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Maestras Argentinas: Clara Dezcurra
de Roberto Fontanarrosa
Clara Dezcurra toma la pluma y
escribe la fecha: "16 de Julio de 1840". Luego, con la misma letra minúscula
y erguida, agrega el encabezamiento:
"Querida Juana". Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y
la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y
redacta: "Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise
darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la
enseñanza rutinaria. Esta vez, en la clase de Habla Hispana, dejé de lado
nuestra clásica composición 'Voyage autour de mon bureau' y quise
sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les
propuse escribir sobre 'La Vaca'."
Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura
que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas
criollas.
En realidad, poco y nada decía para sus alumnos la temática de la
anterior composición-tipo, "Voyage autour de mon bureau" ("Viaje en
derredor de mi pupitre") impuesta por el maestro modernista francés
Alphonse Chateauvieux a fines de 1815. La escuela de Clara Dezcurra,
apenas un simple salón de tierra apisonada, no tiene pupitres, ni bancos,
ni siquiera sillas. Los alumnos se apretujan sentándose en rejas de
arado, tocones de ceiba o simples calaveras de vaca que relucen como si
fuesen de mármol. La calavera de vaca es el asiento más fácil de
conseguir, el más frecuente, porque la escuela nocturna de la señora
Dezcurra es, durante el día, un matadero clandestino.
Clara humedece con la saliva de su lengua el reborde pringoso de la tapa
del sobre donde ha metido la carta. Lo cierra y luego, aprovechando el
calor del candil que la alumbra malamente, derrite casi un centímetro de
lacre sobre el vértice de la juntura. Le llega, desde afuera, el olor
pesado aue viene desde el saladero de cueros, el tufo casi irrespirable a
pescado podrido de la costa, y el mugido profundo de algún animal que ha
olfateado, quizás, el aroma premonitorio de la sangre.
La escuela ni siquiera está en el centro de Buenos Aires. Ahí, frente al
portalón de la Iglesia de los Cordeleros, como se lo había prometido don
Juan Lezica, cuando era alguacil segundo del Municipio, para luego
decirle que, aquello, era imposible. El episcopado, o, mejor dicho, el
obispo Alcides Melgarejo, le había recordado a Rosas que no debían
permitirse escuelas ni queserías en las proximidades de los templos. Y
entonces le habían dado a Clara ese quincho --porque de otra forma no se
lo podía denominar-- cerca de los corrales de Mataderos, a metros de la
puerta de Santa Brígida, detrás del saladero de don Felipe Echenaugucía.
Y la escuela era nocturna. Y los "chicos", como ella los denominaba, eran
ya gente grande: puesteros de los corrales, matarifes, carreros
cachapeceros, pero muy especialemente, federales. Hombres de la Santa
Federación que llegaban a clase luciendo la divisa punzó, mazorqueros
que, en el primer día de clase, habían degollado a un negro por robarse
una goma de borrar.
Clara, todas las tardes, mientras escucha dar las siete en el carrillón
de la Merced, baldea el piso para quitar los oscuros cuajarones de sangre
que quedan de la actividad del frigorífico clandestino, y echa hacia los
potreros las reses que no han sido aún sacrificadas. Espera, en tanto,
desde el Alto Perú, la respuesta de Juana, su compañera de promoción.
Intuye que su puesto al frente de la precaria escuela peligra. Sin ella
saberlo, ha permitido la inscripción de más de un unitario. Algunos le
han confesado su condición, como Juan José Losada. Otros le han dicho que
la vincha celeste que llevan recogiéndoles el pelo, es en honor de la
bandera. "Pero nadie viene a controlar lo aue pasa en estos parajes,
Juana --le ha escrito a su amiga--. Estamos dejados de la mano de Dios.
Mis chicos escriben con trozos de ladrillos o pedazos de tripa gorda y yo
utilizo las paredes como pizzara. Don Martin de Agüero me ha prometido
tizas, pero me dicen que el barco que las trae encalló en las
proximidades de Recife."
Un zambo iza la bandera. Le dicen "Falucho", pero es en broma. Tomó
parte del sitio de El Callao, pero no logra aprender la tabla del cuatro.
