Lo primero que le preguntó Mario apenas el Mochila se sentó, fue "¿La
conoces a esa mina?".
-- ¿Cuál?
-- La que saludastes recién.
Mochila giró apenas la cabeza hacia atrás.
-- ¿La flaca?
-- Sí.
-- Sí, la conozco. Es amiga de mi jermu.
-- Me emputece esa mina --dijo Mario en voz baja.
-- ¿Mi jermu?
-- No, boludo. La Flaca, la que saludastes.
-- Ah... ¡Mirá qué boludo que sos vos! A todo el mundo lo enloquece la
Flaca. ¡Qué te parece!
-- ¿Qué? --se alarmó Mario--. ¿Vos también estás jugado en ese palo? ¿Te
anotás ahí también?
-- No. Yo no. ¿No te digo que es amiga de mi jermu? Estudiaban juntas en
la Cultural. Tendría que ser muy loco para tirarme en esa. Pero... te
digo...
-- Que ganas no te faltan.
-- Ganas no me faltan....
Se quedaron en silencio. Mochila controlando las otras mesas, viendo
quién había. Mario tocándose cuidadosamente los dientes de adelante con
la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
-- Me tiene loco esa mina --repitió, como para sí mismo. Como si el tema
fuese demasiado íntimo como para compartirlo y debatirlo en una mesa de
cafe. Y asustado, quizá, por haber ido tan lejos.
-- Está buena la Flaca --dijo Mochila, que la tenía sentada a sus
espaldas--. Y es una mina piola te cuento... Piola, inteligente. Anda
suelta, además...
-- Medio histérica debe ser...
-- Sí. Eso sí... Lógico... --Mochila seguía sin meterse demasiado en la
conversación, en tanto pasaba lista a los presentes-- ¡Bah! --se animó de
pronto, ya terminado el control--. Como todas.
-- Esa jeta que tiene... --medio por sobre el hombro de Mochila, Mario
la espiaba--. Los ojos...
-- Y encarala, boludo... ¿qué esperas? --lo animó Mochila, cruzándose de
piernas, acomodándose en la silla para quedar de espaldas a la calle
Santa Fe, mirando al mostrador. Mario hizo un gesto vago con la cabeza,
negativo.
-- Está sola, boludo --apretó Mochila--. Andá... Si te quedas esperando,
por ahí aparece algun vago, o alguna amiga, y se sienta con ella y
cagaste.
Mario se encogió de hombros, mirando ahora hacia afuera, como
desentendiéndose del problema.
-- ¿No lo viste al Sobo? -preguntó, cambiando de tema. Mochila negó con
la cabeza--. Este boludo... --musitó Mario--. Le tengo que pedir un
certificado y justo hoy no aparece.
-- Oíme --Mochila se incorporó, clavándole la vista--. Andá y sentate
con ella, no seas otario... No te va a patear...
-- No la conozco --frunció la nariz, Mario.
-- ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Cómo que no la conocés? Te conoce de acá,
pelotudo. Si acá nos junamos todos. No le sabrás el nombre pero la...
-- ¿Cómo se llama?
Mochila frunció el ceño.
-- Ehhh... --pensó--. Marina, Marta, María... No sé, no sé... Siempre la
conocí por la Flaca.
-- Marta, Marta se llama --dijo Mario, que ya se había informado.
-- Escuchame Mario... --Mochila se inclinó sobre la mesa para darle
privacidad a la propuesta--. Te la presento... Voy, me siento en la mesa
de ella y te la presento...
Mario se tiró hacia atrás y agitó las manos y la cabeza, casi
escandalizado.
-- ¡No! No, dejá. Ya está. Ya pasó. Ya fué.
-- No me cuesta nada, boludo.
-- Dejá, Mochila, dejá. Está bien.
Mochila se encogió de hombros.
-- Jodete --dijo. Y buscó a Moreyra con la vista--. ¡Negro! --gritó--.
¿Estás vos acá?
