RODRIGO FRESÁN

 


Apuntes para una teoría del lector

 

[...VIENE DE]

    Interrumpo mi lectura y aquí viene ella y ella no tiene mucho que ver con la mujer de un polista pero no importa. Ya encontraré la manera de hacerla encajar, no hay tiempo para corregirla a piacere. El presente cuento no es más que la teoría de un cuento. La sombra de un cuento del que yo soy lector. Una hipótesis desordenada y febril, páginas que se leen en veloz diagonal, una película sin compaginar en la que esta persona acelera sin darse cuenta, hasta alcanzar la velocidad de las cosas que la convierte en uno de mis personajes.
    Aquí viene ella y el inconfundible andar sinuoso y el intimidante aire rapaz de ciertas hembras patrias. Puedo reconocerlas por encima de la estética variable, de los dictados de la moda y –hay tiempos en que tienen que casarse con polistas, hay años en que tienen que trabajar como modelo por un año antes de atrapar un empresario– el rigor protocolar de los recambios generacionales. Son, en el fondo, todas iguales y no creo que haya mujeres como ellas en otra parte del mundo. Las veo sentadas todos los domingos en las mesas de La Biela. ¿Tendré que explicar el concepto de un bar llamado «La Biela»? ¿La tiranía geográfica cuando se trata de sentarse a juzgar a los que caminan bajo las radiaciones mortales del sol? ¿El despotismo de sus camareros comportándose como aristócratas rusos degradados por el exilio de la revolución? En cualquier caso, allí están todas ellas pensando en lo que son y siempre disconformes cuando se comparan con lo que podrían haber llegado a ser.
    La mujer puede tener casi cuarenta años o un poco más de veinte. Hace años que la edad –tal vez por ser más viejo que casi todos los que me rodean– ha dejado de parecerme decisiva o imprescindible como elemento descriptivo. Los avances en el arte de la cosmética y las intervenciones quirúrgicas cuya función es preservar la juventud son, seguramente, uno de los logros más sólidos que nos ha deparado el siglo xx, junto a otra mentira más útil, menos onerosa y tal vez más eficiente a la hora de escaparse por un tiempo de la realidad: el cinematógrafo. Por eso, no tiene sentido arriesgarse en la descripción de una ilusión óptica.
    La mujer me pregunta quién soy. Le digo mi nombre y, por supuesto, la mujer me dice que mi nombre le suena de algún lado. La mujer me pregunta cuál es mi oficio y cuando le digo que soy escritor sonríe satisfecha, no porque me conozca sino por su capacidad de haberme reconocido. Ahora si sabe quién soy, me anuncia como si el hecho de que ella se hubiera dignado ubicarme en su caprichosa cosmogonía me convirtiera, por fin, en alguien verdadero y, por lo tanto, digno de cierto interés. Enseguida, la mujer me pide que le cuente un cuento. Le digo que no entiendo y se irrita y enciende otro cigarrillo: «¿Pero no me dijo que usted es escritor?», me pregunta satisfecha y decidida a comprobar si no le estoy mintiendo. Nada le gustaría más que desenmascararme y después ir por las cubiertas del barco eligiendo pasajeros a quienes revelar mi torpe farsa.
    No me toma por sorpresa en realidad. Hay mucha gente así, muchos lectores que funcionan de este modo. Demasiados. Sutil variante sobre una de las categorías que anuncié al principio de este viaje. Verán un lector poco entrenado es, cuando menos, una persona prejuiciosa, un turista que siempre pregunta si el agua corriente es potable o los taxistas son honestos. Alguien que en su inexperiencia sólo espera que los trajes de la ficción se ajusten lo mejor posible a las medidas de su cuerpo real. Para ellos el libro es un objeto incómodo, algo que necesita sostenerse y que carece del mérito de poder ser enchufado a alguna pared. Los lectores consecuentes, por lo contrario, prefieren comparar lo que están leyendo con lo que han leído, con una forma alternativa y válida de la realidad en la que el libro –no es casual que, en su aspecto formal, se mueva con el mismo mecanismo– es siempre una puerta.
    Pero esta mujer pertenece al primer grupo. Una de esas personas que, cuando van a un concierto, necesitan sentarse en una butaca que les permita observar bien las manos del pianista para asegurarse que no están siendo estafadas. Hombres y mujeres que luego de un truco de magia se preocupan más por averiguar cómo lo habrá hecho el mago que en disfrutar la ilusión. Para mi propio beneficio y la profunda insatisfacción de todos ellos, he tenido la precaución de memorizar un breve texto –otro cuento sobre el fin del mundo– que no aparece ni aparecerá en ninguno de mis libros. Finjo que me concentro, respiro profundo, cierro los ojos y empiezo:

