Aquel día el Marino había andado por la vanguardia y con una monta de reposta. El caballo era un mañero de esos que mas vale dejar que engorde y venderlo para que lo cocinen vivo en el autoclave de una fábrica de velas. Medio ignorante de animales, le creyó al pingo que se había resentido una pata y, cosa de viejos se negó a venir de vuelta en el anca de alguno de los chiquilines que habían salido a otear con él. Ya estaba por caer noche, y se hizo sus leguas de a pata, trayendo al mañero del cabestro y con la carabina terciada en la espalda. Eran unos que hablaban bajito pero, por eso de empujar cada palabra con el aliento, se los oye mejor que si hablaran sin miedo a despertar o a decir algo que alguien no tiene que enterarse. A dormir... A dormir Ahora empezaban dichos de pulpería pueblera. Recitó otro: Negrito Negrito, Era un dicho de los payucas, que todavía hoy siguen creyendo que las negras son mejores o peores, pero distintas, tal como les mintieron en tiempos del esclavismo Español. Cantaba ahora un payuca: por que las lavanderas taran tan tan tuta porque entran en el río Y lavate las bolas... Y una mas y dejar dormir o cargo los trabucos y les aujereo el ponchoa todos de macramé... Gritaba ahora la del que pretendía dormir. la señoras pudientes las negras le hacen baños ¿Que es lechirvente? Eso es ser mierda: aguantarse cuando te dicen cosas así. Primero de todos se había dormido el marino: cosa muy rara. Es lo peor que hay, quedarse a pata. Mejor preso, que a pata. Mejor enfermo o apestado que a pata. Muerto podrá ser peor que a pata, pero es casi lo mismo. Aquí si vas de a pata, te comen los perros cimarrones en menos de dos días. Y si no hay perros, peor: quiere decir que va a haber zorros, jaguares y pajarracos de rapiña que te empiezan a cueriar antes de que termines de morirte. Historias que se cuentan y pueden ser así o de otra manera. Lo bueno de la guerra Siempre que los yucas cantaban esas cosas, algún oficial se ofendía y les decía que desde ahora ellos también eran milicos y ordenaba que no canten mariconadas de negros y que se reacordaran que si no fuera por los milicos del Ejército Libertador, ellos andarían yerrados en los lomos con el sello del nombre del propietario. Los que mejor peliaron Sin darse cuenta, cada vez mas, esas coplas del barrio del Arrime, se cantaban con la tonada de la música rara del marino, como si por tanto y tanto oírla se hubieran olvidado de sus candombes. Al silencio sin viento de la siguiente siesta no había que ser baquiano ni apretar demasiado la otra oreja contra el yuyo para saber que mucho caballo galopaba cerca de ahí. Mas dados a decir las cosas se pusieron en esos días últimos cuando aparecieron montones de ceniza, seguidillas de bosta casi fresca y telas grasientas de envolver que todavía soltaban olor a jamón con pimientos. La desesperación es cosa tan complicada que no sería propio decir que alguien hubiera desesperado. La pampa siempre paga, dicen. Contar dicen que llama a la desgracia, pero doscientos, o trescientos, sus montas, su caballada de reposta y otras tantas bestias de carga y de servicio quedaron envueltas en una humareda acre, con los ojos chorreando, la boca hinchada, y la cara negra del pegoteo de lágrimas y hollín. Pero la pampa paga, o al menos te hace sentir que asusta de repente para que cualquier cosa que después consigas sacarle te parezca un premio. Muchos cayeron dormidos antes de que los asadores empezaran a trozar costillares crudones para alcanzarle a la cola de los mas hambrientos. El olor de la grasa de chancho quemada y el de la tierra y el pasto verde que algún prudente paleó para sofocar la lumbre del asado, no bastaron para limpiar el olor a pólvora de aquellos pocos cañonazos de la tarde. Es un olor que impregna el cuero de las monturas, la piel de oveja de los aperos y las lanas de ponchos casacas. Dicen que por el azufre que le ponen al explosivo el olor de la pólvora se parece al hedor que despide el Diablo: difícil que sea verdad. Pero si es cierto que ese te entra en la cabeza y no se va. Por eso debe ser que artillero tiene fama de loco: se jacta de la potencia del ruido de sus explosiones, mas bien truenos que hasta al mas curtido le revuelven las tripas y lo hacen vomitar. Como