-- Además... --Mario, pese a todo, no quería desprenderse totalmente del
tema y sabía que el lapso de privacidad con el Mochila podía ser corto--.
No da bola, Mochi. No da bola.
Mochila casi se enojó.
-- ¿Y cómo sabes que no da bola si nunca la encaraste?
-- Porque uno se da cuenta, Mochila. ¿Sabés cuanto hace que la vengo
mirando a esa mina? ¿Sabés cuanto hace? Dos años. Debe hacer como dos
años...
-- ¿Y?
-- ¡Nada! Nada de nada. Una mina si te quiere dar bola se manda alguna
señal, eso es sabido. Te mira una vez, aunque sea. Te mantiene un poco
la mirada. O te sonríe. Te tira un cable.
-- No te engañes, no te engañes... Mirá que...
-- Sí... "La vida te da sorpresas".
-- La vida te da sorpresas...
-- Sí, pero acá es muy claro --se desalentó Mario--. ¿Viste que hay...
cómo decirte... hay un lapso de duración en una mirada, en un cruce de
miradas? Y después hay un plus, que es un milésimo... un milésimo de
segundo... un ápice... un cícero... una infinitésima milésima de segundo
en que se prolonga esa mirada más de lo normal... Es cuando una mina te
mira y vos tenes un sensómetro, un sismógrafo, que registra que esa
mirada ha durado esa milésima de segundo mas allá de lo necesario, y es
lo que te está diciendo a las claras que esa no es una mirada común, que
esa mirada está pidiendo otro cruce de comprobación, que te está diciendo
algo... --Mochila afirmaba con la cabeza, algo fastidiado--. Bueno...
--no se amilanó Mario--. Esa fracción supletoria de mirada debería tener
un nombre. Porque es una medida patron... Es un exceso de intensidad...
Debería haber algo como el "miradómetro"... Una unidad de vision, de
calentura...
-- Bueno, bueno... Cortala... Dejá de hablar pelotudeces... --rogó
Mochila--. ¿Y qué pasa? ¿Con esta mina no se dió nunca?
-- En la puta vida de Dios.
-- Ni te miró...
-- Ni me miró ni... --Mario había sacado un encendedor y golpeteaba con
él sobre el nerolite buscando la descripción mas gráfica--. O me mira y
no me ve. Esa es la cosa. Por ahí me mira, pero lo que hace es solamente
dirigir su vista hacia mí. Pero la sensación que yo tengo es como que yo
fuera transparente. Que mira a traves mío. Que mira lo que está detrás
mío. Digamos, que la profundidad de campo de la cámara de ella está
situada seis metros detrás mío... Esa es la sensación que tengo...
Mochila se rascó la cabeza.
-- ¡Mirá que sos antiguo! --dijo.
-- ¿Por qué? --se ofuscó Mario.
-- Andar fijándote en eso de las miradas y esas cosas... Eso es del tiempo en que los pedos se tiraban con gomera.
-- ¿Y qué querés que haga? ¿Que vaya y le toque el culo?
-- No, boludo. No te digo eso...
-- ¿Cómo carajo hacés vos?
-- ¿Cómo hago? ¿Cómo hago yo? ¡Voy y me siento con ella! Eso hago. Mirá que
difícil. Y le empiezo a hablar de cualquier cosa... No podés entrar en la
histeria de las minas, querido... Que te miro, que no te miro, que la
profundidad de campo y todas esas pelotudeces...
-- Es que... --Mario apoyó el mentón sobre sus manos cruzadas y vaciló.
Por momentos lo asaltaba la idea de que no era un tema para hacer
publico--. ¿Sabes qué pasa?... ¿Vos te acordás de "El Eternauta"?
-- Sí, me acuerdo... Lo que no me acuerdo es quién trabajaba...
-- ¿Cómo?
-- ¿Quién trabajaba?
-- No, boludo. No era una película. Era una historieta.
-- Ah, sí... "El Eternauta". Algo me acuerdo...
-- Esa que caía una nevada en Buenos Aires, una nevada radioactiva y
morían todos...
