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Al principio, cuando Juan
Forn me pidió que escribiera sobre Charlie, dije que no. Tenía -creí
tener- dos razones. Primera: pensé que no iba a poder evitar algo que no quería,
hablar de mí mismo. Segunda: pensé que no iba a poder escribir algo así,
ad hoc, digamos, por encargo. Pero el flaco Gusmán y Beatriz Castillo, a propósito,
y Luis Chitarroni, sin querer, me convencieron. Así que aquí estoy, inevitablemente
hablando sobre mí mismo -puesto que empiezo por decir que no quiero hablar de
mí mismo-.
Creo que lo que me decidió fue lo de
Chita. Durante el velorio me dijo: era el último ateo. Después, en medio
de una noche de duermevela turbulenta, me sorprendí pensando: esto es lo que
tengo que escribir; todo aquél que lo haya conocido lo sabe, pero ¿quién
lo va a decir? (es un prejuicio pedante, por supuesto -cualquiera lo podría
decir-: pero los prejuicios, aun los pedantes, hacen buenos pretextos). Chitarroni
tenía razón: el ateísmo y el anticlericalismo de Charlie eran de una
convicción, una consistencia, una madurez y una autenticidad que bastaba para
avergonzarnos a los ateos de pacotilla; a los débiles que, como decía Sartre,
usan el ateísmo como excusa para ocuparse de Dios. Para no enfrentar una verdad
insoportable: el cielo está vacío. A Charlie esta convicción de venía
(perdón por la palabra) naturalmente. Sólo conocí, en persona, otros
dos hombres casi tan seguros: Ramón Alcalde y mi padre. Pero ellos -y es un
síntoma de su coraje, sin duda- tuvieron que llegar a esa conclusión amarga,
trabajosa y racionalmente. Charlie, que era un razonante como se han visto pocos,
partía de allí. Para él esto no era un trabajo, es decir un sufrimiento.
Al revés: era una profunda alegría, que le permitía gozar de este
mundo hasta el fondo, beberse la vida hasta el último sorbo (tratándose
de Charlie, el chiste el obvio; pero no es solamente un chiste que él hubiera
festejado en la mesa de Gandhi: es una manera de decir que a él no hay tierra
ni cielo que se lo traguen: a eso no le iban a ganar). El coraje, en este caso, pasaba
por otro lado: pasaba por entender que otros fueran diferentes, que se dejaran seducir
por otros mundos, pero sin perdonarles la vida. Su ateísmo consistía también
en no confundir la amistad con la condescendencia.
Supongo, estoy seguro, que todo esto se nota
en sus novelas, en su poesía, en sus ensayos. En esa manía -a veces tan
insoportable como el vacío del cielo- por no dejar que la belleza etérea
de una frase subordinara a su precisión material, casi como si buscara en cada
palabra la respiración contundente de una piedra. Dicho pascalianamente: la
geometría tanto como la fineza, pero no como "espíritus" sino
como cuerpos densos, inapelables. En eso -y no en las declaraciones de principios
de los infatuados con el contenido de las Grandes Palabras- su estilo era una ética
(otra Gran Palabra, claro, que él no usaba).
Pero supongo, estoy seguro, que donde más se notaba ese ateísmo y ese secularismo
insobornables era en su modo de pensar el mundo y actuar en consecuencia. En ese
modo -escribo las primeras cosas, de entre tantas, que me vienen a la cabeza- de
preparar (con Laura Klein) una campaña contra el antiabortismo con una lógica
implacable y un compromiso apasionado, pero sin gestos espectaculares ni diatribas
furibundas, mientras se tomaba un bloody mary y preparaba un curry. O en ese modo
cálidamente distante (hombre "oximorónico" si los había,
este Feiling) de burlarse de los que creían en el progresismo del Papa Polaco.
O en ese modo con que habrá respondido sarcásticamente (imaginábamos,
esa noche, con Chitarroni) a los que le recomendaban tratarse con un homeópata.
O, más nimiamente, en ese modo con el que me reprochaba mi desprecio por el
positivismo y la filosofía analítica, o con el que -alineándose con
Fogwill, debo decirlo- me cargaba por mi amor excesivo hacia el jazz: creo que temía
que esos desprecios y esos amores fueran una manifestación de cierto infiltramiento
religioso, o por lo menos metafísico. En todo caso, sé que se hubiera divertido
como loco con un libro que le traje de Londres y que no alcancé a darle: un
libro de Christopher Hitchens (periodista norteamericano que él admiraba con
fervor) que es una recusación violenta y sardónica del mito de la Madre
Teresa de Calcuta, a la que denuncia como hipócrita trepadora de la santidad,
falsaria agente de relaciones públicas del Vaticano y otras lindezas. Ignoro
si alguien se atreverá a traducir y publicar ese libro en estos pagos igual
de hipócritas y falsarios. Pero sería un gran homenaje a Charlie Feiling.
Así que, porque Charlie era el último
auténtico ateo (es decir: porque celebraba pertenecer a otro siglo pero vivir
en éste) probablemente era, también, el último auténtico aristócrata:
tampoco esto era un trabajo, como lo es para aquéllos que nos esforzamos y fracasamos
patéticamente.
Así que Charlie andará por ahí,
como quien dice, fundido en la materia, y no en el cielo. Por eso tenía razón
Gaby Esquivada: se le dice "chau", y no "(a)diós".
Así que espero que a nadie se le ocurra
dibujarlo con alas de angelito o decir que nos mira desde allá arriba. Quiero
decir: estarán en todo su derecho de hacerlo, pero tendrán que saber que
no están hablando de Charlie, sino de sí mismos. Como hacemos todos.
Eduardo Grüner
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