el lancero, el domador, el baquiano, y como los que nunca erran un tiro con carabina o con fusil, el artillero no más por ser como es se piensa el mejor de todos. Chasquis, domadores, lanceros y jinetes de tiro rápido: todos tienen una ilusión de revistar una temporada en intendencia. En cambio el artillero e se empecina en no quedarse estar nunca lejos de sus fierros y polvorines. somos los artilleros Como todos, hasta el mismo corneta de la banda, los de artillería saben que les puede tocar morir, pero igual que el fusilero y los de caballería rápida, viven convencidos de que ellos son los que mas mueren, o los primeros en morir. Cantan pidiendo a la mujer: cuando recés por mí Y como todos los demás, en la guerra se la pasan pensando en la mujer, pero seguro que cuando están un tiempo con la mujer y arreglan el rancho, empiezan a pensar otra vez en la guerra y en esos truenos de la pólvora que solo ellos se pueden aguantar. Todo llovió. Al volver la luz se supo que faltaban las carretas de las chinas, mas de la mitad de la hacienda, y dos de las chatas de munición, que por el peso se habrán clavado en el barro, y, sin nadie que las suelte, se habrán ahogado las pobres yeguas de tiro. Oscurece temprano
Dijo alguien y lo fueron repitiendo a los lados y hacia adelante como si la noticia fuese la orden de un comandante. Había parado de llover cuando se pintaron unas unas estrellas bien adelante y nadie quería mirar la oscuridad de atrás, seguros de que chatas y carretas se habían perdido. Ahora se entiende que, no más por verla, esperanzaba. Cierto que pusieron sus peones a preparar ollas de locro y asadores, y dispusieon tientos entre las tablaestacas del fuerte para secarnos todo al viento y nos hicieron sitio para dormir en la barraca que llamaban la plaza de armas. (OCTUBRE 1997)
Debió ser por eso que se durmió de los primeros: gallegueó dos o tres veces la Calamara y no se lo escuchó mas ni entro en las ultimas conversaciones.
Contaban que de un tiempo a esta parte la mujeres estaban diciendo "ponete en mi lugar" cada vez que protestaban por algo. Que era una manera de hablar que empezó en el teatro de los corrales, y enseguida copiaron las damas de la catedral.
Las mas putas de todas...
Unas mas, otras menos... Todas igual son.
Dice mi mama que mas ricas son, mas fácil se le hace hacerse putas, porque tienen criadas que les preparan baños todos los días...
¿De veras?
Dijo mi mama... Cosas que dicen las mujeres...
A mi me daba por culiar lavanderas si había morenas o mulatas..
Nunca yo..¿De veras son mas limpias?
Vaya a saber... Yo nunca me fijé.
¡Pero yo te vide unas nochecitas ir con las chinas de las carretas...!
Y a quién no lo videron...
Al cura... Al loco Clueco.
El loco Clueco se culia ovejas y yeguas... Nada mas.
El animal tiene de bueno el no pedir plata...
Y es mas limpio... Ellos mismo se lamen entre ellos...
Las chinas mismo se lamen entre ellas...
Pero al ratito se vuelven a empuercar...
Se lavan nomás cuando tienen la sangría...
¡Que chinas puercas..! ¿Sintieron el jedor que largan cuando les viene la sangría?
Hay quien llega a tirarle ese jedor...¡Les calienta el jedor!
Hay loco para todo...
A mi me gustaba culiarme lavanderas y ni pensé que eran mas limpias o menos sucias...
Ponete en su lugar...
¡Ponete un dedo en el bujero donde no te dio el sol y deja de hablar guevada..! De nuevo se escuchó al que quería dormir.
Disculpemé paisano... ¡Ni se me había cruzado la idea de que mañana tiene que madrugar para alzar la cosecha del máis..! Le contestú uno y cantó:
dijo uno sin saber
que se iba a morir...
dijo el abuelo,
quedate dormidito
aqui en el suelo
antes que el perro ladre
y antes que empiece
a culiar tu madre...
se harán tan putas...?
tarán tan tera
se lavan solas
me lo dijo mi tió
¡suerte que haiga olas!
¡Cantá la del doctor...!
No hoy canto otra mejor... La canta el Lopecito de Lamadrid que la aprendió en los viajes...
Ya se... ¡La del portugués que se hace encima de gusto..!
No... Esa no me la pude todavía aprender todavía.. La de los sacristanes, sentila y aprendetelá:
son todas putas
por que tienen sirvientes
y los disfrutan
de agua caliente
los negros les dan duchas
de lecheirviente
Algo de la parte de la ducha, con regadora en flor...¿No es eso?
