Con el paso de los libros y la sostenida práctica de esa imprecisa
ciencia que, a falta de otro mejor, responde al nombre de Literatura, he comprendido, no sin algo de esfuerzo y bastante sorpresa, que
en el fondo y en la superficie de todas las historias existen
tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías
de lectores. Sí, el principio de un libro también puede ser el fin del
mundo. Me explico, intento explicarme: navego en un barco de bandera
imprecisa y de nombre casi vergonzoso por su obviedad. S.S. Neptuno. Si esto fuera un cuento, claro, no vacilaría en cambiárselo. Doncella de Palestina, tal vez. Da igual. Lo que sí me interesa asentar a modo de preámbulo
bien lo saben aquellos que alguna vez hayan optado por el agua
antes que por el aire es que cuando se cabalgan los mares es
cuando más lejos y más afuera de todo nos sentimos. Desconfíen,
por favor, del discurso vertiginoso de astronautas en órbita.
No en vano hay quien juró que el hombre no es más que un invento
del agua para poder trasladarse de un sitio a otro. Estamos construidos
con agua y no con aire. Es por eso que, cuando nos arriesgamos
a ser uno con las olas, no podemos disimular la sensación de extravío
y, al mismo tiempo, la sospecha de estar de regreso en el hogar
ancestral después de tanto tiempo lejos de casa. De ahí la felicidad
profunda que no demora en invadir a aquellos que se ahogan. Muchos
años atrás, yo estuve a punto de morir ahogado en un par de oportunidades,
y no creo estar faltando a la verdad si digo que recuerdo aquello
como algo raramente placentero. Alcanza con flotar bajo la noche,
los ojos cerrados, las estrellas reflejándose en una piscina generosa,
para comprenderlo. En el agua, lo primero que se hunde es nuestro
apellido y los tristes diplomas y honores que supimos conseguir.
Lo último en desaparecer es el recuerdo de un rostro ovalado de
mujer que nos sonríe desde las alturas donde esas madres flamantes
y perfectas arrullan con la inconfundible canción en la que se
cuenta que están dejando de ser lo que fueron hasta entonces para
poder ser ellas de una buena vez por todas. «Ajustes de antena. Interferencias. Súbitas aceleraciones. La
velocidad de las cosas.» «La vida no tiene por qué obedecer al tempo y a las argucias de ciertas novelas del siglo XIX. La vida es diferente
y la vida es, apenas, ese espacio que transcurre entre una fiesta
y otra y que se recorre, siempre, una vez alcanzada la velocidad
de las cosas.» «Hay un instante en que, sin saberlo, todo adquiere un mismo impulso
y una misma armonía y un sonido inconfundible y preciso. El sonido
de la velocidad de las cosas. El sonido de la velocidad de las
cosas es el sonido que Dios hace al respirar. Algo de eso hay
en el segundo en que cambian las mareas o en el chasquido del
primer copo de nieve desprendiéndose de los cielos.» «Ya lo dije antes: al final, me gusta visualizar el trazo de mi
existencia como una fuga de A a B en constante desarrollo, una
escapada plenamente consciente de que, desplazándose siempre a
la velocidad de las cosas, deberá pasar por Z antes del final.» «Es curioso, vivimos la vida en primera persona del singular pero
llegado el final, se nos aparece la opción de un cambio en la
composición del relato. Esta nueva velocidad de las cosas me
pregunto si la chica de la motocicleta se refería a algo más o
menos parecido es la que nos permite entonces vernos desde afuera,
mirarnos mirar, sentirnos sentir, muriendo morir. Tal vez se trate
del más primal de los mecanismos de defensa o del más convincente
de los placebos: esto no me puede estar pasando a mí, volar lejos.
Tal vez por eso todos aquellos desesperados que dicen haber estado
muertos y vuelven para contarlo insisten en el paisaje de sí mismos
cada vez más pequeño, allá abajo. La persona como personaje, un
espejo de carne y hueso. El cuerpo como un plano, como un sinfín
de gráficos y de cómputos. La escalera de caracol del DNA, la
médula como una vía láctea, la marea oscura de la enfermedad erosionando
los acantilados de las células. Sí, el cuerpo visto igual que
esas fotos desde las alturas marrones y verdes y azules que
luego se utilizan para la confección de los mapas.» «Yo era un periodista, de acuerdo. Pero yo era, antes, un escritor.
