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Era tan infalible detectando
las unwritten laws que dirimen castigos y recompensas y regulan las instituciones
como consciente de su incapacidad para obedecer la consigna de resignación que
esas reglas prescriben ante la arbitrariedad.
Por eso, cuando en el Liceo lo apodaron el
fesa, no lo asumió como un estigma. Con arte de escritor integró a su novela
personal esa vaga alusión a desidia, inepcia, torpeza motriz y haraganería
y las llevó a primer plano de los blasones elegidos para distinguirse de su
promoción.
Después entre estudiantes, y más
tarde entre artistas, escritores y gente de prensa con esa yeta de haber sido medio
milico: nunca lo ocultó, siempre dejó entrever un regodeo orgulloso en
el estigma o esa magia con que lo convertía en una virtud.
En el Liceo supo ser un inglesito anglófilo
hiperculto, fesa sí, pero bien diferenciado de los "mantequitas" y
los "nenitas" que rehuyen el enfrentamiento físico y temen la violencia.
Con tics y actitudes que hoy llamaríamos "culturosas" irradió
algo inolvidable sobre esos cadetes que aún no habían sido dotados de la
categoría "psicobolche" para entenderlas mejor y reprimirlas con eficacia.
Nunca ocultó su repudio a las manifestaciones patrioteras y populistas: el fóbal,
la "marchita", las peñas, la publicidad, los lugares comunes del lenguaje.
Nunca disimuló el desaliento que en los tocados por una pasión de mar o
cierta vocación de guerra, iba creciendo a medida que topaban con la evidencia
de la irracional distribución de recursos marineros y bélicos, esa flota
obsoleta boyando en agua dulce, el destino de escritorio, despacho de gobierno, cabina
de escuchas telefónicas, comisarías, sindicatos intervenidos y sucuchos
clandestinos que aguarda al oficial, esa administración absurda de un escalafón
que no podía prometer más de una hora de blue water cada cien días
perdidos en frentes burocráticos y la sospecha de que los mejores cuadros hacían
de vigilantes y represores al servicio de un sector del gobierno.
Pese a su exhibicionismo de disidencia y
diferencialidad, nunca se sospechó que El Fesa pudiera ser un pacifista, un
objetor o uno de esos que seguro van a arrugar desde el primer simulacro de tiro.
Se sabe que Carlitos nunca posó de modesto
ni de falso modesto. Pero tal como en estos últimos diez años de vigencia
en la vidriera cultural nunca giró en descubierto sobre la cuenta de sus ancestros
Feiling y Hope y sus lazos con tantos próceres culturales de la rubia Albion,
en esos años entre milicos adiestrados para la derrota nunca exhibió sus
antecedentes familiares en guerras victoriosas, en la inteligencia aliada ni en la
supuestamente afable administración colonial de la India.
Cuando le mostré los resultados que
el methacrawler daba al linkear los Feilings que aparecen en http://www.scry.com/ayer/VICTORIA/4403321.htm del viejo Keith Grahame Feiling ningún hallazgo sorprendió al
que en la intimidad o a solas con su viejo, haría de su raza, su lengua y su
linaje culto hermético libre del racismo, el chauvinismo o engreimiento genético
que abunda entre judíos, vascos, y hasta se empieza a notar entre los celtas.
Para él, la enfática y teatral
inglesidad que cultivaba, no promovía la ilusión de pertenecer a un grupo
elegido por Dios, ni a uno llamado a conducir la banca y el seguro. Pero, ateísimo,
sabía bien de la virtud y la gracia "divina" que estos mitos conceden
a quien elige creer en ellos con un mejor destino terreno.
Entendía como ese chino del Laiseca
que "la verdadera religión/liga dos veces/te tiene unido con el cielo/para
que sigas ligado con la tierra" y su religión laica lo mantuvo unido a
hábitos de hospedaje, cortesía, correspondencia y correctness, al tiempo
que lo preservó de una asimilación a la horda angloargentina que metaboliza
chicken pie, gin tonics y drambuie en esos despachos semigerenciales que están
a punto de desaparecer. Era un inglés, hijo de inglés, no un descendiente.
Lo conocí en la época de Viola,
en la presentación del grupo Lecturas Críticas que magnetizaba el joven
Alan Pauls y proponía consagrar a ninguneados por la prensa cultural como Laiseca
y Lamborghini. Como Alan, adhería a un proyecto profesional que despreciaba
los engañapichanga de la academia y las diversas formas de la misericordia del
Estado. Juntos nos reímos de todos los maestrociruela incluyendo a no pocas
figuras que respetábamos como críticos o creadores originales. Nos burlábamos
del Club Socialista. Hace poco, interpretando mal una carta de Viñas, nos reímos
de filósofos y sociólogos marxistas que proponen una interpretación
bélica del conflicto social y una representación clasista de los episodios
militares y policiales y que para probarlo piden subsidios, y se indignan cuando
un organismo de beneficencia que depende del Dr. Menem los descalifica. Nos consternábamos
ante las tonterías de la prensa cultural excepto las perpetradas por dos de
sus mejores amigos. Entre lectores situados tan en las antípodas que nunca pudimos
coincidir en una preferencia literaria, ese fue el único tabú que respetamos
en cada encuentro. Hablábamos siempre de la muerte en relación a tantas
otras lacras y excesos parecidos que compartíamos y él siempre daba con
alguna manera de referirla a un activismo compartido en defensa de lo que no debe
morir en la literatura: la métrica, el saber reprimido de los clásicos
y de la antig¸edad, las formas convencionales de los géneros como objeto
previo a cualquier impulso de innovar.
En las últimas charlas agregué
el tema de su muerte como otro argumento al repertorio de nuestra interminable discusión
política: si el mundo fuese liberal, y si la realidad fuese como tenés
que imaginarla para ser liberal, no existirían tus libros, ni ese proyecto que
es lo que más me atrae de tu obra, porque estarías muerto hace más
de quince años..., le dije.
Porque si un amor familiar, el de sus padres,
pudo arrancarlo de la fase terminal de su primera leucemia, la pasión de Gabriela,
y esa devoción con, sin, y contra todas las razones que se profesaron, fueron
el sostén de su obra y con ella, las únicas justificaciones de seguir peleando,
armado con el absurdo de la esperanza y la paciente sumisión a la opresiva y
caníbal maquinaria médico asistencial.
Ese amor que supo despertar y administrar
explica que en el momento de despedirlo y sin palabras, casi todos nos soltásemos
a llorar juntos sabiendo que los pocos que resistieron ese impulso, lo hicieron no
por la verg¸enza que es llorar, sino por el pudor de jactarse de que, también
a ellos Gabriela y Carlos habían hecho sentir tan cerca.
Fogwill
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