-- Algo. Algo me acuerdo --mintió el Mochila.
-- Bueno, en "El Eternauta", aparecían unos tipos de otro planeta, que
se llamaban los "Manos", que tenían...
-- Mejicanos. "Manito", se decían...
-- No, gil. No seas hijo de puta.
-- Ah, no. Esa era "Cisco Kid".
-- No te acordás de un sorete. Los Manos, que tenían una mano derecha
llena de dedos...
-- Como cualquiera --Mochila mostró su mano.
-- No, muchos mas. Como hasta acá --Mario tiró una línea imaginaria
desde la punta de sus propios dedos hasta el codo--. Bueno, esos tipos
dirigián a varias especies de bichos extraterrestres que invadían la
Tierra. Pero ellos, a su vez, estaban controlados por otra especie
superior. Entonces. estos "Manos", que eran igual que nosotros salvo por
esos dedos, tenían insertada en el cuerpo una glándula, una glándula que
le llamaban "Glándula del Terror" y que les habían insertado esos
cosos que los dirigían a ellos. Y... ¿para qué les habían insertado esa
glándula? Porque los Manos, igual que los humanos, al sentir temor
segregaban una especie de adrenalina y ésta, a su vez, activaba la
glándula. Y entonces la glándula dejaba escapar un veneno y el veneno los
mataba en minutos, nomás. ¿Me entendés? Si ellos se intentaban rebelar
contra la especie superior, sentían miedo y, ahí nomás, cagaban la
fruta. Linda idea, ¿no? Porque, además, había otra cosa, fijate. Algunos
de ellos habían intentado operarse para sacarse de allí esa glándula
pero, al operarse, sentían miedo, y de nuevo la misma cosa, activaban la
glándula, ésta largaba el veneno, etc., etc., etc... Era ingenioso, ¿no?
Piola como idea. De... ¿cómo se llamaba?... Oesterheld.
Mochila se lo quedó mirando un instante, con expresión confundida.
-- Y.... ¿Qué queres decir con todo esto? --preguntó--. ¿Ahora me vas a
salir con que vos tenés una de esas glándulas? ¿Me vas a pedir guita para
operarte?
-- No. No. No --Mario pegó con la punta de su dedo índice sobre la
mesa--. Yo tengo una glándula pero de la pelotudez. Ese es el asunto. Una
glándula de la pelotudez. Cuando a mí una mina me gusta mucho, como ésta,
Marta... me pongo pelotudo. El mismo hecho de que la mina me guste mucho,
me paraliza. Me pone tan nervioso que me pongo hecho un pelotudo, no sé
lo que digo, hago boludeces... La glándula segrega algo que me idiotiza.
Después pienso en las cosas que he dicho, o en las que debería haberle
dicho y me quiero morir. Las minas deben pensar que uno es un retardado
total. Y es precisamente porque me gustan demasiado. Es increíble. Con
las minas que no me gustan no me pasa nada. Ahí soy un duque, soy Dean
Martin. Jodo, soy ocurrente, hasta puedo ser brillante. Al pedo. Porque a
quien yo quiero gustar no es a los escrachos.
-- Mario... Mario... --Mochila trató de ser comprensivo--. Yo sé que
esto pasa... Pero te puede pasar al principio, la primera hora, la
primera...
-- Década.
-- No seas pelotudo. Si vos...
-- Si yo me quedo solo con esta mina te juro que no me sale una palabra.
La glándula me...
-- Anda a la concha de tu madre vos y la glándula...
Se quedaron en silencio. Mochila miraba sin ver hacia la caja
registradora, pegaba repetidas veces con la suela del pie derecho sobre el piso, fastidiado.
-- ¿Sabes qué le dijeron a Pelé cuando debutó en Suecia? --preguntó de
pronto. Mario negó con la cabeza, algo desacomodado.
-- "Andate al medio campo y tocala corta." Eso le dijeron --agregó el
Mochila. Mario entrecerró un poco los ojos, como buscando la metáfora--.