Yo era un periodista y había publicado varios libros de ficción
y obtenido ese mínimo prestigio que me permitía el desarrollo
y la conservación de este "buen trabajo" donde yo hacía más o
menos lo que quería sin que mis deseos aparentemente interfirieran
demasiado con los deseos de mis jefes. Yo era, por lo tanto, más
o menos feliz y poco y nada tengo para decir acerca de la virtual
batalla entre la realidad y la ficción entre la dicotomía Jekyll
& Hyde que puede llegar a experimentarse dentro del ecosistema de
un escritor/periodista o viceversa. ¿Tal vez decir que la mínima
diferencia radica en que un escritor parece estar hablándole a
una persona mientras que un periodista parece estar hablándole
a todas las personas al mismo tiempo? Tal vez no. Tal vez la tan
insignificante como insalvable diferencia radique en el modo en
que tanto uno como otro perciban la velocidad de las cosas, el
modo en que los diferentes movimientos del ojo y de la mano se
acomodan para contar algo que bien puede ser el paisaje lírico
de un cadáver o la imposible terrenalidad de la luz desprendiéndose
desde los vitrales de una iglesia para posarse en el andar ebrio
de un sacerdote que ya no cree en nada. No importa. No hace diferencia
alguna aquí. Alcance con decir que yo escribía más o menos lo
que me interesaba y, tal vez, fue la forma irresponsable de semejante
felicidad lo que me impidió que viera venir lo que se acercaba
desde el fondo del camino, desde esa curva cerrada que abole toda
posibilidad de perspectiva y anticipación y cautela. Así, la oscuridad
impenetrable y, un segundo más tarde, la luz magnética en los
ojos obligándonos a estrellarnos contra ella, las manos más firmes
que nunca en el volante para que nada altere el curso de nuestra
feliz y última colisión.» «En cualquier caso, me parece que ya es demasiado tarde para alterar
mi punto de fuga y cambiar la velocidad de las cosas para convertirme
así en la persona que pude haber sido en lugar del personaje que
soy.» Entonces suenan las sirenas que nos llaman al almuerzo y vestidos
de blanco, con telas ligeras, caminamos como espectros de andar
liquido y mirada seca rumbo al comedor de primera clase y yo escondo
la libreta en un bolsillo por temor a que su dueño verdadero me
la reclame o por miedo a que no me dejen entrar con ella, quién
sabe. Hace días que el cielo está lleno de prodigios. Nubes que
se mueven con los imprevisibles y lánguidos movimientos de la
tinta que se deja caer en el agua. Hay momentos en que deformación
profesional, supongo me parece leer algo entre los resplandores
rojos y verdes del atardecer, justo antes de que asomen las estrellas
bordadas en el pesado manto de la noche. Hay momentos en que el
cielo parece una página escrita en hebreo, de derecha a izquierda.
¿Y no será que la noche se levanta en lugar de caer? El lugar
común de «la noche cae» siempre me sonó incómodo y mentiroso.
En el campo o en el océano la noche se levanta sin atenuantes,
como la muerte, como los finales, y la tenue tregua de las estrellas
no hace más que subrayar la idea de lo impensable. Así, cuando
uno cree comprenderlo todo, enseguida sobreviene el espanto de
la más absoluta de las ignorancias. La noche nos pone, siempre,
en nuestro lugar. Supongo que no existe fantasía más egoísta que la de imaginar
que el propio fin coincidirá con el final de todo y de todos y,
sí, esta es otra historia sobre el fin del mundo. Nadie lo sabe
con la excepción de mi persona y de la pasajera de primera clase,
la mujer que me la cuenta con palabras lentas de alcohol, con
pausas de hielo girando en el vaso. Esto no es un cuento ni pretende serlo . Hecha la advertencia
abro la libreta y leo al azar notas sueltas que yo no escribí: «Si bien puedo comprender con algo de esfuerzo que una mujer
pueda emitir ruiditos tiernos enfrentada a la súbita presencia
de una ardilla y una ráfaga de alaridos ante un ratón, jamás podré
entender la noción de esas damas tan dedicadas a la hora de ofrendarle
todo su amor a un perro con cara de bobo para negárselo sistemáticamente
al hombre que juran adorar y que también tiene cara de bobo.» Sigo leyendo: «El Argentino dejó de leer porque el avión comenzaba a llenarse
de argentinos más que dispuestos a desaparecer en Miami. Oh, Miami,
aberrante torta de colores pastel, pensó El Argentino. Y los vio
subir despacio, sin apuros, como si el avión les perteneciera
a todos y cada uno de ellos por separado. ¿Cómo reconocer a uno
de sus compatriotas en el aire?, pensó. Fácil. Tan fácil. Los
argentinos son aquellos que se ponen de pie y caminan por los
pasillos del avión, impulsados por el mandato de un reflejo casi
pavloviano, apenas se enciende el cartel de Fasten Seat Belts.