No ha llegado aún al país el sistema inglés de los palotes, y los alumnos
trazan una línea acá, otra allá, sin ton ni son, sin orden ni medida.
Clara es la primera en entonar "Oda a la Bandera", de Balmes y Vespuci.
Hija y nieta de educadoras, recuerda las anécdotas de su abuela, Irma
Dezcurra, de cuando aún la joven nación no tenía divisa, antes de aue
don Manuel Belgrano la crease. Los niños --contaba la anciana-- se
reunían en los patios escolares antes de entrar a clase y no sabían que
hacer. Daban vueltas sobre sí mismos, se chocaban entre ellos o giraban
tontamente como tiovivos sin acertar con una conducta. Alguno, quizás,
gritaba consignas emotivas, o repartía chanzas contra los españoles.
Alguna maestra, tal vez más devota, entonaba salmos religiosos. Hubo
quien --recordaba abuela Irma-- aguardando la entrada a clase, se
empecinó en vocear los números de la lotería de cartones, el juego que
tanto entusiasmaba a Manuelita, y así nació la "cifra", el canto que,
junto a vidalas y pericones, habría de animar numerosas y encendidas
veladas patrias.
Clara come un pastelito dulce y lo acompaña con té de cardosanto. La
respuesta de Juana Azurduy tarda en llegar. Hoy Clara ha tenido que
sosegar a un federal muy alcoholizado. No la desvela tanto la
indisciplina, pero se le duermen en la clase. Y a veces se pelean. Los
mazorqueros sospechan que uno de los muchachos es unitario. Es un mozo
joven, bien parecido, que viene siempre de bombachas de fino fieltro y
botas altas. Tiene la patilla larga que baja y dobla luego hacia arriba,
para unirse con el bigote, dibujando una "U" provocativa. Pero los
mazorqueros aún no han llegado hasta ese punto del abecedario. Solo
Isidro Gaitán, un sargento, puede memorizar las letras hasta la hache
que, al ser muda, lo desconcierta. Los demás apenas si se han
familiarizado con las letras hasta la "D". Clara duda si continuar con
la enseñanza. Apenas sus chicos descubran que la "U" tiene un dibujo
similar al que se lee en las mejillas del joven unitario, pude arder
Troya. Clara no quiere tener más problemas con el gobierno. Pero habrá de
tenerlos.
Antes de que llegue, por fin, la carta de Juana, ya don Artemio Soto
conoce la noticia de su innovación pedagógica. Algún mazorquero la ha
comentado en algún boliche. Tal vez un tropero alcanzó a contar las
desventuras de su composición-tipo cerca del oído de algún correveidile
del poder. Tras seis meses de espera, la carta de Juana llega, como una
premonición, días antes que la de Domingo Faustino Sarmiento.
A la luz vacilante del quinqué, Clara lee la esquela de su amiga. "Tené
cuidado, Clara" es todo el texto, entre sucinto y fraternal. Sin duda
Juana, preocupada, consciente del tiempo que llevará a su carta llegar de
nuevo hasta la capital, optó por escribirla lo más rápido posible, casi
con características telegráficas.
Clara bebe una copita de oporto, al que enturbia con hojas de regaliz.
Duda si abrir o no la carta de Sarmiento. Sin embargo, la redacción de
esta, lo comprobará luego, es de advertencia mas no llega a sonar
admonitoria. "No veo de buen grado --le escribe el sanjuanino-- el cambio
por usted introducido en la enseñanza de nuestra lengua criolla. Somos
un país incipiente aue requiere de ejemplos y el modelo del maestro
Chateauvieux aún está en vigencia. Somos todavía como el joven retoño que
precisa de la rectitud y firmeza del tutor para crecer derecho."
Clara garrapatea una carta de respuesta plena de formalismos y
ambigüedades, lejos de su habitual estilo franco, y decide continuar con
sus planes. La hace persistir en su esfuerzo el entusiasmo que observa
en sus alumnos. Por primera vez, muchos de ellos escriben más de dos
páginas de composición, cuando con el tema "Viaje en torno a mi pupitre"
algunos no alcanzaban ni a los tres renglones. Un matarife de Achiras
Altas, Juan Sala, redacta, incluso, casi diez páginas de un relato
estremecedor, fruto de su conocimiento de la tropa vacuna. Tiempo
después, será la base de un libro paradigmático: Amalia.