    Había una vez un hombre que vivía cinco minutos en el futuro.
    Cinco minutos y nada más que cinco minutos adelantado en relación al resto de los vientosy de las mareas, de las personasy de los animales de este planeta.
    No es que semejante don le sirviera demasiado. No podía, por ejemplo, ganar fortunas en las carreras de caballos ni en la lotería. Tampoco hacerse rico iluminando profecias importantes. Cinco minutos era muy poco tiempo.
    Apenas saber que en cinco minutos iba a empezar a llover; que su insoportable primo golpearía a la puerta y el tiempo justo para apagar todas las luces; que el asesino era este y no aquél en esa novela policial o en esa película; que ella iba a llamar por teléfono para regalarle o mentirle aquello que esperaba desde hacía mucho más que cinco minutos.
    Contar cinco veces hasta sesenta. Contar hasta trescientos. Contar despacio como si se contaran postes de electricidad en el camino, autos, latidos de corazón, golpes.
    El día en que el hombre que vivía cinco minutos en el futuro salió a la calle gritando que el mundo había llegado a su fin nadie le creyó, claro; pero tampoco tuvieron demasiado tiempo para reírse del hombre que vivía cinco minutos en el futuro.

    Nada demasiado grandioso –me interesa que suene como algo inmediato– pero bastante eficaz. Me sorprende descubrir que, cuando alcanzo la palabra futuro y agrego un punto final y sonrío satisfecho, la mujer está llorando.
    –A usted lo mandó Ella –me dice temblando y me sorprende la E mayúscula en su voz y el terror gigantesco en sus ojos. La Argentina mira para todos lados y repite que a mí me mandó Ella. Le pregunto quién es Ella y La Argentina me contesta que Ella es la Diosa. Le pregunto qué Diosa (¿griega, egipcia, africana?) y La Argentina hace un gesto exasperado. No sabe, no importa, no le parece necesario, qué importa, cuál es la diferencia. La Argentina no sabe contar su propia historia. La Argentina es el tipo de mujer que necesita que su historia la cuenten otros. En las revistas de actualidad y, de ser posible, con fotos grandes y poco texto. Yo la miro. Yo ahora estoy en El Extranjero decidiendo si tiene algún sentido seguir escuchándola. «Buenas noches» digo, y ella me agarra del brazo y me clava las uñas pintadas y me pide que no la deje sola, que necesita contarme lo que pasó, que todo esto es culpa suya. Le pregunto a qué se refiere con «todo esto» y entonces se seca las lágrimas con el dorso de la mano y sonríe casi orgullosa. Esto, insiste y señala el cielo rojo y las estrellas al mediodía, el agua que vira del verde al violeta pasando por el blanco, el viento intermitente, el espejismo sólido de una embarcación que a veces es un antiguo galeón pirata que nos viene siguiendo desde hace varios días y a veces es una de esas piraguas hawaianas donde hombres y mujeres floridas cantan «Ha'ina 'ia mai ana ka puana... Ha'ina 'ia mai ka puana. . .» y siempre el grito de un pasajero, diario y puntual, que se arroja desde la torre donde gira, mareado, el mas inutil de los radares.
    Todo esto, insiste ella con un movimiento de su brazo que lo abarca todo. El fin del mundo, sonríe La Argentina y yo vuelvo a abrir la libreta.

 

    Otro cuento –otro cuento más– sobre el fin del mundo. Breve preámbulo acerca de la necesidad apenas confesable de todo escritor, la casi obligación de contar el final de todas las cosas. Un cuento sobre el principio del fin del mundo, en realidad. Un cuento que tenga algo que ver con la isla de Santorini. La estupidez mítica de la Atlántida, la gigantesca broma que nos jugó Platón a partir de un acontecimiento verdadero. R. –un arqueólogo italiano, de Milán– me cuenta la historia de la isla de Santorini como posible estallido primal en el fondo del eco de tantas leyendas apocalípticas. La gigantesca explosión y el hundimiento del volcán de la isla de Santorini y la devastación cataclísmica sufrida por los palacios de Creta como consecuencia de la ola gigante generada por la erupción mil quinientos años antes de Cristo. Una conjetura adentro de otra conjetura. Un cuento, claro. Lawrence Durrell escribió sobre Santorini. Buscar también Santorini, por Christos G. Doumos y Santorini, por Artemios M. Mitropias. Cuento con turista argentina en Santorini, entonces. Turista argentina que, de algún modo, despierta la cólera de los dioses. Viajar a Santorini. No viajar a Santorini. Inventar Santorini.