O sea. Hasta que se te pasen los nervios, no tratés de deslumbrar, no
tratés de ser brillante, no tratés de meter el pase de gol...
-- Pero él era negro, Mochila...
-- Es negro.
-- ¡Es que ni siquiera pretendo ser brillante! Me bastaría con no ser
tan imbécil...
-- Tocá corto.
-- Una teta le voy a tocar... --musitó Mario--. Además... además,
Mochila, comprendeme --se irguió de pronto como para seguir hablando pero
calló, prudente. El Pochi había entrado por la puerta de Santa Fe y
Sarmiento, pero se quedó enganchado en la mesa de los fotógrafos. Mario
retomó el tema--. Yo creo que las cosas se tienen que dar naturalmente.
Vos vistes como es este boliche. Vos, por ejemplo, no conocés a alguien.
Pero, de pronto, por ahí, mañana, estás sentado en la misma mesa con él.
¿Por qué? Porque te llama un amigo común. Porque viene a tu mesa a charlar
con un amigo tuyo. Porque está en un grupo donde vos te acercás a
preguntar algo. Es así... Entonces eso es mas natural, menos forzado. Yo
me sentiría mucho más cómodo si se diera algo así con esta mina...
-- Oíme Mario... Oíme... --Moreyra había pasado como una ráfaga, dejando
un cortado sobrante, al tanteo, enfrente de Mochila--. Cuanto...
-- Porque... ¿viste como es este boliche? --arremetió Mario--. Yo creo
que el secreto de este boliche está en la proximidad de las mesas. Están
muy juntas. Ahí radica el éxito de este boliche. Vos estás sentado en
esta mesa y casi casi estás escuchando la charla de los de la mesa de
atrás. Y se tocan las sillas, incluso --Mario se tiró hacia atrás sobre
el respaldo y sonrió, ejemplificando--. Vos estás en una mesa y por ahí
girás un poquito y ya te integras a la de al lado...
-- Un conventillo.
-- Un conventillo. Un día... --Mario se lanzó de golpe con el torso
hacia adelante, confidente--. Un día yo estaba sentado en una mesa, y
atrás, acá mismo, atrás, estaba la Flaca con unas amigas --bajó la voz--.
Si yo me inclinaba para atrás la tocaba, con los hombros, o con la
cabeza. La tocaba...
-- Mario... --insistió Mochila con los ojos entrecerrados--. ¿Cuanto hace
que decís que la venís marcando a esta mina?
-- ¿A la flaca? Y... desde que la descubrí... Cuando era novia del
barba... No sé. Un año... Un año y medio...
-- Cuando era novia del barba... Vos te referís al Tito, al Tito
Aramayo.... Bueno, te cuento, eso fue hace más de tres años, porque hace
más de tres años que el Tito está en Porto Alegre. Casi cuatro años
hace, por lo menos.
-- Y... sí...
-- Y en esos cuatro años.. --Mochila enarcó las cejas y cerró su mano
derecha como si empuñara un cuchillo, señalando a Mario--. Escuchame
bien, en esos cuatro años, esa situación que vos decís, que vos estás
esperando, no se ha dado nunca. Nunca hubo un amigo sentado en la mesa
con ella, ni ningún amigo te la trajo a la mesa con vos, ni se dió vuelta
para pedirte fuego, ni estaba en un grupo donde vos podías haberte
integrado... Nada...
-- Nada... es verdad... Nada.
-- ¿Y hasta cuando vas a esperar, Marito? --hirió de nuevo, Mochila--.
Vas a ser un viejo choto y vas a venir acá con un bastón, con boina, con
una cánula de suero puesta, para ver si alguna vez se da la puta
casualidad de que te podés sentar con esa mina...
-- Y... --se encogió de hombros, Mario.
-- Oíme --Mochila giró la cabeza y pegó una rápida mirada hacia la mesa
de la Flaca que, sola, estaba anotando cosas en una agenda--. Mirá, está
sola. Al pedo. Voy, me siento con ella, hablo con ella y después te
llamo...
