HOMENAJE A C.E.FEILING

EDUARDO GRÜNER

 

Charlie Feiling   

Charlie, así en la tierra y nada más

 

 

   Al principio, cuando Juan Forn me pidió que escribiera sobre Charlie, dije que no. Tenía -creí tener- dos razones. Primera: pensé que no iba a poder evitar algo que no quería, hablar de mí mismo. Segunda: pensé que no iba a poder escribir algo así, ad hoc, digamos, por encargo. Pero el flaco Gusmán y Beatriz Castillo, a propósito, y Luis Chitarroni, sin querer, me convencieron. Así que aquí estoy, inevitablemente hablando sobre mí mismo -puesto que empiezo por decir que no quiero hablar de mí mismo-.
   Creo que lo que me decidió fue lo de Chita. Durante el velorio me dijo: era el último ateo. Después, en medio de una noche de duermevela turbulenta, me sorprendí pensando: esto es lo que tengo que escribir; todo aquél que lo haya conocido lo sabe, pero ¿quién lo va a decir? (es un prejuicio pedante, por supuesto -cualquiera lo podría decir-: pero los prejuicios, aun los pedantes, hacen buenos pretextos). Chitarroni tenía razón: el ateísmo y el anticlericalismo de Charlie eran de una convicción, una consistencia, una madurez y una autenticidad que bastaba para avergonzarnos a los ateos de pacotilla; a los débiles que, como decía Sartre, usan el ateísmo como excusa para ocuparse de Dios. Para no enfrentar una verdad insoportable: el cielo está vacío. A Charlie esta convicción de venía (perdón por la palabra) naturalmente. Sólo conocí, en persona, otros dos hombres casi tan seguros: Ramón Alcalde y mi padre. Pero ellos -y es un síntoma de su coraje, sin duda- tuvieron que llegar a esa conclusión amarga, trabajosa y racionalmente. Charlie, que era un razonante como se han visto pocos, partía de allí. Para él esto no era un trabajo, es decir un sufrimiento. Al revés: era una profunda alegría, que le permitía gozar de este mundo hasta el fondo, beberse la vida hasta el último sorbo (tratándose de Charlie, el chiste el obvio; pero no es solamente un chiste que él hubiera festejado en la mesa de Gandhi: es una manera de decir que a él no hay tierra ni cielo que se lo traguen: a eso no le iban a ganar). El coraje, en este caso, pasaba por otro lado: pasaba por entender que otros fueran diferentes, que se dejaran seducir por otros mundos, pero sin perdonarles la vida. Su ateísmo consistía también en no confundir la amistad con la condescendencia.
   Supongo, estoy seguro, que todo esto se nota en sus novelas, en su poesía, en sus ensayos. En esa manía -a veces tan insoportable como el vacío del cielo- por no dejar que la belleza etérea de una frase subordinara a su precisión material, casi como si buscara en cada palabra la respiración contundente de una piedra. Dicho pascalianamente: la geometría tanto como la fineza, pero no como "espíritus" sino como cuerpos densos, inapelables. En eso -y no en las declaraciones de principios de los infatuados con el contenido de las Grandes Palabras- su estilo era una ética (otra Gran Palabra, claro, que él no usaba).
Pero supongo, estoy seguro, que donde más se notaba ese ateísmo y ese secularismo insobornables era en su modo de pensar el mundo y actuar en consecuencia. En ese modo -escribo las primeras cosas, de entre tantas, que me vienen a la cabeza- de preparar (con Laura Klein) una campaña contra el antiabortismo con una lógica implacable y un compromiso apasionado, pero sin gestos espectaculares ni diatribas furibundas, mientras se tomaba un bloody mary y preparaba un curry. O en ese modo cálidamente distante (hombre "oximorónico" si los había, este Feiling) de burlarse de los que creían en el progresismo del Papa Polaco. O en ese modo con que habrá respondido sarcásticamente (imaginábamos, esa noche, con Chitarroni) a los que le recomendaban tratarse con un homeópata. O, más nimiamente, en ese modo con el que me reprochaba mi desprecio por el positivismo y la filosofía analítica, o con el que -alineándose con Fogwill, debo decirlo- me cargaba por mi amor excesivo hacia el jazz: creo que temía que esos desprecios y esos amores fueran una manifestación de cierto infiltramiento religioso, o por lo menos metafísico. En todo caso, sé que se hubiera divertido como loco con un libro que le traje de Londres y que no alcancé a darle: un libro de Christopher Hitchens (periodista norteamericano que él admiraba con fervor) que es una recusación violenta y sardónica del mito de la Madre Teresa de Calcuta, a la que denuncia como hipócrita trepadora de la santidad, falsaria agente de relaciones públicas del Vaticano y otras lindezas. Ignoro si alguien se atreverá a traducir y publicar ese libro en estos pagos igual de hipócritas y falsarios. Pero sería un gran homenaje a Charlie Feiling.
   Así que, porque Charlie era el último auténtico ateo (es decir: porque celebraba pertenecer a otro siglo pero vivir en éste) probablemente era, también, el último auténtico aristócrata: tampoco esto era un trabajo, como lo es para aquéllos que nos esforzamos y fracasamos patéticamente.
   Así que Charlie andará por ahí, como quien dice, fundido en la materia, y no en el cielo. Por eso tenía razón Gaby Esquivada: se le dice "chau", y no "(a)diós".
   Así que espero que a nadie se le ocurra dibujarlo con alas de angelito o decir que nos mira desde allá arriba. Quiero decir: estarán en todo su derecho de hacerlo, pero tendrán que saber que no están hablando de Charlie, sino de sí mismos. Como hacemos todos.

Eduardo Grüner

 

 

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