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Alguien me dijo un día
que había un tipo capaz no sólo de comentar libros de poesía sino
también de reescribirlos. Eran los comienzos de la revista Babel y no
resultaba fácil encontrar gente dispuesta a escribir bien y gratis a cambio
de un prestigio que la revista todavía no estaba en condiciones de asegurar.
Lo llamé con escepticismo: de las dos razones para sospechar del otro -no conocerlo
o conocerlo demasiado- yo padecía la primera. Cuando Charlie llegó a las
oficinas de El Porteño donde entonces se hacía la revista, en diez
minutos me hizo pasar de un admirativo rechazo al afecto incondicional: una aparente
arrogancia, que mantenía a pesar de calzar unas escandalosas ojotas con tiras
de goma oscura, fue dejando paso a una inteligencia tan cordial como para suponer
en mí una lucidez a la altura de la suya. Los dos sabíamos -o él sospechaba
y yo tenía la certeza de ello- que no era cierto. Pero en su modo de soslayarlo
no había condescendencia y yo recibí de entrada uno de los aspectos fundamentales
del efecto Feiling: con él, uno se volvía realmente inteligente.
Convinimos una modalidad de trabajo y a los
quince días tenía sobre el mantel de hule floreado que me servía de
escritorio las primeras notas. Siempre reivindiqué el derecho de editor de sugerir
cambios en los artículos de otros, no para imponer una escritura homogénea
sino para colaborar en la dirección en que cada escritura se dispara. A las
notas de Charlie, no se les podía quitar ni agregar nada: era perfectas y discutibles.
Heredero en muchos sentidos de una tradición que cree en la posibilidad de encontrar
una relación entre las palabras y las cosas, la claridad de sus argumentos no
agotaba el objeto pero siempre lograba definirlo por lo que tenía de singular
e intransferible. Elegía un foco y, desde él, iluminaba la extensión
completa de una obra. Lo discutible de sus notas solía convertirse en irritación
de algunos porque, en el caso de Charlie, la relativa arbitrariedad de toda opinión
sobre arte era al mismo tiempo exacerbada y atenuada por la precisión. El efecto
fue, en cualquier caso, feroz: Charlie sabía que esos artículos en Babel
eran de algún modo su presentación en sociedad y quizá por ello exageró
un poco los gestos de una subjetividad que no se callaba nada. Con cada número
de la revista, yo sabía que perdíamos dos o tres lectores: a veces, el
autor de uno de los libros comentados por él; otras, el editor y, finalmente,
algún lector indignado que no soportaba que se escribiera de esa manera sobre
autores o temas supuestamente consagrados. Pero ganábamos muchos otros que se
regocijaban en esa zona donde la revista cobraba personalidad y se volvía saludablemente
pendenciera.
Cuando Charlie viajó a Inglaterra para
trabajar como profesor en la universidad de Nottingham, lo despedimos con un asado
en una casa que yo acababa de alquilar. En el patio -un agujero miserable que desembocaba
en un mínimo orificio por donde el sol entraba, como en la novela de Verne,
sólo en las calendas-, Sergio Chejfec se ocupaba del fuego con la misma necesaria
morosidad de sus novelas. El humo se colaba hacia todas las habitaciones, como una
variante criolla de la bruma de las islas que esperaban a nuestro amigo. Antes de que aparecieran los invitados -Charlie siempre era el primero en
llegar y el último en irse de todas las reuniones-, pactamos su continuidad
en la revista con una sección de apostillas y comentarios a las novedades editoriales
europeas. La columna fue bautizada por el propio Charlie El cónsul honorario,
en un doble homenaje a la novela y a su condición de corresponsal ad honorem.
El primer envío confirmó que Charlie entendía que su corresponsalía
era de guerra: batallas en las que él tomaba partido colaborando con la mejor
leña para el fuego. Junto con las notas, llegaban unas cartas breves, manuscritas
con tinta verde y la letra candorosa de un exponente de la primera generación
que no fue educada en la caligrafía. Y así como en las notas parecía
discutir con el mundo, en las cartas exponía el delicado y sincero interés
por la suerte de todos los amigos, empezando por el destinatario.
