La Forma del Fuego
Quince lunas más tarde, la Biblioteca de Alejandría continuaba
ardiendo como la primera noche. La noche en que los soldados del
orgulloso César arrojaron antorchas sobre manuscritos tan viejos
como el mundo.
Con el tiempo cree Forma la Biblioteca de Alejandría se
consagró como una de las intangibles siete maravillas del mundo.
Dicen que el gran simio King Kong vertiginoso poseedor de
un destino tan trágico como el de la Biliotecafue la octava maravilla.
La Biblioteca volvió a arder en el 390 y en el 641, cuando
el pérfido califa Omar hizo cenizas de los estantes sobrevivientes.
No conforme con haber descubierto el fuego, el hombre insistió
hasta descubrir que el fuego era especialmente útil cuando se
trataba de quemar libros, porque después de todo Dios había
dejado de hablarle al hombre una vez que éste cometió la osadía
de ponerlo todo por escrito, en las páginas de la Biblia.
El torrencial dominico Girolamo Savonarola recuerda Forma
ordenó a miles de niños florentinos que secuestraran volúmenes
teóricamente impíos y que los apilaran para su purificación en
la Piazza della Signoria. La pirámide de letras e historias pronto
alcanzó los cincuenta metros de altura y ¿cómo olvidar a ese viento
caliente que corrió por las calles de Florencia? ¿Cómo no llorar
por tanta ciencia y tanta ficción consumiéndose en el oxígeno
de esa noche maldita?
Las mujeres florentinas perseguían papeles en llamas que se
colaban por sus ventanas amenazando el sedoso sueño de las cortinas;
y así fue como una de esas chispas se demoró un año en alcanzar
los hábitos del mismo Savonarola, que ardió como un libro por
orden del papa Alejandro VI delante de todos aquellos que habían
padecido su sonrisa satisfecha ante el fuego de las palabras.
El que a fuego mata a fuego muere. Forma todavía recuerda
la carcajada de Hitler y el grito silencioso de Kafka (quien le
había pedido fuego a Max Brod), y de Freud, y Einstein, y Zola
haciéndose humo durante los fuegos de Berlín y Nuremberg, esperando
que el mismo Hitler fuera parte de ese humo negro de donde no
hay retorno.
Por encima de los calendarios, los libros siguen ardiendo.
Los libros siguen despertando el temor de los culpables.
Los hombres siguen encendiéndolos con el mismo entusiasmo
que en aquellas tórridas noches egipcias. Y a Forma se le hace
difícil olvidar ese agente del orden quien después de una rápida
autopsia a las biblioteca de sus padres, durante una noche de
los '70 se inquietó ante el potencial subversivo de un libro
llamado La Revolución del Surrealismo.
El 16 de noviembre de 1973, el escritor norteamericano Kurt
Vonnegut escribió una carta a Charles McCarthy. Charles McCarthy
director de escuela en Drake, Dakota del Norte había ordenado
la quema pública de varios ejemplares de la novela Matadero 5 de Kurt Vonnegut. La carta en cuestión finalizaba con un indignado:
"Ciertos miembros de su comunidad han sugerido que mi obra es
maligna. Eso me resulta extraordinariamente ofensivo. Las noticias
que me llegan desde Drake parecen indicar que los escritores y
los libros son irreales para la gente de allí. Una vez más: usted
me ha insultado, y yo soy un buen ciudadano, y soy muy real".
Pero la ironía y la buena educación son agua insuficiente
a la hora de tanto fuego. ¿Cómo apagar, si no, aquel "era un placer
quemar" que arde en la primera página de Fahrenheit 451? ¿Cómo evitar la terrible seducción de la fábula que Ray Bradbury
ubicó en un futuro indeterminado donde la adicción a la máquina
y el desprecio por la lectura serían gestos cotidianos?
Cualquiera que ame los libros conoce el dolor que significa
extraviarlos. El espanto del fuego es, por lo tanto, intolerable.
Y si bien se puede convivir con la idea de la mortalidad propia,
el asesinato de un libro parece definitivo e imperdonable. Como
citó Borges: "El mundo, según Mallarmé, existe para un libro;
según Bioy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico,
y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es,
mejor dicho, el mundo".
Ese mismo mundo del que se huye cada vez que se puede.
Se huye cabalgando páginas tan ajenas como propias sobre los
corceles fugitivos de las pupilas mientras, en las espaldas, todavía
arde la Biblioteca de Alejandría y el aire caliente llora el irrespirable
perfume, el pérfido aroma que se come el oxígeno y la tinta, en
nombre de la estupidez de un hombre de fuego.