Los argentinos son los que fuman en el área para no fumadores.
Los argentinos son los que se sientan para conversar con un desconocido
en el apoyabrazos de una butaca ajena y ocupada. Los argentinos
son los que suben con paquetes más apropiados para una incursión
al Congo. Los argentinos son los que no pueden parar de pensar
en las bondades del free shop como si se tratara de una de las
alas más impostergables del Louvre. Los argentinos son aquellos
que se paran al frente de todo y de todos y ponen sus brazos en
jarra como si estuvieran pasando revista a un ejército privado.
Los argentinos son los que torturan a las azafatas. Los argentinos
son los que nunca viajan en la aerolínea de su país pero no pueden
evitar la crítica a las otras comparándolas, siempre, con las
insuperables virtudes de los aviones patrios. Los argentinos son
los que aplauden cuando el avión aterriza como si fueran emperadores
romanos celebrando la victoria que les dedica un Espartaco volador.
Apuntes para una teoría del lector
Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!
Eso es todo, todos somos lectores de un modo o de otro.
El Bien y el Mal las claves obvias de nuestra caída y los
códigos secretos de nuestra salvación descansan en paz, se revuelcan
en las sábanas rojas de la guerra y se enferman de buena salud
en el centro mismo de esa diferencia irreconciliable que, tarde
o temprano, conducirá al final de nuestros días en el universo.
Algo los une sin embargo: para los hombres, para todos los
escritores y los lectores, la Historia vano mecanismo de defensa
siempre es el pasado. Sólo a medida que envejecemos comenzamos a comprender,
gracias al tibio y casi inútil consuelo al que se accede con la
perspectiva de los años, que hemos vivido la Historia casi sin
darnos cuenta y que ¿primera y última cortesía de la muerte?
no demoraremos en encontrarnos ligados a Ella por toda la eternidad.
Así, nuestra humilde y hasta entonces fluvial historia desemboca,
con un último aliento, en el inconmensurable océano donde van
a dar todas las tramas. Así, el fin de los tiempos y el fin de
la Historia; y, de vivir adentro de un volumen de cuentos, de
ser uno de sus personajes, nada me molestaría menos que ubicar
este embrión de relato una breve introducción en realidad, apenas
la incierta luz de una teoría, la sombra de un cuento en las
primeras páginas. La paradoja del fin del mundo en el principio
de un libro. Una humilde trampa que funcionase no para desconcertar
al lector sino para juguetear con la idea de un nuevo inicio concebido
durante el último acto del inmenso e inalcanzable universo imposible
de poner por escrito, ahí afuera.
Lejos, muy lejos de los novedosos fulgores instantáneos Internet,
aislado de la tecla fácil y con la sola ayuda de tinta densa y
oscura, escribo todo esto no en la pequeña e infinita libreta
de notas que me ha acompañado con la fidelidad de un perro de
papel a lo largo de tantas travesías sino en otra. Una libreta
que encontré hoy abandonada sobre una reposera. Sus páginas están
casi llenas con la letra inconfundible de aquel que se ha acostumbrado
a la electricidad de un teclado y ha perdido para siempre el fluido
placer de la tinta. Este es el último viaje, no hay más después
de esto, le digo a la libreta huérfana. Y le doy palmaditas en
su lomo de cuero gastado y la abro y ya me he acostumbrado a leer
respetando el balanceo de las aguas. La tensión primero en una
pierna y después en la otra. Mis ojos sobre las páginas han ido
adoptando una cadencia decididamente oceánica y pendular: las
palabras primero se inclinan hacia un lado y después hacia otro.
Ideas que caminan de proa a popa, oraciones que arrojo por babor
o estribor para regocijo de albatros y tiburones. ¿Quién será el autor de todo esto? ¿Cuál de los pasajeros?, me pregunto sin demasiadas ganas de contestarme mientras experimento
ese ambiguo sentimiento del que sostiene por primera vez un revólver
cargado y leo líneas al azar, frases sueltas, fantasmas de vidas,
intrigantes reincidencias, disparos a ciegas:
Ayer, mientras dormía al sol de las reposeras, mi ejemplar
de Life of Johnson posado sobre el pecho, una tormenta de gaviotas nos atacó en altamar.
