*** Una Biblia Gideon en un cajón de una cómoda en una habitación
en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. Leo y copio
cada palabra como si se trataran, todas ellas, de frágiles pedazos
de madera con los que algún día alcanzaré a completar la balsa
que me llevará a buen puerto, la balsa que me llevará hasta tu
orilla, querida mía. Escribo sobre el terso papel carta del Sagrado
Hotel de Todos los Santos en la Tierra (sin dirección; apenas
el nombre y ese grabado casi infantil de una aureola flotando
sobre la silueta del hotel, burlándose de todo lo que pueda leerse
a continuación); escribo y comparo y vuelvo a escribir, pensando,
crédulo, que alguna vez llegarás a leer todo esto y podrás entenderme,
si no perdonarme. *** Una Biblia Gideon en un cajón de una cómoda en una habitación
en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. *** Entonces Tom "Bull" Hubbard se derrumbó a mis pies. *** Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación
en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. *** Un sueño en una cama en una habitación en el Sagrado Hotel
de Todos los Santos en la Tierra. *** Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación
del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. *** La búsqueda de un restaurante en el Sagrado Hotel de Todos
los Santos en la Tierra. *** Espejos que copulan con otros espejos para parir un infinito
de superficies falsas, íconos y estatuas sacras, el omnipresente
perfume de las velas y el baile pesado de cortinas de terciopelo. *** Las últimas páginas de una Biblia Gideon en un cajón en una
cómoda en una habitación del Sagrado Hotel de Todos los Santos
en la Tierra.
Corpus Christi
(una receta)
Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación en
el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
Dijo Mateo: Durante la cena Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio
a sus discípulos, diciendo: "Tomad y comed, este es mi cuerpo".
Y es por ese cuerpo y sólo por ese que abandoné el tuyo, querida
mía.
Pero quizás deba explicarme. Es justo que así sea aunque no
me lo pidas, aunque hasta el recuerdo de tu voz se me vuelva más
difuso que una postal apresurada: una vista de los jardines donde
nos besamos por primera vez, un plano detallado para llegar al
perfecto diamante de tu sexo, aquella cama inicial que nada me
cuesta equiparar al Arca de la Alianza.
Sé que no serán éstas la clase de explicaciones a las que
estás acostumbrada. Todo es difuso aquí, salvo la pasión y la
velocidad que me arrojan a este viaje. Por eso sólo te diré, sin
ayuda de brújula alguna, que todo comenzó en la última piedra
del Pont Neuf o en la primera viga del Brooklyn Bridge. En realidad,
ni el lugar ni el puente son importantes. Dentro de
una historia compuesta por aromas y gustos, la geografía es
el más accesorio de los ingredientes, la capacidad de orientación
el más prescindible de todos los condimentos.
Escribo todo esto en un cuarto del Sagrado Hotel de Todos
los Santos en la Tierra. En un lugar llamado Canciones Tristes
que no, ni siquiera intentes buscarlo: ha escapado a la mordaza
de los mapas y los sextantes para aparecer y desaparecer, aquí
y allá, en diferentes playas del planeta dejando tras de sí la
insuficiente espuma de las preguntas. ¿Es el mar o el desierto
lo que escucho desde mi ventana? ¿O es acaso la inmemorial respiración
de un ser superior, de alguien que lo conoce todo porque es quien
dicta las instrucciones para que nosotros las sigamos con festiva
resignación de corderos? ¿Me encuentro próximo al rumor de pacíficas
aguas, de arenas bautismales o se trata, apenas, del clamoroso
rugido de las fuentes que alimentan al Nilo de mi locura?
En el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra los cuartos
son buenos, la atención tan esmerada como silenciosa y en el tiempo
¿días? ¿meses? ¿años? que llevo aquí, difícilmente me he cruzado
con alguien por los pasillos. Atisbo apenas sombras sin nombre,
transparencias que nada me cuesta superponer a las de los ángeles.