Mario se secó la transpiración de la nariz, meneó la cabeza, pareció
atacarlo la desesperación y estar a punto de ponerse a llorar.
-- No, Mochila... No...
-- Yo puedo hacerlo, pelotudo --se enojó el Mochila--. Te digo que soy
amigo de ella. Lo he hecho un montón de veces. No va a quedar como algo
forzado o...
-- No, Mochila... Está llena de machos esa mina...
-- ¿Cuando? ¡Ahora está sola, pelotudo!
-- Ahora no. Pero... ¿Vos te creés que no la veo? La miro constantemente,
te digo. Todos los días con un macho nuevo. Pendejos...
-- Mejor para vos, mejor para vos. Si anda todos los días con un macho
nuevo es que no anda con ninguno. Aparte, no te engañés, Mario. No te
engañés. Yo conocía una mina que estaba buenísima. No podía ni caminar
de buena que estaba. Lindísima, además. Y esta mina, me decía --hará un
par de meses nomás, está casada ahora, tiene como cuatro hijos-- me decía
que cuando ella era joven, había fines de semana que se quedaba en casa
como una boluda porque nadie la llamaba para salir. Los tipos la veían
tan linda, tan rebuena estaba esa hija de puta, que todos pensaban lo
mismo, eso que vos pensás también, que estaba llena de machos. Que la
llamaban de todas partes del país para invitarla a salir, que Rainiero de
Mónaco le ponía un télex para salir de joda. Entonces, no la llamaban. Y
la pobre santa se quedaba como una boluda los sábados a la noche viendo
televisión con una tía rechota que tenía...
-- Este no es el caso... Este no es el caso... --negó Mario. Mochila
volvió a darse vuelta, mirando sin discreción alguna hacia la mesa de la
Flaca.
-- Está sola, boludo. Está haciendo tiempo. Aprovechá ahora --volvió a
su postura anterior restregándose la cara con una mano, casi con
desesperación--. Decí que yo no puedo...Pero...
-- Además... Además... --buscó las palabras Mario--. No se puede. Yo no
puedo ir y encararla así a esta mina, en frío... Hay convenciones. Hay
convenciones que se juegan entre un hombre y una mujer y que hay que
respetar.
Mochila lo miraba con una expresión cada vez mas atormentada.
-- Sí, claro --dijo Mario--. Vos sabés, y ella sabe, y vos sabés que
ella sabe que vos sabés, que si vas y la invitás a una mina a tomar un
café, en realidad lo que le estás proponiendo es ir a cojer.
-- No es tan así.
-- Esa es la verdad. Esa es la realidad de las cosas. La verdad de la
milanesa. Pero vos no podés ir, acercarte a la mesa y decirle "¿Vamos a
cojer?". Porque aunque encierre el mismo significado, no es lo mismo.
Para una mina no es lo mismo y tiene todo el derecho del mundo de
mandarte a la reputísima madre que te parió, Mochila, es la verdad. Puede
decirte "¿Usted por quién me ha tomado?" y hacerse la ofendida y tiene
toda la razón. Hay que guardar ciertas normas de urbanidad. Vos dirás que
es un hipocresía y todo eso, pero...
-- Yo no digo que sea una hipocresía --expiró Mochila, agotado.
-- ... vos tenés que dejarle una puerta abierta a la mina. No podes
encerrarla, no podes dejarla sin opciones. Fijate vos, cuando yo anduve
con la Zulema... --se entusiasmó Mario--. Hay minas con las que vos tenés
ya todo conversado, todo claro, y no hay más que hablar. Cuando le decís
de salir, te tomás un tacho y te vas al mueble derecho viejo, porque
sabés que la mina no se va a descolgar con "¿Pero... adonde vamos? ¿Adonde
me llevas?".
-- "¿Qué son esas luces rojas?"
-- "¿Qué son esas luces rojas?" ¡Nada de eso! Pero, por ejemplo, con
Zulema, yo me las rebusqué para que me prestaran un departamento.
