Haydée M. Jofre Barroso, Nueva Provincia, 16-10-83
Carlos Gardini es traductor -un buen traductor literario-, y ese bello oficio de verter enla propialengua lo mucho, hermoso e inteligente que se ha dicho en otras, debe haberlo fijado en una intención: ser alguna vez el traductor de sí mismo. Es decir, de las historias que como escritor iba creando.
Se me ocurre que así se lo propuso, y pudo llegar a ser, como lo es en Mi cerebro animal, un traductor de emociones, casi todas centradas o dando vueltas alrededor del tema violencia: la de la guerra y la de los hombres. Una violencia que se expande en innumerables cosas, que salta como las partículas de un globo incendiado, que arrastra y sacrifica.
Y como Gardini es un escritor inteligente, de buen gusto y sumamente original, sus apocalípticas visiones toman las formas de la ciencia-ficción, la ironía, las burlas, una sarcástica filosofía o bien, directamente, la crueldad. Siempre con un elegante tono narrativo, con un pulcro lenguaje, con casi olvidadas delicadezas estilísticas -en una época en que son muchos los que piensan que es más importante lo que se dice que la forma en que se dice.
De sus ocho cuentos inclujidos en este libro -Escalada, Fiat Mundus, Travesía, Perros en la noche, Fases, El discípulo, Teatro de operaciones y Continuado- los mejores realizados y más originales resultan ser los dos primeros. Su traducción del tema de la guerra es resuelto con imprevisible forma e intención - los vencedores en la lucha por un trozo de tierra en disputa son condenados a despedir a los vencidos que, a su vez, deben sufrir el castigo de anexarse el territorio desencadenante del conflicto, arriar la bandera de los vencedores y enarbolar la propia, y sufrir todas las contingencias que hubieran debido disfrutar los victoriosos. Gardini logra escribir un relato ágil, mordaz, con ironías que no disimulan la amargura de la impotencia - "Hubo manifestacines en Londres, cuchicheos en el Vaticano, papeleo en Washington, cejas enarcadas en Moscú, sonrisas ambiguas en Pekín, manifiestos en París, pésames en España, manos restregadas en Medio Oriente-, en un irónico comentario a las reacciones internacionales ante cualquier conato de guerra. Cuenta, además, que no deja de lado la tristeza aunque vestida de burla: "la gente del país vencedor se alegró tanto de librarse para siempre de la causa de tantos litigios, y en todo el mundo se dinamitaron cementerios y hospitales para festejar el ansiado retorno a la normalidad".
El segundo de mis cuentos preferidos de Mi cerebro animal es Fiat Mundus, sobrela creación del mundo, que termina con esta sangrienta apelación del Creador a sus criaturas: "Y si alguna vez estás desesperado no pierdas el tiempo rezándome porque no me encontrarás, no te oiré siquiera. No tengo nada que ver con ese odioso monosílabo que tanto te entusiasma y es sólo la más torpe, la menos acabada de mis invenciones".
Carlos Gardini promete muchas cosas importantes como escritor; en el próximo libro seguramente ya no será traductor de emociones, sino que abordará claras lecciones de estilo, como las ya esbozadas en este libro delicioso; digna promesa de un escritor que se ha ido haciendo con autenticidad originalidad desde aquel primer cuento que le premiara el Círculo de Lectores.
Quien es capaz de tomar el tema de la guerra, del horror y de la crueldad y tratarlo co habilidad, con elegancia y con sabiduría narrativa, nos promete muchas horas de feliz lectura, y en ellas encontraremos, muchas veces, esas "imágenes hábilmente dispuestas y coloreadas por un prisma orgánico, un cerebro animal", que tantas satisfacciones nos produjeran en este libro.