A mi me da otra idea... ¿No Viste que los negros le dicen "laleche" a la salida del varón..?
¿Al guascazo? ¡Que asco la leche..!
¡Que porquería la leche!
El masónico propugna leche para los grandes... Que de grande el hombre siga tomando leche en vez de vino.
Los masónicos pidieron una Ley de Obligación para todas las iglesias que manda a las Iglesias dice que si quieren enseñar chicos, les tienen que convidar una copa de leche todos los días...
¡Pobres criaturitas de Dios...!
Mi tata quiere que el hijito que tuvieron ahora vaya a la iglesia para el catecismo y la cartilla..
Leche le van a dar...
Se va poner gordito y de los masones...
Dicen que el señor Mi Coronel es de los masones...
Decir, dicen todo de todos...¿Usté acredita que el señor Mi Coronel es de los masones?
Ni creo ni dejo de creer.. Pero a Mi Coronel, no me lo hago de los masones...¿Y usted?
"Dificulto dijo Orduna que a un chancho le salga pluma..." Era otro dicho Los masones mandan matar: el gringo Mitre, y el Cornelio Domingo Faustino que son los llevan la voz cantante de los masones y mandan matar ¡Y de que modo...!
No me lo veo a Mi Coronel siendo de los masones y mandado a matar de gusto...
No me lo veo al pelado Domingo Sarmiento tomando leche en copita...
Yo me lo veo justo para eso... ¡Chupando leche..! Un tiempo que iban a nombrarlo de Plenipotenciario se lo veía todas las tardecitas en la peluquería de la avenido Real...
Igual que el Mitre...¡Meta barbero!
Pero el Mitre tiene pelo...El Domingo anda con toda la ropa arrugada y no tiene pelo...
Se hacen hacer fomentos de ocalitos para salir sin arruga en los retratos... A eso van al barbero...
Lo masones se la pasan haciéndose retratar...
El obispo tiene toda la estancia de la catedral cubierta de daguerrotipos con la cara suya...
El obispo dicen que culea y culea con las mujeres del club de la libertad...
Las pintadas...¡Todas putas!
No se me hace que un obispo se dea tiempo a culiar... Pero si culea, alla él...
Y allá él, allá justito a la chucha de la madre puta que lo parió...
Mas respeto... Será un obispo o lo que quiera.. Pero ese no manda nunca a matar a nadie... El obispo... Lo interrupio el que quería dormir:
Los voy a hacer cagar con una pedigonada de sal gruesa...Dejen de hablar güevada y dejen dormir a la gente... Todos se callaron y escucharon que decía en voz baja: ¡Payucas negros de mierda..!
Nadie se le retobó y nadie mas dijo ni una palabra. Se habrían creído que cargó el trabuco con perdigones de sal y se mandaron a dormir.
El tuerto Airas es tuerto de eso: lo lancearon los Asesinos Monárquicos y lo dejaron por muerto, y por hacerse el muerto estirado en el charco de sangre que le salía de un tajito chiquito así, los zorros le comieron una pata y una mano a su pingo y de noche, sintió un chillido era un carancho que le vino encima y le quito el ojo completo.
Pero lo que seguro no fue de otra manera es la cara susto que le quedó al pobre Airas para siempre: un solo ojo. Habría que apurarlo cuando toma y conseguir que diga la verdad: no sería raro que al ojo se lo hayan arrancado los húsares Hispánicos, que eran muy de hacer esa clase de daños.
ya te lo explico
que siemopre los que mueren
son los los milicos...
eran los negros
por que antes de la guerra
ya estaban muertos...
Nadie temía al malón. Los que habían hecho campaña contra el indio sabían que un malón dura poco y que nunca termina de matar a todos. Sean pocos o bastantes, los que salen vivos de un malón salen mejor, no tienen miedo a nada y por mucho tiempo no sienten la desgracia.
Si te salvaste de un malón: ¿Qué te puede importar si vas en dirección a un lado o a otro o si estás tardando mas menos a una parte, o si no vas a llegar nunca...?
Una guasca de burro. Una cagadita de indio. Algo menos que nada te importa cualquier cosa si te salvaste de un malón.
Cierto que el salvaje disfruta como un chico degollando, pero el instinto le manda escapar en cuanto puede alzarse con vituallas y chucherías de la tropa.
