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LA NACION LINE | 1995 | Cultura

 

Reportaje a Rodrigo Fresán

RODRIGO Fresán acaba de publicar Esperanto, su primera novela. En 1991, después de su debut literario con Historia argentina, Fresán fue considerado uno de los escritores más interesantes de la nueva generación. Ahora, a los 32 años, lleva tres volúmenes de cuentos publicados ( Vidas de santos y Trabajos manuales, además de Historia argentina) y tiene dos en gestación: Ciencias exactas, otro libro de ficciones breves, y Mambrú, una novela.

"Siempre tuve la idea de escribir una novela que se llamara Esperanto, porque me gustaba el sonido de la palabra. Son siete días en la vida de un tipo de 35 años, durante los cuales se le da vuelta todo su sentido de la realidad y de lo que él entendía como su pasado, su presente y su futuro. Estoy muy contento con los resultados porque pude finalmente dominar la estructura novelística; hasta el momento tenia más incorporado el formato del cuento.
    Y me ocurrió una cosa muy rara durante las vacaciones que pasé en Córdoba con mi mujer, en marzo. En una oportunidad me desperté a las cuatro de la mañana y le dije a Claudia que había soñado una novela completa Fui corriendo al baño con un cuaderno y tomé veinticinco páginas de notas. De regreso en Buenos Aires, abrí los apuntes frente a la computadora y en una semana tenía terminada la primera versión de Esperanto.

    -¿Cuáles eran las dificultades que tenías con la estructura de la novela?

    -Nada en particular, pero yo hacía muchas trampas. Escribía libros de cuentos novelados, como novelas atomizadas. En este libro hay seguimiento de personajes y de historias; hay flashbacks, acciones interrumpidas. Son ocho capítulos. La historia es circular: comienza un domingo, continúa con un recuento de toda la semana anterior y vuelve a terminar el domingo, antes de que todo comience.

    -¿Se podría decir que mientras coqueteabas con los cuentos, tu deseo era la novela?

    -Y, ahora te podría decir que sí. Yo siento un enorme respeto por la forma cuento. Inclusive sospecho que es más difícil de dominar. Pero la novela es el sueño de todo escritor.
    Yo no reniego de ninguno de mis libros ni les cambiaría una coma, no porque no sean mejorables, sino porque no me tomaría el trabajo de cambiarlos. Parece increíble, pero la tarea de aprender a escribir un cuento o una novela es similar a la de aprender a
    andar en bicicleta: cuando ya sabés cómo mantener el equilibrio y guiar el manubrio, no te lo olvidás más; sólo te queda seguir pedaleando.
    Para mí uno de los lugares comunes más insoportables del ambiente literario es el de esos escritores que dicen ¡cómo sufro cuando escribo! Eso me parece blasfemo. No es igual la necesidad que la sociedad tiene de un escritor como de un médico en La Quiaca, digamos. Entonces, bullshit, si sufrís tanto cuando escribís, no escribas y dejá lugar a toda la gente que necesita escribir tanto como respirar.

    -¿Alguna vez te asaltó el temor de que el éxito de tus libros fuera solamente un capricho de la moda?

    -Confío en que eso no ocurra, pero ni me lo planteo al escribir. Yo creo que uno escribe pensando que esas cosas van a quedar, por lo menos, en algunas personas. Con esto voy a otro clisé de muchos escritores: a mí no me importa el lector, escribo para mí.
    Bullshit número dos: nadie escribe pensando en "no me importa que me lean". Uno escribe por determinadas carencias o placeres, por algún afán de trascendencia, porque piensa que tiene algo para contar al resto del mundo. Uno sintió algo como lector y reconoce que le gustaría provocar esa misma sensación en otra gente; entonces vive lanzado en busca de ese espejo.

    -Tus libros desbordan agradecimientos a los "espejos".

    -Las notas de agradecimientos en mis libros irritan a muchos escritores, pero no agradecer me parece una falta de educación ¿Cómo no vas a agradecer determinados estantes de tu biblioteca si sos absolutamente consciente de que muchas cosas no se te hubieran ocurrido si no te hubieras nutrido de ciertos estímulos? Hay que ser agradecido en la vida. Me escandalizo enormemente cuando alguien me dice que no lee o lee un libro por año. No puedo entenderlo. No es casual que el objeto libro tenga el mismo mecanismo de uso que una puerta. Resistirte a pasar por esa puerta me parece sacrilego. Cuando yo empecé a escribir Historia argentina lo hice casi como un desafío a mí mismo, porque por una cuestión de formación (pasé mi adolescencia en Venezuela), me costaba enormemente pensar en cuentos que pudieran transcurrir en la Argentina. Y tuve una especie de crac de fe cuando leí El sueño de los héroes de Bioy Casares. A ese libro le agradezco la certeza de que se puede escribir en argentino sin caer en todos los lugares comunes habituales que, sin hacer un juicio crítico al respecto, me resultaban ajenos. El último cuento del libro, el del chico secuestrado por los servicios que luego es canjeado por sus padres, es absolutamente autobiográfico. Por eso, cuando me reprochan mi escasa participación política, yo digo que a mí me secuestraron a los diez años y me canjearon por mi madre. Y con eso ya cumplí.
    Mis padres eran personajes de la intelligentzia de los sesenta: en mi casa la biblioteca era tan importante como la heladera: se usaban ambas con la misma frecuencia. Recuerdo de chico a Cortázar, a Garcia Márquez o a Rodolfo Walsh, en mi casa. De modo que, por suerte, nunca fue una rareza que yo leyera mucho o que desde pequeño, dijera que de grande quería ser escritor.
    Y siento que escribo cada vez mejor, entendiendo que escribir bien es escribir feliz.
   

Verónica Chiaravall

 

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