pesimista y angustiada, donde campea el nihilismo, algo que no hace agradable la lectura, pero también es cierto que el autor no lo procura.


Luis F. Núñez, La Nación, 17/7/1983

Desde hace algunos años nuestra producción narrativa viene caracterizándose por un permanente indagar en la realidad nacional y, también, por la sintomática recurrencia a temas sombríos en los que la violencia, la crueldad, la desesperanza reflejan una situación anímica nacida de largos años de desaciertos en todos los órdenes y que incluyen desde un marcado deterioro economico hasta una guerra perdida. Una atmósfera enrarecida en la que han crecido y madurado los escritores que comienzan a publicar sus primeras obras. Carlos Gardini, conocido traductor literario, no escapa al sentimiento de aflicción y fracaso que embarga a la mayoría de los argentinos y ello se hace evidente en estos cuentos. Si bien no hay referencias concretas al país o a tal o cual suceso en particular, sus cuentos se nutren en los múltiples aspectos negativos por los que atravesó o atraviesa esta aturdida Argentina. De los ocho rabajos que conforman este liro, variados en sus temas y tratamientos, dos pueden señalarse como los más logrados, "Travesía", los alucinados días de un náufrago atrapado por los sargazos, y "Teatro de operaciones", desoladora visión de un grupo de guerrilleros rurales, empujados por un incontenible afán de matar. El resto acompaña con decoro.


Haydée M. Jofre Barroso, Nueva Provincia, 16-10-83

Carlos Gardini es traductor -un buen traductor literario-, y ese bello oficio de verter enla propialengua lo mucho, hermoso e inteligente que se ha dicho en otras, debe haberlo fijado en una intención: ser alguna vez el traductor de sí mismo. Es decir, de las historias que como escritor iba creando. Se me ocurre que así se lo propuso, y pudo llegar a ser, como lo es en Mi cerebro animal, un traductor de emociones, casi todas centradas o dando vueltas alrededor del tema violencia: la de la guerra y la de los hombres. Una violencia que se expande en innumerables cosas, que salta como las partículas de un globo incendiado, que arrastra y sacrifica. Y como Gardini es un escritor inteligente, de buen gusto y sumamente original, sus apocalípticas visiones toman las formas de la ciencia-ficción, la ironía, las burlas, una sarcástica filosofía o bien, directamente, la crueldad. Siempre con un elegante tono narrativo, con un pulcro lenguaje, con casi olvidadas delicadezas estilísticas -en una época en que son muchos los que piensan que es más importante lo que se dice que la forma en que se dice. De sus ocho cuentos inclujidos en este libro -Escalada, Fiat Mundus, Travesía, Perros en la noche, Fases, El discípulo, Teatro de operaciones y Continuado- los mejores realizados y más originales resultan ser los dos primeros. Su traducción del tema de la guerra es resuelto con imprevisible forma e intención - los vencedores en la lucha por un trozo de tierra en disputa son condenados a despedir a los vencidos que, a su vez, deben sufrir el castigo de anexarse el territorio desencadenante del conflicto, arriar la bandera de los vencedores y enarbolar la propia, y sufrir todas las contingencias que hubieran debido disfrutar los victoriosos. Gardini logra escribir un relato ágil, mordaz, con ironías que no disimulan la amargura de la impotencia - "Hubo manifestacines en Londres, cuchicheos en el Vaticano, papeleo en Washington, cejas enarcadas en Moscú, sonrisas ambiguas en Pekín, manifiestos en París, pésames en España, manos restregadas en Medio Oriente-, en un irónico comentario a las reacciones internacionales ante cualquier conato de guerra. Cuenta, además, que no deja de lado la tristeza aunque vestida de burla: "la gente del país vencedor se alegró tanto de librarse para siempre de la causa de tantos litigios, y en todo el mundo se dinamitaron cementerios y hospitales para festejar el ansiado retorno a la normalidad". El segundo de mis cuentos preferidos de Mi cerebro animal es Fiat Mundus, sobrela creación del mundo, que termina con esta sangrienta apelación del Creador a sus criaturas: "Y si alguna vez estás desesperado no pierdas el tiempo rezándome porque no me encontrarás, no te oiré siquiera. No tengo nada que ver con ese odioso monosílabo que tanto te entusiasma y es sólo la más torpe, la menos acabada de mis invenciones". Carlos Gardini promete muchas cosas importantes como escritor; en el próximo libro seguramente ya no será traductor de emociones, sino que abordará claras lecciones de estilo, como las ya esbozadas en este libro delicioso; digna promesa de un escritor que se ha ido haciendo con autenticidad originalidad desde aquel primer cuento que le premiara el Círculo de Lectores. Quien es capaz de tomar el tema de la guerra, del horror y de la crueldad y tratarlo co habilidad, con elegancia y con sabiduría narrativa, nos promete muchas horas de feliz lectura, y en ellas encontraremos, muchas veces, esas "imágenes hábilmente dispuestas y coloreadas por un prisma orgánico, un cerebro animal", que tantas satisfacciones nos produjeran en este libro.


