Luisa Futoransky

Peso sobre los hombros


J'avais acquis la conviction que le ciel n'est
bleu que par convention mais rouge en realité.

Carta de Alberto Giacometti a Pierre Matisse en 1947



   Esto de conmemorar es un gran lío. Los multimedias son cocodrilos que tienen una panza insaciable, lo engullen todo; con preferencia bicentenarios. Después arremeten contra lo que pueden: centenarios, bodas de oro, de plata, latón, incluso de algodón. Lo que venga; hasta que, a falta de otra cosa, se meten dentro también un pobre añito. Todo vale, con tal de borrar con el codo, rápido. Los cocodrilos lloran lágrimas para digerir mejor. Ojo con las lágrimas porque derramadas a destiempo y deshora te pueden hacer convertir en estatua de sal como le ocurrió a la señora Lot, que está paralizada en alguna parte de nosotros mismos. Es sabido que la sal constituye la materia prima, incorruptible, de las lágrimas.
    En Francia estos últimos años tomé conciencia de cierta utilización frívola de la memoria. Las celebraciones se superponen, enciman unas a otras, a veces cambian de efecto y objetivo en medio del camino y transforman sus contenidos al arbitrio de los vientos políticos en boga. Bicentenario de la Revolución Francesa, del nacimiento o de la muerte -da lo mismo- de Mozart, centenario del cine, cincuentenario de la liberación de París, del suicido de Walter Benjamin o de la liberación de los campos. Después, de vuelta a casa, circulen, no hay nada que ver, todos aliviados y vacunados, todos absueltos. La conciencia, mejor dicho la mala conciencia, tranquila. Enjuagada con algún producto nuevo que lava mejor. Eso dicen.

    Derecho y deber de memoria

    En julio, fue el primer aniversario ya de un edificio que se derrumbó con mármol, cemento, ladrillos, libros, contabilidades, sanitarios, cocinas, floreritos, teléfonos y telefax. Por segunda vez (¡Deme dos!, ¿remember?) Argentina, mi país, presente en cada sílaba que pronuncio en cualquier otro idioma en que vivo, protagonizaba en un lapso muy breve, un atentado antisemita. No íbamos andarnos con chiquitas. Tenemos la manía de querer hacer las cosas en grande.
Ocurrió un lunes por la mañana. Con gente dentro. Con gente dentro. El edificio no era ni un comité, un banco o una comisaría. Era un centro comunitario que se ocupa entre otras cosas, tradicionalmente, de los asuntos de los muertos. Es decir de todos los pormenores que conciernen de cerca y de lejos a su memoria.

    Hace unos tres años en el Encuentro de escritores judíos latinoamericanos celebrado en Buenos Aires, otro mes de julio, fuimos recibidos por el presidente de la DAIA, señor Beraja. No recuerdo mucho de su discurso ni de las tortitas que lo acompañaban o si nos irvieron té o café. Tengo presente el rostro de algunos amigos (como Juan Gelman y Alberto Szpunberg) y muy pocas palabras de nuestro anfitrión. Sé que me quedé enrollada, imantada con una de sus frases. Hasta ahora. Beraja nos alertó acerca de los peligros que representaba la ostentación de la comunidad. De qué nos está hablando. ¿Nos estará recordando las servidumbres reales de la condición diaspórica, cuyo signo mayor consiste en la carencia permanente de tranquilidad? Repetía, de alguna manera, los temores ancestrales y arquetípicos, trasmitidos como ecos, como piedras arrojadas al río que se expanden en círculos concéntricos de reprensiones temidas y temibles formuladas en nuestros propios hogares de generación en generación. La colectividad es ostentosa, nos anatemizó un par de veces más, Beraja. Mea culpa. Los judíos no tenemos que hacernos ver, eso redunda siempre en mal contra nosotros, ahora era mi papá quien me amonestaba, dándome como ejemplo a un tal Disraeli, judío que llegó nada menos que a Primer ministro de la reina Victoria; y algo de su doble mensaje flotaba de nuevo en nuestro aire. En inglés te ordenan keep a low profile: pareciera que la falta de modestia condenara no sólo al individuo sino a todos sus correligionarios. Al menos eso repetían también los judíos austríacos en los años treinta, confundiéndose siempre de enemigo. Empinando el codo del dos mil, en eso estamos, todavía. Entre el orgullo secreto de pertenecer y el temblor ante el castigo que aparentemente tiene que derivarse de él, en forma inevitable.

    Algo está muy pero muy podrido: ¿sólo en Dinamarca?