Eso lo entretiene mas que degollar.
Quien conoció lo peor de los cuarteles y de las poblaciones grandes, mucho no puede padecer si los pampas lo hacen cautivo. Sabiendo pelear y siendo macho, es mas fácil amistarse con una tribu que con los comisarios y los librepensadores de la capital.
Mal que bien de esa manera se pensaba, y hasta hubo capaces de decirlo frente a toda la tropa.
Por una cruz de madera, no de palo: de madera de tablas pulidas pintadaa a con con barniz como de cajas de fusiles marcando unos palmos de tierra removida, se notaba que habían pasado cristianos enterrando sus muertos como es debido, y de allí en mas, pobre la caballada, se apretó el paso y se acortaron los siesteos.
La pampa tiene algo que no permite desesperar.
Desesperanza si: lo mismo que lo pone cavilador y que no permite desesperar al hombre, causa desesperanza: la idea de volver a empezar y el plan de juntarse seguían ahí pero como algo mas certero que una ilusión: igual que el horizonte en círculo, el cielo plano, el sol que nunca se termina de ver y el subir y bajar del viento, era como si ya se hubieran juntado, o si ya hubieran empezado otra vez.
Una noche de frío, justo antes de que se iluminara el cielo, muchos se despertaron por unos alaridos o por la agitación que los alaridos produjeron en la caballada y en la hacienda.
Era una vaca que había parido: algo normal, pero resultó extraño que entre tanto peón de campo, estanciero y entendido en animales nadie se hubiera dado cuenta de que venían arreando una preñada.
El ternero apenas se mantenía parado, y si alguien pensó carnearlo ahí mismo se lo guardó cuando una china dio la idea de que lo dejaran con la vaca y pasto para alimentarse no le iba a faltar.
Un oriental pidió que también dejaran a un novillo que ya habían visto tratando de montarse a otras bestias para que se hagan compañía entre los tres y por ahí a la vuelta encuentren un manada de cimarrones y selo puede arrear de vuelta a las poblaciones.
Sin esperar que los principales cabildearan y diesen aprobación, el oriental espantó al novillo, y el animal, como si lo hubiera oído, se apartó del arreo y, obediente, se arrimó a la vaca que los miraba mientras la cría le cabeceaba la tetas.
Será un decir, pero esa misma tarde encontraron, una carreta abandonada con su carga completa de leña.
Pintura verde, y el eje partido, mostraban que alguna caravana de los nacionales la había dejado ahí por no darse tiempo o maña para arreglarla. No fue difícil hacer lugar para esos palos de quebracho en las chatas de carga, aliviadas de tanto que se comió y chupó en las primeras semanas de marcha.
Y al rato nomás, cuando empezaba a oscurecer, un barullo que oarecia subir desde abajo del pasto, asustó mucho hasta que los que habían campañas a reconocieron el tembleteo de una estampida de jabalíes.
Lo estaban explicando cuando apareció una hilera de ñandús escapando de la nube de polvo que avanzaba hacia ellos. Apenas tiempo tuvieron para contener a los artilleros que querían disparar su culebrina al bulto, como si desviándolos con el ruido se pudiera evitar que la chanchería le pase por encima a todo lo que no sea pasto. Que cebaran el gollete de los cañones con pólvora húmeda y trapos engrasados y embebidos de parafina fue la orden los fogueados en casos casi iguales.
Había que ser una manga de cagatintas para no haber traído perros dogos
Se dijo mientras la mayoría seguía montada, y nadie acertaba a elegir entre apearse y escapar al galope y rogar que no fallara el fulminante ni se apagaran las estopas que tanto demoró el yesquero en ponerlas a arder.
Y el tironeo de estómago que produce el trueno del cañón cuando se ha perdido la costumbre.
Por la humareda, pocos llegaron a ver la retaguardia de los chanchos huyendo, muchos de ellos con el lomo pegoteado de grasa ardiendo antes de perderse de vista se convertían en bolas de llamas aullantes que dejaban una estela de humo blanco con olor a pelo quemado.
La monta respondió con mas prudencia que la tropa y las chinas de atrás que lloraban a los gritos y pedían socorro y auxilio no se sabe pensando en quién las iría a escuchar.
Algunos vomitaron y quien pudo, cargó la carabina para hacerse de algún cancho paralizado que se atrasó en dar su media vuelta y emprender la disparada en sentido contrario.
