11 de setiembre de 1987.
Mi querida señorita Finnegan:
Antes de cualquier disquisición, le pido humildemente disculpas por
anteponer el calificativo "querida" antes de su apellido. No lo tome como
una audacia de mi parte, por lo que mas quiera: es que los hombres de
estas tierras adolecemos del pecado de la osadía, como alguna vez lo
demostraran el almirante Bouchard, el comandante Espora, Justo Suárez,
Rugilo y otros criollos que pululaban por nuestras pampas. Pero es que su
respuesta a mi carta ha iluminado mi vida. No puede usted imaginar la
exaltación que hizo presa de mí cuando mi madre me trajo su sobre con el
matasellos británico. Le confieso que el paso de los días se había
convertido en un suplicio ya que veía desvanecerse mis esperanzas.
Llegué a pensar que un argentino, señorita Finnegan, no era de la suficiente
estatura intelectual como para entablar una relación postal con una
súbdita inglesa, acostumbrada a codearse con ciudadanos de las primeras
potencias mundiales. Yo sé que suena un tanto dramático, señorita
Finnegan, pero hay otro dato que me angustió durante toda la espera, y es
el referido al consabido y prolongado conflicto por las islas Malvinas, o
Falklands, que se antepone entre nosotros como una muralla de
incomprensión. Por todo esto, el haber recibido su carta esta mañana me
ha inundado de una emoción difícilmente transmitible y bajo este impacto
emotivo es que me atreví anteponer ese ingenuo pero genuino "querida" a
su apellido. Sin embargo, pese a la distancia física, pese al océano que
nos separa, ¿o nos une?, le aseguro que su presencia espiritual durante
la tensa espera fue constante junto a mí.
Vivo en un barrio de Rosario llamado Saladillo. Este barrio, señorita
Finnegan, fue originario asentamiento de empleados ingleses del
ferrocarril; por lo tanto aún quedan, como testigos de aquella época
maravillosa, viejos y señoriales edificios de estilo británico, que me
la recuerdan a usted constantemente desde sus muros descascarados,
paredes cochambrosas, tapias desconchadas y sus castigados techos de
zinc. Pero, además, y esto ya parece una confabulación del destino, cerca
de mi casa se levanta el frigorífico Swift, de reconocidos capitales
ingleses, y todo el aire que se respira en Saladillo esta impregnado del
perfume que de allí emana. Y es como estar percibiendo su lavanda,
señorita Finnegan, y perdone lo sensorial de mi tono.
Me ha conmovido, además, el relato suyo sobre su servidumbre hispana y
su maravilloso espíritu solidario de aprender el idioma. Esa grandeza
hizo colosal su imperio, señorita Finnegan. Me agradaría que me contase
más del tema, si no es avanzar demasiado sobre la intimidad de su casa.
Antes de despedirme, con dolor, le solicito dos cosas, y espero que no
lo tome a mal: ¿podría envirame alguna foto suya, alguna foto que le
sobre, que le haya salido movida o muy oscura? Se convertiría para mí en
un verdadero tesoro. Y otra cosa: ¿puedo llamarla Margery?
Suyo,
Lamberto.
2 de Noviembre de 1987.
Amigo Lamberto:
Como verá, yo también me he tomado el atrevimiento de pasar al
tratamiento de "amigo", en lugar del impersonal "estimado". Es que,
aunque a los súbditos de las corona nos cuesta admitir desequilibrios
emocionales, le confieso que yo también aguardo con particular anhelo la
llegada de sus líneas, siempre interesantes. Le aseguro que mi demora en
contestar no obedece a ningun sentimiento que yo pueda albergar en
desmedro de los latinos u otras sub-razas. Después de todo, no es usted
un bosquimano o un malayo. Por otra parte, le aseguro que desconocía por
completo la existencia de un conflicto en torno a las islas denominadas
"Malvinas" o "Falklands". Es mas, ignoraba la existencia de las islas
mismas ya que contemplar el mapa más abajo de la línea del ecuador me
produce vértigo.
Le juro, Lamberto, que estoy estudiando con detención el mapamundi en
procura de detectar la ubicación de su país. No me resulta fácil --poco
propensa, como soy, a la cartografía-- dilucidar donde se halla la
Argentina entre tanta línea de puntos, ríos y elevaciones. Pero ya he
señalado Guyana y Venezuela. ¿Es Argentina una superficie triangular,
verde clarita? Me complacería me lo confirme. Con respecto a la servidora
española, no tuvimos mas remedio que despedirla ya que nos destruyó gran
parte de la vajilla al meterla dentro de la cortadora de cesped con la
sana intención de lavarla. El problema es que ella aduce no entender
nuestro deficiente español y no se ha dado por enterada del despido. Se
ha encerrado en el sótano y clama por su embajador. No es la primera
desilusión que me llevo con gente no sajon, amigo Lamberto, pero espero
que sea la última.
Cavile mucho sobre su pedido de una foto mía. No soy del tipo de mujer
que acostumbra a darse con facilidad, pero intuyo en usted un ser humano
sensible y cuidadoso con las fotografías. Disculpe si, al arrancarla del
álbum familiar, quedó adherido en el reverso un trozo de una foto de mi
perro Excalibur sobre su cojín favorito. Hubiese preferido que nuestras
fisonomias quedasen en el anonimato, ya que ello agudiza la imaginación y
otorga un halo de misterio siempre beneficioso a una amistad, pero
entiendo que un hombre desee conocer a su interlocutora. A la recíproca,
también me veo movida por la curiosidad a solicitarle alguna foto a
usted, ya que ignoro cuál puede ser el aspecto de alguien que viva en
zonas tan alejadas.
Con respecto a la franquicia de llamarme Margery, déjeme pensarlo.
Primero, porque no me gusta nada cuando las cosas se hacen de forma tan
precipitada. Y segundo, porque Margery no es mi nombre. Si se fija bien
en el sobre, observará que se trata del nombre de la calle, 17th Margery
Street. Mi nombre es Annie.
Esperando su próxima carta, lo saluda,
Miss Finnegan.