Todavía no he tenido la ocasión de probar la comida y lo importante
en el principio, insisto, es aquella figura solitaria, plantada
en el paisaje vacío como ese detalle aparentemente nimio pero
que, si se lo estudia con un poco de respeto, acaba apuntalando
toda la catedral de la perspectiva.
El hombre, recuerdo, vino hacia mí con andar vacilante pero
con determinación final. El puente a nuestros pies pareció inclinarse
apenas hacia mi lado para así facilitar el paso del desconocido
a quien no tardé en identificar. El hombre, envuelto en trapos
alguna vez nobles, náufrago en alcohol barato, se colgó de mi
cuello gritando como un simio tres palabras que me helaron la
sangre.
"¡Lo he probado!", aulló el infeliz y lo que llamó mi atención
fue que, bajo esa superficie de tosquedades y cenagosa verborragia,
la voz del pordiosero se las arreglaba para mantener prisionero
un acento texano y seco como latigazo domado con la férrea elegancia
de los mejores colleges de Boston. El hombre era, claro, el presidente de mi club. El
hombre era Thomas "Bull" Hubbard, heredero universal de Hubbard
Oils Inc., Gran Cabecera de Mesa y presidente honorario de The Big Table, el club de gastrónomos más prestigioso y selectivo de todo el
planeta.
El horror de saberme cercano al final de mi búsqueda parece
fortalecer, con cada noche que paso aquí, mi capacidad para invocar
visiones inéditas o para corregir el cauce de mis recuerdos.
En ocasiones, toda la pantalla de mi sueños parece estar colmada
por las pupilas de Tom "Bull" Hubbard girando en órbitas inexplicables
aun para el astrónomo más versado. Su5 ojos desembocan en un rostro
desencajado, apenas reconocible, y una cosa es clara por encima
de la oscuridad de la noche: a Bull le quedan pocos minutos de
vida; está como nos gustaba precisar en la jerga del club "listo
para servirse". Vuelvo a ver a Tom "Bull" Hubbard en mis sueños.
Campeón nacional de rodeo, millonario impredecible, único hombre
que pudo someter la fría belleza de Brigitta Lafenov, cabecera
imprescindible y comensal número uno de la Big Table.
Sí, recuerdo y vuelvo a ver a Tom "Bull" Hubbard, así lo veo:
presidiendo nuestra mesa, los brazos abiertos, los ojos apuntando
resignados hacia el centro de los cielos, mientras yo no puedo
evitar pensar que la delicada estructura de esa cúpula pintada
de pálidos colores difícilmente soportará el paso de los siglos
y el castigo por la soberbia de mis pecados.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
¿Serán ellos los invisibles huéspedes de este lugar que, en
las horas más afiladas de la. noche, parece poblarse de gritos,
de trompetas e intempestivos batir de alas? Los escucho discutir,
robarse ideas y corregirse mutuamente los manuscritos de sus buenas
nuevas, con carcajadas sarcásticas: "No, idiota, así no fue...
Fue así?".
Mientras tanto, yo con una paciencia que lejos está de la
santidad, espero la llegada de aquel que me revele el secreto
de todas las cosas, sonrío fiebres a esas voces que parecen transpiración
de las paredes, y te escribo con la tibia esperanza de que todo
esto tenga algun sentido por escrito.
La Tierra gira alrededor del Sol, la Tierra gira sobre sí
misma como esas bellas sureñas temblando su primer vals, y con
las sombras llegan las visiones. Y con las visiones me cubre la
posibilidad de un mundo alternativo.
Mira:
La Ultima Cena y el Juicio de Jesucristo tienen lugar en el
vestíbulo, una larga habitación creciendo al sudeste del juzgado
que alguna vez funcionó como santuario. Y, sí, lo sé, todos los
evangelios afirman que la crucifixión y los acontecimientos que
la precedieron tuvieron lugar en un sitio llamado Jerusalén; pero,
como es bien sabido, poco y nada saben los evangelios sobre distancias
y situaciones.