Así también nosotros
Dijo alguien, el primero que habló desde el montón que había buscado reparo o detrás de las carretas.
Todos tosiendo o vomitando, nadie trató de averiguar a qué venia esa frase que sonaba a sermón de cura iluminado.
Con semanas y mas semanas de marcha carneando vaca y asando y comiendo carne de vaca las mas de las veces, y cuando no, charqui y carne de cordero o de vaca en conserva de grasa con pimiento, ver asarse a los chanchos y saborear una carne que no fuera de oveja o vaca fue para la gente una fiesta como cuando al cabo de meses de comer nada mas que ázimo y pescado hervido, un tripulante de la flota de mar llega con plata dulce a la primer posada del puerto y ve la mesa grande llena de pollo asado, cuadriles frescos y hojas verdes, manzanas y naranjas jugosas.
Horas costó cuerear y asar una docena de chanchos o jabalís de carne dura y tan fuerte que justificó meter espiches en uno de los toneles de carlón que venían reservados para el encuentro que cada vez parecía mas lejano, menos posible.
Y cuando los que tuvieron paciencia de esperar que las carnes estuviesen a punto empezaban a disfrutarla en medio de esa oscuridad, ya el vino se había terminado y los apresurados medio borrachos, se habían dormido sin tiempo de cubrirse bajo sus ponchos.
Algunos quedaron tirados lejos de sus monturas y sus cueros. Mullaban y eructaban dormidos. Hablaban en sueños. Se quejaban. Uno soltaban un grito como de terror, de mucho miedo, otro una risa larga, y entre tanto cuerpo tirado, como una aparición, se veía un fanal de parafina flotando en el aire, hamacándosé a un metro de altura, apareciendo y despareciendo por distintos lados del campamento.
A veces la luz dejaba ver la sombra del que la sostenía. Era uno que rondaba por el campamento, buscando jarros abandonados para recuperar el restito de vino que alguno se habría dormido sin tomar.
Todo se oscurecía en los momentos cuando esa figura se inclinaba y apoyaba el fanal en el pasto para alzar un jarrro. Después, alumbrado desde abajo, se veía con cuánta paciencia trasvasaba, unas gotitas a algo que sería una bota cuero, o un cuenco de barro.
No parecía apurado: terminaba de vaciar el jarrito, lo apoyaba en el pasto sin hacer ruido, como cuidando no despertar, y recién entonces levantaba el farol y volvía a convertirse en una forma amarillenta que flotaba sobre los cuerpos.
Pasó dos y hasta tres o cuatro veces por los mismos lugares, buscando y buscando. Siguió juntando vino hasta que la luz amarilla empezó arder, chisporroteando como señal de que la parafina se acababa. Ya oscuro, se lo dejó de ver. Estaría tumbado en sus cueros tomándose el poco vino que pudo conseguir. Se habrá dormido medio mamado, creyéndose hasta el final que era el único despierto en toda la tropa. El viento soplaba bastante fresco, como siempre a medianoche.
Los ves apenas en medio de la cerrazón de su humareda y está saltando por los ruidos, pero él, bailándolos de contento: salta igual que vos con la música de sus explosiones.
En guerra es bueno que cada cual se crea mejor que todos los demás. Entre los artilleros abundan los que les faltan un dedos que en algún zafarrancho se quedó atravesado en un un cerrojo o se hizo de carbón en una escapada de gas de la fogonadura de un serpentín de treinta onzas. No pocos son mancos, tuertos o quedaron desfigurados por quemaduras en la cara.
Pero cada vez que vuelve la hora de juntarse a pelear, eligen de nuevo el polvorín y los cañones, aunque por méritos o acomodo les ofrezcan cargos de intendencia, que son los que codician todos porque habilitan a ser primero en todos los repartos y, a veces, quedarse con la paga de muertos y desertores.
Los artilleros cantan sus zambas:
los que al pie de un cañon
clavan rodilla en tierra
porque a la guerra
van por amor...
quiero que le pidas a Dios
que si la muerte gana
me lleve a un cielo
donde estés vos
Y además, les gustan.
Los artilleros hacen cantos contra la lluvia, para ellos mas enemiga que el Odiado Enspañol, porque bastan dos días de lluvia para que la pólvora se les vuelva pelmaza y tengan que seguir cargando balas, metrallas y cañones de puro adorno, y deslomarse empujándolos en el piso barroso.
Pero en esos últimos días ni ellos han de haber pensado en la lluvia.
