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La letra firme, alta y ancha de Charlie. Nunca
tiré las notas que dejaba, las guardo en libros que
no puedo ahora encontrar. Ahora. Tan perentorio todo, tan
urgente. La inteligencia, la altura, la voz -the golden
voice- de Charlie. Charlie leyendo Under Which Lyre de
Auden, en un living desolado de la calle Córdoba.
Charlie leyendo "La refalosa" o "Cadáveres" de
Perlongher. Contrabandeando estrellas de un hemisferio a
otro en la terraza de Federico Monjeau. Las despedidas. Se
fue a Nottingham y volvió convertido en Robin Hood.
Ese sentido de la justicia. Nunca tuvo afición por
las frustraciones. No tenía miedo de meterse con
cualquiera, no se callaba la boca ante lo que le
parecía falso o hijo de puta y dejó la vida
académica para dedicarse a escribir. Cuatro novelas
(una inconclusa), un libro de poemas y montones de ensayos y
artículos algo prueban, incluso para un
escéptico cuantitativo como él. Tenía
treinta y seis años.
El Liceo Naval, una
leucemia y un divorcio a cuestas parecían experiencia
suficiente para una primera novela. Pero la voz que narra
El agua
electrizada aumenta y agrava el
cuerpo tenso de la letra. Otra vez la caligrafía
personal, el estilo. La edad milenaria de un
contemporáneo que quería que lo velaran con
"My way", en la versión de Sid Vicious. Sí, a
su manera.
Decía que no
tenía imaginación, pero con una inteligencia
como la suya había que pedir permiso para ser
original. Cada cosa que escribía era oración
por oración, con diccionarios, libros de dudas y la
cartuchera cerca. Opaca y cerca. Y los Particulares abiertos
al revés, por abajo, porque este aristócrata a
pulmón (que se murió de serlo) tenía
debilidad por esas rutinas u oficios que modifican todo lo
que tocan. Elegancia y decadencia. Preguntaba: "¿Por
qué nunca tuvimos apogeo?".
Se reía de
mis despelotes sintácticos, de mis oraciones
suspendidas. "Andá cerrando las oraciones, Luisito,
que tenemos que salir." Discutíamos. El
defendía a Swinburne, yo a Manley Hopkins; él
a Conrad, yo a Maddox Ford. Un modo de leer y de entender la
literatura ánico, desde Del Barco Centenera hasta
Hanif Kureishi. Y la memoria generosa o artificial de
Charlie, que mejoraba estrofas o incorporaba a los amigos a
una historia anterior o alterna. "¿Te acordás
esa vez con Calamaro...?" "Charlie, yo a Calamaro no lo
conozco." No tenía importancia. Ningán
itinerario: las bocanadas del caso, los sorbos para
mantenernos atentos.
No "seducía"
(y odiaba esa palabra empalagosa), conquistaba. Como un
bárbaro inglés de Rosario. Con su
inglés arcaico, literario, fastuoso. Y su pragmatismo
obsesivo, que le permitía incluso entender los
formularios y hacer de intérprete. Con su paciencia
heroica y su impaciencia vuelta ira contra objetos
inanimados. Una trompada a la pared. Su valentía. Los
poemas de Amor a Roma son milagrosos y perfectos; las
traducciones, perfectas, milagrosas. La capacidad para
adecuarse a la complejidad o a la sencillez de un estilo es
otro injerto del "estilo inglés" de Charlie. Otra
singularidad en este mundo en el que todos nos obstinamos
por encontrar algo personal. El que tenga a mano el libro
(yo no, como siempre) puede comparar su versión de
Horacio y sus versiones de Hardy y comprobar que una
traducción de un poema de Ogden Nash resulta superior
al original. Quien lo abra pensando que se trata de
ejercicios prosódicos, encontrará ocho, nueve
o diez años de pensar cómo y por qué se
escribe un verso. De nuevo el cuerpo entero. De nuevo la
experiencia y la vida haciéndole agujeros de pucho a
las radiografías. Sí, sus Particulares
abiertos al revés. Arruinaba los poemas con the
golden voice, ahora que lo pienso. Los leía demasiado
rítmicamente, enfatizando los cortes y los acentos
para que cada verso se destacara. Hay que leerlos con la voz
de uno para que la verdadera voz aparezca. Los ritos, las
ceremonias de Charlie. El diario todas las mañanas,
en cualquier lugar que estuviese. Y algo parecido a un
argumento como sostén de la elección. "Vas a
terminar en Página/12, tan
preocupado por la realidad", le decía yo. A la
memoria no se le puede corregir el mal gusto. A ese monstruo
consciente no se le escapaba nada. O se le escapaba todo,
todo lo que después iba apareciendo en los libros,
clandestino, afilado y preciso. Detestaba las
imágenes vagas. Era incapaz de ser vago e impreciso.
Prefería incluso un convencionalismo trivial a esas
cosas a las que otros somos tan afectos.
Sin embargo, el
racionalista a ultranza, el ateo acérrimo
soñaba, tenía pesadillas. Una vez fuimos a una
quinta en la que una manada de perros domésticos que
ignoraban su condición se comió nuestra
comida. Charlie soñó algo terrible, algo que
debe haber pasado a El mal menor y está seguro
ahí, ominoso ya gradual e imperceptible. Había
sacado unas palabras del sueño, unas hilachas
audibles en la noche inaudita que sólo deben
permanecer en alguna libreta o cuaderno de entonces: "En la
Teofrena votó por las fuerzas oscuras".
¿Qué era "teofrena", qué quería
decir esa mezcla de casuística y
neurología?
Sus
anécdotas favoritas. Norbert Wiener diciéndole
a alguien de un tercero: "No es lo suficientemente bueno
para ser modesto". David Niven, a quien se
enorgullecía de parecerse (no: se parece a
Stevenson), haciéndoles con el pulgar un gesto de
complicidad y éxito a los amigos que lo
despedían porque le iban a sacar el respirador.
¿Importa, importa de verdad? ¿O este amasijo de
cosas íntimas, personales son sólo para
mí?
No me da pudor
mitificarlo porque era un mito en vida, con una
impostación de caballero andante inglés y sus
modales, acarreando como un príncipe el maldito
artefacto del suero para convidarnos con té.
Podría haber escrito esto en cualquier momento.
Quisiera haberlo hecho a salvo del oportunismo
elegíaco de este género sentimental que iguala
la apariencia y el mérito. Todo estaría bien
si no se hubiera muerto.
Muerto. Hay que ver
lo que es capaz de hacer Charlie con esas dos
sílabas.
Luis Chitarroni
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