De ahí que la voz en mis sueños su lengua desenrollándose
como uno de esos manuscritos elaborados en piel y cueros de torsos
consagrados me asegure que todo ocurrió en las afueras de Qumrán,
sí, en el sitio exacto donde hoy se alza Canciones Tristes, y
el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, y la habitación
donde ahora sueño, y la cómoda y el cajón y la Biblia Gideon,
que ahora me pide a gritos que no escuche la voz del demonio,
me ruega que la saque de ahí para encontrar fortaleza en el efímero
papel de sus páginas demasiado editadas donde apenas se intuye
una pálida silueta de Los Hechos.
La abro al azar e intento la lectura de alguno de sus párrafos.
Las letras bailan el más perverso de los minués ante mis ojos.
Tengo Hambre.
Lo he probado... Lo he probado, camarada dijo una vez más,
pero sin la excitación de reconocer una cara familiar. Su aliento
era ahora pesado y húmedo como el soufflé que solía preparar mi
abuela por parte materna. Aun así, un ramalazo de emoción me cerró
la boca del estómago: ahí estaba el legendario Tom "Bull" Hubbard
malgastando los últimos segundos de su vida para decirme "camarada".
Lamenté no tener una cámara fotográfica para registrar la caída
de un grande y, me cuesta un poco confesarlo, un grabador para
registrar aquel fraternal e irrepetible "camarada" que llevaría
prendido en mi memoria como una medalla hasta el fin de mis días.
Me quité el abrigo y se lo acomodé bajo su cabeza cansada.
Tom "Bull" Hubbard se aferró a mi corbata y, con una voz espantosa,
gimió:
Existe, existe...
¿Quién? ¿Qué?casi grité.
Tom "Bull" Hubbard cerró los ojos y dejó escapar lo que me
pareció un último suspiro. Me estaba quitando el sombrero en señal
de respeto cuando volvió a abrirlos.
Corpus...murmuró el disparo de una sonrisa final que no
hubiera estado de más en una chica desplegable de revista prohibida.
Palidecí como un pavo que mira el almanaque y descubre que,
sí, mañana es el Día de Acción de Gracias. Ahora era yo quién
sacudía a Tom "Bull" Hubbard.
¿Qué Corpus? ¿CORPUS CHRISTI?
Bingo. Justo en el centro del asunto, camarada. Bingo. Tom
"Bull" Hubbard mostró los dientes; y como prueba de su increíble
afirmación me tendió una servilleta sucia que exhalaba un aroma
tan delicioso como inclasificable. El aroma, descubrí, se desprendía
de una solitaria migaja que enseguida me arrebató un cambio del
viento. Una última convulsión cruzó el cuerpo de Hubbard como
barco permisivo que no piensa volver a puerto. Arranqué la servilleta
del abrazo de sus dedos y me la guardé en el bolsillo.
Tom "Bull" Hubbard estaba muerto y yo, querida mía, estaba
condenado.
Dice Mateo: A la hora determinada se puso a la mesa con los discípulos. Y
les dijo: "He deseado vivamente comer esta pascua con vosotros
antes de mi pasión. Os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla
en el reino de Dios. Luego tomó pan, dio gracias, lo partió y
se lo dio, diciendo: "Esto es mi. cuerpo, que es entregado por
vosotros; haced esto en recuerdo mío".
El mejor médico forense adjudicaría la pasión y muerte de
Hubbard, sin dudar un instante, al sismo maleducado de un paro
cardíaco. Pero estaría equivocado. Yo, que paladeaba la verdad,
decidí entonces mi destino: continuar la empresa en honor a Tom
"Bull" Hubbard, querida mía. La verdad era que el ya de por sí
exigido organismo de Tom "Bull" Hubbard no pudo resistir los fulgores
y el éxtasis del Corpus Christi, pan sagrado con que el Mesías
convidó a sus discípulos.
Yo en cambio era un hombre joven y sano. Un elegido. Un cruzado.