 

    La Argentina se seca las lágrimas, llora un poco más y dice que no sabe cómo empezar. Lo dice con un suspiro caprichoso. Yo le digo que lo mejor es que empiece por el principio, consejo que casi siempre es errado cuando la persona que lo recibe lee poco y escribe nada. Pasan algunos minutos que parecen años alrededor de la figura de su padre y ella era su favorita y un colegio con nombre ridículamente inglés y una madre alcohólica y un par de abortos y el novio de su hija y una boutique en un shopping center y un preparador físico y un auto importado y un poco de cocaína y el miedo a las cirugías plásticas después de lo que le pasó a la modelo esa.
    La Argentina llegó a Santorini una mañana temprano. No llegó sola. Ella y una amiga. Le pregunto si su amiga está a bordo del S.S. Neptuno y La Argentina cambia de tema, se pasa la mano por el cabello, frunce las cejas, se humedece los labios con la punta de la lengua. La Argentina esconde algo. Un agujero negro en la historia. No tengo modo de explicarlo, una suerte de don que se desarrolla con el tiempo: los escritores poseen una suerte de clarividencia. No pueden adivinar el futuro pero sí están capacitados para presentir el desarrollo y hasta el final de una determinada historia.
    La Argentina me cuenta que conoció a su amiga en el gimnasio, que descubrieron que iban al mismo psicoanalista y que, juntas, decidieron abandonarlo para pasarse a una de esas terapias alternativas. Algo que ver con revelaciones y con vestirse de blanco y con quemar incienso y tirar runas. Típicas maniobras fin de milenio. Subterfugios para esconder el terror de lo que vendrá al otro lado del almanaque y siempre pensé que el miedo convertía a cierto tipo de personas –esas que prefieren que les cuenten un libro antes de leerlo– en personas raramente articuladas, casi involuntariamente literarias en su discurso. Es una lástima que este no sea el caso. La Argentina habla como si avanzara por los desfiladeros de una fiesta fantasma y aburrida, como un telegrama inútil: pocas palabras y todas ellas equivocadas cuando se trata de hacer llegar un mensaje. De ahí que reproducir aquí nuestra conversacion no sólo sería inútil e imposible –ya lo dije, no hay tiempo– sino también un eficiente ejercicio en el más exquisito de los sadismos.
    La Argentina me cuenta que llegaron a una isla enviadas por su gurú personal. Un ex psicoanalista lacaniano que juraba haber Visto la luz y que ahora se hacía llamar –me pregunto si la alusión gardeliana será adrede– Rayo Misterioso. El hombre las había equipado caro con una serie de diagramas, esencias perfumadas, pases mágicos y una pirámide de aluminio desarmable. Aquí la historia se complica y La Argentina se vuelve más complicada como personaje. Está claro que ha bebido, que ha tragado pastillas y que no deja de llevarse a la nariz un coqueto y pequeño salero del que aspira profundo y seguido. Algo pasó o algo salió mal o salió demasiado bien. No bien llegaron a la isla, La Argentina y su amiga fueron abordadas por un guía local. La Argentina se ríe con la risa del guía cuando éste vio la «pirámide energética mística de poder» y se ofreció a llevarlas a la cueva donde vivía la Diosa a cambio de algo que no llego a entender del todo. La Argentina no me explica a cambio de qué pero algo rompe la superficie de su historia, como si una mano hubiera arrancado demasiadas páginas. La amiga desaparece y el guía desaparece –nada me cuesta pensar que están muertos, que fueron ofrendados– y de improviso. La Argentina enfrenta el rostro inmortal de la Diosa iluminado por la luz antigua de velas que nunca se consumen.
    Le pregunto a La Argentina si la Diosa era una mujer bella y La Argentina me contesta que «sí, qué sé yo, más o menos, psé.. » y entonces –aburrida de sí misma, aburrida de mí, como si quisiera convencerme de que alguien la espera en algún lugar del barco, como si disparara las últimas balas en el último revólver– me cuenta el final de su historia con dos o tres oraciones más y se aleja demasiado erguida para ser alguien que camina por la cubierta de un barco donde todos son náufragos aunque todavía no lo sepan.
    Ahora ya no pienso –como piensan los lectores, como pensaba yo durante mi juventud inédita– que los escritores son esos seres implacables capaces de captar con una mirada la esencia secreta de un ser humano para recién entonces ponerlos por escrito. Ahora comprendo que, en realidad, la maniobra es opuesta y es inversa: un escritor siempre se equivoca al juzgar a una persona y es este sagrado error el que permite la creación del personaje correcto. Nuestro oficio no es más que el constante y cada vez más perfecto ejercicio del error. Así, mi versión –mi visión– de La Argentina no es La Argentina.
    Ahora escribo cuentos cortos. Muy cortos. Como mis viajes. Las razones son muchas, demasiadas, y ninguna al mismo tiempo. Con los avances tecnológicos, las distancias se han acortado y los desplazamientos por el mapa han perdido buena parte de su encanto, pienso. Yo vengo de una familia de viajeros, una familia en la que la idea de viajar, de alejarse, era una de las pocas formas posibles del afecto. La lejanía impuesta por océanos y continentes posibilitaba el milagro de las cartas como señales de humo o la estática de las conversaciones telefónicas en las que, de improviso, poco y nada costaba decir desde lejos lo que parecía imposible decir cara a cara. En cambio, he recibido la idea de imaginar miniaturas como la más inesperada de las bendiciones. Me gusta la idea de escribir una idea; el desafío de que una idea pueda ser un cuento, que la simple teoría de un cuento pueda ser leída como un cuento en sí mismo. Así, fantasmas de esposas muertas que vuelven todas las noches a dormir con sus maridos vivos; así hombres a quienes el agua les habla y les cuenta cuentos. Historias que se puedan recordar como se recuerda el vestíbulo de un hotel o la caída de un vestido de mujer o el golpe distintivo de la pelota contra el encordado de una raqueta de tenis, historias que no abulten demasiado las valijas porque, sí, la práctica de la memoria es ese viaje del que en realidad nunca se regresa.
    Abro otra vez la libreta. Ahora escribo en ella mi breve ofrenda y no puedo evitar pensar en esta libreta como si se tratara del canto de las sirenas: otra pequeña isla donde naufragan escritores que se ven obligados a poner algo ahí adentro antes de continuar viaje. Busco una página en blanco y empiezo.