La pampa tiene también eso: te malacostumbra a lo que lleva a creer que es: ni el marinero, que nunca paró de hablar de tormentas y de cantar canciones y contar dichos sobre temporales y huracanes debió haber pensado en serio en la lluvia.
Pero a final llovió.
El día siguiente de la corrida de los chanchos amaneció nublado y sin viento, y no bien se apearon a mediodía para matear, empezaron las gotas anchas.
Fue una lluvia cansina, de esas que con el calor y el poco viento, ni ruido hacen.
Pero de a poco oscureció, tronó, empezaron los refucilos, y nadie hablaba porque no se escuchaba ni lo que te decía el del costado.
Ya antes de hacerse noche los animales andaban asustados y rebeldes y, al apearse, la tropa se encontraba con el agua hasta la rodilla y el cuerpo hecho un temblor, de frío.
Cuando oscureció, fue peor: los pingos se entendían entre ellos mismos mejor que los cristianos. Como si hubieran resuelto no parar, se rebelaban al freno y elegían su camino. Y eso fue lo único acertado que hizo la tropa: resignarse a obedecerle a la caballada.
Otra vez mas resultó cierto que lo mejor que hacés resulta que lo haces cuando no podés hacer otra cosa.
Después se habló que había que agradecerle a la caballada que tan pocos se perdieran en esa noche de frío y desinteligencia.
Si no se podía ver nada: todo era oscuridad y lluvia, y no bien refucilaba o se cruzaba un rayo por el cielo, el resplandor encandilaba tanto que apenas se podían ver el borde de las sombras que venían un paso adelante.
Y escuchar, se escuchaban solo la lluvia y truenos, y de momentos, el chapoteo a los gritos de alguno que rodó y pedía auxilio o gritaba por Dios hasta que, sin querer, algún caballo que venía atrás lo pechaba y lo mandaba empujaba de vuelta a la grupa de su monta.
De cuando en cuando, una puteada se alcanzaba a oír.
Caían gotas mas finas y mucho mas frías que las de la noche. El agua llegaba hasta la cinchas del caballo y la correntada se llevaba a todo lo que no supiera flotar. El agua se estaba llevando todo un parque de leña que parecía un camalote y se perdió de vista sin darle a nadie ganas hubo de recuperar algo de tanto que se veía perder.
Si alguien queda por ahí y cuenta que temblaba del frío y no por miedo, macanea o es de los tantos que ahora se hacen pasar por haber entrado en esta marcha, pero que a su debido tiempo no se animaron a venir.
Vos está solo y desarmado, se te viene un malón, y al menos te mueren los salvajes con el consuelo de haber hecho como que le ibas a pelear. Pero al agua puta y a la corriente que te arrastra no le podés pelar ni hacerle cara de nada para engañarla. No podés nada.
Cuando se empezó a poder oír y a hablar, algunos temerosos de que siguiera subiendo mas el agua y empezaran a ahogarse o a desbocarse del todo los caballos, pidieron subir corriente arriba, buscando tierras altas.
Como si con un solo día de lluvia se hubieran olvidado de todo lo plana que era esa pampa. Como si no se dieran cuenta que cuando los animales mandan, ya no nadie va a poderles mandar.
O por facilidad o por instinto no se puede saber pero la caballada solo aceptaba ir a favor de la corriente. Al paso por momentos, y casi braceando, como nadando, la mayor parte de la jornada, fueron los pingos los que decidieron el camino.
No hubo posta. Ni hubo donde parar ni motivo para parar: con las carretas medio flotando y las otras a los tumbos, tapadas de agua hasta lo mas alto de la carga, no había donde hacer fuego ni ilusión de matear. Charqui y galleta hubo para el hambre. Y nada para el frío.
Mas finas se hacían las gotas, mas clara era la visión de la pampa cubierta de agua marrón y correntada, mas frío pasaban la ropas y mas hombres se desmontaban. Esos, atados a las riendas, se hacían arrastrar como bolsa de pesca: así aliviaban a sus pingos y aguantaban mejor el frío, porque todo lo que cubriera el agua marrón, no padecía las gotitas heladas y el viento frío que venía de frente.
Porque venía del lado hacia que tiraba la corriente, que después se supo que era el sur.
Pero no era que oscureciese antes de lo debido: era por el miedo de ahogarse o de perderse, que era casi lo mismo, y por no tener nada que hacer mas que dejarse llevar adelante por el agua y por el tiempo que que el susto hacía pasar mas rápido.