Josefa Paz de Hurlingam invita a Clara a tomar chocolate en su casa de
la bajada del Marquesado. Recibe en una sala solariega desde donde se ve
el patio interno de la casa, impregnado con un perfume fresco a
magnolias, glicinas y santarritas. Hay un jardín, también, con lilas del
lugar y patos criollos. Una morena carabalí sirve el chocolate en bandeja
cubierta con una mantilla bordada por la misma señora Josefa. Josefa le
cuenta a Clara, animosa, que en el colegio adonde va su hija, en clase
de Habla Castellana le pidieron una composición sobre el tema "La Vaca".
Josefa cuenta esto con risa amable y, cada tanto, se toca el ñandutí de
su pechera impecable.
Clara no tiene tiempo ni de alegrarse. A la noche siguiente, una frágil
figura desciende de una calesa frente a su escuela, siendo de inmediato
rodeada por perros coléricos y becerros supervivientes. El nocturno
visitante es don Benito Agudo Ersilbengoa, mano derecha del nuncio
apostólico y amanuense del alguacil Ordóñez. "Hemos recibido las quejas
de Monseñor Brizuela --comunica a Clara Dezcura-- con respecto al tipo de
temas que uted está haciendo escribir a sus alumnos."
Clara conoce bien a monseñor Bizuela. Se corren muchos rumores en torno
a su persona. Se decía de él que a su arribo a nuestras costas, cuatro
años atrás, era un hombre afable y comprensivo. Pero que había sufrido un
doloroso accidente durante las invasiones británicas, cuando transportaba
trabajosamente un pilón con aciete hirviendo. Aquella desgracia, se
comenta ahora, ha dado origen a la sabrosa fritura de pastelería puesta
en boga por todos los panaderos: la "bola de fraile".
"Es indigno --continúa don Benito Agudo Arsilbengoa-- que nuestros
guardias federales, nuestros soldados, sean obligados a escribir sobre un
tema tan poco épico y glorioso como el que usted les impone."
Clara comprende que ha llegado el momento de defender sus convicciones.
Escribe a Sarmiento explicando su postura y la ventaja de educar a sus
alumnos a partir de vivencias que a ellos le sean familiares. Seis meses
después, puntualmente, recibe la contestación. Y de allí en más, día a
día, irá recibiendo cartas del maestro sanjuanino. Sarmiento no falta un
solo día al Correo. Algunas de sus cartas, no todas, muestran sobre el
pergamino largos trazos de un pegote blancuzco, como si alguien hubiese
moqueado sobre ellos. Clara deduce que Sarmiento las ha escrito bajo su
histórica higuera, buscando aislarse, tal vez, de los rayos solares.
"No me opongo a que usted trabaje sobre 'La Vaca' --le dice el autor de
Facundo-- en lugar de hacerlo sobre el modelo francés. Habrá un día, solo
Dios puede saberlo, en que nuestro país se quitará de encima la
influencia europea, y quizás entonces usted será considerada una
precursora. Pero déjeme sugerirle otra variante; ya que el debate se ha
instalado en torno a si es conveniente o no gastar papel, tinta e ingenio
sobre un animal tan rasposo y de índole infeliz como la vaca le propongo
que sus composiciones sean sobre otro animal todavía más cercano y afín a
nuestra tradición libertaria como el caballo. Más de uno de nuestros
centauros, que regaron con su sangre generosa el suelo americano, sabrá
agradecérselo."
Clara lo piensa. Supone, con su intuición de maestra, que el del
caballo puede ser un paso posterior. Incluso no deja de lado la gallina,
con su doméstica convivencia. Pero la cercanía de los corrales, la vital
actividad del matadero y, fundamentalmente, la creciente importancia del
ganado vacuno en la suerte de nuestra economía, la deciden a continuar
con el plano trazado.
Es febrero de 1845 y el formidable estío de Buenos Aires embalsama la
brisa con aromas fuertes. Clara ha recibido el paso del aguatero llenando
dos odres grandes para sus muchachos. La composición-tipo "La Vaca" se
emplea ya en casi todos los establecimientos educacionales de la ciudad.