    «Una mujer temerosa del paso de los años y aterrorizada por el asedio de las arrugas convoca a la figura de un diosa antigua y la atrapa mediante palabras mágicas y pentagramas arcanos en una cueva secreta de una isla antigua como el tiempo. La mujer le exige a la diosa que le conceda un deseo a cambio de su libertad. La diosa accede. La mujer no lo piensa demasiado. La mujer le pide a la diosa la juventud que, siente, comienza a escapársele por entre las manos, las piernas, el rostro. La mujer le dice a la diosa que quiere ser joven eternamente, joven hasta el fin del mundo. La diosa sonríe y le concede el deseo a la mujer. "Joven hasta el fin del mundo" sonríe la diosa al mismo tiempo que, vengativa e invencible, orquesta los primeros compases del último apocalipsis.»

 

    Leo lo escrito y no me gusta demasiado. Espero tener tiempo suficiente para corregirlo, pienso, sabiendo que no me alcanzaría todo el tiempo del mundo porque es muy poco todo el tiempo que le queda al mundo y que en realidad el destino de todos nosotros, los escritores que obedecemos al llamado de la vocación y no al afán de lucro, es una continua busca de pretextos para diferir el momento de tomar la pluma.
    El mundo se va al Extranjero y yo vuelvo a la reposera donde encontré la libreta y la dejo ahí para que alguien la encuentre, para que otro continúe el cuento.

 