Huimos de las cubiertas, nos refugiamos en el bar y sirvieron
cocktails gratis para todos. El capitán no supo explicarme semejante
aberración. Hoy, un ejército de ballenas, comandado por la supuesta
imposibilidad de una ballena blanca y gris, acompañó al barco
durante un trecho largo cantando lo que al menos a mí me pareció
una versión más que aceptable del aria de Madame Butterfly. Hay rumores de que hemos perdido todo contacto con tierra, que
la tierra se ha perdido, que el océano no es más que un espejismo
y que nosotros somos ya parte indivisible de su escenografía de
agua.
No es que a mí me preocupe demasiado. En realidad, nada me
cuesta admitir que me complace lo que ocurre y que hace años que
no experimento esta forma tan rara de la dicha. Nada muy diferente,
tal vez, a esa definitiva excitación del que decide saltar desde
un andén segundos antes del paso de la locomotora; pero yo prefiero
relacionar este alegre virus con ciertos estadios a los que difícilmente
se accede en mi métier. Recuerdo oportunidades en las que, al empezar a contar una historia,
yo no podía evitar compararme con el clavadista de altura que
respira hondo y se deja caer, sabiendo de antemano que la horizontal
de esa ola fue pensada sólo para que él a partir de la vertical
de su cuerpo la atravesase con el obsequio de una razón de ser.
Del mismo modo, al ordenar las primeras palabras de una trama,
el escritor se enfrenta a varias puertas cerradas con candado
y, si tiene suerte, elige la que corresponde a la llave de su
pluma fuente.
Cuando se trata de narrar el fin del mundo, toda esta sintomatología
se intensifica y, ante lo limitado del tiempo, las posibilidades
son paradójicamente infinitas. ¿Se me considerará soberbio, perjudicará
mi tránsito hacia otro mundo, si confieso aquí que la primera
puerta que empujé se abrió sin resistencia, que la primera puerta
era la puerta correcta?
Ahí viene, ahí me la va a contar aunque ella todavía no lo
sepa.
Siempre ocurre, como un reflejo condicionado: las personas
reconocen a un escritor y no vacilan en contarle una historia
propia, una historia que siempre creen mejor que cualquier otra.
Cada vez leen menos libros y más pantallas de computadoras y no
pueden evitar la excusa de sentirse parte importante de algo por
poseer uno de esos rincones limpios y bien iluminados en la Internet.
La estúpida blasfemia de no leer pero querer escribir o que alguien
los ponga por escrito.
Pero, antes de seguir adelante , algunas digresiones azarosas
y seguro, gratuitas.
La inminencia del final suele despertar en los hombres el
eco de memorias que se creían dormidas para siempre. Así, otra
vez sobre la cubierta del S.S. Neptuno, vuelvo a recordar el día en que gané un perro en una rifa de kermesse
y lo llevé a mi casa y, mientras yo dormía, mis padres decidieron
regalarlo y a la mañana siguiente no dudaron un segundo en decirme
que yo no había ganado ningún perro, que yo lo había soñado. Tal
vez entonces haya comenzado todo. Mi fascinación por los fantasmas.
Los fantasmas tímidos con los que nos cruzamos en los aeropuertos
de África; los fantasmas nacidos de los celos; los fantasmas puntuales
convocados por una máquina que funciona alimentada por el rigor
salado de las mareas.
Mi indisimulado placer en lo fantástico y lo desaforado siempre
descansó en la firme creencia de que una historia no es más que
el fantasma de una vida. O viceversa. La literatura es una calle
de doble mano. Y las vidas cuando mueren, si tienen suerte se
convierten en historias. Y algunas ficciones, con el correr de
los años, pueden confundirse en las rutas de lo verídico Se empieza
de un lado o del otro. Yo me confieso alumno de la primera escuela
y hay un instante sublime en que ambas posibilidades se funden
en una y es ahí cuando se intuye, apenas, la grandeza y el horror
de la literatura. No hay que pensar demasiado en todo esto, claro.
Puede resultar soberbio y, por lo tanto, peligroso. La verdadera
función del escritor su sola razón de ser, su sencilla manera
de serle útil a la sociedad es entonces la paciente y placentera
observación y el meticuloso registro de semejante fenómeno. Pararme
en una curva del camino, escondido detrás de un cartel, cronómetro
en mano, y determinar, sí, mi versión privada de lo que creo haber
entendido se trata la velocidad de las cosas: el tiempo exacto
que le lleva a una vida convertirse en historia y a una persona
mutar en personaje. Seguirla y seguirlo en su viaje. Ponerla y
ponerlo por escrito. Siempre pensé también que toda vida pasa
por una suerte de filtro antes de convertirse en historia. Un
santuario, una forma de limbo narrativo donde vagan todas las
tramas y las frases se ordenan y las historias son siempre más livianas que las vidas, se descarta el exceso de equipaje
que pueda arrastrar la posibilidad de un cuento.