Mago debió ser el sargento que consiguió dar lumbre a una linterna de aceite, y, aprovechando la mecha uno que no habrá querido irse de este mundo sin una buena acción hizo aparecer una gruesa de chalas finitos que traía escondidos en un buche de ciervo y fue prendiéndolos y haciéndolos pasar, de modo que casi toda la tropa pudo fumar al menos su medio pucho húmedo y hubo momento en el que toda la tropa estuvo montada bien derecha y fumando. ¡Lástima que no hubiera un salvaje ni un criminal hispánico que, viéndonos desde lejos, se quedara con esa impresión de cosa digna y milicia que debimos dar en el agua !
Unos mas y otros menos, casi todos se durmieron montados, o enganchados a las riendas y quien pudo, medio se durmió tendido en el lomo de su pingo.
Si otros vieron la luz, se la callaron. Primero apareció como una llamita amarilla que se podía confundir con una estrella, pero era al sur, en el lado del cielo donde nunca hay estrellas.
Ya antes de amanecer era una luz blanca y alta y los despiertos y los que aprovechaban una atropellada de su pingo para saludar y dar noticias de que no se habían ahogado, si la vieron no dijeron una palabra.
Y si alguien despierto llega a decir que no la vio, o era ciego o se pasó a la noche con los ojos apretados de miedo.
Mas que los ruidos de galope y esos humitos de espejismo que tanto encarajinamiento provocaron antes de la lluvia, esperanzaba.
Y así como sin necesidad de hablarse y sin mirarse, los caballos supieron para donde tenían que tirar, la tropa obedeció la orden de callarse, que nadie dio, para no ilusionar demasiado y para no llamar de nuevo a la desgracia de no saber a dónde se iba yendo.
Lo que nunca se va a terminar de comprender es por qué aquella tarde, pisando de nuevo seco y colgando ponchos, chaquetas y chiripás en los tientos que les tendieron entre los postes del fortín para que, a falta de sol, el viento los secara, nadie se jactó de haber notado la señal desde el comienzo, cuando todavía goteba grueso.
¡Estabamos seguros de que la correntada los tenía que arrimarlos..! Dijo, mejor dicho, dijeron los varios oficiales cuando todavía contentos de agregar tanta tropa y de recibir tanto güinchister y munición de lujo como los que por milagro les salvamos del agua, andaban confianzudos entre los nuestros y todavía no habían empezado a mandonear.
¡Por eso quemamos todo el aceite para hacer farola en el mangruyo..! Decían, como si quisieran cobrar esa miseria de aceite que gastó el fuego.
Milicos hijos de mil putas.
Pero carnearon los mejores terneros de que a puro lazo habíamos salvado del aguacero y la corriente,y escatimaron el tabaco y guardaron en el polvorín los toneles de vino y las tinas de aguardiente que trajimos.
No se niega que brindaron guitarreadas, pero tristes, porque escuchar música de verdad por primera vez en tanto tiempo, puso a los nuestros a pensar en todo lo que se había perdido, las tres carretas, unas chatas de munición, las pobres chinas y las bajas de personal que nadie quiso tomar lista porque, a no dudarlo: contar es llamar la desgracia, y para contar, en el fortín sobraban escribientes y pícaros de intendencia entre quienes, desde los oficiales hasta el último chiquilín recién incorporado de conscripto, todos andaban como si fueran los dueños de la plaza, de la sierra petisa donde a los apurones habían edificado el fuerte y de toda la pampa, que, no aquel atardecer en el que se la veía tapada por el agua, sino hasta en en el mejor momento del año, nunca serán capaces de cruzar ni de entenderla.
Son un mal necesario, como la inundación, como la correntada... Se dijo y muchos siguieron repitiéndolo como una novedad, aunque fue el tema de las conversaciones de esa primera noche bajo techo, pero sin chala, con poquísimo vino y con todo ese sueño que se estuvo juntando abajo del agua.
De a uno iban cayendo dormidos, mientras los mas fogueados seguían hablando de esto y de los tiempos de privación que se veían venir, disponiendo los ánimos de la gente para que fuera haciéndose a la idea de que la guerra también tiene su parte mierda de dianas, escribientes y contabilidades y de que es menester que el hombre se tome el trabajo de aprender a aguantar si de verdad pretendía juntarse con los que quieren empezar, otra vez, todo de nuevo.