    Ir de lo particular a lo general y viceversa ha sido mi sistema para construir mis pobres, frágiles ciudadelas contra la peste. Están hechas de puro patchwork: frases, retazos, cosechas vitales, palpitaciones a lo largo y ancho de mis días y mis vías; mis lecturas, en suma, esta vida. Freud dice que aquello que no puede reconstituirse con precisión en la memoria se lo repite en la conducta. En criollo, son las versiones repetidas hasta el cansancio, desde que nací, del calificativo indisociable: gallego, ruso, tano, chino, negro, siempre de mierda. ¿Desde el vamos, por qué tanta mierda, en boca de mi país? En lenguaje criollo-brechtiano la respuesta, coral y con encogimiento de hombros sería: -¡y, en algo se habrán metido!...
    Correligionarios avisados, trataron de explicarme que los autores de ambos atentados vinieron de afuera: fueron los sirios para vengarse(?), los malos, los mafiosos, el hombre de la bolsa, los ovnis -por qué no ellos-, para asustar a los nenes buenos que somos los argentinos, siempre tan derechos, siempre tan humanos. Nada de ello estaba dirigido contra los judíos argentinos de la Argentina. Supongo que tampoco nos estaban destinadas las bombas de alquitrán que decoraban permanentemente las fachadas de las sinagogas y en especial la del Templo de Libertad. Algunos "amigos" gentiles de profesión y origen profirieron, que serían los mismos judíos a quienes por descuido, casualidad o intencionalmente se les había explotado un arsenal, como el que tenían en la embajada.
    Explicarse la naturaleza del prejuicio a través de la gramática de nuestras peripecias urbanas de todos los días es casi imposible porque con cada anécdota el espíritu se vuelve un campo minado, erosionado.
Un ejemplo del de dónde venimos: Después del encuentro con Beraja, al salir de la sede de la Amia, nuestro inefable y tan querido poeta Héctor Yanover me cuenta que Ricardo Molinari en cierta oportunidad, había mantenido con él, en su librería Norte de Pueyrredón 1454, el siguiente diálogo:

   -¿Sabés porque Jesús nació judío?
   -No, decime.
   -Porque quiso nacer entre la hez de los pueblos.
    Sic.
    El maelström es una terrible corriente marina, subterránea, en forma de espiral, que todo lo aspira y todo lo destruye, hasta los plácidos ríos de los poetas formadores como Molinari, cuyas brazadas de palabras tanto amamos en nuestra juventud. Ya sé que no es Molinari quien nos amenaza con bombas crónicas ubicadas en los tachos de basura entre restos de berenjenas pasadas o la leche que se queda sin beber. Sé que estoy mezclando muchas cosas. Qué son, además, dos bombas antisemitas en Argentina ante la contabilidad millonaria de muertos en Camboya, Timor, Biafra, Ruanda... apenas una gota en el vasto mar océano del horror. No confundas, no confundas -me repito-. Má, si. Quiero y puedo mezclar mi rabia, mi miedo, mis temores, quiero señalar dónde el mundo tiene hemorragias porque hoy como nunca hay que tener claro, hay que reconocer las víctimas de los verdugos y no pedir que los verdugos sean quienes nos den los testimonios de la barbarie. ¿Acaso, en el fondo, cada uno de estos atentados, estas monstruosas capitulaciones y violaciones del derecho internacional y de los derechos del hombre y del ciudadano en particular, no son triunfos póstumos de Hitler, quien sigue sembrando, segando su enseñanza de delirio paroxístico, su locura?

    ¿Conmemoramos demasiado?
    Fosilizar el odio, sacralizar la memoria ¿la volverá estéril?
    Los más fervientes militantes de la memoria, los que de manera encarnizada han desollado (ante quienes han querido enterarse) algunas facetas que tuvieron la desdicha de aproximar de la Shoah, admiten, en alguna parte de sus recorridos, no estar seguros que ello pueda precavernos contra nada. Pero ante el riesgo ineluctable que día a día los testigos, las víctimas de todas las ignominias desaparecen, repetir en una cinta sin fin la dura sinceridad de lo incomunicable, dónde y cuando ello se haya producido es, para mí, una obligación prioritaria de la palabra.
    Las incitaciones a dar vuelta la página son para los sobrevivientes un escándalo que ha llevado - y es una explicación posible- a algunos escritores mayores, frágiles tesoros de la historia contemporánea (la de la vergüenza) a quitarse la vida, la misma que con tanto celo habían mantenido con la sóla esperanza de brindar testimonio y pienso, por supuesto, en nombres inevitables como los de Bruno Bettelheim, Jean Amery y Primo Levi.
    Las ritualizaciones amenazan con prevalecer sobre los hechos y las comparaciones pueden servir de excusas a los victimarios. También sabemos que la conmemoración suele constituir un despliegue favorito de los regímenes totalitarios. Desde pan y circo a los torsos inmarcesibles, perfectos, perpetrados por cadenciosos millares en los filmes documentales de Leni Rieffensthal.
    Por otra parte decretar que un atentado es incomparable o inexplicable es sustraerlo arbitrariamente a todo debate racional y a todo acercamiento útil con el presente. En un país coprófilo, necrófilo y caníbal los mártires pueden embrollarnos aún más las ideas y habría, por ahí, hasta que quitarlos del almanaque. Hemos sembrado en la Argentina durante estos últimos cincuenta años demasiados nazis de toda calaña para no pretender cosechar tempestades e inundaciones desmadradas. Otra vez el río.

    En ese conflicto de deberes entre el olvido imposible y nuestro actual frenesí de liturgias históricas; qué hacer, con qué pinzas practicar la primer regla del acercamiento histórico, que es, según Michelet, la pérdida de respeto. Además hay que tener en cuenta que otros hechos, aún más multi-mediatizados, están haciendo cola para exigirnos su cuota de compasión.
    Confieso que no sé que hacer con toda esta montaña de ceniza, de gritos, de insomnio y de oprobio que tengo para siempre atravesados en la garganta.
    Estas líneas son mi manera minúscula y solitaria de encender mi vela de julio 18, que es el número de la vida, por los vestigios del mármol amarronado de la calle Pasteur al seiscientos, calle que fuera nombrada en honor de alguien que encontró, feliz de él, un antídoto contra la rabia.
    Que las luces encendidas ese día nos esclarezcan en nuestras tareas y preserven del frío más glacial, el de las sombras.


a Beatriz y Leo Senkman, París 22.4.95

© 1995 Luisa Futoransky