    Alguna vez escribí que «lo que entendemos como realidad (algo similar ha sucedido con el plano de las grandes metrópolis) se ha expandido y ramificado en los últimos tiempos».
    Alguna vez imaginé un cuento sobre el fin del mundo en los acantilados de un balneario argentino.
    Alguna vez inicié un relato con «En algún sitio leí que un ceñido tapiz bordado de hechos desafortunados narra los días de los seres humanos desde su amanecer iniciático, pero a mí me gusta pensar que hubo tiempos de calma y reflexión y que por un certero mandoble de la suerte me ha tocado vivir ese instante caótico y grandioso del final».
    Alguna vez –ya lo repetí demasiadas veces; ya lo dije, sin ir más lejos, en estas páginas, de acuerdo, pero siempre pensé que se trataba de una de mis ocurrencias más felices porque se trata, también, de una de las más sinceras– aseguré que me gustaría esperar el fin del mundo dentro de la penumbra plateada de un cine.
    Sigo pensando lo mismo que entonces y no es común que uno pueda jurar, tanto tiempo después o apenas transcurridos cinco minutos, sobre sus propias frases ingeniosas. La vida –nada es perfecto, ha sido una buena vida de cualquier manera– rara vez imita a la literatura que uno practica y demasiadas veces a la literatura que uno desprecia. Podría ser peor. Un barco no está tan mal después de todo y si la noche ayuda, me dicen, quizá levanten una pantalla para proyectar una película que –como las películas de los aviones– nunca puede ser demasiado inteligente una película que flote. Adentro, bajo cubierta, baila el baile de disfraces y el cruce del Ecuador y comienza a sonar una orquesta de músicos que esconden su insalvable falta de talento detrás del supuesto refinamiento de máscaras venecianas. Una orquesta pequeña pero aun así demoledora al atreverse a una versión profana y swing de Bach. El aria que postula y organiza las Goldberg Variationen, creo, y trato de no oír. Después, enseguida, «La Mer» , de Charles Trennet. Un niño antiguo vestido de marinerito corre por cubierta pateando el cadáver de una gaviota mientras grita en perfecto latín «Forsam et haec olim meminisse juvabit». Un hombre solitario –sus vestiduras recamadas con hilos de oro, el báculo, la mitra me hacen pensar que se trata de un obispo– se detiene junto a mí y me dice algo en un idioma que no conozco pero que, sin embargo, nada me cuesta poner por escrito. «Porpozec ciebie nie prosze dorzanin zyolpocz ciwego», me explica con una sonrisa y el viento del agua agita su capa. Intento no oírlo y concentrarme en el océano que suena como un viejo disco de pasta, verosímil y lejano. Y yo miro al cielo y busco y encuentro el consuelo de una estrella reconocible entre el caos de las constelaciones que desde hace noches no dejan de moverse y reordenarse proponiendo nuevas figuras. A mi lado, una mujer llora sin siquiera presentirse culpable de todo esto pero sí asumiendo su mortalidad después de tantos años de soñarse eterna. No es la primera vez que escucho a una mujer llorar junto a mí, claro, y ahora el capitán anuncia en voz alta y por los altoparlantes que está nevando en Buenos Aires. Lo repite varias veces, como si necesitara de la incredulidad y sorpresa de los pasajeros para poder empezar a concebirlo. A mí no me sorprende demasiado. La gente forma pequeños grupos en cubierta y se inquietan porque es diciembre, porque es verano. Me dan ganas de decirles, de gritarles, que diciembre no es ni nunca fue; que incluso verano o hasta Buenos Aires no son más que una de las tantas convenciones propuestas por el hombre al intentar la organización de todo aquello que nunca comprendió ni jamás comprenderá; que tan sólo la efímera idea de nieve tiene alguna solidez, algún peso específico y trascendente. No tendría ningún sentido, claro. Entonces, a lo sumo, la falsa preocupación de una sonrisa verdadera. Decir apenas pero qué barbaridad... y seguir caminando, las manos entrelazadas detrás de la espalda, respirar hondo el aire de mar cargado de bestias.
    Es en estas situaciones que resulta verdaderamente práctico ser lector: ubicarse un poco afuera de todas las cosas, como si se las leyera. El privilegio de, por una vez, saberse más testigo que protagonista y no tener que decidir entre el por qué no se me ocurrió a mí o el qué suerte que se le ocurrió a alguien.
    Nada me cuesta imaginar que cerca del final de sus existencias –a modo de coartada invencible del crimen perfecto o de providencial salvavidas que sólo se le ofrece a quien nada tiene que ver con la presión en las calderas, el curso trazado y la punta del iceberg–, los escritores vuelven a ser personas inocentes. Los escritores retornan a su condición original, recuperan para sí la piel del feliz lector que alguna vez fueron y vuelven a enfrentarse con la irresponsable valentía de quien se sabe invulnerable a una trama sobre la que no tiene poder alguno salvo el de arrojarla por la borda para verla hundirse o nadar.
    Así, ahora, cierro la libreta y prefiero seguir mirando hacia arriba, hacia la noche sin fondo, mientras me pregunto acerca de lo que tantas veces teoricé llegado este punto de la travesía sin esperar certeza alguna salvo el renovado prodigio de que algo va a ocurrir, de que algo se me va a ocurrir. ¿Cómo termina esta historia? ¿Cómo empieza la próxima vida?, me pregunto mientras el barco continúa su curso inclinándose ligeramente a babor o a estribor, como si diera lo mismo, como si todas las aguas condujeran a ese único e inevitable destino.

 

de "La velocidad de las cosas". ©1998 Tusquets.

 

RODRIGO FRESÁN
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