Entonces fuimos a cenar, hablamos un rato y despues yo le pude decir
"¿Querés venir a mi departamento a tomar algo?", con lo que le estás dando
a la mina la opción de ir al departamento y después, si no le gusta la
mano, negarse. No sé... decir... "Se me hizo tarde" o... "Vos me
interpretastes mal"...
-- Oíme... Vos sos una antigualla... Si la mina acepta ir a tu
departamento es porque le gusta la mano y ya sabe como viene la cosa...
No son tan boludas, Mario... ¿O te crees que somos nosotros los que
atracamos?
-- De acuerdo, de acuerdo --se apuró Mario--. Pero vos le estás dando la
opción con el departamento. Si vos le tenés que decir "¿Vamos a un
mueble?" ¿Qué opción tiene la mina? Vos le estás diciendo "vamos a
cojer", lisa y llanamente. No le das salida.
-- Si vos le decís "Vamos al departamento" también le estás diciendo
"Vamos a cojer", querido. ¿O con quién estás saliendo? ¿Con Heidi?
-- Ya sé... Ya sé... --Mario se mordió los labios, transpirando--. Pero
no es lo mismo. Es una cuestión de elegancia. Si vos invitás a una mina a
un hotel, estás dando por sentado que vos no tenías ninguna duda de que a
esa mina te la ibas a pirobar, que era fácil, que era una fija. Es una
cuestión de... dignidad, digamos...
Mochila meneaba la cabeza, negando.
-- Sos una antigualla --suspiró--. Un relicario...
-- Es difícil de explicar --insistió Mario--. Es como si vos vas a un
bodegón y el mozo ve que vos tenés tal pinta de pordiosero que viene y,
sin preguntarte nada, te pone en la mesa un pingüino de vino tinto de la
casa. ¿Qué te queda por hacer en ese momento? Levantarte e irte, querido.
Ese mozo te está ofendiendo. Porque aunque vos seas un pordiosero y se
vea a la legua que no te podes bancar ni por puta un vino más o menos
pasable, el tipo tiene la obligación moral de alcanzarte la lista de
vinos y preguntarte "¿El señor tiene alguna preferencia? ¿Desea algún vino
gran reserva?". Entonces ahí sí, vos podés devolverle la lista y decirle,
tranquilo "No, muchas gracias. Tráigame un pingüino con tinto de la casa"
porque la verdad es que no tenés ni un mango partido por la mitad para
elegir otra cosa... ¡Porque es un problema de dignidad, mi viejo! ¡Te
tienen que dar la oportunidad de elegir, ese es el asunto! Pueblos enteros han
ido a la guerra por eso...
-- ¿Porque vino el mozo y les sirvió un pingüino de...?
-- No. Por dignidad.
-- Oíme, Mario... --Mochila pareció animarse de repente--. Yo me levanto
y voy a la mesa de la mina y le hablo.
La expresión de Mario fue de pánico. Advertía un atisbo de determinación
inquebrantable en la voz del Mochila.
-- No, Mochi, no jodas --se enojó.
-- Voy, boludo. ¿No puedo ir, acaso? Todos los días hablo con ella...
-- Vos tomás medio pingüino de tinto de la casa y te ponés a hacer
boludeces, Mochila... Dejame de joder... No me gusta tanto despues de todo...
Mochila se puso de pie. Mario se tapó la cara con la mano. Luego la
destapó y habló mirando hacia otro lado. Transpiraba.
-- Dejáme de joder, Mochila. Sentate --rogó--. Yo no voy. Si vos me
llamas yo no voy. Me voy a la mierda. Me voy al baño. Te juro que no
voy...
-- Oíme, boludo --se agachó un tanto, Mochila--. Hoy puede ser un dia
histórico para vos. A veces las minas que menos bola parece que te dan
son las que más te vienen marcando, al final de cuentas. No seas ingenuo.
Las minas son muy histéricas, y ésta es de las más histéricas que
conozco...
