|
"La misma causa que
hacía que escribiera una prosa perfecta produjo su ruina terrenal y espiritual.
Probablemente siempre es desastroso para alguien inteligente no ser poeta",
dice Lytton Strachey -el escritor inglés que revolucionó en este siglo
el arte de la biografía- acerca de Francis Bacon, y agrega: "Su imaginación,
a pesar de toda su magnificencia, era insuficiente: no podía penetrar el corazón
de las cosas". Amor a Roma es la prueba de que C.E. Feiling no corre
ese riesgo: ni siquiera su evidente inteligencia, ni siquiera su demostrada destreza
prosística, ni los abultados folios de su erudición académica y extra
tienen la menor chance de restarle a su imaginación poética una sola braza
de profundidad, sino que funcionan más bien como aguzados instrumentos de mediación
-de traducción- de aquel "corazón de las cosas" que reclamaba
Strachey.
El Amor a Roma, de Feiling, podría
parafrasearse como amor a las palabras, que es por cierto la causa fundamental de
la poesía, pero así se perdería el palíndrome y creo que en él,
en esa expresión que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda,
hay implícito algo más que el gusto del autor por la poesía latina
y algo más que un mero juego verbal: una vez agotado el sentido en sus posibilidades
horizontales, queda el objeto mismo, expuesto en toda su belleza. Y viene bien recordar,
antes de que el lector se enfrente con este libro de poesía, que un poema, además
de ser sobre algo, es, cuando es dichoso, algo en sí mismo, pongamos, una suerte
de mural sónico erguido en un presente perpetuo.
De allí, de ese presente perpetuo de
los poemas felices, se respira en Amor a Roma la naturalidad del fenómeno
de apropiación de poemas de otros, del fenómeno de la versión del
original y de la versión sin original, el fenómeno, yo diría, de las
lenguas-madres y de las lenguas-padres -en el último caso, me parece que la
de Feiling sería el latín-, y del fenómeno -aquí cito al mismo
Feiling, en la columna de poesía de la discontinuada revista Babel- de
que escribir poesía es siempre escribir en otro idioma.
Y la cuestión de escribir en otro idioma
nos devuelve al amor por las palabras: el lector de Amor a Roma posiblemente
se vea obligado, urgido por el mismo sentimiento amoroso, a recurrir al diccionario,
de ser posible en varios idiomas, algo que da testimonio, aventuro, del pasado docente
del autor sumado a su presente poético. En sus poemas, que él incluye con
humildad entre las versiones, coexisten arcaísmos y flexiones del barroco español,
un vocabulario insólito y giros y expresiones del más puro lunfardo argentino,
combinados con un uso riguroso aunque inconformista de las reglas de la rima y de
la métrica. Y eso, que en una primera lectura -hecha hace más de dos años,
cuando el libro aún no había cobrado su forma actual- me hizo pensarlo
como una suerte de "Manual" del poeta argentino contemporáneo que
asumía su cultura heredada y adquirida y su herencia cosmopolita, ahora, sumado
a las traducciones, y leído de corrido, me sugiere también una variedad
de autobiografía "fuerte" mediada por la cultura, una crónica
del gusto hija de la lectura y filtrada por la ironía.
Mirta Rosenberg
|
|