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Un libro que escapa a la definición de géneros
Infinito juego de espejos
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LA VELOCIDAD DE LAS COSAS
Por RODRIGO FRESAN
(Tusquets)-365 páginas páginas |
QUIERO (necesito) decirlo sin vueltas: este libro me resultó fascinante.
Quizá porque en él se refleja un escritor y, de alguna manera,
todos los escritores. Es como un infinito juego de espejos. Creo
que también atrapará a los lectores profundos, aquellos que son
co-creadores de la obra al revivirla (rescribirla en su propio
interior) a medida que la leen.
Pero es muy difícil comentar La velocidad de las cosas en una nota bibliográfica. No hay aquí un argumento sino muchos.
Muchísimos. En cuanto al género... no se trata de una novela.
Tampoco de cuentos. Tampoco de relatos. Ni de nouvelles.
Para dar una idea más docente que decente a los que exigen clasificaciones,
me atrevo a decir que se trata de "propuestas" (y me quedo corto)
escritas con un ritmo vertiginoso, en las que la acción se escalona
y se diversifica en múltiples acciones interiores, como mágicos
caleidoscopios.
Fresán divide y al mismo tiempo cohesiona su libro en nueve partes:
"Apuntes para una teoría del lector", "Pruebas irrefutables de
vida inteligente en otros planetas", "Señales captadas en el corazón
de una fiesta", "Ultima visita al cementerio de los elefantes",
"Monólogo para el hijo de puta con ballenas y hermanitas fantasma",
"Pequeño manual de etiqueta funeraria", "Postales escritas en
el país de los hoteles", "Chivas GonÁalves Chivas, o el fino arte
de escribir necrológicas" y "Apuntes para una teoría del escritor".
La primera situación cierra con la última, las siete restantes
abren panoramas insólitos, a veces cotidianos, siempre sorprendentes.
Estas nueve partes tienen algo en común: todas están escritas
en primera persona del singular, presididas y dirigidas por un
"yo" que podría ser distinto en cada circunstancia pero que, de
alguna manera, es uno solo, abierto hacia nueve horizontes que,
a su vez, se multiplican geométricamente. Este "yo" podría ser
el mismo Fresán, aunque él mismo aclare: "El hecho de que todo
lo que se narra esté escrito en primera persona del singular no
implica necesariamente que el autor comparta ideas, haya protagonizado
o justifique las acciones de quienes aquí cuentan su vida y sus
historias". Pero también dice (¿él o el "yo" narrador?) en la
última parte: "... todos mis libros eran rigurosamente autobiográficos
más allá de las maniobras literarias de rigor para hacerlos pasar
por ficción".
Lo que verdaderamente importa es que, pese a su juventud (nació
en 1963), Rodrigo Fresán es dueño de una madurez que pocos alcanzan
a su edad. Quizás por eso el tema recurrente en estas páginas
es el de la muerte, presente de una u otra manera en todos los
rincones del texto, presente incluso en su ausencia: el suicidio,
el crimen, la aniquilación, la desaparición de los seres queridos,
la de los escritores, la de la Argentina. Con deliberada crueldad,
Fresán pinta al argentino con trazos gruesos y dolorosos. Por
cierto, un humor a menudo negro y desaforado envuelve sus observaciones.
Los guiños al lector están en las numerosas alusiones literarias
que revelan no sólo una enorme cultura sino también un deseo de
complicidad (¿de sentirse querido?). Y algo más, algo poco común:
si el libro resulta memorable, es también porque está teñido de
poesía. Dos ejemplos: "...me dedicó una sonrisa triste y con olor
a hojas muertas de otoño". Y otro, con una sugerente aliteración:
"...vimos juntos un eclipse. Penumbra, umbral". Hay más, pero
para muestra bastan un par de botones.
Un lugar, un pueblo llamado Canciones Tristes, es por momentos
el escenario de las propuestas, las ideas, las divagaciones, los
exabruptos. En pocas palabras: la filosofía literaria de Fresán.
Filosofía que, en este volumen, aparece con más de siete velos
que desnudan recuerdos de padres y madres, de abuelos, de hermanas,
de amigos, de asesinos, de suicidas y de espectros. Todo en una
prosa avasallante, que regala a la joven literatura argentina
el delirio, la fantasía, la dosis de locura y de verdad que estaba
necesitando. A los lectores les da mil posibilidades de volar.
Y a los escritores, puntos de apoyo para reconocerse en su misión
y en su miseria. Puntos de apoyo que yo sintetizaría en una frase:
"...si uno tiene fantasmas, lo tiene todo".
Eduardo Gudiño Kieffer
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