-- Te juro que no voy, Mochila... Sentate, no seas boludo... No me hagas
pasar un mal rato...
-- Por lo menos te sacas la duda de encima, pelotudo. Si te da pelota,
perfecto. Si no te da pelota, bueno, al menos te sacastes ese quilombo de
la cabeza y ya no te andas preocupando si anda con un macho, o con
cuatro, o con cinco mil...
-- Dejáme vivir con la ilusión, Mochila... De veras... Sentate...
Mochila giró sobre sus talones y enfiló hacia la mesa de la Flaca.
Mario, automáticamente, pivoteó sobre su silla primero hacia la calle
Santa Fe y luego en sentido contrario, hacia el mostrador, como si
estuviese sobre un sillón giratorio, fingiendo mirar hacia el teléfono
público, los baños y las botellas expuestas sobre los estantes de
vidrio. Se pasaba repetidamente las yemas de los dedos sobre las cejas.
Mochila se dejó caer, despreocupado, sobre la silla vacía enfrente de la
Flaca y, al punto, ésta, sonriendo, cerró la agenda y comenzaron a
charlar. No dejo pasar mucho tiempo, Mochila, y tras algunas preguntas
livianas de rigor, encaró el tema con la practicidad de un ejecutivo
joven.
-- Che, Flaca... --casi anunció--. No mires ahora... ¿Vos lo conocés al
muchacho que está sentado conmigo, el de lentes?
Ella dió una pitada larga a su cigarrillo, lanzó algo de humo por la
nariz y dijo: "Sí, de acá. Del boliche".
-- Bueno. Está muerto por vos.
Marta miró al Mochila con expresión entre dura e inquisidora.
-- ¿Ese pajero? --preguntó luego, casi airada. Mochila asimiló, apenas,
el golpe.
-- ¿Por qué, "pajero"?
-- Hace como mil años que se la pasa mirándome y jamás se ha atrevido a
decirme nada.
-- Lo que pasa es que... ehh... Es muy tímido...
-- ¡Por favor! --la Flaca sacudió la cabeza revoleando un mechón de
pelo-- ¡Es un pajero!
-- No, Flaca --Mochila estaba casi acostado sobre la mesa, apoyando el
brazo izquierdo desde la axila hasta el codo, buscando buenas razones con
cautela de minero--. Es muy tímido... Te digo que es muy buen tipo... es
un tipo interesante...
Marta extendió su mano derecha y la apoyó en el antebrazo de Mochila.
Suavizó su tono y su mirada.
-- Mirá, Mochila, te agradezco. Pero estoy cansada de la histeria de los
tipos. Ya somos grandecitos. Ya no soy una pendeja...
-- Pero lo parecés...
Marta estiró una sonrisa forzada.
-- Te agradezco --repitió.
Mochila se quedó mirando un rato hacia la esquina de Sarmiento y Santa
Fe. Como no encontró nuevos argumentos para su propuesta, se levantó
cansinamente, saludó a la Flaca y se fue. Desandó cuatro pasos y volvió a
su silla de la mesa compartida con Mario. Este, demudado, había pedido
una medialuna de "La Nuria" y otro café, como para hacer algo.
-- Ehhhh... --vaciló Mochila, mirando perdidamente hacia el baño.
-- ¿Qué...? ¿Qué pasó? --tragó saliva Mario, intuyendo, quizá, lo peor.
-- Dice que está esperando al novio...
Mario mordió un nuevo pedazo de medialuna. Meneó la cabeza.
-- Te dije... --dijo.
-- Qué cagada --musitó Mochila.
-- ¿Viste? --Mario parecía aliviado.
-- Pero, al menos, lo intentamos...
-- Te dije... --Mario se acomodó los lentes, mirando hacia la calle,
mientras apuraba el último bocado, limpiándose los dedos con una
servilleta.
-- Qué va a ser...
-- ¿Será posible, este boludo del Sobo? --se quejó Mario--. Justo hoy que
lo necesito y no aparece...