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Reportaje a Rodrigo Fresán

RODRIGO Fresán acaba de publicar Esperanto, su primera novela.
En 1991, después de su debut literario con Historia argentina,
Fresán fue considerado uno de los escritores más interesantes
de la nueva generación. Ahora, a los 32 años, lleva tres volúmenes
de cuentos publicados ( Vidas de santos y Trabajos manuales, además
de Historia argentina) y tiene dos en gestación: Ciencias exactas,
otro libro de ficciones breves, y Mambrú, una novela.
"Siempre tuve la idea de escribir una novela que se llamara Esperanto,
porque me gustaba el sonido de la palabra. Son siete días en la
vida de un tipo de 35 años, durante los cuales se le da vuelta
todo su sentido de la realidad y de lo que él entendía como su
pasado, su presente y su futuro. Estoy muy contento con los resultados
porque pude finalmente dominar la estructura novelística; hasta
el momento tenia más incorporado el formato del cuento.
Y me ocurrió una cosa muy rara durante las vacaciones que
pasé en Córdoba con mi mujer, en marzo. En una oportunidad me
desperté a las cuatro de la mañana y le dije a Claudia que había
soñado una novela completa Fui corriendo al baño con un cuaderno
y tomé veinticinco páginas de notas. De regreso en Buenos Aires,
abrí los apuntes frente a la computadora y en una semana tenía
terminada la primera versión de Esperanto.
-¿Cuáles eran las dificultades que tenías con la estructura de
la novela?
-Nada en particular, pero yo hacía muchas trampas. Escribía
libros de cuentos novelados, como novelas atomizadas. En este
libro hay seguimiento de personajes y de historias; hay flashbacks,
acciones interrumpidas. Son ocho capítulos. La historia es circular:
comienza un domingo, continúa con un recuento de toda la semana
anterior y vuelve a terminar el domingo, antes de que todo comience.
-¿Se podría decir que mientras coqueteabas con los cuentos, tu
deseo era la novela?
-Y, ahora te podría decir que sí. Yo siento un enorme respeto
por la forma cuento. Inclusive sospecho que es más difícil de
dominar. Pero la novela es el sueño de todo escritor.
Yo no reniego de ninguno de mis libros ni les cambiaría una
coma, no porque no sean mejorables, sino porque no me tomaría
el trabajo de cambiarlos. Parece increíble, pero la tarea de aprender
a escribir un cuento o una novela es similar a la de aprender
a
andar en bicicleta: cuando ya sabés cómo mantener el equilibrio
y guiar el manubrio, no te lo olvidás más; sólo te queda seguir
pedaleando.
Para mí uno de los lugares comunes más insoportables del ambiente
literario es el de esos escritores que dicen ¡cómo sufro cuando
escribo! Eso me parece blasfemo. No es igual la necesidad que
la sociedad tiene de un escritor como de un médico en La Quiaca,
digamos. Entonces, bullshit, si sufrís tanto cuando escribís, no escribas y dejá lugar a
toda la gente que necesita escribir tanto como respirar.
-¿Alguna vez te asaltó el temor de que el éxito de tus libros
fuera solamente un capricho de la moda?
-Confío en que eso no ocurra, pero ni me lo planteo al escribir.
Yo creo que uno escribe pensando que esas cosas van a quedar,
por lo menos, en algunas personas. Con esto voy a otro clisé de
muchos escritores: a mí no me importa el lector, escribo para
mí.
Bullshit número dos: nadie escribe pensando en "no me importa
que me lean". Uno escribe por determinadas carencias o placeres,
por algún afán de trascendencia, porque piensa que tiene algo
para contar al resto del mundo. Uno sintió algo como lector y
reconoce que le gustaría provocar esa misma sensación en otra
gente; entonces vive lanzado en busca de ese espejo.
-Tus libros desbordan agradecimientos a los "espejos".
-Las notas de agradecimientos en mis libros irritan a muchos
escritores, pero no agradecer me parece una falta de educación
¿Cómo no vas a agradecer determinados estantes de tu biblioteca
si sos absolutamente consciente de que muchas cosas no se te hubieran
ocurrido si no te hubieras nutrido de ciertos estímulos? Hay que
ser agradecido en la vida. Me escandalizo enormemente cuando alguien
me dice que no lee o lee un libro por año. No puedo entenderlo.
No es casual que el objeto libro tenga el mismo mecanismo de uso
que una puerta. Resistirte a pasar por esa puerta me parece sacrilego.
Cuando yo empecé a escribir Historia argentina lo hice casi como un desafío a mí mismo, porque por una cuestión
de formación (pasé mi adolescencia en Venezuela), me costaba enormemente
pensar en cuentos que pudieran transcurrir en la Argentina. Y
tuve una especie de crac de fe cuando leí El sueño de los héroes de Bioy Casares. A ese libro le agradezco la certeza de que se
puede escribir en argentino sin caer en todos los lugares comunes
habituales que, sin hacer un juicio crítico al respecto, me resultaban
ajenos. El último cuento del libro, el del chico secuestrado por
los servicios que luego es canjeado por sus padres, es absolutamente
autobiográfico. Por eso, cuando me reprochan mi escasa participación
política, yo digo que a mí me secuestraron a los diez años y me
canjearon por mi madre. Y con eso ya cumplí.
Mis padres eran personajes de la intelligentzia de los sesenta:
en mi casa la biblioteca era tan importante como la heladera:
se usaban ambas con la misma frecuencia. Recuerdo de chico a Cortázar,
a Garcia Márquez o a Rodolfo Walsh, en mi casa. De modo que, por
suerte, nunca fue una rareza que yo leyera mucho o que desde pequeño,
dijera que de grande quería ser escritor.
Y siento que escribo cada vez mejor, entendiendo que escribir
bien es escribir feliz.
Verónica Chiaravall
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