Lo único que necesitaba era una pista, un hilo de aroma que
me condujera al único sitio donde hoy, casi dos mil años más tarde,
se conservaba viva la receta del Corpus Christi.
Me abalancé sobre un Hubbard ya frío y revisé los bolsillos
de lo que, hacía mucho tiempo, podría haber pasado por un exclusivo
trench coat. Una medalla de San Cristóbal, una liga de strip-teaser y al
fondo de todo una tarjeta del restaurante de un hotel. Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, leí. Comprobé si tenía encima mi arsenal de tarjetas de crédito.
Detuve un taxi.
Al aeropuerto dije.
Querida mía, sueño que en los últimos minutos de una tarde,
trece hombres se acercan a una mesa y ocupan sus lugares. El orden
en que se ubicarán ha sido meticulosamente establecido de antemano;
cada uno de los hombres va directamente a su lugar y nadie tropieza
con nadie. Jesús, como rey, en el oeste; y Jonathan, como sacerdote,
en el este. Ambos están levemente elevados por encima de los demás
en asientos con almohadones y un poco separados de la mesa.
La comida dura cerca de cuatro horas, según la costumbre esenia
dedicando las dos primeras a satisfacer el hambre y las dos restantes
a llevar a cabo el ritual sagrado. Veo a Jesús partir su cuerpo
y dividirlo entre sus discípulos. Su cuerpo pasa de mano en mano,
sin apuro. Me despierto con un grito ahogado al descubrirme a
mí mismo en un extremo de la mesa.
Dice Juan: Después de lavarles los pies, se puso el manto, se sentó de nuevo
a la mesa y les dijo: "El que come conmigo se ha vuelto contra
mí. Os lo digo ahora antes que suceda, para cuando creáis que
yo soy el que soy. Os aseguro que el que reciba al que yo envíe
me recibe a mí, y el que me recibe al que me ha enviado".
Querida mía, en la puerta del Sagrado Hotel de Todos los Santos
en la Tierra me recibió un hombre demasiado parecido a Cristo
como para sentirse cómodo con la similitud. Por eso, tal vez,
el hecho de que escondiera sus ojos tras un par de anteojos negros
y llevara el pelo recogido en una trenza. Un oscuro látigo de
cabello caía sobre la espalda de una campera de colores tan fuertes
que me obligaron a desviar los ojos, para que no se desprendieran
mis retinas fatigadas por tanto viaje.
Estábamos esperándolo, me dijo con una sonrisa manchada donde
faltaban algunos dientes.
Mala alimentación, recuerdo haber pensado. Y entré al Sagrado
Hotel de Todos los Santos en la Tierra pensando que ingresaba
en un edificio cuando, en realidad, estaba siendo devorado por
una ballena.
No tarda en detenerse mi reloj. El folleto junto al teléfono
ofrece la parcialidad de un plano en mínima escala no hay señales
de la existencia de un restaurante en él pero por ningún lado
aparece un índice telefónico. Aquella tarde presioné números al
azar, querida mía, y sólo conseguí entrometerme en conversaciones
ajenas. Voces que parecen haber descendido siglos atrás desde
los cielos y que ahora no pueden encontrar el camino de vuelta.
No tardo en comprender que aquí el tiempo es otra cosa y está
bien que así sea.
Las primeras incursiones por los pasillos no son de gran ayuda.
Sombras y susurros y escaleras comulgando con otras escaleras
y puertas que no dan a ningún lado. La perversa arquitectura del
espanto parece crecer en todos los rincones para sostener estos
cimientos. A partir de lo que creo es mi segundo día en el Sagrado
Hotel de Todos los Santos en la Tierra, ato el extremo de un ovillo
de lana al picaporte de la puerta de mi habitación y parto en
husca de mi Samarkanda, Eldorado, Polo Norte, del Estrecho de
Magallanes o de la cumbre de la montana más alta. Cualquiera de
esos lugares especiales donde pararme y abrir mis brazos en una
parodia de triunfo.
Lo más terrible ocurre, querida mía, cuando, al abrir una
puerta o cruzar un pasillo me encuentro con mi propio rastro.