Me gusta pensar en este sitio como en «El Extranjero», un
mapa abierto donde es extremadamente fácil perderse por el solo
placer de encontrarse. E1 Extranjero es entonces esa ruta por
la que yo pasajero de última llamada que sacude su pasaporte
por sus muelles y aeropuertos he perseguido tantas teorías a
las que sólo me permití alcanzar cuando estuve seguro de poder
convertirlas en práctica demostrable, en prueba incontestable
de algo digno de ser contado. No por nada me acuerdo ahora sin
saber del todo por qué me acuerdo L. P. Hartley escribe al principio
de The Go-Between que «El pasado es un país extranjero. Allí hacen las cosas de
otro modo». Creo que está en lo cierto.
Si las cosas raras que contamos tienen lugar en el extranjero
o en El Extranjero, es as cosas raras se nos vuelven un tanto
más creíbles. Por eso la mayoría de nosotros preferimos contarlas
desde cierta distancia, lejos. Ubicarlas en falsos pretéritos,
fingiendo que miramos hacia atrás desde el presente de nuestras
plumas cuando en realidad lo que el lector cree que ya sucedió
está sucediendo para nosotros. Siempre. Teoría de la relatividad
aplicada a la respiración curva de un cuento. No hay pensamiento
más absurdo y soberbio que la idea de que una historia concluye
cuando se la ha terminado de contar. No, la historia sigue en
movimiento alentada por la ambición secreta de volver a convertirse
en una vida, de invertir la polaridad del rumbo recorrido con
la velocidad de las cosas.
Estos días han sido un poco así. Yo al acecho, caminando sin
brújula alguna por cubierta, cambiando el rumbo de mis pensamientos,
consciente de que una idea no es más que otra manera de llamar
al viento, y soportando estoicamente el asedio de sombras y de
voces de ese ayer que reclama un sitio, una posibilidad. El sonido
estival de los partidos de tenis y la risa turbia y teñida de
las vedettes a la salida de un teatro. El eco preciso de esas
conversaciones cuando escribíamos de a dos riéndonos a carcajadas.
El rumor de un automóvil nuevo conducido a toda marcha y camino
abajo. El descubrimiento de que mis primeros libros ahora los
recuerdo como si los leyera, como si los tuviera frente a mis
ojos no eran tan malos después de todo, y el placer siempre distinto
en la repetición constante de un helado de frambuesa en un viaje
sin mapa y sin prisa a París. E1 prodigio que late en ciertas
historias, el heroísmo de ciertos sueños. Todas estas imágenes
y sabores y palabras vuelven a mí con tal precisión que no puedo
sino pensar que aquel lugar común aunque imposible de comprobar
la idea de que uno ve pasar toda la vida en cuestión de segundos
cerca del final tal vez sea cierto y hasta razonable. Tal vez
esto mismo le esté pasando a todos los pasajeros del S.S. Neptuno. Los rostros demacrados, las manos que tiemblan al sostener una
copa, el afán en repetir meticulosamente y día a día la misma
secuencia de movimientos pretendiendo así detener el tiempo y
la conspiración de conversaciones siempre en voz baja parecen
dar cierta sustancia a mis sospechas. Tal vez esto mismo ¿una
enfermedad?, ¿una cura? le esté pasando ahora a todos los habitantes
del planeta.
Alguna vez declaré que nada me gustaría más que esperar el
fin del mundo adentro de un cine. Tal vez me apresuro a aclarar
que esta es, a pesar de todo, una historia de deseos cumplidos
mi deseo se haya hecho realidad. Tal vez, sin que yo me dé cuenta,
todo esto tenga lugar adentro de un cine. Tal vez este huracán
del pasado que me alcanza y me sacude no sea más que una película
a veces en blanco y negro, a veces en colores, nunca del todo
comprensible pero aun así interesante.
