Rosario, 3 de agosto de 1987.
Estimada señorita Finnegan:
No puede usted siquiera imaginar la profunda emoción que me
embargó al recibir, esta mañana, su carta. En rigor de verdad, señorita
Finnegan, guardaba muy pocas esperanzas de recibir una respuesta suya,
máxime que mi petición de correspondencia epistolar fue lanzada al azar, globalmente, sin apuntar a una persona física determinada. Le confieso
que dudé mucho antes de escribir a la sección "Correo del Mundo" de
la revista de la Unesco, ya que consideraba eso algo propio de la gente
joven, de muchachos implusivos con deseo de contactarse. Y además, porque
temía que no la publicasen, como no publicaron mis ocho misivas
anteriores. Por eso, le reitero, señorita Finnegan, jamás me atreví a
suponer que alguien como usted, una joven británica, sujeta a una
educación real, forjada y modelada en costumbres sin duda victorianas, se
haya tomado la molestia de responder a la invitación al diálogo por parte
de un desconocido, habitante de un remoto ámbito del globo. De allí,
también, mi emoción, que ojalá usted pueda comprender, señorita Finnegan.
Los latinos, los nativos de esta nación argentina de la cual es
posible usted jamás haya escuchado hablar, somos descendientes de
españoles e italianos. Gente afectuosa y emotiva, que demuestra sus estados
de ánimo sin temor al ridículo, sin falsos pudores, pero lejos del
mayestático y digno hieratismo que lucen los súbditos de la Rubia Albión.
No quiero distraer su precioso tiempo, señorita Finnegan, ya que
imagino que estará ocupada en sus trabajos de jardinería o en la cocción
doméstica de esos deliciosos scones que ustedes tan bien saben hacer.
Pero abrigo la esperanza de que no sea este nada más que un contacto
pasajero, si no que se trate del comienzo de una prolongada y fructífera
amistad. También me ha impactado, le confieso, su perfecto dominio del
idioma español, aun sabiendo positivamente que el acopio cultural es un
rasgo predominante en los sajones y que por ello supieron, en algún
momento, expandir sus dominios por todo el mundo. De todos modos, no
hubiese pensado nunca que una persona como usted se interesara en una
lengua como la castellana, tan pobre y carente de gracia ante la precisa
consistencia del inglés.
Aguardando su próxima carta con renovada esperanza, suyo
Lamberto.
29 de agosto de 1987.
Estimado señor Lamberto Margulis:
Debo confiarle que yo también, en un primer momento, vacilé en
contestar a su generoso petitorio, su amplia convocatoria al diálogo.
No soy de las que responden a la propuesta del primer hombre, no se si
me comprende. Pero intuí en su prosa, breve pero serena, el espíritu de
alguien que no desea perder su tiempo en bromas tontas si no que ansía
una real comunicación a nivel humano. Por otra parte, admito, me atrae el
contacto con una persona que habita tierras tan ajenas a estas islas y
sobre las cuales me gustaría saber mucho más, pues me reconozco ignorante
de todo aquello que no este bajo los dominios del Commonwealth.
¿Cómo es Rosario? ¿Está sobre el mar? ¿Es también castellano lo que se habla allí? ¿Es una población amurallada? ¿Es la harina de pescado su principal fuente de ingresos? ¿O la copra? Espero no agobiarlo con mis
preguntas, pero he sido siempre una persona inquieta, curiosa, que todo
lo consulta. Le diré que tampoco soy yo lo que puede llamarse una mujer
joven; lo digo en relación a su suposición de que este tipo de
contacto epistolar está reservado para la juventud; pero tampoco me
considero una mujer madura. Creo firmemente que la juventud reside en la
personalidad de cada uno y no en el paso del tiempo cronológico. Con
respecto su interés por mi dominio del español, le informo que accedí a él por pura necesidad, ya que mi familia tomó, dentro del personal de servicio, a una señora natural de Cádiz, España, que no hablaba en absoluto nuestro idioma. Esto nos ocasionó un sinfín de inconvenientes,
en especial cuando procuramos explicarle el funcionamiento del lavarropas
y procuro cocinar dentro de él un pavo trufado. Fueron tantos sus
desatinos que me vi obligada a adentrarme en las dificultades del
castellano en procura de dominar a esa mujer.
Dispense lo breve de mi
misiva, pero aqui los días son muy cortos y tampoco somos los ingleses
gente muy dada en un primer momento. Espero, no obstante, recibir sus
interesantes noticias desde el otro lado del mundo.
Miss Finnegan.