Hasta las familias patricias que contratan institutrices británicas han
encontrado pertinente el uso de la redacción impuesta por Clara Dezcurra.
Sentada sobre una rueda de carro, Clara observa el patio a través de la
puerta del salón. El calor del día ha exacerbado el olor a bosta y
escucha las risotadas de sus chicos disfrutando el momento plácido del
recreo. Se oye el punteo de alguna guitarra, alguna relación
intencionada, el repique constante de un tamboril. De pronto alguien
grita, hay un revuelo. Clara presta atención, inquieta. Sus muchachos son
buenos, pero si se los vigila son mejores. Escucha un violín y se
estremece. Son los sones de la "refalosa", la danza con que los
mazorqueros acompañan los saltos despatarrados de sus víctimas cuando
resbalan sobre su propia sangre. Clara se levanta y sale a ver qué pasa.
Pero, en este caso, la víctima ya ha caído sobre el patio de la escuela.
Es Juan José Lozada, el joven unitario de las patillas en "U". Lo han
degollado. Ante la pregunta enérgica de Clara, nadie dice saber nada,
nadie dice conocer a los asesinos. Pero hay risas torvas, sofocadas. El
grupo de mazorqueros se aleja un tanto, empujándose unos a otros, como
sorprendidos o avergonzados por la reprimenda.
Clara escribe a Juana, el 24 de febrero de ese año. "Los eché a todos.
No me importa, Juana, que sean mazorqueros, hombres del Restaurador de
las Leyes o lo que sea. Hoy degüellan a un compañero y mañana pueden
llegar a hacer cosas peores. A estas situaciones hay que cortarlas de
raíz, antes que pasen a mayores." Entre los expulsados de la escuela está
el sargento federal Anacleto Medina, héroe de Cepeda.
Clara estudia al jinete que ha llegado hasta su escuela. Ella estaba
calentando agua en la pava de latón peruano para prepararse un caldo,
cuando escuchó el galope. El hombre es un soldado de Rosas y le estira en
la mano, un rollo de papel sujeto con una cinta: por supuesto, punzó.
Clara desenrolla el mensaje y lee el texto. La trasladan. Ha estado
dando clase durante siete años en un tinglado con piso de tierra que,
durante el día, hacía las veces de frigorífico clandestino. A pocas varas
del matadero de reses y del solar donde se envenenan los cueros.
Alumbrándose con velas de grasa. Educando a una clase compuesta por
matarifes, soldados federales, negros, zambos, convictos, renegados y mal
entretenidos. Ahora la letra pareja y grande del Restaurador le indica
que será trasladada a un lugar de menor jerarquía. No lo dice con esas
palabras. "La patria --le escribe Rosas-- demanda de usted un nuevo
sacrificio. Y hemos decidido destinarla a una escuela marginal, con
alumnos que detentan problemas de conducta. Sé que usted, con su firmeza
de espíritu, sabrá encarrilarlos y superar los problemas de presupuesto
que, de aquí en más, habrá de sufrir."
Clara Dezcurra sabe que ya no tiene sentido aguardar el cargamento de
tiza. Intuye que su alejamiento obedece, más que nada, a su particular
obcecación en persistir con el tema de "La Vaca".
"Creo que todo ha sido inútil --escribe a su amiga Juana--. Comprendo
que, hoy por hoy, se hace muy difícil cambiar algo de lo ya dispuesto.
Supongo que, con el paso del tiempo, todo el mundo se olvidará de mi tema
de composición y volveremos a 'Voyage autour de mon bureau', o a
cualquier otra imposición venida de afuera bajo el engañoso rubro de
aporte cultural." Deja gotear el lacre, morosamente, sobre la juntura del
cierre, antes de moldearlo bajo la presión de su anillo de sello. No
puede dejar de pensar en la fugacidad de su iniciativa educacional. No
sabe cuán equivocada está. Una gota de lacre, lustrosa, ha modelado un
diminuto montículo sobre la mesa.
de "La mesa de los Galanes", © 1995 by Ediciones de la Flor.
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