Cuando regresó de Nottingham, antes
de lo previsto y con el dolor a cuestas de una separación amorosa, le propuse
compartir el alquiler de esa casa que parecía conservar reminiscencias de aquel
asado. Aceptó de inmediato y más tarde se jactaba con justicia de haber
convertido mi cotorro de soltero en un lugar hospitalario, decorado con reproducciones
de algunos pintores que admiraba: Bronzino, Hockney, Figari, Manet, Ingres, Vermeer.
Cuando yo volvía de trabajar en Babel, Charlie ya había despachado su tarea
del día: un artículo, dos artículos, un capítulo de El agua
electrizada que, a veces, sometía a mi consideración. El aire ya no
olía a asado sino a una combinación impensable de curry, alcohol y los
irreductibles Particulares 30 que él abría excéntricamente por el
culo del paquete. Por las noches, cuando el estupor no era demasiado grande, bebíamos
con entusiasmo y sin ostentación, escuchábamos música y conversábamos,
a la caza de algún endecasílabo casual y feliz que disparaba la confección
a cuatro manos de sonetos caprichosos y puntuales, ensayando un show que ofrecíamos
después a los amigos que nos visitaban y para los que Charlie cocinaba con generosidad
y refinamiento.
En el año y medio que viví con
él, Charlie fue el responsable de que la amistad no se convirtiera en una coartada
para exhibir con orgullo lo peor de nosotros mismos. Detestaba del romanticismo lo
que él llamaba en broma "la exhibición de una interioridad compleja"
y prefería ocupar el agujero del sinsentido de la vida con argumentos, con frases
perfectas, elegantes salidas de escena que nos ponían a salvo por un rato. A
pesar de todo -su elegancia, su discreción, su espontánea condición
de gentleman- no era un inglés. Mucho menos un argentino arquetípico. Era
una de las más raras combinaciones de ambas cosas, puestas a funcionar en torno
de lo que más quería: el arte, las palabras, los placeres de la mesa, los
amigos. Y si su aparición en la vida literaria porteña estuvo marcada por
cierta irreverencia, no pasó mucho tiempo antes de que todos encontraran en
él a un interlocutor de una generosidad infrecuente, capaz de leer y enriquecer
con sus comentarios todo lo que le acercaban.
Es difícil ensayar un retrato de alguien
que hizo tan bien varias cosas y, al mismo tiempo, ponía en la amistad tanto
cuidado como en su propia obra. Charlie murió de un paro respiratorio: la ironía
lo habría hecho sonreír de haber sido consciente de ello. Justamente él,
que nos había enseñado a respirar en español, en inglés y en
latín y había hecho de su voz un instrumento infalible para los argumentos,
las citas memoriosas y oportunas y las invitaciones a beber hasta el fondo de la
penúltima botella. Escuchar recitar a Charlie, en una escansión y con un
acento que pulverizaban nuestra torpe creencia de saber una lengua, era descubrir
la materialidad de las palabras: su condición de fruta disecada en el tiempo
se transformaba otra vez en letra viva. Detrás de esta aptitud excepcional había,
desde ya, un oído implacable que él mismo enmascaraba simulando ser sordo
para la otra música: llamaba provocativamente free jazz a cualquier cosa grabada
con posterioridad a Jelly Roll Morton, afirmaba preferir a Saint Saens frente a Schoenberg
y se regodeaba en la virtual destrucción de My way, el clásico de
Sinatra, en la voz de Sid Vicious. Nadie se engañaba: el tipo que era capaz
de traducir infaliblemente a Propercio o a Manley Hopkins, definir en dos líneas
la perversidad incómoda de un cuadro de Bronzino o explicar con pasmosa claridad
las ideas de Saul Kripke, aparentaba su sordera para que no nos sintiéramos
tan disminuidos.
Frente a la escandalosa injusticia de su
muerte, sólo puedo decir una palabra extranjera. Al principio de nuestra convivencia,
solíamos brindar en ruso: nostrevia. Al poco tiempo, descubrimos que era más
adecuado pronunciar: ostranenie.
Guillermo Saavedra
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