Lo más terrible, querida mía, ocurre cuando regreso al relativo
refugio de mi habitación y descubro que alguien ha cortado el
extremo del ovillo.
Tengo hambre, necesito alirmentarme. Sólo me sostiene la idea
de que estoy purificando mi cuerpo para ser digno del relámpago
Corpus Christi.
Escribo todo esto, creo, minutos antes de perder el conocimiento.
Me despierto sentado a una mesa del restaurante del Sagrado
Hotel de Todos los Santos en la Tierra. No hay menú, lo que simplifica
las cosas y me convence de que tanto sufrimiento no ha sido en
vano: este restaurante puede ser. después de todo, el perfecto
equivalente de este-es-un-pequeño-paso-para-un hombre-pero -un-gran-paso-para-toda-la-humanidad.
El maitre es el mismo individuo que ¿horas, días, meses,
años atrás? me dio la bienvenida y me acompañó a mi habitación
para después desaparecer con la velocidad de un suspiro. No me
asombra descubrir que ya no se parece tanto a Cristo, que la sonrisa
afilada que me dedica estaría de más en el rostro de cualquier
mártir.
Por favordigo cuando se acerca a mi mesa, tenga a bien
traerme un plato de Corpus Christi...
El hombre me dedica entonces la más irónica de las reverencias
y se retira después de chocar los talones de sus botas de alpinista
siguiendo la costumbre prusiana.
Creo que han pasado varios días, querida mía, y todavía lo
estoy esperando sentado aquí, en una mesa del Sagrado Hotel de
Todos los Santos en la Tierra.
Ya sabes, querida mía; esas últimas páginas de una Biblia,
páginas en blanco donde bajo el rótulo de Pensamientos uno debe
anotar nombres de abuelos, padres, hijos, gente que vuelve al
polvo; se recogen pensamientos junto a fechas de nacimientos y
de muertes generados por la lectura de lo divino en este libro.
Querida mía, habiendo agotado mi reserva de papel con membrete,
te escribo esta carta en las últimas páginas libres de mi Biblia,
te escribo desde Canciones Tristes, desde una habitación en el
Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
¿La recibirás algún día? Quién sabe. De algún modo y no me
pidas que lo explique, el que esto llegue a tus manos y me justifique
ante los otros mortales no me parece demasiado importante. Estoy
más allá de toda posibilidad de redención. La estupidez que puso
en marcha toda esta empresa así como la estupidez de todos aquellos
que construyen el desierto de sus vidas con el falso follaje del
hedonismo y el espejismo de las pasiones del cuerpo, ahora lo
comprendo, no despertaría la piedad de ningún jurado.
Maldito sea entonces este hombre que se apartó de tu lado
por la más imbécil de las quimeras.
Pero, hay momentos, querida mía, en que todo este largo peregrinaje
parece recuperar cierto sentido, cierta inequívoca coherencia.
Aquí estoy, aquí estuve, aquí estaré, querida mía. Mapas cuya
batería se ha agotado por completo y billetes de papel de arroz
desvaneciéndose entre mis
dedos afiebrados. Nombres impronunciables, kilómetros, transpiración
de neones bajo la lluvia, pipas de opio y jeringas, millas náuticas.
Lo alcanzaré en X. Casi me matará en X. Por momentos, querida
mía, Canciones Tristes parece todos los lugares y ninguno, moviéndose
por el atlas como la copa enloquecida de un medium, y las nociones
de perseguidor y perseguido se confunden en una sola, y huyo,
y sigo, y cada vez es más verde o más gris el paisaje que alguien
proyecta sobre un telón azul de mi desorientación y mi euforia
hecha movimiento.
Existe una terrible posibilidad. El hecho de que tal vez haya
probado el Corpus Christi y que su sabor fuera de este mundo haya
anulado mi razón y mis sentidos. Descarto esta idea como quien
niega a creer lo que ven sus ojos al otro lado de la ventanilla
del avión, la imagen de ese motor en el ala deteniéndose ante
nuestra mirada aérea resignada a lo que vendrá porque, bueno,
el hombre no tiene nada que hacer aquí arriba.
