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Dice la leyenda que los
ingleses nunca pierden los estribos. La flema, dicen. Por lo general, resulta inevitable,
de antemano, estar en desacuerdo con muchas de sus afirmaciones, de sus creencias,
de sus ritos, de sus actos. Pero después, un instante después, al hablar
sobre esas afirmaciones, creencias, ritos o actos, es inevitable admitirlos como
sensatos, lógicos, correctos. Y correcto, en este caso más que en ningún
otro, significa todo lo contrario de lo políticamente correcto. Charlie era
así. Uno no podía estar muy en desacuerdo con él: convencía,
lógicamente, con palabras, sin gritos ni ademanes tan típicos de los latinos.
Se paraba desde sus casi dos metros y hablaba. Lento, pausado, con una voz que parecía
salida desde el fondo de todos los bares londinenses (o desde el fondo de todos los
bares de cualquier parte del mundo).
Sin embargo, la leyenda no cuenta que, a
veces, muy pocas veces, ocurre que los ingleses pierden los estribos. Y Charlie,
claro, era un inglés. Un inglés atípico, seguro, nacido en Rosario,
criado en Buenos Aires, porteño por decisión, pero un inglés. Y como
todo inglés perdía los estribos. La flema, como dicen.
Una vez fue en Villa Gesell, en un multitudinario
encuentro de narradores, entre mesas redondas de a cinco escritores por turno y más
de cincuenta intercalados en el público. Los escritores -así como los ingleses
con la flema- son una raza particular. En privado no eran muy distintos a cualquier
tipo. Incluso, como solía decir Raymond Carver, hay algunos que hasta pueden
llegar a ser los "tontos" de la cuadra: se quedan mirando durante horas
un zapato en la mitad de la calle, no saben para qué sirve una pelota. Esas
cosas. Y Charlie, claro, era un escritor. Y el escritor Charlie Feiling estaba entre
el público. En ese momento, la mesa era ocupada por otros narradores, no importan
los nombres. Y así como en privado los escritores son iguales a cualquier tipo,
en público se suelen transformar en burlones: bromean, fundamentalmente, sobre
los colegas, pero también sobre ellos mismos, sobre la literatura, sobre los
editores, sobre las historias que cuentan o no pueden contar. "Defensas -solía
decir Charlie-, defensas para cubrir la timidez".
Esa vez, en Villa Gesell, los escritores
de la mesa se debatían por ser graciosos -y a la vez sinceros- ante el tema
del momento: el mercado editorial argentino. Uno de ellos (no importa el nombre,
cualquiera) dio su punto de vista. Charlie, desde el público, estuvo en desacuerdo
y mostró su desavenencia como lo hacía siempre (lo dicho: con palabras,
sin gritos ni ademanes tan típicos de los latinos, con lógica). Desde la
mesa, el escritor disertante replicó con una burla. Algo común, normal
entre escritores en público. Charlie se sentó, no dijo nada más. La
flema, como dicen.
Pero a la noche, en esas mesas mucho más
sustanciosas que las del encuentro (no muy redonda, sin público y con una cantidad
suficiente de alcohol para llegar despiertos hasta las cinco de la mañana) Charlie
le dijo al escritor disertante que no iba a permitirle nunca más una desautorización
así, sin argumentos. No gritó, no hizo ademanes, sólo se paró
con sus casi dos metros y dijo, muy cerca de la cara del escritor ex disertante "No
te voy a permitir nunca más una desautorización así, sin argumentos".
Todos se dieron cuenta de que el inglés había perdido los estribos. La
flema, como dicen, había desaparecido. Y mucho más se dio cuenta el escritor
que estaba tan cerca de los casi dos metros y la cara de Charlie.
Miguel Briante (ese otro gran ausente), que
en aquel encuentro -tanto en las mesas redondas del día como en las desmañadas
de la noche- oficiaba de piedra filosofal con rigurosos aforismos, sentenció:
"En mi época, estas discusiones sobre literatura se arreglaban a las trompadas".
Y Charlie, que no era de esa época, también sabía que las discusiones
sobre literatura sólo se arreglan a las trompadas. En ese momento, todos los
participantes de la mesa desmañada, antes que ninguno el escritor ex disertante,
se transformaron en ingleses. Adoptaron la flema, insistieron en no perder los estribos,
pidieron perdón, brindaron, ofrecieron disculpas, y le retuvieron los brazos,
por las dudas, al cada vez más porteño (como dicen) y menos inglés
Charlie Feiling que, canchero, sonreía triunfante sobre la leyenda de la flema
británica.
Miguel Russo
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