Marcelo Figueras, Sinergia, 1983

Abran cancha, che, que se viene Gardini Ei idiota puede ver a Robles desde la ribera opuesta del río. Robles pesca, el idiota lo imita con una caña rudimentaria. Robles hace el amor con su mujer -que lo abandona-, y el idiota copia sus actos con un niño pobre que es el remedo menor de su propia idiotez. Robles tira al río los cuadros que lo decepcionan y el idiota los recoge, rasgados y desteñidos como están, como si fueran dones del cielo. Las témperas de Robles son imitadas con sangre y excrementos. La angustia del pintor no le da tregua; arroja al jardín sus cuadros técnicamente perfectos pero inertes, donde yacen dispuestos al azar. Al mediodía siguiente, el idiota lo llamará para conducirlo ai otro lado del río, y mostrarle orgulloso los trozos del niño descuartizado, combinados de forma análoga a los cuadros del jardín. Robles oscila entre el asco y la indignación, pero no puede menos que asentir con un gruñido ante esa obra que ha logrado lo que él no, y suspirar por su pérdida: pronto el sol resecará los pedazos hasta que sean tan inexpresivos como sus propios cuadros. Más vale que dude de su condición todo artisla que pase por alto esta fascinante reflexión sobre el arte mismo. En más de una oportunidad todo creador es Robles, perdido en la enajenación de su tarea hasta cortar contacto con los seres más próximos (su esposa lo abandona acusándolo de ensimismamiento y narclslsmo); también cuando la esterilidad lo agarrota, despojando de vida y sentido lo que técnicamente parece irreprochable Y cuando cree haber obtenido la obra, lo asalta la certeza de ser un idiota que imita algo que lo supera, deformándolo a través de su razón obnubilada. Lo que pretende expresar está siempre más allá -cruzando el río-, prácticamente inasible; sólo le queda sugerirlo mediante su burdo arte, siempre efímero, pasajero... El cuento se llama "El discípulo". El autor (Robles, el idiota) se llama Carlos Gardini. Y es algo serio. Para cierto "gran" mundo", Gardini nació con las luces de neón de un premio literario (el del Círculo de Lectores) aunque ya fuera miembro de nuestra pandilla desde sus inicios. Pero Borges le dijo sí, y la palabra del viejo es sagrada para abrir puertas editoriales. La aparición de Mi cerebro animal será clave para la historia de esta literatura en la Argentina: marca el surgimiento de un autor con todas las de la ley. Su libro, además, demuestra que la CF suscita escritores que no sólo manejan el lenguaje admirablemente, sino que piensan. Y duro. Carlos se atreve a los grandes temas, a los nudos que exigen se los desate de modo menos drástico que el de Alejandro el Grande, y lo hace con naturaiidad porque esos problemas le urgen tanto que apenas se acuerda de los terceros que van a leerlo. Por sus páginas transitan dos países sudamericanos trenzados en batalla, gracias a cuya estupidez pueden ponerse a prueba novedosas armas psicológicas. Y la carne de estos inferiores seres periféricos se llaga con heridas de balas que no existen, como aún hoy con remedios en etapa de experimentación o defoliantes exitosos en Vietnam y Seveso. Por allí camina también un jovial demiurgo, cuya pasión por una obra casi terminada se confunde con otra pasión semejante, la creación de una gran novela (novela como mundo cerrado, como universo de leyes propias). Hay un grupo de parapoliciales que se dedica a sacar "jodidos" fuera de circulación, en el momento preciso de ver declinar su estrella y tener que bancar la proliferación de lo mismo que quisieran evitar. Tampoco falta un tropical escenario de guerra, donde el único sobreviviente de una escuadrilla militar se pasa ai bando de los guerrilleros; afiebrados fantasmas que luchan por convicciones oscuras pero casi religiosas. No dudo de que el libro de Carlos es menos perfecto que el de Marcial, menos "redondo". Como todo tejido vivo, está entrecruzado de gordas venas que -si bien pueden entorpecer nuestro camino o ensangrentarlo- prestan su calor y movimiento, atributos propios de la existencia; hay médula, no falta pan en el que hincar el diente, ni agua que tanto calme como renueve cierta sed. A ello contribuyen las imágenes sugerentes hasta el hipnotismo, propias de una mente cinematográfica ("con mi gimnasia yo transformo mis ojos en la cámara, el mundo en la pantalla. Mis ojos son el mundo", dirá en "Continuado"). Su prosa se evidencia reflexiva, balanceada; también él es un pintor que cuida cada una de sus pinceladas, pero sin saturar ni escatimar. Hago un espacio en el estante preferido de mi biblioteca, donde moran Ballard, Tolkien, Le Guin, Dick, y coloco a Mi cerebro animal al ladito de la única argentina que mora en ese estante: Angélica Gorodischer. Ahora los argentinos son dos. Me alegro. Dicen que la próxima fiesta se llama La meca de nueslros sueños. Ya saqué entradas, y estoy aquí esperando el día. (Un morocho de trajes y bigotes, con el típico aire de los que laburan en los "servicios", sale a escena y saluda. Al inclinarse se le cae el bufoso de la sobaquera. "Perdonenmén", dice "es la primera vez". Sale por el foro.)