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Obituarios y necrológicas.
Un género que apesta a sensiblería, con ese brillo de madera lustrada y
manija de ataúd. Por ahí se dice que Feiling era, en esencia, un poeta
que jugaba con los géneros, pero más que experimentos, sus novelas son
una persecución formal en la que, además, ponía el cuerpo. De haber
tenido que escribir un obituario, una necrológica, Feiling quizá habría
tomado como modelo las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, donde conviven Descartes
y Paolo Uccello, Pocahontas y el capitán Kid.
La biografía de Feiling, profusa en
anécdotas, se presta para un ejercicio así. A su manera, Feiling convirtió
los ritos de iniciación, viajes y borracheras, en una mitología personal
que tuvo el pudor de ocultar en sus libros. Lo hizo con cautela y oficio, sin caer
en la autorreferencia. Esa biografía junta viajes y alcohol, un pasado crítico
por la Armada, navegaciones, un arsenal de anécdotas que hacen pensar en la
influencia de Conrad. Pero el mejor tributo que se le puede hacer a un escritor es
leerlo. En una encuesta que este diario realizó acerca del compromiso y el mercado,
Feiling respondió con una cita de Carl Barks, el creador de Rico McPato, que
podía
traducirse en este sentido: un escritor siempre busca escribir el libro que le gustaría
leer.
Si se acepta, como el borgeano Harold Bloom,
que leer es ya escribir, Feiling se consideraba, ante todo, lector. Lo prueban la
cantidad de artículos sobre literatura que publicó. Hablan de la pasión
por los libros, entendidos como un vehículo solidario, de la tan discutida función
del arte, de los cruces entre literatura y política, sin soslayar la polémica.
Por eso, creo, Briante lo había adoptado: Ese cuenta, dijo.
Guillermo Saccomano
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