Entonces recorro habitaciones para distraerme. En ocasiones,
congelado por la desesperación, inicio un fuego en algunas de
ellas, las que menos me gustan. Hay tantas para elegir y no hay
apuro: el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra tardaría
años en quemarse; arderá hasta el fin de los tiempos. Cientos
de habitaciones para recorrer cada día y cada una de esas habitaciones
compaginadas como episodios desordenados de una serie, como escenas
de películas diferentes adheridas azarosamente con un nuevo golpe
de timón al argumento, con un nuevo e imprevisible núcleo de final.
Me asomo a las ventanas y ya no me asusta el constante descubrimiento
de paisajes diferentes. A veces me golpea la bofetada húmeda de
una jungla subtropical bordada de mosquitos; otras veces cae una
nieve densa y en blanco y negro y veo a un hombre correr en la
nieve, gritando algo que no alcanzo a oír.
Una noche me encuentro con un joven diminuto que sólo habla
en letras mayúsculas.
QUE LOS ANGELES TE GUIEN AL PARAISO me dice. Yo le agradezco y anoto cada una de sus palabras sabiendo
que ya no volveré a verlo, que nunca más volveré a esa habitación
donde lo descubrí adorando un maniquí sin brazos vestido de rojo.
¿Te escribo ahora en la cubierta de un lanchón, alucinado,
mi escritura ondulante? ¿O te escribo en las últimas páginas de
una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación
del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, mientras vuelvo
a leer una y otra vez las últimas letras del Apocalipsis?
Leo y es como si leyeras conmigo, aquí, a mi lado, mi mano
sedienta buscando el consuelo de tu jugo: Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco; el jinete
se llama el fiel, el veraz, y juzga y lucha con justicia. Sus
ojos son como una llama de fuego; sobre su cabeza tiene muchas
diademas; tiene un nombre escrito, que sólo él conoce... Después
vi al ángel puesto de pie sobre el sol, que gritó con voz potente
a todas las aves en el cielo: "Venid y reuníos para el gran banquete
de Dios, para que comáis la carne de los reyes, la carne de los
generales, la carne de los valerosos, la carne de los caballos
y de sus jinetes, la carne de todos, libres y esclavos, pequenos
y grandes". . . Y todas las aves se saciaron de sus carnes.
Querida mía, hay quienes aseguran que el fruto del árbol de
la sabiduría en los primeros tramos bíblicos es una cómoda vulgarización
anticipatoria, un hors d'oeuvre de lo que sería el Corpus Christi, el manjar que fulmina a todo
aquel que no es digno de morderlo, aquel que descalifica sirenas
y carcajadas al concursante en el programa de preguntas y respuestas.
Cuando las nubes negras comienzan a ubicarse en la línea de
partida del horizonte, cuando cierro mis ojos "como una llama
de fuego" para negarlas, me gusta, querida mía, recuperar algo
de coraje pensando que yo soy ese jinete"el fiel, el veraz",
me gusta pensar que después de todo tengo un lugar privilegiado
en la mesa de esta historia.
Pienso que la ingestión del Corpus Christi va a ser mi gloria
y no mi perdición.
Volveré a tu lado, querida mía, con la receta y la luz.
Abriré sin aviso la puerta de tus aposentos y ahí estarás,
toda curvas y sonrisas apenas vestidas por la suave cáscara de
sábanas de seda. Entonces tu rostro se alzará hacia el mío, una
de tus cejas bailará experta y con esa voz que me sostiene y me
fortalece aquí, tan lejos de todo, en este lugar olvidado por
Dios y por el hombre, me dedicarás la innecesaria orden de una
sola palabra.
"Cómeme", dirás mientras me pierdo y me encuentro único invitado
a este gran banquete de Dios una y otra vez en el abrazo de tus
piernas.