«El Argentino los vio a todos ellos. Vio a los portadores
de teléfonos celulares experimentando las primeras inquietudes
del síndrome de abstinencia, gordos resignados a no sonar por
el tiempo que estuvieran en las alturas. Vio a las mujeres flacas
pensando en todo lo que iban a comprarse. Vio a varios exponentes
de su su raza favorita: El Argentino contempló el galopar de una
tropilla de rubias esposas de polistas cabalgando hacia Miami
después de haber cabalgado por Londres o Sydney. Imposibles de
distinguir unas de otras lo mismo les sucede, siempre, a los
neófitos en las artes de lo equino galopando felices en la pista
pura sangre de un doble apellido sospechoso. Blue jeans nuevos
y botas tejanas y anteojos oscuros y yeguas fértiles y frígidas,
mujeres que hacen el amor paso por paso, como si estuvieran en
una iglesia siempre rodeadas por trillizos, cuatrillizos y quintillizos
y seguidas por sirvientas a quienes obligan a viajar con uniforme
y cofia.
«Uno de los círculos menos frecuentados del infierno por
terrible, porque no muchos villanos merecen semejante castigo
es, seguro, un avión repleto de argentinos, decidió El Argentino.
El Argentino pensó en sacar su cuaderno de notas y anotar todo
esto para usarlo algunas vez en esa novela que jamás había escrito
pero lo pensó mejor y prefirió no hacerlo. No hacía falta. Todos
los argentinos iban a desaparecer en Miami. Esos argentinos que
entre un avión y otro recuerdan en voz alta sin escucharse todo
aquello que se compraron durante el viaje recitando artículo por
artículo como si se trataran de gracias o virtudes.
«Después, enseguida, los aviones fueron haciéndose cada vez
más pequeños, las turbinas mutaron a hélices, la tierra vista
desde las nubes se pareció cada vez más a la ingenua mentira de
uno de esos mapas en colores y las escalas se sucedieron unas
a otras felices de multiplicar el perverso espejismo de los aeropuertos.
Ya estaba en X pero todavía lejos de Z y de verse apenas obligado
a El Argentino nada le hubiera costado confesar que lo que menos
le importaba era acceder al final de todo el asunto, llegar. El
Argentino corría en cámara lenta por pasillos siguiendo las órdenes
de los carteles que lo llevaban de un vuelo a otro y deteniéndose,
por contados minutos, en las librerías vía aérea para hojear páginas
al azar en libros de autoayuda. Cómo decirle a su hijo que la mascota murió. Cómo recalentar lasagna.
Cómo aprender a sonreír. El Argentino se pregunta sobre la súbita proliferación, en los
últimos tiempos, de los libros de autoayuda en los aeropuertos
y en los aviones. Los libros de autoayuda, piensa, han venido
a suplantar a las Biblias y a los brevarios de oraciones que en
algún momento ayudaron a soportar el sacrilegio de, previo pago
de un pasaje, parecerse todavía más a Dios y poder volar y poder
trasladarse de un país a otro en cuestión de horas.
«¿Será esta pequeña libreta donde anota ideas sueltas un libro
de autoayuda?, se pregunta El Argentino. Buena pregunta y es posible,
se responde. La libreta como involuntario manual para escritores
bloqueados, para escritores que se la pasan carreteando por la
pista sin recibir autorización de la torre de control para despegar
su historia.
«De pie, junto a El Argentino, un hombre de negocios japonés
se enoja con un libro titulado Cómo escribir cartas familiares. El japonés le explica como si El Argentino fuera el editor responsable,
como si El Argentino tuviera la culpa de todo que "cuando los
japoneses escribimos cartas personales, escribimos en líneas verticales,
de arriba a abajo y de derecha a izquierda. Seguimos un modelo
preciso e inmemorial y nunca nos apartamos del mismo. Primero,
para empezar, un breve comentario acerca del clima y a continuación
siempre preguntamos acerca de la salud del destinatario. Pero
en los Estados Unidos, en Occidente en realidad, donde, claro,
las cartas se escriben con líneas horizontales y de derecha a
izquierda, la gente cuenta lo que se le antoja y sin ningún tipo
de orden. No hay orden en Occidente"
«El Argentino recuerda todas esas películas japonesas que
a él siempre le parecieron ligeramente extraterrestres por los
bruscos giros argumentales y las por momentos incomprensibles
reacciones de los personajes en los que nunca podía dejar de pensar
como en actores o, tal vez, como miembros de alguna secta misteriosa.
El Argentino se excusa con El Japonés y le da las gracias por
la explicación y, antes de seguir corriendo, le dice a El Japonés
que él no tiene familia, que no va a escribirle a nadie, que puede
quedarse tranquilo, que el fin del mundo está cerca, más cerca
de lo que todos piensan y que...»